Un ecologismo para el 99%
Es urgente que pongamos sobre la mesa propuestas que abran horizontes laborales y de progreso para la gente que tiene que vivir este cambio: Hablar de un ecologismo para el 99% es un gesto de complicidad y una provocación. Una complicidad con el feminismo para el 99% —de Federici, Bhattacharya y Fraser— y una provocación para romper con un imaginario ecologista clasista que hoy nos dificulta conectar con una mayoría social. El ecologismo para el 99% sería el equivalente a aquel feminismo que confrontó una agenda institucional y neoliberal que solo beneficiaba a unas cuantas mujeres privilegiadas: debería romper con un ecologismo excluyente, moralizador y alejado de la realidad de una mayoría social. Si el feminismo para el 99% reivindicaba una mirada anticapitalista, de clase y antirracista, este ecologismo también quiere ser una propuesta radical y popular, capaz de interpelar, incluir y movilizar a la gran mayoría.
Eva Vilaseca
El ecologismo para el 99% tiene que dar respuesta a las necesidades y a los derechos de la gran mayoría. Tiene que ser percibido como una mejora de la vida cotidiana, no como una renuncia. Eso implica no dejar fuera a nadie: ni a las personas migrantes, ni a las periferias, ni a los jóvenes, ni al campesinado, ni a quien trabaja en un hotel de la Costa Brava, en SEAT o en la petroquímica de Tarragona. El ecologismo para el 99% no debe ser culpabilizador. Tiene que ser para todas aquellas personas que, a pesar de vivir con precariedad, formamos parte del 20% más rico del planeta y somos responsables del 70% de las emisiones globales. ¡No han sido las decisiones individuales las que han determinado esta responsabilidad!
Como explica muy bien Rubén Martínez, las condiciones estructurales imposibilitan que podamos decidir sobre el impacto ecológico de nuestras vidas en España: porque Renfe no funciona y hay que coger el coche; porque con lo que pagamos de alquiler solo nos alcanza para comprar en Mercadona. Y así, un largo etcétera.
Este ecologismo tiene que preocuparse por construir una propuesta de futuro con mayúsculas junto con otros movimientos sociales. Es importante confrontar el actual sistema ecocida, pero no saldremos adelante solo desde la resistencia: necesitamos luchar por algo. Hace falta un proyecto político deseable y compartido, a la altura del reto ecológico y civilizatorio. Una apuesta radical, capaz de repensar de arriba abajo nuestro modelo social, económico y político. Una propuesta que pueda alzarse como una alternativa al fascismo —que parece ser la única alternativa que se nos ofrece hoy— y que incorpore las siguientes ideas:
1. Combinar la emergencia social con la urgencia ecológica. Todo a la vez.
El ecologismo para el 99% tiene que desbordar los límites de lo que tradicionalmente hemos entendido como ecologismo. Tiene que hablar otros lenguajes y surgir desde otros lugares y luchas. Podemos construir propuestas desde el movimiento por la vivienda, desde el antirracismo, desde la lucha contra la turistificación… Se trata de asumir que el reto político es construir una propuesta que haga evidente que la agenda ecológica y la social son la misma. Nuestra función, por lo tanto, debería ser asegurar que, a la vez que se garantizan los derechos sociales básicos para una vida digna (como el acceso al agua, a una vivienda o a la comida saludable), también se garanticen el derecho al futuro y los derechos de la naturaleza (o de la Tierra).
Como dice Yayo Herrero, “si se obliga a elegir entre la supervivencia económica a corto plazo y la supervivencia ecológica a medio plazo, se priorizará la primera opción, y cada vez se vuelve más inviable la segunda”.
Y, si ponemos por delante la cuestión climática sin tener en cuenta a la gente, generaremos propuestas elitistas que alimentarán el malestar social y harán inviables este tipo de políticas. Ya lo estamos viendo en los conflictos con el campesinado, con los pescadores o con la implantación de energías renovables en el territorio. No se puede hacer una transición ecológica rápida sin tener en cuenta a la gente. Y, si no lo entendemos a tiempo, no solo fracasará la transición ecológica, sino que generaremos un caldo de cultivo para la extrema derecha.
2. Pensar en grande.
Necesitamos construir una propuesta de transformación a gran escala. Hemos sido capaces de diagnosticar grandes problemáticas como la crisis climática o la de biodiversidad, pero hemos respondido con soluciones micro que no se articulan dentro de una estrategia más amplia de cambio. Esto nos ha llevado a cierto repliegue en lo pequeño, en iniciativas locales y comunitarias que, si bien son esenciales, no son suficientes para abordar la magnitud de los retos que tenemos por delante. El ecologismo también necesita macroproyectos. Hace falta una estrategia que vaya más allá de los ideales abstractos. No basta con saber qué queremos transformar; tenemos que saber cómo hacerlo —y hacerlo a tiempo y de manera justa—. Necesitamos pensar a escala de país, con propuestas concretas, arraigadas y creíbles, que conecten con la realidad de la mayoría.
