Gilgamesh y el truco final de Van Gogh

Una vez escribí una carta a mi yo del futuro, la misiva comenzaba: cuando leas esto yo ya habré muerto. Aquella introducción me impidió seguir escribiendo, quizás porque la muerte se parece al silencio y ambos me apaciguan. Los humanos hemos mantenido nuestras preocupaciones intactas a lo largo de la historia y una buena prueba de ello es el Poema de Gilgamesh, escrito en torno al 2.000-2.500 a.C. y considerada la primera obra épica conocida.

Cristina García Pérez

En la epopeya, Gilgamesh es el despótico y lujurioso rey de Uruk. Los dioses crean a Enkidu para que pueda acabar con él, pero cuando ambos entran en combate se percatan de que están hechos del mismo material y se convierten en amigos inseparables. La amistad, cuando es sincera, se convierte en una especie de enamoramiento que nos despoja de cualquier miedo al futuro.
Movidos por esta sensación, Gilgamesh y Enkidu viven aventuras épicas juntos hasta que los dioses deciden castigarlos y matan a Enkidu en plena juventud. La muerte solo tiene sentido en los ojos del otro, por eso tras perder a su amigo, Gilgamesh cobra consciencia de sus propios límites.

Gilgamesh y Enkidu. Wael Tarabieh.

El protagonista se obsesiona con permanecer a toda costa y se lanza en la búsqueda de la vida eterna. Tras un enrevesado viaje se hace con el elixir de la inmortalidad que pierde —de manera bastante ridícula— al tropezarse. Así, al final del poema nos encontramos a un Gilgamesh que ha perdido a su mejor amigo y ha recorrido medio mundo para finalmente aceptar su humanidad. Mientras pasea por las murallas de la majestuosa Uruk piensa: todo esto permanecerá cuando yo ya no esté.
Puede parecer un dato trivial, pero en la primera obra épica de la historia al ser humano ya le asolaba la idea de desaparecer. Y ante ese desasosiego de sabernos limitados la necesidad de transcender se convierte en la única mano que ofrece consuelo.
El truco final de Van Gogh
El arte —o la cultura— es posiblemente una de nuestras herramientas más poderosas a la hora de transcender. Porque la obra, sea de la índole que sea, abandona al autor para fecundar otros cuerpos. Y este es un ejercicio injusto para el artista si nos ceñimos al contrato que firma: «Siendo consciente de que va a desaparecer y en pleno uso de sus facultades —no siempre— acepta que su obra permanecerá —o posiblemente no— cuando usted haya desaparecido».
Unas semanas antes de fallecer, Vincent van Gogh pintó el famoso cuadro Campo de trigo con cuervos, en este la quietud del campo es rota por un grupo de cuervos que lo sobrevuelan agitadamente. El paralelismo con la realidad es vertiginoso pues, como sabemos, el pintor se disparó en el pecho con un revolver mientras paseaba por el campo, falleciendo días después.
Siempre he pensado que Van Gogh hizo un ejercicio extremadamente difícil en este cuadro, representó la escena que sucedería un instante después de haberse disparado y por eso un grupo de cuervos levantan el vuelo violentamente. Ese imaginar el mundo sin nosotros transgrede por completo nuestra necesidad de permanecer. O quizás no.
Quizás Van Gogh encontró el ansiado elixir de Gilgamesh, porque el verdadero secreto de la inmortalidad es ese, que da igual dejar de existir, podemos seguir vivos en la mirada de otro.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/kernel/gilgamesh-y-el-truco-final-de-van-gogh  - Imagen de portada: “Campo de trigo con cuervos” Julio 1890. Van Gogh Museum, Amsterdam.

Entradas populares de este blog

5 razones para entender y respetar a las babosas

En Ausencia de una Cultura Profunda Andino-Patagónica: La Tragedia del Bosque Nativo

Cómo el Ser Humano destruye el Planeta