Cuba: su nueva revolución campesina

Cuba presenta una tasa de mortalidad infantil de 4.3 por mil nacidos vivos, la mejor del continente y mejor ciertamente que la de Estados Unidos.  El sistema de salud cubano —gratuito— cuenta con la mayor tasa de médicos por habitante en el mundo entero y es reconocido como sobresaliente a nivel mundial, así como lo son sus sistemas de seguridad frente a situaciones de desastres (huracanes, inundaciones, etc.). La  esperanza de vida en Cuba es de 79.03 años, nuevamente una de las mejores del continente y  mejor que la de Estados Unidos. La educación primaria cubre al 100% de los niños y niñas, y los graduados de secundaria sobrepasan el 80%. Las alternativas de educación son diversas, permitiendo que la Universidad no sea el único camino para obtener una educación más profunda o una profesión digna y satisfactoria. Los centros de investigación son múltiples y de calidad reconocidos internacionalmente. En la agricultura, no hay área de producción que no cuente con centros múltiples de investigación y un sistema de pruebas en el campo que permita ir corroborando los avances.
 
En la agricultura, los avances son innegables. Luego de la crisis del sistema de agricultura industrial provocado por el término de los suministros provenientes del bloque soviético, se irguió un sistema de producción diversificada que ha demostrado avances innegables. Las grandes superficies de azúcar y cítricos, han dado paso a una agricultura diversificada, orientada a la alimentación de las y los cubanos. Junto a los cultivos básicos llamados “viandas” (principalmente tubérculos y raíces), ha aumentado la producción de fruta, de frijoles, de maíz, han más que duplicado la producción de carne de cerdo en los últimos quince años, y han aumentado casi un 50% la producción de huevos,  mucho de ello con tasas crecientes de productividad y eficiencia.
La situación y evolución de la agricultura campesina en Cuba es posiblemente única en el mundo. Sólo entre 2007 y 2014, la superficie agrícola en manos campesinas aumentó casi un 50%. El porcentaje de personas menores de 40 años es mayor en las áreas rurales que en las urbanas y la población rural envejece ligeramente más lento que la total, lo que indica que la juventud no está siendo expulsada del campo. En esos mismos años, las familias campesinas del mundo entero desaparecen por millones al año, y la población rural ve desaparecer a sus jóvenes.
Lo anterior no es casualidad. Se debe a las políticas públicas de fomento y apoyo a la agricultura campesina y —aunque la palabra no se utilice necesariamente en documentos públicos—  de fomento y construcción de la soberanía alimentaria. A los decretos 259 y 300 de reparto de tierras en usufructo, se suma la presencia general de la organización campesina. La Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) es un vehículo de apoyo y concientización que permite el avance sin par de la agroecología en la isla, demostrando como en ningún otro país que producir alimentos y cuidar la tierra y las personas que la trabajan son tareas simultáneas y complementarias.
Estos logros han sido posibles aun bajo el bloqueo económico despiadado y criminal que ha privado a Cuba de materias primas  básicas con las que no cuenta el país (como el petróleo y el acero), de herramientas, de maquinaria, de instrumentos básicos. Cualquier economía latinoamericana sometida a un bloqueo similar se declararía en la ruina total en unos meses. Cuba ha resistido 56 años.
Ninguna de estas cifras es tan asombrosa como el contacto directo con las familias y organizaciones campesinas. Conversar con ellas nos dio experiencias extraordinarias, como escuchar que la agricultura campesina es “entretenida”, u oír  gente joven que se enamoró del campo y sus labores. Varias veces escuchamos que alguien se presentaba con orgullo como campesino o campesina, explicando cómo y qué producía, y cómo cuidaba la tierra para generaciones futuras, para después enterarnos conversando que ese campesino o campesina había sido ingeniero, profesora, agrónoma o militar. Vimos personas muy jóvenes contar con entusiasmo que se estaban introduciendo en la producción agrícola. Presenciamos conversaciones de igual a igual entre campesinos e investigadores. Vimos campesinas y campesinos, jóvenes y mayores, haciendo investigación con resultados asombrosos. Encontramos un campesinado sin temor a perder la tierra producto de las deudas. Personas sanas y saludables, sin temor a la contaminación. Hallamos un campesinado digno, orgulloso de lo que hace y —qué asombro— feliz.
También vimos algo asombroso, y que abre una esperanza más para todos nosotros: las muchas personas que vuelven al campo en Cuba son luego de un tiempo difíciles de distinguir de otras personas que han sido campesinas toda su vida. Se sienten campesinos, piensan como campesinos, miran como campesinos, trabajan (con orgullo) como campesinos. Eso nos dice que para que nuestros países mantengan viva la agricultura campesina —condición imprescindible para  un futuro vivible para todos—  no necesitamos (como muchos acusan) encadenar a los jóvenes, sino posibilitar un futuro digno, orgulloso y feliz para los jóvenes que quieren permanecer y para quienes quieren sumarse.
Cuba muestra que la agricultura campesina es parte de los fundamentos de una sociedad mejor. Que lo dicho por la Vía Campesina y muchos otros de la importancia y el inigualable potencial de la agricultura campesina para proteger el planeta, alimentar a la humanidad y asegurar el buen vivir, es plenamente cierto.

Fuente: Grain.org

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