lunes, 31 de agosto de 2009

La falsa promesa de la eficiencia energética y una verdadera alternativa




Don Fitz
Znet

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


Una acción puede tener efectos opuestos, dependiendo de sus contextos sociales. Un individuo aislado que protesta contra la política de la compañía negándose a ir a trabajar podría ser despedido y convertirse en un ejemplo utilizado para intimidar a otros. Cuando toda una fuerza laboral no va al trabajo, se habla de una “huelga” y tiene una excelente posibilidad de obligar a la compañía a cambiar su política.
Por positivas que puedan ser para amigos y familiares, las formas de vida no-violentas no impiden que se libren guerras. Pero una sociedad que elimina el control corporativo de la economía se libera de la necesidad de expansión y da un paso enorme hacia la no-violencia. En este contexto, las formas de vida no-violentas solidifican las políticas globales no-violentas.
Y esto es aún más así con la “eficiencia energética” Es imposible que las decisiones individuales de comprar productos eficientes en el consumo de energía tengan algún efecto positivo en el cambio climático. Pero, en una economía dirigida democráticamente, la eficiencia energética sería una piedra angular en la resolución del legado catastrófico de la producción con fines de lucro.
La eficiencia energética no es la reducción del consumo de energía. Es así a pesar de las afirmaciones de empresas ‘verdes’, Al Gore, y Amory Lovins de que es la mejor manera de reducir el uso de carbón, petróleo, gas y plantas nucleares. Sacaos esa idea de la mente por un par de minutos y el sentido común dejará en claro el motivo por el cual la eficiencia no produce los resultados esperados.
Si se quiere reducir el uso de algo (incluida la energía) ¿cuál es la primera idea que viene a la mente? La mayoría de la gente dice: “aumenten los precios.” Si algo cuesta más, la gente usa menos. Si el precio de la gasolina aumenta a 5 dólares por galón, la gente conduce menos.
Si los precios bajan, el uso aumenta.
El otro lado de la moneda es: Si se quiere que la gente compre más de algo, hay que reducir el precio. Los negocios anuncian liquidaciones porque así los clientes compran más.
La eficiencia energética es como liquidar energía. Si se aísla la casa, si se compra un coche de consumo eficiente, o si se compra un electrodoméstico que funciona con menos energía, los costes de energía bajan. Cuesta menos usar energía. Tal como si la energía cuesta más, la gente usará menos, al hacer que cueste menos (o sea más eficiente) se lleva a la expectativa de que la gente usará más.
Sólo llegamos a creer en algo que viola el sentido común económico porque se nos dice una y otra vez que la eficiencia energética lleva a menos uso de energía. Si una casa es más eficiente desde el punto de vista energético, es tentador aumentar la temperatura hasta 22-24 grados (en lugar de bajarla a 16-18 grados). Si los coches tienen estándares más estrictos de consumo de combustible, hay que contar con que los automovilistas comprarán más equivalentes de todo terreno y los conducirán más kilómetros. La eficiencia del combustible puede ser el toque de difuntos para el tránsito de masas – hay que esperar que el CO2 se derrame de las compañías de cemento que traten de suministrar carreteras ensanchadas por la llegada de más coches de consumo eficiente.
Los productos diseñados para la eficiencia energética son como energía a bajo coste con esteroides. Primero, la gente usa más el producto porque es más barato. Segundo, una vez que la gente ha gastado dinero en un producto, la mejor manera de aprovechar su inversión es utilizarlo lo más posible. Nadie compra algo para ‘no’ utilizarlo. La eficiencia tiende a resultar en que el uso de energía suba en lugar de bajar.
Este “efecto de rebote” ya se observó en 1865 cuando Stanley Jevons escribió “The Coal Question”. Nuevas técnicas industriales significaban que se necesitaba sólo un tercio de la cantidad necesaria para producir una tonelada de hierro. Lejos de reducir la cantidad de carbón utilizada, los nuevos métodos fueron seguidos por una decuplicación durante 1860-1863 en el País de Gales. [1]
