Las documentadas tesis agroecológicas de un Premio Nobel Alternativo

Salvador López Arnal
Rebelión

Nació en Holanda, tiene 57 años y vive desde hace tiempo en Vallvidrera, donde vivía precisamente el añorado Manuel Vázquez Montalbán. Es un ingeniero agrónomo que combate “un sistema que nos arruina social, económica y ecológicamente”. Fundó Grain, una ONG dedicada a la soberanía alimentaria y la agroecología que coopera con Vía Campesina. Se llama Henk Hobbelink [HH], es premio Nobel alternativo de agroecología [Right Livelihood (buen vivir)], y sostiene que las hambrunas actuales no son transitorias sino sistemáticas. Su tesis de fondo: un modelo agroalimentario, “basado en la pequeña explotación clásica, nos procuraría productos locales frescos y sabrosos, a buen precio, fomentaría la economía rural y solventaría la crisis alimentaria” [1]. Algunas de las posiciones político-ecológicas de este Premio Nobel alternativo, compartidas por muchos movimientos sociales campesinos y ecologistas, pueden resumirse así:
1. Hay comida de sobra para todos en el mundo pero, y éste es el punto central, no llega a todo el mundo. Hay mil millones de personas –¡1.000 millones!, unas 23 veces la población española- sin el mínimo para estar bien alimentados. Vamos a peor.
2. La comida se ha convertido en mercancía, en un negocio para la industria financiera y las grandes corporaciones multinacionales que, además de otras tropelías, acaparan más y más tierras. En los últimos cinco años, por ejemplo, “los grandes inversores internacionales han adquirido unos 70 millones de hectáreas de tierra agrícola”, con el objetivo de producir grandes cosechas, especular con sus precios, exportarlas y beneficiarse. Y sin límites.
3. Se está aplicando un diseñado y estudiado (suicida al mismo tiempo) modelo agroindustrial para el negocio de la exportación; en absoluto para su consumo como comida, para la satisfacción de las necesidades de todas y todos los ciudadanos del mundo.
4. El (anti)modelo antihumanista tiene consecuencias nefastas ya conocidas y contrastadas: I. Las poblaciones campesinas locales son desposeídas, se arruinan, y acaban mendigando en los extrarradios de las grandes urbes (por no hablar de sus suicidios) II. Se pierden variedades agrícolas locales tradicionales, sustituidas por semillas diseñadas en laboratorios (en la actualidad, en un 80%). III. Se cultivan cosechas ingentes de soja o maíz para hacer piensos y agrocombustibles (el 90% de la soja y el 40% del maíz que se producen en el mundo no se convierten en alimento: están destinados a los insaciables depósitos de nuestros coches, el quinte jinete del Apocalipsis solía decir Manuel Sacristán). IV. Los cultivos de la agroindustria toman base en el petróleo con los riesgos próximos y acelerados que conlleva el pick oil: abonos y pesticidas sintéticos, combustible para tractores y bombas de agua, y para transportar cosechas al otro lado del mundo (se sabe que el 20% del tráfico rodado en Estados Unidos transporta comida).
5. La agroindustria genera la mitad de las actuales emisiones de CO2 en el mundo. El modelo de agricultura local combatiría el efecto invernadero. Si las tierras volviesen a los campesinos tradicionales, señala HH, avanzaríamos mucho en la lucha contra el cambio climático. El retorno de los campesinos refrescaría el planeta: los abonos orgánicos fijan el carbono en el suelo.
6. A la agroindustria sólo le importa, básicamente, que los alimentos tengan buen aspecto, se empaqueten fácilmente y soporten largos transportes. No su sabor por supuesto. “Una zanahoria torcida, por rica que sea, es interceptada y no entra en una gran superficie. ¡Se tira!”. Fuera, a la cuneta, es inservible. El 40% --el cuarenta por ciento!- de los alimentos que se producen, denuncia HH, no llega jamás a la mesa.
7. Es falso, otro de los mitos del capitalismo falsario y alienador (y alienado) realmente existente, que la agroindustria sea más eficiente. El 30% de la tierra fértil del mundo, la de pequeños campesinos, produce el 65% de la comida (alimentación que es, además, más diversa, nutritiva y saludable).
8. La alternativa defendida por tantos movimientos sociales críticos: soberanía alimentaria y agroecología. La observación de HH: se trata de “respetar la sabiduría de los payeses tradicionales: ¡ellos saben qué le conviene más a su tierra para que los sustente!”. El saber prático, praxeológico, popular del que suele hablar con excelentes razones Joaquín Miras, una de las almas de Espai Marx.
9. Hay que defender nuevas prácticas ciudadanas sostiene nuestro Premio Nobel alternativo: gracias a Internet, “pequeños agricultores están conectando directamente con consumidores: les ofrecen alimento fresco y saludable, y pueden subsistir”. Él lo hace así “en Vallvidrera, treinta familias nos proveemos de un agricultor ecológico de Collserola… Buen precio y frutas y verdura siempre frescas y de temporada”. ¡Podemos vivir ya de otra manera, con otras finalidades, con otros medios!
10. Sus propuestas de gobierno: ayudas sociales a los pequeños agricultores para que se queden en el campo. Es aberrante, un ejemplo de tecnofilia fáustica, “que se fumiguen con avionetas desde el aire pesticidas sintéticos que lo matan todo (incluidos cultivos de pequeños campesinos) menos la planta transgénica”. Todo para la exportación, todo por la pasta. Un ejemplo de nuestra civilización ecosuicida: “El inversor indio Karaturi ha comprado 300 mil Ha en Etiopía: rotura con bulldozers grandes plantaciones para exportar”. Detrae, además, agua del Nilo. Existe el riesgo –no es una alucinación- de que deseque “un río del que viven millones de egipcios”.
HH habla de la nueva burbuja, anuncia una probable burbuja agroalimentaria. Su predicción “explotará y habrá hambrunas. Estamos jugándonos el futuro”.
¿Vamos a permitirlo? ¿A qué esperamos para girar, organizarnos, abonar oros sendas y transformar la situación?

