Sobre la eternidad




“La radioactividad siempre desaparece”. Ejem, bueno, la cuestión es cuándo... Se trata de cita textual extraída de una presentación de JorgeLang-Lenton, director de Administración de ENRESA, la compañía estatal que se hace cargo de los residuos nucleares en España.




Coincidí con Lang-Lenton en unas jornadas organizadas por las universidades navarras sobre el tema de los residuos, nucleares y de otros tipos. En sus gráficas dividía los residuos nucleares de actividad menor de treinta años y de actividad mayor de treinta años...

Lang-Lenton también dijo: Se trata de asegurar barreras que aíslen los residuos radioactivos “durante el tiempo que sea necesario”. Además que hasta ahora “afortunadamente no ha habido incidentes”.

Estamos hablando de la eternidad cuando se trata de unos residuos radiactivos cuya elevada radiotoxicidad los hace enormemente peligrosos para la salud y el medio ambiente  durante muchos cientos de miles de años... Ciertamente más de treinta años. Y estamos hablando de no dejar a la “fortuna” el si ocurren incidentes o no.

Y no existe nadie en este mundo que nos pueda garantizar el aislamiento de residuos altamente radioactivos para la eternidad. Simplemente, nadie tiene la respuesta para la pregunta “qué hacer con los residuos radioactivos”... Al menos, una respuesta que nos permita dormir tranquilamente.

Simplemente, les pasaremos “el marrón” a las generaciones futuras, en la esperanza de que sus tecnologías puedan dar con la respuesta.

Algún diario tituló el encuentro “Nuclear barata versus limpia y renovable”. Pero, además del “molesto” problema de los residuos, la nuclear no tiene nada de barata, excepto para las empresas que la venden, claro.

Para empezar, la energía nuclear desvía fondos que podrían invertirse en energías renovables, la eficiencia y los sistemas descentralizados de producción, que sí son la respuesta para combatir el cambio climático y para crear una nueva economía sostenible. El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y otros científicos calculan que, para que la energía nuclear pueda tener un efecto beneficioso contra el calentamiento global, haría falta construir un mínimo de 1.000 reactores en todo el mundo. ¿Que por qué no se construyen más centrales? Pues porque son una inversión extremadamente arriesgada y cara.

Para terminar, el accidente de Fukushima ya va costando más de 90.000 millones de euros, que, de nuevo, no pagará la empresa que construyó la central. Los accidentes los asume la ciudadanía, los beneficios, las empresas.

Ni barata ni segura... por la eternidad.

Miren Gutiérrez

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