En 1980, Danile Khazoom y Len Brookes estudiaron una serie de mejoras tecnológicas y confirmaron que durante el siglo anterior los aumentos en eficiencia fueron seguidos por un aumento en el uso de energía. [2] Diversamente conocidos como las “Paradojas Jevons” y el “Postulado Khazoom-Brookes,” estos conceptos son bien conocidos por los escritores sobre energía, pero guardados en el armario por los propugnadores de la eficiencia.
Ted Trainer subraya que si la gente evita cuidadosamente el uso de sus artefactos eficientes en energía, utilizará todo el dinero que ahorre para comprar otra cosa, lo que entonces lleva al uso de energía durante la producción y consumo del otro producto. [3] Jeff Dardozzi amplía ese razonamiento, señalando que si, en lugar de comprar más cosas, la gente coloca su dinero ahorrado por la energía en el banco, simplemente lleva a que los fondos ahorrados sean prestados a otros que inician negocios o hacen compras, alimentando así el ciclo de aumento de la energía por una vía indirecta. [4]
Pat Murphy tiene un análisis particularmente claro de cómo el proceso funciona en los hogares estadounidenses, que se han hecho continuamente más eficientes en energía durante décadas. Las casas más nuevas utilizan menos kilocalorías por metro cuadrado, pero la cantidad de metros cuadrados por persona en una casa de 2007 fue de cerca de tres veces lo que había sido en 1950. “Por lo tanto, las mejoras en la eficiencia de edificios no han suministrado ahorros significativos de energía porque, a medida que agregamos características de eficiencia, hacemos casas más grandes, menos gente vive en ellas, y utilizan más artefactos consumidores de energía que nunca antes.” [5]
Un objetivo más amplio
Incluso si de por sí la eficiencia energética no lleva a una disminución en el uso de energía, no tiene que ser así. Si la eficiencia no fuera tratada como un objetivo sino como un medio hacia un objetivo más amplio, se podría convertir en un poderoso instrumento para reducir el uso de energía.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la gente en muchos países aceptó de buena voluntad una limitación de su consumo mediante tarjetas de racionamiento. Todos recibieron la misma cantidad de productos básicos esenciales como parte de la lucha más amplia para proteger al mundo del fascismo. Un sistema similar de racionamiento del uso de energía cambiaría la eficiencia energética de ser una causa de un mayor uso de energía a una forma según la cual todos se ajustarían a su cuota.
Cada compra, incluidas casas, calefacción, coches, gasolina, electrodomésticos y la electricidad para utilizarlas, representa una cierta cantidad de gases invernadero (GHG) que podrían ser calculados como “valores equivalentes en CO2.” No serían más difíciles de registrar para cada persona que cuando se registran las compras con tarjeta de crédito. En un sistema de racionamiento, la gente recibiría información de vuelta si estuviera utilizando demasiada energía y tuviera que reducir su consumo para evitar que se suspendiera su uso de energía.
George Monbiot describe un sistema de cuotas que comenzaría dividiendo la cantidad total de equivalencias de CO2 disponibles para todos por la cantidad de personas para determinar la cantidad que se permitiría a cada cual. Todos recibirían una tarjeta de débito de carbono en la que se registrarían sus compras de combustible y electricidad. [6] Una vez que la gente se acostumbrara a un sistema semejante, la cuota podría ser reducida en 2 a 4% por año hasta llegar a un nivel sostenible.
Un sistema de cuota no sería una serie de restricciones y prohibiciones. Sería altamente flexible: La gente decidiría por sí misma cómo mantenerse dentro de sus límites. Nadie sería obligado a renunciar a un coche o a comprar un tipo particular de vehículo.
Al principio del racionamiento, la mayoría de la gente probablemente seguiría viviendo más o menos igual. Al caer la cuota a un 90% de los niveles originales de carbono, la gente tendría que comenzar a tomar decisiones. ¿Descartamos el refrigerador adicional en el garaje? ¿O tal vez no cocinamos con el horno en todo el verano cuando esté encendido el acondicionador de aire? ¿O nos damos el trabajo de secarnos con una toalla en lugar del secador para el pelo? ¿O sufrimos la agonía de no tener todas las luces prendidas cuando no estamos en casa? La única opción inexistente sería la de seguir haciendo las cosas como antes.
