Equinoccio de Otoño en mi Comarca
CAMBIARON LOS VIENTOS
Por: Pedro Cardyn
Está amaneciendo en Panguipulli, en las montañas del sur del mundo, donde vivo. La luz del aclarar viene en la mitad de su ciclo anual: sobre los cerros de Releco, a media distancia entre el cerro Filcumpulli (Espíritu de la Lagartija) y el Rukapillán (la morada del espíritu del fuego de la tierra, el volcán Villarrica).
Esta noche ha vuelto a soplar con furia el viento del este, el viento de las pampas, con mensajes del Atlántico. Las planchas del techo vibran con pánico. Siento la irrisoria soberbia y la fragilidad de mi pequeña casa ante las fuerzas del universo.
Tengo un robusto coihue de 15 metros delante de mi casa. Él es el rey de los bosques patagónicos. Los vientos habituales, los dominantes de mi región son los del noroeste, y el viento puelche era un extranjero asombroso que soplaba dos o tres veces al año. Ahora nos viene a visitar regularmente. Ocho a diez veces al año.
Los vientos han cambiado.
Mi coihue está librando una dura batalla: sus ramas y hojas están despeinadas y a contraviento de lo que habían aprendido hasta entonces.
Veo sus ramas y hojas sorprendidas por el puelche. Él sabe que lo estoy mirando, pero está en plena lucha y no me hace caso. Escucho la savia que corre por sus venas cambiar de dirección. Mientras cada una de sus ramas resiste, sus raíces están creciendo ahora hacia el este. Él ha decidido que va a sobrevivir. Al viento y a la falta de lluvias, que se agrava de año en año.
Él está aprendiendo.
mi alrededor, pareciera que todos los seres están aprendiendo. Las abejas de nuestras montañas también: todo su comportamiento ha cambiado, pecorean, luchan, enjambran, de maneras nunca antes vistas. El ulmo está floreciendo dos veces y anticipadamente. He visto nuevos insectos, completamente desconocidos, explorando estas tierras. Estos días ocurrió lo inesperado para los últimos días del verano: las cascadas del Colohue eran innumerables y entonaban nuevas canciones. Al día siguiente, cuando marzo todavía estaba, los cerros estaban nevados hasta la mitad.
Me preguntaba si nosotros, los humanos seremos capaces de aprender. Y sobrevivir.
Y sí. Acá estamos aprendiendo. Muchos.
Y esto es lo más hermoso. A cien metros de mi casa, el viejo galpón de ferrocarriles, por donde pasaron, durante cuarenta años sin recuerdo, las más bellas maderas del mundo, ahora se llama Trafkintuwe, lugar de la convivencia, del intercambio. Y es una hermosa feria, un bello mercado, donde la moneda ya no es el dinero.
La moneda es la sonrisa.
La sonrisa del que se lleva el producto de mis manos, las hortalizas de nuestras huertas, los piñones de nuestras montañas, o la cazuela que le servimos en un ruedo de mesas acogedoras, donde al visitante, al amigo, le miramos a los ojos más que a su bolsillo.
Los vientos han cambiado.
Te invitamos a escuchar, donde estés, la música de los nuevos vientos. Ya están aquí.
Imagenes: elciudadano.cl - es.wikipedia.org
Por: Pedro Cardyn
Está amaneciendo en Panguipulli, en las montañas del sur del mundo, donde vivo. La luz del aclarar viene en la mitad de su ciclo anual: sobre los cerros de Releco, a media distancia entre el cerro Filcumpulli (Espíritu de la Lagartija) y el Rukapillán (la morada del espíritu del fuego de la tierra, el volcán Villarrica).
Esta noche ha vuelto a soplar con furia el viento del este, el viento de las pampas, con mensajes del Atlántico. Las planchas del techo vibran con pánico. Siento la irrisoria soberbia y la fragilidad de mi pequeña casa ante las fuerzas del universo.
Tengo un robusto coihue de 15 metros delante de mi casa. Él es el rey de los bosques patagónicos. Los vientos habituales, los dominantes de mi región son los del noroeste, y el viento puelche era un extranjero asombroso que soplaba dos o tres veces al año. Ahora nos viene a visitar regularmente. Ocho a diez veces al año.
Los vientos han cambiado.
Mi coihue está librando una dura batalla: sus ramas y hojas están despeinadas y a contraviento de lo que habían aprendido hasta entonces.
Veo sus ramas y hojas sorprendidas por el puelche. Él sabe que lo estoy mirando, pero está en plena lucha y no me hace caso. Escucho la savia que corre por sus venas cambiar de dirección. Mientras cada una de sus ramas resiste, sus raíces están creciendo ahora hacia el este. Él ha decidido que va a sobrevivir. Al viento y a la falta de lluvias, que se agrava de año en año.
Él está aprendiendo.
mi alrededor, pareciera que todos los seres están aprendiendo. Las abejas de nuestras montañas también: todo su comportamiento ha cambiado, pecorean, luchan, enjambran, de maneras nunca antes vistas. El ulmo está floreciendo dos veces y anticipadamente. He visto nuevos insectos, completamente desconocidos, explorando estas tierras. Estos días ocurrió lo inesperado para los últimos días del verano: las cascadas del Colohue eran innumerables y entonaban nuevas canciones. Al día siguiente, cuando marzo todavía estaba, los cerros estaban nevados hasta la mitad.
Me preguntaba si nosotros, los humanos seremos capaces de aprender. Y sobrevivir.
Y sí. Acá estamos aprendiendo. Muchos.
Y esto es lo más hermoso. A cien metros de mi casa, el viejo galpón de ferrocarriles, por donde pasaron, durante cuarenta años sin recuerdo, las más bellas maderas del mundo, ahora se llama Trafkintuwe, lugar de la convivencia, del intercambio. Y es una hermosa feria, un bello mercado, donde la moneda ya no es el dinero.
La moneda es la sonrisa.
La sonrisa del que se lleva el producto de mis manos, las hortalizas de nuestras huertas, los piñones de nuestras montañas, o la cazuela que le servimos en un ruedo de mesas acogedoras, donde al visitante, al amigo, le miramos a los ojos más que a su bolsillo.
Los vientos han cambiado.
Te invitamos a escuchar, donde estés, la música de los nuevos vientos. Ya están aquí.
Imagenes: elciudadano.cl - es.wikipedia.org