Argentina / Guaminí: 5000 hectáreas de agroecología

 

 

De utilizar transgénicos y agrotóxicos, a producir 5000 hectáreas sin venenos. De insumos en dólares y priorizar la rentabilidad individual, a privilegiar la salud y el trabajo colectivo. Políticas municipales, compromiso local y otro campo posible.

Por Mariana Jaroslavsky

“Se escucha mucho sobre los beneficios del ‘movimiento del buen arroz’ y de la ‘revolución verde’. Pero estos métodos se basan en el cultivo de débiles variedades de semillas y se hace necesario que el agricultor realice ocho o diez tratamientos químicos durante el crecimiento. En poco tiempo, el suelo será desposeído de microorganismos y materia orgánica. Se destruye la vida del suelo y los cultivos se vuelven dependientes de los nutrientes de abonos químicos.” Esto escribió el agricultor y filósofo japonés Masanobu Fukuoka a mitad del siglo XX en su libro La revolución de una brizna de paja. Defensor de la agricultura natural, hoy nombrada como agroecología, predijo lo que se vive en la producción agroindustrial de alimentos a nivel mundial. En Argentina se usan alrededor de 450 millones de litros de químicos por año para producir granos, que se exportan para alimentar animales en otros países o para la producción de agrocombustibles. Pero algo está cambiando desde Guaminí.


Guaminí, escuela de gestión ambiental

A casi 500 kilómetros al sudoeste de la Ciudad de Buenos Aires, en el municipio de Guaminí, miles de biguás (ave marina de color negro) reposan al atardecer en las ramas de árboles que emergen de una de las cuatro lagunas de agua salada. Los pejerreyes nadan y los médanos se mueven lento con el viento. Lejos, contra el sur, se ve la silueta gris de las Sierras de la Ventana. Marcelo Schwerdt, nacido y criado aquí, a fines de los 90 partió a estudiar biología a Bahía Blanca, donde se doctoró, siempre con el sueño de poner en valor ese complejo de aguas y campos sembrados. Cuando volvió, estuvo un año con su compañera campo adentro, con trabajo de docente un día por semana, armó proyectos, pensó en la gestión ambiental del municipio. En 2005, fue nombrado responsable de Recursos Naturales, y en 2008 se creó la Dirección de Medio Ambiente. Se mantuvo en la gestión ambiental del municipio hasta 2016, y desde entonces es asesor en Recursos Hídricos.
Guaminí ostenta un 30 por ciento de población rural, una ecuación que rompe con el ocho por ciento que se da a nivel nacional. Es un municipio de costumbre agroganadera, de chacareros criollos y de ancestros mapuches. Los ríos y arroyos van trazando rutas de agua entre 1200 kilómetros de caminos rurales, a lo largo de 500.000 hectáreas de ruralidad. Sacando las lagunas y los pueblos, el 90 por ciento de la tierra del municipio es cultivable. En los últimos 20 años, de ser el tercero o cuarto grano, el cultivo de soja pasó a ocupar alrededor del 75 por ciento de la tierra productiva.
La Cooperativa Agrícola Ganadera de Guaminí Ltda cuenta con 200 productores asociados (considerados chacareros, administran entre 50 y 1000 hectáreas) y acopia principalmente trigo, que en su mayoría recibió aplicaciones de agroquímicos. Muchos de ellos viven sometidos a grandes riesgos de inversión, con alta vulnerabilidad y sistemáticos ciclos de endeudamiento.
Schwerdt y su amigo Lucas Martín, otro biólogo del municipio, especialista en algas, decidieron ocuparse desde la Dirección de Medio Ambiente de la basura de la ciudad cabecera del municipio que, con 2800 habitantes, aún no lograba gestionar sus residuos de forma autónoma. Levantaron un Centro de Acopio Transitorio de Residuos Reciclables y se ocuparon ellos mismos, arriba de una camioneta, de levantar las bolsas de basura de las casas dos veces por semana durante dos años. Hoy tienen cuenta con una “planta de clasificación y valorización” y un camión recolector.
“El 5 de junio de 2011 celebramos el Día del Medio Ambiente en una escuela primaria rural y surgió el pedido de generar un acopio de bidones de agroquímicos vacíos”, recuerda. Las maestras andaban preocupadas porque los veían tirados por los caminos. Alarmados, porque estos residuos son considerados peligrosos, decidieron trabajar con ellas y arrimarse a las problemáticas de salud de los pobladores rurales. “En 2012 creamos la Mesa de Salud Ambiental junto a una pediatra, una obstetra y una enfermera del programa Médicos Comunitarios, un ingeniero agrónomo dedicado a la educación agraria secundaria y los dos biólogos que estábamos en la Dirección de Medio Ambiente”, describe Schwerdt.
El modelo agrotóxico en debate
También construyeron espacios de debate e intercambio de saberes entre productores agroecológicos y personas que trabajan o promueven el modelo tecnológico agroindustrial, de semillas genéticamente modificadas yutilización de agroquímicos, ya sean plaguicidas, fungicidas, insecticidas, herbicidas y fertilizantes sintéticos a base de petróleo (modelo que ocupa cerca del 70 por ciento de la tierra productiva del país).
Este modelo productivo hegemónico del agro nacional es cuestionado por las comunidades rurales y un sector de la comunidad científica, debido al aumento de casos de cáncer, malformaciones congénitas, abortos espontáneos, pérdida de biodiversidad y fertilidad del suelo, contaminación de las aguas, tanto de cursos como de lluvia y napas, muerte de peces y por la propagación de enfermedades crónicas no transmisibles como diabetes, hipotiroidismos, alergias y celiaquías. Entre 1996 y 2015 el uso de agrotóxicos aumentó un 423 por ciento, según datos de la Red Universitaria de Ambiente y Salud (Reduas).
En Buenos Aires está vigente la Ley 10.699/89, que prohíbe las fumigaciones aéreas a dos kilómetros de los centros urbanos. Algunos municipios desarrollaron sus propias ordenanzas –que amplían la restricción–, normativas que impulsan las asambleas de vecinos de los pueblos fumigados. Los reclamos socioambientales que surgen de la sociedad civil obligan a repensar las aplicaciones al menos para los campos que circundan a los pueblos y replantear el modelo productivo.

