El cambio climático como síntoma: "Resignificar" el progreso

Cambio climático y progreso son dos expresiones que están a la orden del día, y con frecuencia no se conjugan bien. Cada vez son menos quienes niegan el cambio climático, aunque algunos de ellos tienen mucho poder. Las consecuencias de su presencia y las amenazas que nos plantea cada vez son más evidentes. En cambio, el concepto de progreso, tal como lo define la ideología dominante, es menos discutido e incluso ampliamente deseado. Sin embargo, también comienza a problematizarse debido a las consecuencias que entraña para la sostenibilidad.

Javier Echeverría Zabalza

Aunque la definición de “progreso” es “avance, adelanto, perfeccionamiento”, desde hace mucho tiempo, el progreso ha quedado circunscrito al plano económico. Se ha asimilado al crecimiento económico, innovaciones técnicas incluidas. Se supone que, si hay crecimiento económico, se producirá progreso social. Pero la realidad de las últimas décadas nos ha demostrado que puede haber crecimiento económico e innovaciones sin que ello suponga mejorar las condiciones de vida de amplios sectores sociales y, mucho menos aún, la sostenibilidad del planeta. De ahí que hace ya tiempo que se ha empezado a medir el bienestar de la sociedad observando los resultados sociales y medioambientales directamente, de forma separada de los factores económicos. El Índice de Progreso Social es uno de los ejemplos.
Nos encontramos en plena globalización neoliberal. Las grandes corporaciones están imponiendo la financiarización de la economía, desregulaciones de todo tipo, la reducción del gasto social, privatizaciones, deslocalización de empresas y normativas laborales que favorecen sus intereses, unos tratados comerciales totalmente a su medida, una competencia a la baja en todo tipo de ámbitos: fiscal, laboral, social, ambiental…, una desigualdad realmente obscena, etcétera. Pero, a la vez, están llevando al planeta, con su irracional sistema de producción-distribución-consumo, a una situación límite que hace temer la transgresión de umbrales de no retorno. El cambio climático es uno de los graves síntomas que tenemos -hay muchos más-, pero para solucionarlo deberemos abordar sus causas.
Sin embargo, sería un grave error considerar que todos estos problemas se han generado sólo en las últimas décadas y que deberíamos volver a épocas pasadas. La situación y la dinámica que vivimos forman parte de un sistema socio-económico que, sobre la base de la propiedad privada, persigue un crecimiento exponencial y, por medio de la explotación de las personas y de todo tipo de recursos naturales, obtener el máximo beneficio en el menor tiempo posible. Un sistema que plantea una contradicción irresoluble: conseguir objetivos infinitos (crecimiento, consumo, acumulación…) sobre la base de la explotación de unos recursos finitos.
En lo que se refiere a las fuentes de energía e innovaciones fundamentales sobre las que se ha basado el “progreso” del capitalismo, hay que recordar que la primera revolución industrial (siglo XVIII) se llevó a cabo con la creación de la máquina de vapor, teniendo como combustible el carbón. Su introducción en las industrias, barcos y ferrocarriles supuso un aumento espectacular de la capacidad de producción y transporte. Y en la segunda mitad del XIX tuvo lugar la segunda revolución industrial con la invención del motor de combustión interna y de la energía eléctrica, que, con el petróleo como energía estrella, favorecieron un progreso tecnológico y económico sin precedentes. Carbón y petróleo en la base.
Pero no sólo la derecha capitalista es responsable de la situación en la que nos encontramos. Los países del socialismo real del siglo pasado, el keynesianismo e incluso los países latinoamericanos que han abordado recientemente transformaciones sociales de calado, también han compartido la filosofía extractivista y expansiva. Sin negar los grandes logros del capitalismo y de los regímenes o sistemas citados en cuanto a creación de riqueza, avances científico-técnicos o derechos civiles y sociales, de lo que se trata en este momento es de analizar las dinámicas socioeconómicas experimentadas hasta ahora y de tomar medidas eficaces y urgentes para reconducirlas.
La urgencia para introducir transformaciones que nos lleven a tiempo hacia un modelo socio-económico compatible con los límites del planeta es enorme. Según la Agencia Internacional de Energía, las emisiones de CO2 aumentarán el 130% de aquí a 2050 con las pautas actuales. Pensar ingenuamente que los avances técnicos solucionarán el problema sin cambiar las dinámicas socioeconómicas es como si en la isla de Pascua hubiesen esperado evitar su colapso en el siglo XVII con la introducción de potentes motosierras para talar árboles; o como si en la isla de Nauru hubieran pretendido en el siglo pasado obviar el colapso con la invención de sofisticadas maquinarias para extraer más eficientemente el fosfato de toda la isla. Cuando se afirma que los avances científico-técnicos nos salvarán, ¿de qué estamos hablando?, ¿de que podremos imprimir una dinámica más vertiginosa, aumentar más y más el crecimiento, el consumo, el transporte, la velocidad… y a la vez lograr la sostenibilidad de un planeta cada vez más poblado y con recursos finitos cada vez más escasos, jugando a la ruleta rusa con la posibilidad de traspasar sus límites de no retorno? ¿Es que nadie conoce los principios de precaución y de responsabilidad? Porque ahora no estamos hablando de islas pequeñas, sino del planeta en su conjunto. Nuestro dilema es si tratamos de afrontar el colapso de una manera ordenada, humana y sostenible -eso requiere decisión, coherencia y urgencia- o, por el contrario, dejamos que el colapso tenga lugar de forma caótica: de alguna manera, ya lo hemos empezado. Desde luego, las consecuencias de esta última opción no las vamos a sufrir todas por igual; y lo que parece seguro es que, si seguimos así, algo parecido a un infierno estará cada vez más cerca para la inmensa mayoría.
Por eso, además de abordar la lucha contra el cambio climático de manera coherente y rápida, deberíamos resignificar términos como “progreso” o “desarrollo”, dándoles un contenido centrado en el bienestar de las personas y en la sostenibilidad de la vida, y poniendo a la economía como medio y no como fin. Un contenido que implica comenzar a hacer unas urgentes y complicadas transiciones que deberían tener como ejes fundamentales la transición y soberanía energética, la soberanía alimentaria, la soberanía de proximidad -comunidades relativamente pequeñas con autonomía de vida y capacidad de decisión, coordinadas entre ellas-, una mayor equidad y justicia social, una profundización democrática -también económica y energética-, una I+D+i enfocada a solucionar los importantes problemas de estas transiciones, la economía circular, un trabajo de educación y concienciación para cambiar valores y formas de vida... El desarrollo de estos ejes queda pendiente para otro momento.

