La sequía no empieza cuando deja de llover
Cuando pensamos en una sequía solemos imaginar un paisaje agrietado, embalses vacíos y campos sedientos bajo un sol implacable. Pensamos en la falta de lluvia. Y, sin embargo, la sequía rara vez empieza ahí. La sequía es la manifestación más visible de un problema mucho más profundo: la degradación de los sistemas naturales y sociales que sostienen el agua, la alimentación y la vida. Es el síntoma de una enfermedad que llevamos décadas alimentando mediante decisiones políticas, económicas y ambientales que han debilitado la capacidad de los territorios para adaptarse a un clima cada vez más extremo.
Por: Climática
Por eso, hablar de sequía únicamente como un fenómeno meteorológico resulta insuficiente. La lluvia importa, por supuesto. Pero también importan la gestión de los acuíferos, la protección de los bosques, el estado de los suelos, las políticas agrarias, la planificación urbana, las infraestructuras hidráulicas o el uso que hacemos de los recursos naturales.
El agua no es simplemente un recurso que sale de un grifo. Forma parte de un ciclo complejo que conecta lluvia, suelos, ríos, acuíferos, ecosistemas, producción de alimentos y comunidades humanas. Cuando ese ciclo se deteriora, la vulnerabilidad aumenta. Y cuando llegan las sequías, sus consecuencias se multiplican.
El cambio climático está alterando profundamente ese equilibrio. Las lluvias son más irregulares, los episodios extremos más frecuentes y las temperaturas más elevadas. Sin embargo, el problema no es únicamente climático. También es político.
Durante años hemos gestionado el agua como si fuera un recurso inagotable. Hemos permitido la sobreexplotación de acuíferos, la degradación de ecosistemas fundamentales para regular el ciclo hídrico y modelos de desarrollo que consumen más agua de la que muchos territorios pueden sostener. A menudo, las decisiones a corto plazo han pesado más que la sostenibilidad futura.
Las consecuencias son visibles en todo el planeta. La desertificación avanza, las cosechas se vuelven más inciertas, los medios de vida se debilitan y millones de personas ven comprometido su acceso al agua y a los alimentos. Lo que comienza como una crisis ambiental termina convirtiéndose en una crisis alimentaria, económica y social.
Y aquí aparece una de las mayores paradojas de nuestro tiempo. Quienes menos han contribuido al calentamiento global suelen ser quienes sufren sus impactos con mayor intensidad. Comunidades rurales del Sahel, agricultores de zonas áridas de América Latina o familias desplazadas por conflictos y crisis climáticas afrontan una realidad que apenas han contribuido a generar.
Mientras los países industrializados acumulan buena parte de la responsabilidad histórica de las emisiones que han alterado el clima, millones de personas en el sur global soportan las consecuencias más duras: pérdida de cosechas, inseguridad alimentaria, desplazamientos forzosos y un aumento constante de la vulnerabilidad.
No se trata únicamente de una crisis ambiental. Es una cuestión de justicia.
La inseguridad hídrica y alimentaria no son fenómenos aislados. Están profundamente vinculados a la desigualdad, a la pobreza y a la fragilidad institucional. Allí donde fallan la gobernanza, la inversión pública o la protección de los recursos naturales, las sequías golpean con más fuerza.
Por eso, las soluciones tampoco pueden limitarse a esperar la próxima lluvia. Necesitamos proteger los ecosistemas que regulan el agua, restaurar suelos degradados, gestionar de forma sostenible los acuíferos, reforzar los servicios de agua, saneamiento e higiene y apoyar a las comunidades más expuestas a los impactos climáticos. Necesitamos políticas públicas que miren más allá de la emergencia y apuesten por la resiliencia.
Y también necesitamos asumir una responsabilidad colectiva. Como ciudadanía podemos exigir a gobiernos y empresas decisiones coherentes con la magnitud del desafío, apoyar iniciativas que protejan los recursos naturales y revisar modelos de consumo que ejercen una presión creciente sobre ecosistemas cada vez más frágiles.
La sequía seguirá formando parte de la historia de la humanidad. Lo que no es inevitable es que continúe transformándose en hambre, desplazamiento y sufrimiento para millones de personas. Porque la pregunta ya no es si lloverá más o menos. La verdadera pregunta es si seremos capaces de construir sistemas más justos y resilientes para que nadie tenga que pagar el precio de una crisis que no ha provocado.
Por Pablo Alcalde, responsable de Agua, Saneamiento e Higiene en Acción contra el Hambre, con motivo del Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía.
Fuente: https://climatica.coop/tribuna-sequia-deja-llover/ - Imagen de portada: Un joven refugiado maliense saca agua para sus animales del único pozo de la pequeña aldea de Aghor, que acoge a varias decenas de miles de personas que han venido a instalarse aquí con sus rebaños. Foto: Xavier Bourgois/Acción contra el hambre.