PS: En “Mercados de comida” [2], Gustavo Duch ha transitado por este mismo camino, poniendo énfasis en otros nudos no menos infames.
Cuando compramos ajos los pagamos, de media, a 5 euros el kilo. Esos mismo ajos han sido comprados a agricultores por menos de 1,50. Por los tomates pagamos casi 2 euros cuando a sus productores se les ha pagado a 0,30 euros (el precio, que no el valor señala Duch machadianamente, entre origen y destino, se ha multiplicado en este caso por más de 6). Otro caso sangrante lo encontramos en las coliflores “donde hay una diferencia porcentual de más del 600%”. Mientras en un supermercado medio e ofrecen a 1,84 euros por kilo, al campesino se las pagan a 0’24 euros. Uno de los factores que más complican la subsistencia de las gentes en el medio rural: “el control de toda la cadena agroalimentaria está concentrado en muy pocas grandes superficies, los supermecados, donde hoy casi todos compramos casi todo”. Ese ‘superpoder’ marca unos precios muy bajos a sus proveedores. En algunos casos pagan “por debajo de los costes de producción, como con la leche o el aceite”.
No siempre fue así, el presente no es como el pasado ni debe ser como el futuro: “hasta no hace mucho tiempo los pequeños comercios en pueblos y barrios o los mercados municipales ejercían el importante rol de distribuir los alimentos. Y se disponía también de otro instrumento que relacionaba directamente a personas consumidoras y campesinas: los ‘mercados de pageses’ semanales que se instalaban en calles y plazas. Muchos factores, entre ellos la poca atención que las administraciones han dado a esta práctica, los hicieron desaparecer de muchos lugares o arrinconarlos como ‘vestigios del pasado’”. Recuperar mercados de agricultores ofrece muchas ventajas relevantes en estos momentos de crisis-estafa. Es también una forma de combatir el paro: “La fundamental es que mejoran los ingresos de los productores, claro, a la vez que refuerza toda la economía agraria y rural que tanta falta hace para generar empleo en el campo. Impulsa la producción de alimentos frescos y locales por lo que evitamos contaminación en recorridos larguísimos desde países lejanos. Cuando se prioriza la presencia de productores agroecológicos tendremos alimentos saludables, sanos y producidos en armonía con el medio ambiente”.
Duch sostiene que si la voluntad política se activa, algunas recomendaciones se imponen: “Primero, su objetivo fundamental no puede perderse de vista: lograr el consumo de alimentos sanos y locales, manteniendo y potenciando la agricultura a pequeña escala. Para ello, deben facilitarse los trámites para la obtención de permisos, ofrecerse espacios adecuados y diferenciados para venta de alimentos, tasas accesibles, etc. Segundo, prohibir la reventa de productos en dichos mercados, ya que supone una competencia desleal para nuestro campesinado. Tercero, favorecer el diálogo con otros agentes del comercio de alimentos del entorno. Como se ha demostrado en Vitoria u Oviedo las sinergias con el mercado municipal o los comercios del barrio son positivas para todos. Y, por último, los ayuntamientos deben realizar difusión y promoción de los valores que ofrece un mercado campesino”.
Duch toma pie en el sociólogo José Ramón Mauleón y, coincidiendo con nuestro Premio Nobel alternativo, sostiene que contar con un mercado tradicional campesino, una vez o dos veces por semana, en un barrio de Barcelona o en un pueblo de montaña, “es mucho más que una apuesta por un formato comercial”. Estos mercados campesinos se insertan como pieza fundamental en el planteamiento político de la Soberanía Alimentaria, “que defiende una agricultura –y por lo tanto una alimentación- alejada de industrias intensivas que no generan empleo y maltratan el Planeta, desligada de mercados con suelo de parquet donde los alimentos son simples valores de cotización y la tierra sustrato de especulación, para ser, en cambio una agricultura cercana a las personas y al planeta del que somos parte”. ¿No se trata de eso? ¿No es ése el punto?
Notas:
[1] http://www.lavanguardia.com/lacontra/20130123/54362244076/la-contra-henk-hobbelink.html
[2] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=162643 - Imagenes: vanguardia.com.mx

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