Debemos dejar de matar nuestros mares con los plásticos


EcoWatch

Ocho millones de toneladas. ¡Esta es la cantidad de plástico que lanzamos al mar cada año! La ingeniera especializada en el medio ambiente Jenna Jambeck, de la Universidad de Georgia (EEUU), dice que hay suficiente cantidad de plástico en el mar como para llenar 15 bolsas de la compra y alinearlas a lo largo de cada metro de costa marina del mundo. 

Un estudio publicado por Jambeck y sus colegas en el periódico Science el pasado 12 de febrero se ocupó de examinar qué hicieron –en 2010– con su basura plástica 102 países que tienen costa de mar. El informe, Plastic waste inputs from land into the ocean (basura plástica terrestre llevada al mar), estimó que de los 275 millones de toneladas de basura plástica generada, alrededor de ocho millones (es decir, el punto medio entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas) terminan en el mar, llevada por el viento desde basureros a ríos y estuarios, desechada en playas y a lo largo de las costas y transportada a mares y océanos. 
China encabeza la lista de los 20 países responsables del 83 por ciento del “plástico mal manejado” que acaba en los océanos; manda entre 1,32 y 2,53 millones de toneladas de basura plástica al mar. Estados Unidos, que tiene mejores sistemas de manejo de la basura, es responsable de entre 0,04 y 0,11 millones de toneladas. Algunos de los países que figuran entre los “top 20” ni siquiera tienen algún sistema formal de manejo de los residuos. El temor es que, a medida que aumente la población mundial, la cantidad de plástico que vaya a parar al mar aumente dramáticamente si los países no mejoran sus sistemas y prácticas de manejo de la basura ni reducen la cantidad de plásticos que producen y utilizan. 
Los científicos no saben dónde acaba la mayor parte del plástico ni tampoco cuál es el efecto que está produciendo en la vida marina y el suministro alimentario. Lo que sí saben es que las enormes islas de plástico y otros desperdicios –algunas tan grandes como la Península Ibérica– giran en cinco remolinos en el océano Pacífico, tanto en el norte como en el sur; lo mismo sucede en el Atlántico y el Índico. Pero no es más que una mínima parte del total. 
El plástico está en todos los sitios de nuestros mares. Se acumula en el fondo marino y –en forma de sedimentos– es llevado por las corrientes y las olas a todos los litorales marinos y tragado por los peces y otras criaturas marinas. Afecta a los pájaros, peces, mamíferos marinos y otras especies. Finalmente, se fragmenta en trocitos muy pequeños, que pueden parecerse a huevas de pez y acabar comidos por distintos animales del medio; nunca se degrada. Estas partículas, o microplásticos, no paran de acumularse. También son capaces de absorber y concentrar productos químicos tóxicos y de envenenar así a aquellos animales que las ingieren. Existen estudios que muestran que el 44 por ciento de las aves marinas tienen plástico en su cuerpo; además, muchos peces, pájaros, tortugas y delfines mueren estrangulados por basuras plásticas. 
Hasta la búsqueda del avión del vuelo 370 de Malaysia Airlines, que se perdió en el Mar del Sur de China en marzo de 2014, fue afectada cuando los investigadores que buscaban pruebas del accidente se encontraban con desechos plásticos. 
Los seres humanos dependemos de la salud de los océanos en varios aspectos: alimentación agua, aire, recreación y transporte. En los océanos está el 97 por ciento del agua del planeta y se produce más de la mitad del oxígeno que respiramos. También absorben carbón, algo muy importante en la reducción del calentamiento global. La mitad de la población mundial vive cerca de alguna costa marítima y los negocios relacionados con el mar contribuyen con más de 500.000 millones de dólares anuales a la economía del mundo. 
Lo que hacemos a los océanos y a la vida que ellos albergan en realidad nos lo hacemos a nosotros mismos. Entonces, ¿qué podemos hacer para mantenerlos –y mantenernos– saludables? 
Los informes de distintos autores dicen que es esencial reducir el “mal manejo” de la basura plástica, regular el volumen de plásticos que acaban en los basurales y mejorar los procedimientos de disposición final de la basura en aquellos 20 países mencionados más arriba. Pero, señala Jambeck, “No solo se trata de mejorar la infraestructura en otros países. Hay cosas que nosotros podemos hacer en nuestra vida cotidiana para reducir la cantidad de basura plástica que todos producimos”. 
En Canadá, los sistemas relativamente buenos de disposición final de los residuos domiciliarios y de reciclaje nos mantienen fuera de ese grupo de “los 20 peores”, pero podríamos hacerlo aún mejor. El primer paso es reducir la cantidad de plástico que usamos en casa. Para los consumidores, eso implica evitar los productos con excesivo embalaje y los ítems plásticos innecesarios como el agua embotellada, los productos ofrecidos en bandejas, y los vasos y platos desechables. También debemos mejorar nuestra capacidad de utilizar más veces las cosas y de reciclar. Según un informe de As You Sow, una fundación estadounidense sin fines de lucro, el plástico es la forma de embalaje que crece más rápidamente y solo se recicla un 14 por ciento. 
Los mares y las formas de vida que se desarrollan en ese medio se enfrentan a numerosas amenazas, desde el cambio climático a la pesca ilimitada. Reducir la cantidad de plástico que vertemos en ellos es un desafío al que podemos responder. ¡Sigamos adelante!  

Traducido del inglés para Rebelión por Carlos Riba García.

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