Una propuesta de debate sobre la protección de los océanos.
Ya es hora de que cambiemos nuestra forma de ver el uso que le damos a los océanos. Esto es lo que sostienen Martin Attrill, un ecólogo marino y profesor de la Universidad de Plymouth, y Monty Halls, un presentador de la BBC especializado en asuntos pesqueros. En realidad lo que proponen es una discusión sobre el futuro de la pesca sostenible que se celebrará en Inglaterra en septiembre de este año.
Para presentar el debate, han escrito un artículo en el que exponen sus puntos de vista sobre hacia dónde debe dirigirse la gestión de nuestros océanos. La solución podría ser un modelo similar al que se usa en la regulación del uso del territorio para actividades agrícolas, ganaderas, minería u obtención de energía. A escala global, la pérdida de biodiversidad inherente a estas actividades se compensa, al menos en parte, mediante el establecimiento de zonas protegidas como parques nacionales y otras categorías que implican restricciones de uso. Attrill y Halls proponen que se establezcan medidas de protección de ciertas áreas elegidas para proteger la mayor cantidad posible de especies y los ecosistemas más valiosos. El resto sería susceptible de explotación más o menos intensa y se asumiría que dicha explotación será dañina para los ecosistemas.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza propone que se proteja al menos un 10% del territorio para tratar de detener el proceso de extinción de especies actualmente en curso. Según los últimos cálculos, la cifra estaría en torno al 11%, aunque si se incluyen sólo las áreas con niveles importantes de protección, la cifra baja hasta alrededor del 6%. Además, la mayoría de las zonas protegidas se establece en regiones donde las actividades económicas son menos rentables. Diversos estudios muestran que con mejor planificación y haciendo uso de la información científica disponible se podría proteger la biodiversidad de manera más efectiva y, a la vez, con menor inversión.
En la práctica, casi todo está permitido cuando se trata de ecosistemas marinos. Menos del 2% de la superficie de los océanos tiene algún tipo de protección pese a que en 2003 los gobiernos se comprometieron a proteger entre el 20% y el 30% de sus aguas en 2012. A pesar de las restricciones y cuotas impuestas a la industria pesquera, los caladeros se agotan como consecuencia de la sobrepesca mientras se sigue incrementando la capacidad de las flotas. Resulta paradójico que se destinen miles de millones en subvenciones a una actividad que consiste en capturar animales salvajes a escala industrial.
Pero la pesca es sólo una de las amenazas para los océanos. La polución asociada a las actividades humanas es otra de las principales causas de pérdida de biodiversidad. Es fácil reconocer los daños causados por las mareas negras que resultan de catástrofes como la explosión de una plataforma petrolífera en el golfo de México o el hundimiento de un petrolero en la costa gallega. Otros efectos son más continuos, menos espectaculares pero tal vez incluso más dañinos. Por ejemplo, la agricultura intensiva requiere grandes cantidades de fertilizantes y pesticidas que terminan en los ríos y que están generando problemas en estuarios, arrecifes de coral y otros ecosistemas costeros. En las costas próximas a las desembocaduras de los grandes ríos empiezan a aparecer zonas muertas como consecuencia del desequilibrio del ecosistema. Los fertilizantes desencadenan la proliferación de algas microscópicas, esto reduce la cantidad de oxígeno del agua, lo cual impide la reproducción de peces, crustáceos y otros organismos de mayor tamaño. El resultado son verdaderos desiertos submarinos en áreas en las que la pesca era abundante.
Parece claro que no estamos haciendo las cosas bien, y con ello estamos poniendo en riesgo el potencial de los océanos como fuente de alimento para las próximas generaciones. Como en tantos otros casos, seguimos una política de pan para hoy, a ver si hay suerte y los científicos se equivocan en sus predicciones, y no hay hambre para mañana.
Y es que los peces son la principal fuente de proteínas de millones de personas en el mundo, además de un componente básico de una dieta saludable. El problema es cómo compatibilizar esto con la protección de los ecosistemas que son esenciales para el mantenimiento de las poblaciones de peces. En otras palabras ¿cómo podemos proporcionar pescado a siete mil millones de personas de manera sostenible? Aquí es donde encaja el debate que proponen Attrill y Halls y alguno de los mensajes de su artículo. Sus propuestas, que son específicas para el Reino Unido, implican combinar una red de áreas protegidas y parques marinos con zonas dedicadas a la producción de energía de fuentes renovables y de alimentos para cubrir la demanda de una creciente población humana. Para la producción de alimentos proponen la acuicultura, a una escala comparable a la ganadería, y la pesca sostenible, tanto desde el punto de vista económico como de la preservación de la especie explotada. Para esto habría que asumir que la acuicultura intensiva y algunos métodos de pesca pueden causar daños en los fondos marinos en las áreas donde se practiquen, lo cual sería el precio que debemos pagar para producir alimentos. Un aspecto clave para que este sistema funcione, sería que las comunidades que exploten un área la consideren un recurso propio del que obtienen beneficios directos y asuman la responsabilidad de minimizar su impacto. De la misma manera que un agricultor evita sobreexplotar sus campos porque ello implicaría su propio empobrecimiento.
Está claro que los ecosistemas marinos se están deteriorando de manera acelerada y que esto puede representar una pérdida irreparable de los bienes y servicios que obtenemos de ellos. Detener este proceso requiere que nos replanteemos la manera en que estamos explotando estos sistemas. Se necesita un cambio de actitud en todos los sectores implicados, desde la industria pesquera a los consumidores, desde los gobiernos hasta los científicos. El primer paso podría ser sentarse a debatir diferentes modelos y visiones para elaborar una estrategia, un cambio de rumbo para evitar el naufragio al que nos dirigimos. Los británicos lo van a hacer este año.
ALFREDO F. OJANGUREN PROFESOR DE BIODIVERSIDAD Y CONSERVACIÓN DE LA UNIVERSIDAD DE ST. ANDREWS, EN ESCOCIA
www.lne.es Publicado en: Elciudadano. - Imagenes: lahuelladigital.com