En esta etapa, la mayoría de la gente de bajos ingresos no tendría que tomar decisiones porque ya estaría utilizando menos carbono que el nivel de la cuota. Pero mientras más rico sea alguien, más cambios tendría que hacer desde el primer día.
Al disminuir la cuota de 90% a 70%, luego a 50% e incluso a un 10% de los niveles equivalentes de carbono originales, más y más opciones serían recortadas; pero seguirían existiendo considerables alternativas de modo de vida. Con el uso de menores niveles de energía, es muy probable que la gente elija sea un coche personal híbrido (en lugar de basarse en el transporte masivo, la compartición de coches o bicicleta) o una casa con una habitación adicional para oficina, o un secador de ropa o una vacación dos veces al año. Si una persona quisiera más que una de estas cosas, probablemente sería esencial tener artefactos altamente eficientes en energía en todos los demás aspectos de la vida de esa persona. De nuevo, la única alternativa inexistente sería “Quiero todo eso y más.”
La igualdad es un requisito previo para la estabilización del clima
Para que esto funcione, sería crítico encarar las necesidades de la gente de bajos ingresos. Porque los que poseen poco dinero se quedan con los coches más antiguos y más contaminadores, tienen casas con el peor aislamiento y la mayor necesidad de calefacción. Un enfoque serio al combate del cambio climático requiere un masivo compromiso social para suministrar casas y transporte eficientes en energía para los que más lo necesitan.
La limitación más perturbadora tendría que ver con el viaje aéreo. Ya que los aviones jet causan cantidades exorbitantes de gases invernadero, George Monbiot concluye que la privación del viaje aéreo sería el único verdadero sacrificio necesario para un mundo con un clima sano. [7]
Pero es posible que sólo haya que limitar ese lujo, no eliminarlo.
Ted Trainer calcula que utilizando su “Modo más Simple” podría reducir el uso de electricidad a “menos de un 2% del consumo típico de una casa del mundo rico.” [8] Ya que Monbiot calcula que el consumo de carbono debe ser reducido en un 90% y Trainer estima que una reducción en un 98% es posible, un poco de aritmética indica que una persona que adopta el Modo más Simple debiera poder hacer un viaje ida y vuelta Nueva York-Londres una vez cada nueve años y a pesar de ello reducir las emisiones de carbono a un 10% de los niveles actuales.
Por cierto, hay grandes barreras al racionamiento de las emisiones de carbono. La primera es que los ecologistas corporativos dicen cosas como: “El mundo está en una crisis seria pero todo lo que necesitamos son acciones relativamente ligeras.” Esto lo encarna “Una verdad incómoda” de Al Gore, que da en el blanco cuando describe el problema pero luego trivializa su magnitud al sugerir que bombillas de alumbrar diferentes y cosas semejantes representan la solución. La gente racional concluye que si no se necesita una reacción seria, el problema no puede ser serio. Los que entienden verdaderamente que el cambio climático es comparable al ataque nazi, están dispuestos a discutir hasta qué punto nuestra sociedad debe movilizarse para detener su colapso.
La desigualdad es tal vez el motivo para la trivialización. Mientras los que tienen riqueza y poder vivan en mansiones y vuelen en sus aviones jet privados, sus llamados a que otros se sacrifiquen para que ellos puedan derrochar caerán en oídos sordos. En un sistema de racionamiento de carbono, los que tienen más tendrán que renunciar al máximo y ahora mismo parece que utilizan su control de la industria, del gobierno y de los medios para distraer la atención de los tipos de profundos cambios verdes que hay que realizar.
El concepto popular de eficiencia energética, como una amalgama descoordinada de alternativas de estilo de vida individualista, sólo empeorará las crisis del agotamiento de energía y de calentamiento global. Con el racionamiento, la eficiencia energética tendría el efecto contrario de convertirse en una técnica universalmente apreciada para permanecer dentro de restricciones de cuota. Lo que estorba no es la falta de disposición de los muchos de enfrentar la crisis sino la insistencia de los pocos en conservar sus privilegios.
 
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Don Fitz es editor de “Synthesis/Regeneration: A Magazine of Green Social Thought”, que es publicada para miembros de The Greens/Green Party USA. Para contactos por correo escriba a: fitzdon@aol.com