El investigador que propone que los ríos tienen vida propia: "Nuestra cultura, historia y lenguaje han sido moldeados por ríos"
«¿Ha muerto el agua?». Una pregunta, de primeras, tonta. ¿Ilógica? Rara. Si la formula un niño, adquiere, quizá, un aire ligeramente ingenuo. Aunque también encierra algo inquietante. ¿Puede morir algo que, en principio, concebimos como inerte? ¿Quién diría que esa pregunta aparentemente inocente daría tanto que pensar? Pensar tanto, tanto que a partir de ella germinaría el décimo libro del británico Robert Macfarlane, ¿Están vivos los ríos? (Random House). Fue su hijo quien le planteó esa posibilidad al encontrarse frente a un manantial prácticamente seco, sin vida, donde antes corría el agua.
Entrevista de: Susana F. Marimón
Macfarlane, para nada ajeno ni reacio a este tipo de conceptos naturalistas que flirtean con ideas ancestrales, publica ahora una obra a medio camino entre el ensayo, la crónica de viajes y la reflexión personal, que vuelve sobre esa pregunta inicial e intenta darle respuesta. Si algo pretende el británico es que su lector imagine los ríos «con vida, muerte e incluso derechos, y que vean qué se desprende de esa reimaginación en términos de derecho, cultura y política».
El autor, galardonado con el Guardian First Book Award, el E. M. Forster Award y el Henry David Thoreau Prize, entre otros, se dispone a contar la historia de los ríos sobre el propio terreno. Para ello, emprende un viaje que lo lleva desde el bosque nuboso ecuatoriano de Bosque de Los Cedros hasta el río Magpie, en Canadá, pasando por otros paisajes donde el agua se encuentra amenazada y, a la vez, defendida por comunidades locales. Desde esos territorios comienza un periplo con las masas de agua como protagonistas absolutas.
Para Macfarlane, es evidente: la naturaleza tiene vida, conciencia y derechos. ¿Significa eso que los ríos deben considerarse... vivos? ¿Son, también, merecedores de derechos? «Inicialmente se concibió como un libro sobre la 'vida'. Era una arrogancia ridícula, por supuesto, pero esa era la fuente: ¿cuáles son las historias que nos contamos sobre lo vivo y lo muerto, y cómo se comparan con las historias que nos cuenta el poder sobre ello?».
La naturalista Robin Wall Kimmerer defiende que solo protegemos lo que amamos y solo amamos lo que podemos entender. ¿Por eso escribe sobre naturaleza?
Absolutamente. La escritura sobre naturaleza es prosa, y también una forma de activismo. Reconfigura nuestra forma de ver la naturaleza. Vivimos en tiempos profundamente complejos en los que la naturaleza ya no es, ni nunca lo ha sido, una categoría inocente. Muchas de nuestras crisis, particularmente en nuestra relación con el mundo vivo, son crisis tanto de imaginación como de legislación. La escritura y el arte tienen un trabajo que hacer en estos tiempos. Si pensamos, por ejemplo, en mi país, Inglaterra, somos una de las dos naciones del mundo [la otra es Chile] que tiene un sistema de agua totalmente privatizado. Esa es una historia muy reciente sobre cómo nos relacionamos con los ríos y el agua.
La poseemos.
El agua es un activo líquido, nada más que un proveedor de servicios y una fuente de ganancias. Esta es una narrativa increíblemente reciente y, sin embargo, es la que domina en mi país y ha llevado, durante 37 años, al colapso de nuestro sistema fluvial.
¿Qué aprendió al encontrarse con estos ríos en persona, ríos que nunca podría haber entendido solo con libros o debates sobre medio ambiente?
Los tres ríos que visité estaban bajo amenaza de muerte. Muerte por minería en Ecuador, muerte por contaminación en Chennai y muerte por ahogamiento en Canadá. Y los tres también estaban siendo radicalmente reimaginados como seres con derechos, vidas y muertes, y sus vidas como paralelas a las vidas humanas que los rodeaban. Esa fue mi atracción hacia esos tres ríos en particular. Pero, ¿qué se aprende en persona? El cuerpo sabe lo que la mente no alcanza a saber.