Javier Echeverría Zabalza, miembro del Consejo Ciudadano de Navarra de Podemos-Ahal Dugu

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El costo económico del cambio climático en América Latina y el Caribe 
 
América Latina y el Caribe constituyen áreas del mundo cuya emisión de contaminantes alcanza apenas un 9% de acuerdo a datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Sin embargo, América Central y el Caribe son considerablemente vulnerables al impacto del cambio climático. Es una zona que ya empieza a sentir los efectos del cambio climático de manera directa y que es amenazada por el resurgimiento de enfermedades que ya se consideraban erradicadas, así como la persistencia de otros padecimientos tropicales como el dengue y la malaria.

Por Geovanny Romero

Mientras el mundo sigue luchando por lograr la erradicación de la pobreza, debemos asegurarnos que la producción agrícola de los países no se vea afectada de forma contundente por los fenómenos naturales. En ocasión de la celebración del día de la eliminación de la pobreza, le pregunté a la ex Primera Ministra de Nueva Zelanda, Helen Clark, sobre la fórmula para acabar con este problema. Clark, a través de su cuenta oficial de Twitter @HelenClarkNZ senaló: “Uso de transferencias de efectivo, creación de empleos y educación gratuita”. A esa ecuación de tres, yo agregaría invertir en la seguridad alimentaria. Precisamente eso es lo que representa América Latina, la garantía alimentaria del mundo debido a la vasta extensión de terrenos cultivables que tiene, contando con una cuarta parte del terreno agrícola del planeta y un tercio del agua dulce.
Para algunos, el cambio climático dejó de ser un cuento de fábula ya que se acabaron los argumentos en contra. Los organismos internacionales han planteado hace tiempo la necesidad de actuar inmediatamente. Este efecto generado por las emisiones ya está provocando aumento de temperaturas, inviernos más fríos y veranos más calientes, inundaciones, sequias, huracanes de trayectoria impredecible y más feroces, así como la desaparición de algunas playas.
De acuerdo a datos de la CEPAL de 2014, si la temperatura aumenta en 2,5 grados Celsius respecto del promedio histórico, la carga económica del cambio climático podría representar entre el 1,5% y el 5% del PIB de la región. Sin embargo, los costos generados por las medidas de adaptación al cambio climático podrían representar cifras menores al 0,5% del PIB de la región. Aquí está muy claro que la prevención tiene un costo muy bajo en comparación con el ocasionado por el fenómeno. Con el conocimiento de estos datos urge una mayor inversión en energías renovables e infraestructuras sustentables, unido al cumplimiento del compromiso asumido en el Acuerdo de Paris para un modelo de desarrollo sostenible.
El gran desafío es que el cambio climático es un factor transversal a todos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), por lo cual nuestra inacción ante este flagelo pone en riesgo el logro de las metas propuestas de cara a la Agenda 2030. El ODS #13 llama a la acción por el clima, mientras que el #6 exige agua limpia y saneamiento, pero el #7 nos pide invertir en energía asequible y no contaminante. Por otro lado, el #9 aboga por innovación e infraestructura y el #12 por producción y consumo responsable. El Acuerdo de Paris nos enseña lo que dice el último objetivo de la lista, el #17, sin la alianza estratégica de todos es imposible lograr los 16 objetivos anteriores.
En Fiji, en el marco de la COP23, nombre con que se conoce la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático 2017 (UNFCCC), se hizo el lanzamiento de una iniciativa que proveerá recursos y asistencia técnica a las pequeñas islas que son estados en desarrollo. Es una alianza entre la Organización Mundial de la Salud (OMS), la COP23 y UNFCCC. El Director General de la OMS, Dr. Tedros Adhanom, indicó que “están lanzando la iniciativa para estas pequeñas islas en desarrollo porque ellas son las que de manera desproporcionada soportarán la carga del cambio climático”. El objetivo es que estas islas aprendan a entender y manejar los efectos negativos en la salud. Islas como Puerto Rico y Dominica son ejemplos de la vulnerabilidad de la región ante fenómenos naturales como los huracanes.

(*) Analista político dominicano. Abogado, politólogo, profesor y escritor de opinión en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales.
Fuente: https://www.nodal.am/2018/01/costo-economico-del-cambio-climatico-america-latina-caribe-geovanny-vicente-romero/

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