Cultura de la transgresión y toxicidades



En cualquier sociedad medianamente organizada, las fumigaciones aéreas en zonas urbanizadas son simplemente inimaginables. No entre nosotros, adictos a las transgresiones, por más peligrosas que sean para la salud pública.
La polémica planteada en torno del eventual efecto tóxico de las fumigaciones aéreas debe ser, razonablemente, objeto de análisis y recomendaciones de científicos especializados en el uso y consecuencia de los pesticidas sobre la salud humana. Pero antes del posible debate, lo que es necesario señalar es que las fumigaciones en zonas urbanizadas son un acto de barbarie productiva, apoyado sobre la barbarie de la negligencia de los organismos oficiales que rara vez intervienen para reprimir esos excesos de crematismo privado.

En ninguna sociedad medianamente organizada son tolerables las fumigaciones aéreas con pesticidas. Más aún: existe la conciencia activa de agricultores y pilotos que les impide realizar esas prácticas. No son necesarios ni las intimaciones ni los castigos. En la anomia que estraga la sociedad argentina, todo parece estar permitido, menos la solidaridad y el sentido común.

Largo tiempo después de iniciarse el problema, barrio Ituzaingó, de la ciudad de Córdoba, se ha convertido en el centro de un debate nacional. Baste con la lectura de los correos de lectores de los diarios de la Capital Federal para tomar conocimiento de opiniones que se apoyan, con mayor o menor autoridad científica, a favor o en contra del uso de glifosato en el cultivo de la soja.

Esta confrontación adquirió intensidad a partir de la presentación ante la Justicia Federal realizada por la ONG Grupo de Reflexión Rural, que denunció el uso indiscriminado de pesticidas en sembradíos de esa oleaginosa, práctica a la que atribuye un crecimiento de los casos de cáncer entre los habitantes de ese sector de la ciudad. La denuncia se complementa con la petición de una medida cautelar para que se suspenda la comercializació n de estos productos, hasta tanto se investiguen las responsabilidades penales.

La incidencia de enfermedades oncológicas en barrio Ituzaingó ya fue motivo de preocupación, mucho antes del empleo extensivo del glifosato, por el empleo de PCB (bifenilos policlorados) en transformadores de baja y media tensión de las redes de distribución de energía eléctrica, que contienen aceite refrigerante con ese compuesto. Los PCB son compuestos químicos formados por cloro, carbono e hidrógeno; son resistentes al fuego y tienen buena estabilidad, pero pueden ingresar en el cuerpo humano por contacto con la piel, por inhalación de sus vapores o por el consumo de alimentos que contengan residuos del compuesto.

Su riesgo potencial crece en caso de incendio de los transformadores, porque el PCB en combustión emite el gas dioxina, muy peligroso, que causó tragedias colectivas en Düsseldorf (Alemania) y Seveso (Italia), además de haber sido utilizado por Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Durante años, se exigió de la Empresa Provincial de Energía (Epec) que retirase esos equipos, pero el ente se permitió, también durante años, falsear información estadística e incumplir mandatos judiciales.

En barrio Ituzaingó el problema se tornó dramático por el crecimiento estadístico de los casos de cáncer, que antes de la difusión del cultivo de soja se atribuyó al efecto pernicioso del refrigerante PCB. Pero ahora, al expandirse hasta prácticamente la uña de los centros urbanos la producción de ese cultivar, se vincula el crecimiento de la casuística oncológica de ese sector a la incontrolada fumigación con glifosato, en torno del cual se acumulan protestas y denuncias no sólo en esa barriada, sino también en distintas regiones del mundo. En YouTube se encuentra un estremecedor informe al respecto, elaborado por científicos europeos.

El debate acerca de la toxicidad del glifosato permanecerá abierto mientras no haya conclusiones irrefutables. Pero ese problema pasa a segundo término cuando con irresponsabilidad criminal, productores y fumigadores lo mezclan con otros pesticidas e insecticidas para obtener efectos más drásticos. Esa especie de cóctel químico es de una toxicidad alarmante. Tan alarmante como la inoperancia de los organismos oficiales, sea cual fuere su jurisdicción, que permiten estos abusos, imposibles, como se dijo, en sociedades más civilizadas.

http://www2. lavoz.com. ar/nota.asp? nota_id=483570

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