jueves, 2 de febrero de 2012

Crisis del agua en México: Deforestación, causa de la terrible sequía





La terrible sequía que asola a muchos estados de la república mexicana tiene una serie de causas, entre las que se destacan la corrupción y la negligencia de los funcionarios públicos.
Lo que trágicamente está sucediendo en la República Mexicana con la sequía, tiene causas y responsabilidades que son importantes analizar y explicar para entender la dimensión del problema.
Puedo hablar de la problemática porque trabajé 6 años en el Banco Nacional de Crédito Rural y en la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos; no porque sea un experto, sino porque tuve la oportunidad de tener conocimiento de la información sobre el tema. Desde ese tiempo, los años ochentas, ya existían los diagnósticos que pronosticaban una crisis climática en el país. Un dato contundente: el país ya había perdido para 1985 el 70% de su masa forestal, tanto de bosque de pino-encino, como de las selvas bajas y altas caducifolias, de la que tenía al final del siglo XIX.
Podemos enunciar como causa de la destrucción del entorno ecológico del país a tres política implementadas en los últimos 60 años, en los sucesivos gobiernos del PRI y del PAN:
1.- La deforestación (su contexto)
2.- La ganaderización de la economía rural (su contexto)
3.- La urbanización del medio rural (su contexto)
La deforestación
El proceso de deforestación natural, esto es, la tala de árboles para la construcción de viviendas e infraestructura, en el siglo XIX, no causo daño a la ecología, sino a partir del Porfiriato, cuando se ríatalaron las selvas veracruzanas para exportar a los Estados Unidos maderas preciosas, que se dice, instalar los durmientes de las vías del ferrocarril. En el siglo XX se empezó a cortar maderas preciosas en el sureste de México, fundamentalmente caoba, para vestir las casas de los ricos mexicanos, y también se cortaron bosques de pinos encinos para la construcción de los edificios en el despegue del capitalismo mexicano en los años cincuentas. Y la extracción del árbol del zapote para la industrialización del chicle. Pero la demanda, aún no alteraba el equilibrio ecológico. La deforestación aumento su ritmo destructivo, desde la segunda mitad del siglo XX, por la corrupción de las autoridades agrarias, y de los líderes ejidales que vendieron sus derechos sobre bosques y selvas, para enriquecer a caciques, políticos y talabosques que se asociaron con empresas nacionales, como el grupo industrial Durango que llevan décadas explotando los bosques de Durango y Chiuhuhua, y extranjeras para la venta de la madera mexicana.
La ganaderización
El cambio de política agrícola a partir del alemanismo, cuando se aprobó el amparo agrario, para que los viejos y los nuevos terratenientes revirtieran la reforma agraria cardenista y se defendieran de la reforma agraria revolucionaria, conllevó que los tribunales agrarios y la inefable Suprema Corte, repartieran amparos a los neoterratenientes para que éstos desarrollaran la ganadería extensiva contra la producción ejidal. Esto implicó el cambio de modelo. Entonces, se empezaron a sustituir tierras de cultivo, para poner a pastar vacas para el crecimiento de la industria de la ferrería nacional. Lo anterior conllevó, que en todo el país, la prioridad fuera la ganadería y el abandono de la cultura forestal, realmente inexistente. La unidad de producción de las comunidades indígenas y ejidatarias, se fue silenciosamente, y sistemáticamente debilitando, para favorecer a las grandes unidades de producción de lo que eufemísticamente se llamó la pequeña propiedad, lo que a la postre se convirtió en la nueva propiedad empresarial capitalista del campo mexicano. En la actualidad, se reconvirtió en el mercado de futuros en Chicago y en una guerra por el control de la venta de los alimentos. Lo más contradictorio de esta política, es que hoy con la sequía se han muerto más de dos millones de cabezas de ganado, y el resultado es la quiebra de miles de ganaderos. Lo que significa el fracaso de la ganaderización. El costo ecológico de esta política irracional y ambiciosa de las ganancias fáciles, es la desertificación de millones de hectáreas que eran aptas para la agricultura y que se sacrificaron para la producción de bovinos.
La urbanización
El crecimiento incontenible de los espacios urbanos a partir de los años treinta del siglo XX, exigió que la construcción del desarrollo urbano utilizara inmensos recursos naturales para edificar la infraestructura del nuevo capitalismo mexicano. La industrialización requirió, fatalmente, el consumo de grandes cantidades de pies cúbicos de madera. La desforestación justificada en aras de la modernidad no se detuvo ante nada. En el gobierno de Salinas de Gortari, se dio el golpe definitivo contra la reforma agraria, al hacer la reforma constitucional para privatizar la propiedad ejidal de la tierra. A los campesinos ejidatarios se les compró su derecho histórico a vender su tierra, tierra que era propiedad de la nación. Cualquier líder campesino, con la complicidad de las autoridades agrarias podía poner a la venta del mejor postor las tierras comunales y ejidales. Esta realidad jurídica desató la especulación de la compraventa de las tierras ejidales con potencial de convertirse en desarrollos inmobiliarios urbanos, claro, sin importar que para eso, se talaran miles de hectáreas de bosques que para su desgracia, colindaran con los suburbios urbanos.
El macro y el microclima nacional se vio gravemente alterado por esas tres políticas nefastas y destructivas, el clima cambió radicalmente, sin masa forestal, se perdió la humedad intrínseca que producía lluvias temporales y estacionales, al margen de la época ciclónica recurrente, y la desaparición de la masa forestal, tuvo como consecuencia la indefensión de la orografía nacional para amortiguar los embates de la fuerza bruta ciclónica, lo que resultó en inundaciones masivas de territorio, que arrasaron con grandes superficies de cultivos y posteriormente con la sequía de zonas arboladas que fueron víctimas de incendios gigantescos, como aconteció en Yucatán y Quintana Roo, por los ciclones Stan y otros.
Cuando yo trabajé en la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, se creó la Comisión Nacional de las Zonas Áridas, integrada, en ese entonces, 1984, por ocho estados de la república. Ya se preveía el avance del fenómeno. Hoy, en 2012, los estados de la república que se han sumado a la desertificación y a la sequía, ya son 19 estados.
La sequía que azota a este pobre país, sí tiene causas y responsabilidades perfectamente identificables. En primer lugar, la corrupción, en segundo lugar la ambición, en tercer lugar la irresponsabilidad y en cuarto lugar ignorancia.
No quiero ser pesimista, pero estamos ante una emergencia, y nos queda muy poco tiempo para impedir la destrucción total de la riqueza forestal nacional. Y que nos agarren confesados.