Alarmante estimación proyecta que cordillera de los Andes se quedaría sin nieve y los ríos de la zona central se podrían secar en un plazo de 40 años

La cordillera de los Andes es una de las zonas más golpeadas por el cambio climático. De acuerdo a un estudio del climatólogo de la U. de Santiago, Raúl Cordero, y publicado en la revista Scientific Reports en 2019, solo en las últimas tres décadas, la superficie cubierta de nieve durante la temporada seca (enero, febrero y marzo), entre Putre y el volcán Osorno (2.500 km), ha retrocedido más de 1.200 km², el equivalente a dos veces el tamaño de la ciudad de Santiago.

Sin embargo, los retrocesos en la superficie nival no solo están ocurriendo en la temporada seca. En invierno, las pérdidas de nieve se estiman superiores a 10% por década.
Cordero estima que en un plazo de alrededor de cuatro décadas, la nieve andina desaparecerá en las partes bajas de la cordillera, quedando confinada a las partes altas. Esto, además, afectará la provisión de agua, ya que los diferentes ríos ubicados en la zona central del país, perderán gran parte de su caudal, especialmente en primavera.
¿El gran culpable? El cambio climático.

      Con pérdidas superiores al 10% por década, en cuatro décadas la nieve desaparecería. Foto Patricio Fuentes Y.

Según Cordero, la nieve de los Andes es una de las principales fuentes de agua para muchas comunidades de la zona central. “Desafortunadamente, al igual que las precipitaciones, la cobertura nival muestra una marcada tendencia a la baja”.
Diversos estudios basados en imágenes satelitales, “algunos encabezados por nosotros, coinciden en mostrar que durante las últimas tres décadas alrededor de una tercio de la cobertura de nieve promedio de la cordillera de la zona central se ha perdido”, explica Cordero.
Añade que actualmente, la persistencia nival disminuye en promedio algo más de 10% por década y ese ritmo podría acelerarse en las próximas décadas. “Nuestras estimaciones indican que en la segunda mitad de este siglo la nieve podría desaparecer en zonas bajas de la cordillera”.


Estación de medición en la cordillera, ubicada en la reserva Yerba Loca, a 2.600 metros de altura.

La nieve invernal actúa como un reservorio de agua, que al derretirse progresivamente en la primavera alimenta el caudal de los ríos de la zona central. “La pérdida de nieve invernal significará inevitablemente una disminución en el caudal de los ríos durante la primavera”, advierte.
Suplir la pérdida del reservorio natural de agua que la nieve invernal representa, “podría hacer necesario aumentar nuestra capacidad de almacenamiento artificial de agua, vía embalses”, añade el climatólogo de la Usach.
Gases de efecto invernadero
Desafortunadamente la concentración de gases de efecto invernadero, en particular el dióxido de carbono (CO2), principal responsable del cambio climático, continúa aumentando. Cordero revela que la semana pasada alcanzó valores cercanos a las 420 partes por millón (ppm). Esta concentración es casi un 50% superior a la que se estima existía en nuestra atmósfera hace solo 100 años.
Dice que aún en el mejor escenario posible, en el que todos los países del mundo sigan los objetivos del Acuerdo de Paris, “las emisiones continuarán aumentando hasta mediados de siglo y el calentamiento global seguirá su marcha, lo que para la zona central significa cada vez menos lluvias y nevadas”, añade.

No hay indicios de disminución de gases de efecto invernadero.
Por lo tanto, “deberíamos planificar nuestro desarrollo en la zona central considerando que seguiremos perdiendo lluvia y nieve al menos por las próximas tres décadas. Mientras no detengamos el aumento en la concentración de CO2 en la atmósfera, el calentamiento global continuará su marcha”, señala Cordero.
A pesar de la gran importancia societal del recurso de la nieve (y a diferencia de lo que sucede con otras variables relevantes como el caudal de los ríos, el nivel de los embalses, o las precipitaciones), “Chile no cuenta con un sistema de monitoreo de la cobertura nival, ni con estimaciones sistemáticas de su equivalente en agua”, argumenta.

Por ello, advierte que el monitoreo sistemático de nieve sería de gran utilidad para tomadores de decisión y planificadores, así como para el sector agrícola. “Mejorar la certidumbre en la disponibilidad del recurso nieve en el invierno por ejemplo, reduciría la incertidumbre respecto a la disponibilidad de agua en la temporada seca permitiendo ajustar expectativas y planes”, finaliza el académico.

Fuente La Tercera - ecosistemas

 

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