3. Ofrecer trabajo y progreso.
En último término, deberíamos obsesionarnos con cómo transformar el tejido productivo que exige la crisis ecológica. Sabemos que sectores como el turismo, la ganadería intensiva, la industria del automóvil o la petroquímica tendrán que decrecer. Pero, entonces, ¿qué pasará con los puestos de trabajo que hoy dependen de estos sectores? ¿Qué futuro ofrecemos a las trabajadoras de la industria cárnica si reducimos los cerdos al 50%? Si no vivimos del turismo, ¿de qué vivimos? Es urgente que pensemos en los tiempos, los recursos y las alternativas, y pongamos sobre la mesa propuestas que abran horizontes laborales y de progreso para la gente y para los territorios que tienen que vivir este cambio.
4. Hacer de nuestra diversidad una potencia.
Este proyecto de futuro tiene que servir para alimentar y fortalecer las mil maneras que tiene el ecologismo de existir: desde quien apuesta por la vía institucional hasta quien defiende el territorio, hace educación o construye otras formas de vivir. Nuestra fuerza es la pluralidad. Solo hace falta que rememos hacia un horizonte compartido, cada cual desde su lugar. Como dice Alfons Pérez, quizás el éxito no vendrá de encontrar la justa medida de las reivindicaciones, sino de la capacidad de desbordarlas desde la pluralidad de voces y luchas que somos.
De hecho, estos últimos días se ha reabierto el debate sobre cuál debe ser el rumbo del ecologismo desde que Manel Riu cuestionó ciertas maneras de hacer. Pero, más allá de la crítica a lo que no ha funcionado, quizás lo que nos hace falta es centrar el debate en cómo construir este ecologismo amplio. Y, sobre todo, como afirma Clàudia Custodio: remangarnos para un frente común.
A mí, sinceramente, lo que hoy más me preocupa es entender el punto de encuentro entre el movimiento ecologista y el campesinado a la hora de formular propuestas y horizontes compartidos —más allá de una alianza puntual para oponernos a un determinado macroproyecto—. Entender qué funciona y qué no, para poder trabajar del brazo con los sindicatos, más allá de afirmar que “nos hace falta esta alianza” sin saber todavía cómo hacerla operativa. O resolver, de una vez, cómo alineamos la ambición climática con las luchas territoriales. Sobre este último punto, si hay tensiones porque la agenda climática y los movimientos territoriales no van a la par, habrá que encontrar la manera de que lo hagan. No podemos dejar de reconocernos como parte de la misma lucha, puesto que no se puede concebir el ecologismo sin las luchas de defensa del territorio. Espero que la ambición política de todas nosotras esté a la altura para hacerlo posible.
La buena noticia es que en Catalunya empieza a abrirse un nuevo momento para el ecologismo. Emergen propuestas que apuestan por tejer alianzas y buscar la pluralidad, que pueden ser claves para construir un ecologismo para el 99%.
Por un lado, Revoltes de la Terra, partiendo de la composición de luchas, propone una nueva forma de movilización: nos invitan a dejar de pasear nuestra impotencia por el Paseo de Gracia y a pasar a la acción allí donde pasan las cosas. Y, para mí, uno de sus valores es la capacidad de movilizar la rabia y combinarla con la alegría de luchar juntas. En Mont-roig del Camp había esperanza.
De forma complementaria, la Asamblea Catalana por la Transición Ecosocial (ACTE) apuesta por activar imaginarios y, sobre todo, concretar una propuesta de futuro deseable para el 99%, en la línea de lo que he intentado defender en este artículo. Este septiembre pondremos en marcha un proceso para sentar en una misma mesa al campesinado, movimientos ecologistas, sindicatos, colectivos antirracistas y muchos más, para empezar a construir un proyecto compartido que garantice un futuro posible para todo el mundo.
Y, mientras cierro este artículo, el Gobierno anuncia que ya tiene proyecto para la ampliación del aeropuerto de El Prat. Una vez más, vuelven a imponer medidas suicidas. Pero esta batalla puede ser una oportunidad para poner en práctica todo lo que aquí hemos defendido: conectar la lucha climática con el movimiento por la vivienda, las luchas territoriales de El Prat de Llobregat y muchos otros movimientos. En la confrontación, también tenemos que saber construir nuestro relato de futuro: un relato que sacuda, llene las calles y abra horizontes.
Eva Vilaseca es bióloga y miembro de la Assemblea Catalana por la Transición Ecosocial (ACTE). Este artículo se publicó originalmente en catalán en Crític. Fuente: https://climatica.coop/un-ecologismo-para-el-99/ - Imagen de portada: Una manifestación contra el proyecto de Altri. Foto: BRAIS LORENZO. -
