Los delfines cautivos no sonríen





Fisher Stevens es actor, director y productor de ‘The Cove’, la película que acaba de ganar el Óscar al mejor documental 2010 y que ya en 2009  había ganado el premio al mejor documental de la National Board of Review. Cofundó la compañía de teatro Naked Angels en 1986 y las películas GreeneStreet en 1996.

Antes de empezar a trabajar en el documental ‘The Cove’, asumía, como tantos otros, que los delfines y las orcas disfrutaban viviendo en el Sea World y otros parques marinos. Parecían estar siempre sonriendo, dando saltos alegremente alrededor de sus tanques, ansiosos por realizar un espectáculo para los espectadores humanos.
Sin embargo, mi perspectiva cambió cuando conocí a Ric O'Barry. O’Barry fue el hombre responsable de capturar de su estado salvaje a Kathy, el delfín ‘Flipper’ original, y quien ayudó a crear el lenguaje empleado para adiestrar a los delfines para que realicen trucos y volteretas. Cuando hace unos cuantos años Kathy murió en sus brazos, O’Barry se dio cuenta de que todo el proceso de captura y adiestramiento de delfines era injusto.
Finalmente co-escribió el libro ‘Behind the Dolphin's Smile’ (‘Detrás de la sonrisa del delfín’) donde explica que las sonrisas que ves en estos animales no son reflejos verdaderos de felicidad. En realidad, odian estar confinados en sus tanques y a menudo no reciben alimento hasta que llega la hora de realizar sus rutinas diarias.
Durante su época como domador, O’Barry aprendió que los delfines tenían sentimientos verdaderos de depresión, estrés y suicidio. En algunos parques, los entrenadores han de suministrar Maalox y Tagamet a los animales para tratar las úlceras que desarrollan a consecuencia del estrés.
La horrible tragedia ocurrida la semana pasada en el Sea World de Orlando, Florida, me ha dejado profundamente estremecido. Mi corazón va para Dawn Brancheau y su familia. Dawn perdió la vida haciendo el trabajo que amaba, sin embargo O’Barry cree que su trabajo ya no debería tener cabida.
Ahora sabemos que la ballena implicada en este accidente tiene un historial bien documentado de comportamiento violento. El Sea World conoce la historia y aun así sigue explotando al animal y poniendo en peligro las vidas de sus empleados con tal de llenarse los bolsillos. Si esto no es una llamada al despertar, entonces no sé lo que es.
En este preciso instante, una docena de barcos en la ciudad de Taiji, Japón, están dirigiendo y cercando a cientos de delfines hacia una apartada bahía. Los pescadores bloquearán la cala con redes y con la ayuda de personal procedente de varios delfinarios intentarán encontrar entre la captura al próximo ‘Flipper’. Los pescadores sacarán a estas asombrosas criaturas de sus hábitats naturales, las izarán con redes, las cargarán en aviones y las arrojarán en un tanque de cemento en el centro de Turquía, Corea o de cualquier otro país asiático.
De alguna manera, son los afortunados. Han escapado al destino que les aguarda a muchos de sus compañeros de manada,  masacrados brutalmente con primitivos arpones que convierten la cala en una escena sacada de ‘Moby Dick’ de Melville. El agua se tiñe de un rojo brillante con la sangre de la muerte. Posteriormente y a pesar de las inquietudes para la salud derivadas del contenido en mercurio, los pescadores llevarán la carne de vuelta a la orilla donde será vendida a minoristas locales.
Ha llegado el momento de marcar la diferencia en las vidas de estos animales. Hasta que no nos deshagamos de estos parques marinos, delfines y otros mamíferos marinos seguirán siendo capturados y masacrados insanamente.
Ya no podemos caer en el argumento de que los espectáculos del Sea World ‘nos hacen amar a los delfines y que quieren protegerlos’. No puede estar más alejado de la verdad. Tal como yo lo veo, sólo amaremos y entenderemos a estos animales cuando podamos observarlos nadando en estado salvaje y sonriendo sinceramente en su hábitat natural.
Fuente: oceansentry.org

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