¿En qué sentido?
Cuando te pones en el camino de paisajes interesantes y fascinantes, así como de personas fascinantes, siempre te sorprendes. Vivimos en una cultura donde teóricamente puedes usar Google Maps para sumergirte en cualquier terreno; y probablemente puedas encontrar imágenes de cualquier espacio en la Tierra ahora. Pero estar allí en persona no tiene comparación. Es formidable. Suelo llenar mis pequeños cuadernos de plumas, arena, agua, memoria y escritos. Cada uno se convierte en una pequeña especie de cofre del tesoro. Tengo docenas de ellos. Y nunca podrían haberse llenado en una biblioteca.
"Estamos sumidos en una absoluta soledad que proviene de ver al resto de humanos como nuestra única compañía en la Tierra"
Tras todos esos viajes y conversaciones, ¿cree que la forma en que pensamos sobre los ríos y la naturaleza en general está empezando a cambiar, o seguimos estancados en la misma mentalidad extractiva que hemos tenido durante siglos?
Durante milenios, desde que el derecho romano reconoció la tierra y el agua como propiedad. El derecho británico heredó y modificó aún más el derecho romano, y luego exportó esa visión legal altamente antropocéntrica, optimizada para la propiedad, por todo el mundo a través del capitalismo colonial. Así tenemos un sistema legal profundamente codificado donde la naturaleza es materia para recursos, no sujeto de vida por derecho propio. En los siglos XVI y XVII, con el racionalismo y la antiidolatría católica, España prohibió en el Nuevo Mundo creencias en espíritus de ríos o montañas: en Perú, los indígenas eran castigados por hablarles. En Inglaterra, la Reforma penalizó peregrinaciones a fuentes sagradas. Protestantes y católicos purgaban el animismo. Seguimos siendo herederos de esa visión piramidal, desde Aristóteles a la scala naturae cristiana, con humanos en la cima.
¿Hemos perdido algo en vernos como seres separados y no como una unidad que forma parte de la propia naturaleza?
Nos hemos puesto en grave peligro. Estamos sumidos en una absoluta soledad que proviene de ver al resto de humanos como nuestra única compañía en la Tierra. Estamos rodeados de una gran orquesta animal de voces, canciones y gritos y, sin embargo, poco a poco se está silenciando.
¿Qué nos dicen los ríos sobre cómo hemos prosperado y cómo deberíamos relacionarnos con ellos hoy?
El sistema fluvial es el sistema con el que hemos prosperado como especie. Los últimos 10.000 años en el norte de Europa, en particular, desde que el hielo se deshizo, los ríos comenzaron a fluir y ese ha sido el período del gran florecimiento humano del Holoceno. Hace tiempo calculé que alrededor del 0,002% del agua del mundo fluye en ríos. Son seres, presencias asombrosamente raras. A veces pienso que cuando nos encontramos con un río, deberíamos sorprendernos tanto como si hubiéramos encontrado un leopardo de las nieves en la calle. Hemos olvidado lo esencial: cómo nuestras ciudades han crecido a su alrededor, cómo nuestras culturas, historias, recuerdos, lenguajes han sido moldeados por sus presencias.
Si miramos al otro lado del océano, a la Casa Blanca, en lo que respecta a la conservación y al medio ambiente, ¿qué vemos hoy?
Vemos una administración nacionalista cristiana en la que los humanos son absolutamente la especie excepcional. Es una administración supremacista humana. Pero esa es una versión de las suposiciones de gobernanza que se mantienen en casi todas las jurisdicciones, excepto en lugares contados, como Ecuador, donde empiezo el viaje, porque es una excepción en términos de imaginación moral, en términos de ecología política a la norma.
¿Qué hace Ecuador que no hacen otros países?
