¿Y si la solución a la crisis ecológica nos permitiese también vivir mejor y acabar con la pobreza?

El cambio climático es una cuestión física, de gases de efecto invernadero, de energía acumulada y de desequilibrios planetarios. Pero también es una cuestión de desigualdad: el 1% más rico a nivel mundial es responsable del 15% de las emisiones relacionadas con el consumo y del 41% si tenemos en cuenta quién posee el capital privado detrás de dichas emisiones. En el otro extremo de la balanza, más de 800 millones de personas viven en una situación de pobreza extrema y muchos países apenas contribuyen a las casi 40.000 millones de toneladas de gases de efecto invernadero emitidas cada año.

Juan F. Samaniego

La salida a este laberinto de desigualdad y dióxido de carbono no es sencilla ni obvia. Y, sin embargo, existen propuestas sobre la mesa. Imaginemos que la mitad más pobre del planeta aumenta su riqueza hasta poseer el 30% del total mundial, mientras los multimillonarios (el 0,001% de la población global) pasan a controlar solo el 0,05%. Que el 90% de la población mundial duplica sus ingresos trabajando la mitad de horas que en la actualidad. Y que el calentamiento global se frena en los 1,8 °C a final de siglo, en lugar de superar los 3-4 °C hacia los que parece que nos dirigimos.
Esa es la receta que propone el Global Justice Report publicado por el World Inequality Lab. Su principal conclusión es que es posible conciliar el bienestar humano con los límites planetarios, pero solo si la transformación se sustenta en una rápida descarbonización de los sistemas energéticos, un cambio drástico en los patrones de consumo material y una reducción de la desigualdad global a nivel de riqueza y de poder. ¿Cómo? Estos son algunos de los ingredientes clave.
Converger hacia un mundo más próspero
Los ingresos medios mensuales de la población mundial varían entre unos 290 euros per capita en el África Subsahariana y los 4.590 euros de América del Norte. Si vamos más allá de los ingresos y analizamos la concentración de la riqueza y el control de los medios de producción, la desigualdad se dispara todavía más. “Quienes controlan los procesos de producción lo controlan todo, también nuestra capacidad de cambiar y de descarbonizar la economía. El consumidor, que carece de riqueza y no tiene voz ni voto en los procesos de producción, puede intentar viajar menos en avión o comer menos carne, pero su impacto es mucho más limitado”, explica Moritz Odersky, uno de los autores del estudio.
El World Inequality Lab propone, como una de las primeras palancas de cambio, que los ingresos per capita converjan, en todos los países, en unos 5.000 euros mensuales a finales de siglo. Esto supone que, en las regiones más ricas, el crecimiento sea muy limitado o prácticamente nulo, mientras que las regiones más pobres tienen todavía espacio para aumentar su PIB per capita hasta un 4% anual. El informe señala que, de esta manera, se reconocen las aspiraciones de los países del sur global para mejorar su prosperidad económica mientras se reduce la desigualdad a todos los niveles (también entre los segmentos más pobres y los más ricos de los países más desarrollados).
“Pero una cosa está clara, el crecimiento económico no puede seguir el mismo modelo que hemos usado en Europa o Estados Unidos, basado en gran medida en el uso de energía fósil. Por ello, es fundamental que los países ricos apoyen a los pobres en esta transición, y eso solo puede lograrse mediante la redistribución de la riqueza”, añade Odersky. Y aquí es donde el informe introduce un concepto en el que merece la pena pararse un momento: la suficiencia.
¿Cuánto es suficiente?
En los últimos siglos, de la mano del progreso tecnológico (y con la inestimable ayuda de los combustibles fósiles), la productividad humana no ha dejado de aumentar. Sin embargo, ese incremento no siempre ha tenido las mismas consecuencias sociales y laborales. Algunas veces, ser más productivo significó más tiempo libre para los trabajadores. Otras, esa productividad se convirtió en más producción. El modelo del World Inequality Lab propone avanzar hacia la suficiencia, apostando por reducir nuestro consumo material, mejorar el bienestar inmaterial y aumentar el tiempo libre.