Foto: Mariana Jaroslavsky

“Nuestro motivo en común es la salud, el campo y la vida. Crear comunidades que tengan en cuenta al otro.Vamos desarrollando nuevas estrategias productivas entre todos. Eso es el planteo de la agroecología. Una construcción endógena, entre los que participan. Entre campesinas y campesinos, con profesionales y con toda la comunidad”, comparte en un bar del barrio de Almagro, en la Ciudad de Buenos Aires, el ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá, uno de los fundadores de la Red Nacional de Municipios Comunidades que Fomentan la Agroecología (Renama), organización que nació en Guaminí. Marcelo Schwerdt lo invitó a disertar varias veces y, frente al entusiasmo del público, decidieron construir la red. Cerdá es también integrante de la Asociación Argentina de Agroecología, que tuvo su primer Congreso Nacional en Mendoza en octubre de 2019, y fue expositor en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Guaminí venía de la experiencia de la Red de Municipios contra el Cambio Climático (Ramcc), la Mesa de Responsables Ambientales de la Pampa Arenosa y la Mesa Regional de Lucha Ambiental, a través de la que fomentaron la generación de energías renovables, de gestión de residuos, y recuperaron los saberes de la construcción en barro.
Locos y locas de la agroecología
Las jornadas de información y debate sobre el modelo productivo se extendieron en Guaminí durante más de cuatro años, hasta que en mayo de 2016 se sancionó la Ordenanza 13/2016, que alejó las fumigaciones a 300 metros de exclusión absoluta y a 1000 metros de escuelas y pueblos con productos de banda verde y azul (distancias que hoy quedaron cortas después de los avances de las investigaciones de las derivas y efectos de las pulverizaciones). Para ese entonces, ya había nacido el Grupo de Guaminí o “los locos de la agroecología”,como dicen que los llaman. Una porción de productores y propietarios/as de chacras que se entusiasmaron con la idea de dejar los insumos y se reúnen todos los meses a intercambiar saberes, experiencias y acompañarse en la transición.
Empezaron a trabajar en 100 hectáreas experimentales y hoy son 5000 hectáreas extensivas y agroeocológicas. A la dupla de cultivos regenerativos de avena y vicia no se las saltea nadie, porque fertiliza al fijar el nitrógeno en el suelo y da buen alimento a los animales que después bostearán las parcelas. También practican el pastoreo racional, en el que los animales circulan de parcela en parcela, abonan con la orina y bosta, y con descansos para que el pastizal vuelva a crecer y volver con ganado, o sembrar después trigo sobre ese “suelo vivo”. También hay pasturas, siembras complementarias, ganado, lechería, trigo y algo de girasol.
A las reuniones de Guaminí, por ejemplo, han ido productores del partido de Lincoln y, en menos de tres años de transición, el municipio vecino ya tiene 20.000 hectáreas en producción agroecológica. La semilla que germinó en el oeste bonaerense ya reúne a 31 municipios en el país, y a Canelones y San José en Uruguay. Más de 90.000 hectáreas, 180 productores de cinco a 5000 hectáreas, 29 grupos y 85 asesores. Más de 36.000 personas en total se acercaron a las charlas y capacitaciones de la red.
“La agricultura que se está haciendo es minería, ese concepto debe cambiar. Nosotros nos dedicamos a demostrar que se puede producir de otra manera”, asegura Cerdá. El agrónomo de la Universidad de La Plata y que tuvo su primera experiencia de gestión en Tres Arroyos, hoy espera su nombramiento en la flamante Dirección Nacional de Agroecología que dependerá de la Secretaría de Alimentación, Bioeconomía y Desarrollo Regional del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca que encabeza Luis Basterra.
A las pocas semanas de asumir Alberto Fernández, se declaró la voluntad de crear la Dirección de Agroecología y que Cerdá esté a cargo. Ocho meses después, la cosa avanza lenta. “El Estado reconoce el movimiento que hay en el país y en el mundo hacia la agroecología, de movimientos sociales, de campesinos como la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), de los pueblos fumigados, además de la pérdida de nutrientes, de las malezas que resisten a las aplicaciones. Hay que repensar el modelo de producción, que muestra tener muchos problemas. Esto tiene que ver con la necesidad de un cambio de paradigma”, contextualiza.
Mientras tanto, el crecimiento de la producción de trigo agroecológico mueve diez molinos nuevos en el municipio de las lagunas y los médanos, y también el molino comunitario “La Clarita”, de la Granja Integral Agroecológica del Centro Agrario (CEA), un terreno municipal que se dio en comodato por 20 años y donde se muelen 400 kilos de harina de trigo a piedra por mes. También se crían gallinas que dan unas 300 docenas de huevos por lunación, y una huerta de hortalizas, cuyos productos (junto con la harina) se destinan a abastecer a los hospitales, centros infantiles y a la escuela especial de Guaminí.
También avanzaron en el Plan Local de Educación y Desarrollo Agrario para una Alimentación Segura y Soberana (Pledaass), hermano del Passs (Programa de Alimentación Sana, Segura y Soberana) de Gualeguaychú, Entre Ríos. Fue “el último gran desafío que escribí, presenté y milité desde fines de 2017”, comparte satisfecho el biólogo.