En 2008 centró los derechos de la naturaleza en su constitución. Permite, por ley, defender ecosistemas como sujetos de derechos. Es verdaderamente increíble. Aunque tengo que decir que España tampoco va por mal camino. En 2022 el Mar Menor se convirtió en la primera masa de agua de Europa en ser reconocida como persona jurídica. Es una historia extraordinaria. Fue un momento pionero para el movimiento conservacionista ya que fue el primer ejemplo europeo a nivel de legislatura estatal. El movimiento fue liderado por la activista y académica Teresa Vicente, quien reunió unas 700.000 firmas entre 2019 y 2021. Y ganó el Premio Goldman, que es el Premio Nobel de activismo ambiental, por así decirlo.
"La regulación ambiental a menudo todavía se basa en un modelo de dominio o en un modelo reparador de 'quien contamina paga' en lugar de preventivo. Nuestros sistemas legales necesitan urgentemente una reforma"
¿Cómo se traduce en la práctica el reconocimiento legal de los derechos de la naturaleza como en el caso del Mar Menor?
La cuestión ahora es cómo cerrar lo que los abogados llaman la «brecha de implementación»: la distancia entre aprobar una innovación legal -especialmente en derecho ambiental- y aplicarla realmente en la práctica. Sin embargo, ya hay buenas evidencias de que reconocer ecosistemas como personalidades jurídicas y con derechos está empezando a cambiar su situación.
¿Cómo cree que le va a Europa en la protección de ríos y ecosistemas?
Tengo que decir que tengo algo de envidia sana, aunque reconozco que las cosas siempre son complejas sobre el terreno. Porque, como he dicho, Inglaterra es anómala al ser una de las dos naciones del mundo con un sistema de irrigación totalmente privatizado. Formalmente, no tenemos un solo río en buen estado. Así que estoy rodeado de daños y pérdidas, así como del esperanzador trabajo de los ciudadanos. También nos hemos aislado, obviamente, de las poderosas directivas de la UE sobre el agua. El Relator Especial de la ONU sobre el derecho al agua potable recriminó a Inglaterra, acusándola de necesitar una revisión urgente de su regulación del agua. Así que sienta bien ver a países como Países Bajos, que tienen un sistema de agua de propiedad pública; o cómo muchas naciones europeas han reconocido el agua dulce como un bien común azul, como un bien público.
¿Cómo ve a España en este sentido?
Creo que estáis a medias. Tenéis un sistema de agua muy descentralizado que ha tendido a la privatización, creo, en los últimos 20 o 30 años, pero ahora lugares como Sevilla y otras ciudades están empezando a recuperar el control público del agua. En España también os enfrentáis a desafíos graves en forma de ríos fantasma y ríos monstruo.
¿Fantasmas y monstruos?
[Ríe] Los fantasmas son los ríos afectados por la sequía; los que se están secando, y los monstruos, por supuesto, son los ríos que se desbordan y que vuelven a ocupar sus terrenos de forma catastrófica. Diría que España se encuentra en una situación muy difícil con el agua dulce en este momento y, supongo, está tratando de reimaginar esa relación.
¿Dónde cree que todavía nos quedamos cortos en Europa?
Me gustaría ver más iniciativas legales ecocéntricas, de las cuales, como digo, España ha sido pionera hasta ahora. Veo cada una de ellas como una desestabilización de un antropocentrismo arraigado y solidificado durante mucho tiempo, y las veo como actos esperanzadores y progresistas. La regulación ambiental a menudo todavía se basa en un modelo de dominio o en un modelo reparador de «quien contamina paga» en lugar de preventivo. Nuestros sistemas legales necesitan urgentemente una reforma, pero tengo la sensación de que algo está cambiando. Me parece que hay movimientos conservacionistas que están ganando fuerza Y lo necesitamos, necesitamos que florezcan.
¿Cuál es el conflicto ambiental que más le preocupa en este momento?