El primer elemento de esta idea de suficiencia es reducir gradualmente la jornada laboral de las 2.100 horas anuales que se trabajan hoy, de media, en el mundo, a unas 1.000. Esto sería posible, según los cálculos que presenta el informe, destinando una parte significativa de las ganancias de productividad a largo plazo a disfrutar de más tiempo libre en lugar de a consumir más bienes, lo que también ayudaría a la sociedad humana a limitar su huella material en el planeta. “Para lograrlo, claro, necesitamos una mayor movilización colectiva a través de los sindicatos y de la política, que consiga que se aprueben leyes en este sentido”, subraya Moritz Odersky.
Además de reducir la jornada laboral, todos los países deben converger hacia una igualdad de género plena en el mercado laboral y un cambio significativo de nuestros patrones de consumo. Los sectores inmateriales, como la educación o la salud, deben ganar peso a nivel laboral y económico, alcanzando en todo el mundo niveles como los que hoy tienen algunos de los países con mayor bienestar del planeta. Según el informe, Noruega y Suecia, por ejemplo, destinan cerca del 35% de las horas de trabajo a la educación, la salud o la cultura.
Un nuevo límite al calentamiento: 1,8 °C
Ahora que la ONU ha reconocido que limitar el calentamiento a 1,5 °C con respecto a la temperatura media del planeta antes de la revolución industrial es ya imposible, es momento de trazar nuevos objetivos de contención de daños. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) señalaba a principios de mes que el planeta se dirige, en el escenario más optimista, a una subida de la temperatura de 1,8 °C. Y ese es precisamente el nuevo objetivo que establece la hoja de ruta del World Inequality Lab.
“Partimos de un sistema económico orientado al crecimiento y a la producción material. El bienestar humano parece estar atado a esto, por lo que, si queremos aumentar el bienestar y la riqueza de la mayor parte de la población mundial sin cambiar el sistema, el impacto en el medioambiente puede ser altísimo”, explica Moritz Odersky. “Por eso, es necesario actuar en todos los frentes posibles a la vez para frenar el cambio climático”.
Para lograrlo, la receta coincide con muchas de las soluciones propuestas a nivel científico durante las últimas décadas: electrificación de los sistemas energéticos, transición rápida hacia las renovables para que a mediados de siglo los combustibles fósiles representen solo el 20% del total producido, reducción del consumo material y aumento del bienestar inmaterial y transformación del sistema alimentario para reducir la superficie terrestre dedicada a la ganadería. “Sin un cambio radical, nos dirigimos a un calentamiento global de más de 4 °C para el año 2100”, subraya el informe.
¿Y cómo pagamos todo esto?
Avanzar en este sentido requeriría de un consenso social y político complejo y de un esfuerzo de inversión y redistribución muy importante: sería necesario gastar el 10,3% del PIB mundial entre 2026 y 2060 para alcanzar el nivel de transformación que delinea la propuesta del World Inequality Lab. Para ello, el centro de investigación propone un impuesto global sobre la riqueza y los ingresos que grave únicamente a cerca del 1% más rico del planeta.
“Este impuesto podría aplicarse de forma progresiva, de forma que fuese más alto con los multimillonarios. Así, por ejemplo, un impuesto del 20% sobre la riqueza de los más ricos significaría que, en unos pocos años, dejaría de haber multimillonarios y esos poderes que hoy controlan los medios de producción y deciden en gran medida el rumbo de la sociedad quedarían muy reducidos”, señala  Moritz Odersky. “Y ese es, precisamente, el gran obstáculo que existe para transformar el sistema, reducir la desigualdad, mejorar el bienestar de todos y frenar el cambio climático”.
“Creo que muchas personas tienen que ceder gran parte de su poder sobre la producción, los medios de comunicación y la política. Estados Unidos o Rusia son el mejor ejemplo. Los multimillonarios controlan los medios y son los grandes financiadores de las campañas políticas. Su motivación es seguir acumulando riqueza, no les preocupa el resto de la sociedad”, concluye el investigador. “Necesitamos una narrativa alternativa y fomentar la movilización política para mostrarle a la inmensa mayoría de la gente que las cosas podrían ser mejores de lo que son, mostrar una visión positiva del futuro por la que realmente valga la pena luchar”.

Fuente: https://climatica.coop/solucion-crisis-ecologica-vivir-mejor-acabar-pobreza/  - Imagen de portada: El World Inequality Lab propone que los ingresos per capita converjan, en todos los países, en unos 5.000 euros mensuales a finales de siglo. Foto: Noah Grossenbacher.

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