Foto: Mariana Jaroslavsky

Campo adentro
“Sentimos como productores la responsabilidad de producir alimentos sanos para la comunidad“, aseguraMaría Esther Pieroni, que vive junto a su marido, Hugo Benito, en el campo más alejado del grupo de “los fundamentalistas”, como también se llama a estos productores, semillas de la Renama. En la localidad de Garré, 30 kilómetros de asfalto y 40 kilómetros de camino rural adentro, ellos trabajan las 170 hectáreas que Hugo heredó de su padre. Fue parte de la Colonia Grande del Sur, una repartición de tierras que el Estado dio en créditos blandos a familias agricultoras que quisieran trabajarlas. Hoy muchas de esas familias todavía son propietarias de las tierras, aunque muchos terminan arrendándolas a pooles de siembra o productores más grandes.
“Esto se vendió diciendo que rinde más a gran escala. ¿Y para dónde vas a crecer? Para el vecino. Así nos quedamos sin gente en el campo. En otros países para arrendar tierra tenés que hacer un contrato por nueve o diez años. Acá se sigue usando la figura de ‘accidental’ y entonces hacen contrato por un año. En un año tenés productores golondrinas que pueden hacer cualquier cosa e irse. Ni productores. Tenés pooles de siembra que arriendan cuando conviene y si no, se van“, asegura Cerdá con el tono de voz más alto.
Martín Rodríguez sabía que quería vivir en el campo de su abuelo. Esas 100 hectáreas que se terminaron de pagar en los 90 (también por leyes para favorecer el acceso a la tierra), fueron la causa de angustia e incluso de muerte de su abuelo. “Se comieron todo lo que les vendieron, compraron maquinaria e insumos; el campo se fundió y vendieron todo, menos la tierra. Yo sabía que quería que esto volviera a ser una granja como la que tenía mi abuelo. Gallinas, chanchos, ovejas, huerta”, comparte Rodríguez con la boina torcida y su hablar paisano.
Cuenta que eso lo llevó a Bahía Blanca, a estudiar agronomía. Y, aunque debe un solo examen final, no terminó la carrera universitaria. “Al pedo estudiar para ser un soldadito vendedor de insumos, en lugar de convertirme en un profesional del campo”, explica.
Cuando volvió a Guaminí, el Municipio ya había comenzado el fomento a la agroecología, pero a Martín le parecían fundamentalistas. Hasta que se acercó. Con esa pinta bien criolla, escuchó a Eduardo Cerdá, conoció el campo La Aurora en Benito Juárez, se enteró del proyecto biodinámico de Naturaleza Viva (Santa Fe), y abandonó toda resistencia. “Eso era lo que quería hacer”, recuerda. Ahora es maestro de sección del Centro Agrario (CEA), visita productores y los asesora en la transición, mientras intenta que su campo tome vuelo en el tiempo que le queda libre, entre las capacitaciones y su familia.