¿Por dónde empezar? La segunda elección de Donald Trump será vista como el gran desastre climático de la primera mitad del siglo XXI. Desde la velocidad de la desregulación -y la eliminación de la cláusula de peligro relativa a las emisiones de carbono- hasta la Agencia de Protección Ambiental (EPA), creada bajo Nixon, que fue sorprendentemente el presidente estadounidense moderno más ambientalista. La EPA nació de una crisis: el incendio del río Cuyahoga en Cleveland (Ohio), a finales de los 60, que conmocionó a la nación y convirtió a los ríos en agentes políticos de nuevo. Y sin embargo, Trump ha revertido todo esto en este segundo mandato mucho más organizado. Esta administración en la Casa Blanca es, creo, la mayor amenaza ambiental. Sospecho que Pedro Sánchez estaría de acuerdo conmigo.
A Trump le gusta enmarcar la conservación como 'ambientalismo radical' que quiere parar a toda costa. En alguna ocasión, incluso, llegó a acusar de terroristas a activistas. ¿Qué piensa al respecto?
Es un país con legislación extremadamente represiva. Estados Unidos está a otro nivel en la supresión del derecho a protesta. Me consterna.
¿Qué es lo que realmente está en juego cuando las preocupaciones ecológicas se presentan de esa manera, como algo radical?
Todo se pierde cuando las preocupaciones ecológicas se dejan en último lugar. El mundo vivo siempre se ve como desechable, siempre se ve como reemplazable.
¿Es realista un cambio de mentalidad?
Sí. La activista Joanna Macy lo llama la gran transformación; es un cambio esencial en cómo nos relacionamos con la naturaleza. Sostiene que para enfrentar las crisis ambientales necesitamos una transformación cultural, emocional y espiritual. Eso implica un cambio de conciencia que abarque tanto leyes y políticas como valores y hábitos.
También está la cuestión de la imaginación.
Efectivamente. Solo basta con mirar el trabajo de los narradores, de los artistas, de los músicos y de los educadores. La educación es crucial. Y el pensamiento es como una especie de bosque antiguo de la mente. Le toma tiempo florecer. Es un ecosistema complejo por derecho propio, y no podemos simplemente talar uno viejo y replantar uno nuevo. Le toma tiempo cambiar. Así que alejarnos de esta mentalidad requiere un proceso largo, y ahí es donde los maestros, artistas y educadores se vuelven vitales.
A algunos ríos se les han concedido derechos. ¿Cree que esto tiene un poder legal real o es más un gesto simbólico?
Creo que ambas cosas. Y creo que la idea de que algo es simbólico no es lo mismo que la idea de que algo es impotente. Somos criaturas simbólicas que vivimos dentro de órdenes simbólicas. Y cuando surgen símbolos poderosos, se convierten en catalizadores del cambio, de la visión y de la gobernanza. Así que a veces pienso en muchas de estas declaraciones de derechos como una forma de política prefigurativa, donde, en efecto, te comportas como si ya fuera real, y en ese espacio, creo, fluye el cambio, la acción y la esperanza.
Parece que la desesperanza está más de moda.
La desesperación es un lujo. La esperanza es una disciplina. Primero debe ser imaginada y luego impulsada, trabajada para que se haga realidad. Obviamente, vemos ejemplos de poder real que proviene de la declaración de derechos de la naturaleza, particularmente donde ese poder es preventivo en lugar de reparador. El gran ejemplo es el Bosque Nuboso de Los Cedros: lo salvaron de la destrucción con un fallo del Tribunal Constitucional que se basó directamente en los artículos sobre derechos de la naturaleza. En el otro extremo tenemos el Mar Menor, que es fascinante porque estamos viendo cómo, lentamente, empieza a generar jurisprudencia vinculante y a cambiar los comportamientos ecológicos en la laguna.
A conservacionistas y activistas se les suele etiquetar como 'abraza árboles', una percepción que tiende a desacreditar cualquier argumento. ¿Le sucede?
No sé si se puede abrazar un río, pero si se puede, soy un abrazador de ríos. [Ríe] El término proviene del movimiento Chipko, en la India, que protestaba contra la deforestación y estuvo liderado por mujeres que se ataban a los árboles. Es un cumplido extraordinario que me relacionen con este tipo de movimientos tan sumamente importantes y progresistas.
Fuente: https://www.elmundo.es/la-lectura/2026/04/14/69d3917ee4d4d85f7d8b4592.html



