Los gigantes egoístas




Por Cristián Warnken. 
La aberración del mall de Castro, la desmesura de la torre del mall Costanera Center, el mall Barón en el borde costero de Valparaíso, la presuntuosa y disruptiva casa central de una universidad privada frente a la tradicional y arquitectónicamente noble Facultad de Derecho de la U. de Chile, son sólo expresión más visible de un deterioro profundo y talvez menos evidente, pero más medular que una pura "antología nacional de la infamia urbanística".
¿Por qué lo que atenta contra el espacio público y el bien común, lo que puede deteriorar la calidad de vida de los otros logra imponerse con tanta facilidad e impunidad? ¿Y qué es lo público sino lo común, el espacio donde somos con otros?
Hoy nadie se hace responsable de nada. Somos como los mezquinos y patéticos habitantes de los pequeños planetas de "El Principito", concentrados en barrer y limpiar su metro cuadrado.
El empresario que "sueña" una torre o un mall de manera narcisista y egoísta, el arquitecto que proyecta la obra sabiendo en el fondo de su alma que se trata de un horror, los alcaldes que hacen vista gorda de los efectos de estas "intervenciones", el funcionario que firma el permiso de construcción respectivo, el ministro que reacciona tarde, el parlamentario que no fiscaliza a tiempo, cada uno de ellos, en su esfera de acción propia, es responsable de sus actos y omisiones. No es cierto que porque la legislación lo permita, yo pueda desde destruir un entorno patrimonial hasta producir un colapso vial que arruinará la calidad de vida de miles de mis compatriotas, y sentir que lo que hago no es éticamente reprobable porque está legalmente permitido.
Quien culpa al otro, quien delega su propia responsabilidad, quien se "opera" de su propia culpa, quien desplaza, endosa, se encubre en "vacíos legales" es quien ha renunciado a ser sí mismo, a ser hombre cabal, corresponsable del mundo que nos toca vivir y construir día a día. En Chile campea hoy el "síndrome de Pilatos": todos se lavan las manos, nadie siente que su responsabilidad individual sea gravitante en el curso de los acontecimientos. ¿Hay acaso una frase más tristemente nuestra que ésta: "Si no lo hago yo, igual lo va a hacer otro"?
Extraña paradoja la de una sociedad "individualista", que promueve el emprendimiento y dice tener fe en el poder de cada individuo. Somos individuos libres y cabales cuando se trata de iniciar un negocio o de acceder al poder; dejamos de serlo cuando lo que está en juego es el espacio público, nuestra convivencia con los otros. Y en toda sociedad en que se debilita la responsabilidad individual, ética, se abre el espacio para la corrupción, la mentira, la mediocridad, la decadencia espiritual y política. Andrei Tarkovski, profeta del cine ruso, en su libro "Esculpir en el tiempo", alerta sobre el debilitamiento de la responsabilidad individual en Occidente: "Para mí, la única tarea verdaderamente importante consiste en reinstaurar la responsabilidad del hombre con su propio destino (...). El sufrir con la propia alma provoca la responsabilidad y la conciencia de la propia culpabilidad. Entonces ya no se justificará con cualquier excusa la propia desidia y los descuidos, ya no se dirá que uno no es responsable de lo que suceda en el mundo".
Si hay cada vez más empresarios que sólo se miran al espejo todos los días y no ven el rostro de los otros a través de los vidrios polarizados de sus torres inteligentes y babélicas (como el gigante egoísta de O. Wilde), si abundan los arquitectos que olvidaron toda lealtad con su arte y la "polis", si tú -lector- y yo no creemos que se pueda dar testimonio allí donde nos toque actuar, entonces el cinismo y la cobardía devastarán el país más que los terremotos, los incendios y las inundaciones. Y reconstruir desde esa ruina moral sí que será una tarea ardua y talvez imposible.

Fuente: El Mercurio. Publicado en el Boletín 290 de Ecosistemas
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Laura M. López Murillo (especial para ARGENPRESS.info)

En algún lugar del tiempo, entre los siglos y las décadas, en el trayecto del pasado al futuro hay una escala ineludible; y ahí, en un breve compás de espera, los visionarios identifican los hitos de la historia, escudriñan los efectos del progreso y asignan un nombre a las épocas...

En la utopía de la modernidad el bienestar y el progreso fueron manifestaciones concretas de la razón en un mundo idealizado sin diferencias ni rangos, sin carencias ni quebrantos; sin embargo, el uso y adjudicación perversos de la ciencia transformaron las aspiraciones en una cruel distopía, y un buen día, a todos nos alcanzó el futuro. Más tarde, en el mundo posmoderno se derribaron las distancias, se extinguieron las verdades eternas y cada cual aprendió a vivir con un credo individualista, el ocio se convirtió en una industria y la conectividad en una prioridad existencial.

Ahora, cuando el devenir de los tiempos agudiza la distopía moderna y exacerba los rasgos posmodernos, la humanidad emprende el trayecto hacia un nuevo horizonte. En el umbral de la nueva época, los estragos del progreso alcanzan niveles superlativos que exceden la intensidad de los prefijos: la sobremodernidad llegó para quedarse cuando al conectarnos con el mundo virtual nos recluimos en un islote íntimo e inescrutable; en la supermodernidad las leyes del mercado imponen necesidades artificiales que se satisfacen con compras compulsivas; una inmensa nube de datos se expandió en la megamodernidad; y la tecnología es el paradigma que distingue a los individuos en función de su poder adquisitivo y su exasperante capacidad de actualizarse constantemente en el entorno hipermoderno.

Los antropólogos aún no deciden el prefijo que distinguirá a esta época; tal vez, los habitantes del futuro la identifiquen por los desastres galopantes o quizás por logros espectaculares, pero lo más probable es que identifiquen este lapso de tiempo por los rasgos del hommo fanaticus: un individuo tecnologizado que adora un dispositivo digital, que vive a través de una tableta de la que emana su autoestima y que glorifica a Steve Jobs como el genio que conjuró la angustia existencial y desvaneció las sombras del rechazo social cuando materializó la imperiosa necesidad de reconocimiento en un artefacto blanco.

Se estima que la tableta iPad3 inundará el mercado rápidamente, los pronósticos indican que el 5% de las tabletas que se vendan este año en todo el mundo llegarán a hogares donde ya tienen una. El dato desconcertante es la velocidad de proliferación. No!... No tengo ni la menor idea, ni puedo imaginar cuál podría ser el rasgo preponderante que definirá a la época que ya inició, pero me queda claro que el ámbito de la condición humana permanecerá inmutable al margen del mercado, que las afinidades germinarán en la calidez del manto sensible de la piel, que lo verdaderamente importante no es tangible, no se adquiere ni se ostenta, y que hoy por hoy, en este breve compás de espera, los visionarios ya identificaron los hitos recientes de la historia pero al escudriñar los efectos del progreso y las compulsiones del vértigo tecnológico aún no se deciden por algún prefijo ni han definido el nombre de esta época…

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