“¿Queremos gente en el campo?”, se pregunta. “Y si la queremos, ¿cómo hacemos? En 2018 cerraron 600 tambos en la provincia. A mí me preocupan los productores”. Así, Rodríguez se acercó al campo “El 27” de su vecino, Esteban Samek, que venía de una mala experiencia con una empresa aplicadora de agroquímicos. Fumigaron dónde y cuándo no tenían que hacerlo, y perdió toda una cosecha de trigo. Ahora no fumiga nada, y se esconde cuando sus vecinos lo hacen, para no respirar los químicos. “Tengo buen trato, pero hay gente que no le importa nada, fumigan con cualquier viento. Hace dos años corté las fumigadas y empecé a experimentar. Prueba y error”, describe y argumenta: “Sólo ver el campo verde te da energía. Clavar la pala y ver lombrices, no tiene precio”.
“Las ‘buenas prácticas’ son una mentira”
“En agroecología tenés que usar la observación. El tema de las buenas prácticas (reglas para la aplicación de los insumos que promueven desde las empresas agroquímicas y el Ministerio de Agricultura) es una mentira. Fumigan a cinco kilómetros y el olor llega. En verano, en las noches lindas, te tenés que encerrar. Te deprime”, comparten la bioquímica Cecilia Agner y su compañero de vida, Norman Best, devenidos en agroecólogos, en la cocina de su casa. “Frente a esto, ¿qué derecho humano tenés? ¿Cómo me defiendo?”, continúa él, hijo (y nieto) de mayordomo de estancia y de una maestra rural.
La conversación es larga, mate, almuerzo y caminatas de por medio. “Los campos están alquilados; las casas, deshabitadas. Hacen falta créditos para volver al campo, para poder dar trabajo a más gente. Necesitamos construir casas dignas, molinos. Antes los terratenientes eran los estancieros, ahora son los pooles de siembra“, concluye.
Después de conocer La Aurora y de escuchar las charlas de Eduardo Cerdá, para el ingeniero forestal Rafael Bilotta fue como dejar de fumar: “Cuando me di cuenta de que me hacía mal, dejé. Lo mismo con las aplicaciones de agroquímicos”. De pensar en los eucaliptos para la industria del papel, hoy investiga los montes frutales para combinar con el ganado y la siembra bajo monte. Junto a su compañera llevan adelante un vivero y enseña forestación en la escuela nocturna de Guaminí.
Con 90 animales, Mauricio Bleynat produce 180 litros de leche por día. Desde 1880 que su familia vive en la zona, donde siempre tuvieron quinta, pastizales, vacas y alguna siembra según la época. “Mirá”, indica. Levanta un pedazo de bosta que, a pesar de la fuerte sequía, está llena de bichos bolita y humedad. Síntoma de buena salud para el suelo.
En su casa del pueblo, Fabián Soracio, productor del grupo desde la primera hora, ceba mates y comenta que están en una transición, que todo está en movimiento, que es una alegría ir todos los días al campo y que el grupo de Guaminí es un sostén más allá de las ideologías. “Son personas con las que seguramente nunca me hubiese encontrado. Todos pensamos distinto. Y ahora nos abrazamos cada vez que nos vemos”, sincera. “Es como si fuéramos una familia que se lleva muy bien”, dice María Esther Pieroni mientras ofrece con orgullo sus higos en almíbar y celebra: “No estamos solos”.

Marcelo Schwerdt Foto: Nacho Yuchark / MU

Fuente: https://agenciatierraviva.com.ar/guamini-5-mil-hectareas-de-agroecologia/- Imagen de portada: Foto: Mariana Jaroslavsky

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