La muerte del bosque es también la muerte del espacio común
En
los primeros meses de la pandemia, cuando el miedo, la incredulidad y
la angustia poblaban el día a día, el bosque era el único lugar en el
que estaba permitido salir a caminar. Por la naturaleza de su amplitud,
era el único espacio público que aún podía transitarse con cierta
libertad. El único requisito era no estar enferma, y por supuesto llevar
una mascarilla encima por si acaso te encontrabas con alguien en algún
momento del recorrido. Esa primavera de 2020 anduve sola o acompañada
por distintos caminos, encontrándome con vecinos a los que solo podía
saludar en la distancia, y allí, entre los árboles, conseguía liberarme
del peso de mantenerme encerrada en casa. Todo parecía florecer al
margen del silencio o del barullo que pudiéramos hacer nosotros. Más
resplandeciente a mis ojos, quizá, porque había espacio suficiente en
nuestras vidas para el silencio y para la observación. La vida vegetal
parecía florecer con mayor libertad, siguiendo su curso, aunque fuera en
medio de la catástrofe.
Tania López García
Hoy
ese bosque ya no existe. O no existe como existió entonces, con su
bullicio propio, ese que a veces atravesamos sin percibir, porque las
llamas de los incendios de Burgohondo y San Martín de Valdeiglesias se
lo han llevado por delante. No hablaré en este texto de la desidia
contra el cambio climático, ni de la falta de interés político por el
entorno forestal si no son para la mera explotación, porque son temas
que merecen un análisis propio. Lo que me interesa es la desaparición de
un lugar.
Desde la crisis del Covid-19, los espacios en los que
podemos estar sin que se nos pida una retribución económica a cambio
son cada vez más escasos, tanto que a veces volvemos a nuestras
habitaciones o a nuestras casas alquiladas buscando un poco de paz sin
tener que pagar de más, o simplemente porque no tenemos más opciones,
como si aún siguiéramos confinados. El bosque, sin embargo, permanece
como un entorno en el que ser sin ningún tipo de problema.
El
bosque no es solo el bosque. Es un espacio común, un lugar que en muchas
ocasiones se encuentra parcelado y cortado por cotos de caza privados,
—un 72 % de la superficie forestal es de titularidad privada según datos
de El Colegio de Ingenieros de Montes—, y el terreno que podemos ocupar
libremente se ha ido reduciendo poco a poco, debido, en parte a estos
mega incendios. Silvia Federici, en Calibán y la bruja, explica cómo los
cercamientos de tierras comunales en la Inglaterra de los siglos XVI y
XVII no fueron solo un despojo económico, sino el modo en que el
capitalismo naciente concentró en unas pocas manos algo que antes
pertenecía a todos, empobreciendo tanto lo común como al individuo que
dependía de él.
El historiador Peter Linebaugh, que trabajó junto
a Federici en esos mismos círculos de pensamiento sobre los comunes,
fue más allá y le dedicó un libro entero al bosque como caso concreto:
en La Carta Magna del bosque recuerda que en la Inglaterra medieval
existía una carta paralela a la Carta Magna, la Carta del Bosque, que
garantizaba a los campesinos el derecho a recoger leña, pastar animales o
cazar en tierras comunales. Ese derecho fue precisamente uno de los
primeros en desaparecer bajo los cercamientos, siglos antes de que
habláramos de propiedad privada como algo natural o incuestionable.
Ahora,
sin embargo, ese espacio vuelve a desaparecer a escala global. Los
grandes incendios que arrasan España, Francia, Canadá o Italia producen
imágenes que ya no distinguimos entre sí, como si el fuego borrara
también las fronteras entre los países que devora. Todas esas imágenes
resuenan igual porque bajo el fuego somos iguales.
Desde
enero, más de 152.000 hectáreas han ardido en el Estado español, y lo
han hecho en 32 grandes incendios forestales. En Francia han ardido unas
70.000 hectáreas; y en Canadá hay actualmente 90 incendios activos,
sobre todo al oeste del país. En los últimos años, la intensidad
promedio de los fuegos ha subido entre un 30 y un 40%. un incendio
forestal intenso es difícil de apagar, a veces imposible. “Estos
incendios son muy voraces, con mucha velocidad y una gran capacidad de
liberación de energía que hace que sean inabordables o fuera de la
capacidad de extinción”
Ante
eso solo nos queda una alternativa, o apostamos por la reconstrucción y
el cuidado de los bosques y los espacios naturales, o aceptamos la
nada. Apenas tenemos derecho a una vivienda propia, pero cada vez menos
tampoco podemos ocupar un espacio común que nos sirva de refugio, que se
convierta en lugar de expresión y de convivencia mutua, en el que
relacionarnos con los demás, y en ese demás incluyo tanto a las personas
como a los animales y las plantas. La muerte del bosque es también la
muerte del espacio común.
Los lugares que cada año perdemos un
poco más por los desastres naturales son espacios que ya no vuelven. Ya
sea porque hace demasiado calor para estar en la calle, por los peligros
de las pandemias, por las guerras, por la hostilidad de las políticas
que solo priorizan el beneficio pecuniario, ya sea por los desastres
naturales como las inundaciones, los incendios o los desajustes
atmosféricos que sufrimos con una virulencia creciente, nuestro espacio
se estrecha, como si hubiéramos perdido el derecho a ocuparlo, y como si
hubiéramos olvidado la potencia que se esconde en los lugares habitados
por todos, en los que todos tenemos cabida, en los que todos podemos
participar y a los que todos pertenecemos.
Porque si el bosque no es de nadie nos pertenece a todos, quizá encontremos en él otra casa a la que proteger y cuidar.
Fuente:
https://www.elsaltodiario.com/medioambiente/muerte-del-bosque-es-tambien-muerte-del-espacio-comun
- Imagen de portada: El inicio del camino que conduce al Bosque Los
Cedros. Sebastiano Santoro

