sábado, 20 de febrero de 2016

La sequía y el calentamiento climático empiezan a matar de hambre a América Central


Marie-Pia Rieublanc
Basta!


La sequía que ataca a la región desde hace más de un año afecta a más de tres millones de personas, sobre todo a las familias de pequeños agricultores, en Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. La sequía ha destruido entre el 75 % y 100% de las cosechas de maíz y de frijoles. Es una de las consecuencias del cambio climático a las que se enfrenta América Central. A ello se añaden las inundaciones, la multiplicación de mosquitos portadores de enfermedades graves, como el virus Zika que provoca enfermedades congénitas, y huracanes... Reportaje en Guatemala sobre las familias afectadas por la sequía.

Blanca y Floridalma acarician tristemente las hojas de sus plantas de sorgo que se han vuelto negras. Es la primera vez que la «mancha de asfalto» hace su aparición en Chiltote, una pequeña comunidad rural de la ciudad de Concagua dominada por las montañas que separan Guatemala de El Salvador. Esta compleja mezcla de hongos carcome perniciosamente las plantas y las deja sin fuerzas para producir las bolitas amarillas que tanto esperaban estas dos hermanas que están en la cuarentena.
El maicillo, nombre con el que se conoce el sorgo en castellano debido a su parecido al maíz, era su única esperanza de salir de la crisis económica y alimentaria en la que las había sumido la sequía, que afectó duramente a una parte de América Central durante los inviernos de 2014 y 2015, y reemplazó a las estaciones de lluvias, que se suponía iban a caer desde junio a finales de octubre. En estos dos últimos años la ausencia de precipitaciones ha privado a millones de personas de maíz y de frijoles. También ha favorecido la propagación en los cultivos de muchas enfermedades provocadas por hongos.
«No sé qué vamos a hacer»
Para cubrirse las espaldas, además del maíz habitual ambas madres de familia plantaron en agosto un campo de maicillo, emparentado con el cereal favorito de los centroamericanos y conocido por su resistencia a los fuertes calores. Pero está acabando noviembre y ya saben que «no saldrá nada».
«No sé qué vamos a hacer», se preocupa Blanca. «Vamos a tener que buscar trabajo en los campos de café. Como todo el mundo está en el mismo caso y además la roya a atacado a muchas plantaciones, hay pocas posibilidades de encontrar trabajo». La roya es otro hongo que pulula desde hace tres años en los cafetales de América Central y se ha extendido enormemente este año.
Una tortilla y un mango al día
«Antes de la sequía nuestra familia cosechaba entre una y dos toneladas de maíz, y 276 kilos de frijoles. Consumíamos una parte y vendíamos otra», recuerda Floridalma, que vive con su marido, sus cuatro hijos y la familia de su hermana. «En 2014 se secaron nuestro cultivos, apenas tuvimos qué comer y no pudimos vender nada. Este año es peor: lo que sembramos en mayo no ha dado absolutamente nada y lo que plantamos en junio nos ha dado justo para comer un poco y pagar la tasa al propietario del terreno», añade Blanca.
Después del invierno de 2014 tanto estas familia como otras miles de familias de la zona se beneficiaron de programas alimentarios procedentes de los gobiernos locales, instituciones internacionales y ONG. Esta ayuda está a punto de terminar. El hambre vuelve a acecharles. En 2014 «hubo días en los que solo comimos una tortilla (torta de maíz) y un mango cada uno», cuenta Floridalma. «Varias veces no hemos comido en todo el día y hemos dado a los niños un poco de yuca que hemos comprado al vecino».
Una de sus hijas, Berlin Marina, de 8 años, lo pasó muy mal en este periodo. Desde entonces padece violentos dolores de estómago que le impiden ir al colegio. Sus padres no tiene medios de pagarle las pruebas que le tendrían que hacer en el hospital y no mejora con las infusiones de menta que le preparan.
Tres millones de personas afectadas
Según un informe de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de los Asuntos Humanitarios en América Latina y el Caribe (OCHA-ROLAC, por sus siglas en inglés) publicado en octubre[1], la sequía de estos últimos años afecta actualmente a 1,3 millón de personas en Guatemala, cerca del 10 % de la población. En El Salvador son 825.000 personas (13 % de la población) y en Honduras, 1,4 millón (cerca del 20%) . Se trata esencialmente de familias de pequeños agricultores o de jornaleros que dependen de su producción para comer y cubrir sus necesidades más básicas. De estos 3,2 millones de víctimas del «Triángulo del Norte» al que se limita este estudio, 1,1 millón requiere una asistencia alimentaria inmediata según esta institución, que calcula que se han perdido entre el 75 % y el 100 % de las cosechas de maíz y frijoles. El norte de Nicaragua también se ha visto afectado.
Estos cuatro países están atravesados por «el corredor seco», el nombre dado por los geógrafos a una franja de selva tropical seca cerca de las costas del Pacífico y del Caribe caracterizada por una larga estación seca (su verano, que dura de noviembre a finales de mayo) y una corta estación húmeda. Estos dos últimos inviernos ha llovido demasiado poco para que puedan ser fértiles las tierras de los pequeños agricultores que siembran en mayo y no tienen sistema de irrigación. Los habitantes de determinadas comunidades de Guatemala no han visto caer del cielo una sola gota de agua durante 48 días seguidos entre julio y agosto, algo que no les había ocurrido nunca.
El Niño crece bajo los efectos del calentamiento climático
Hace diez años que las estaciones de lluvias se reducen en la zona. En 2014 la perturbación climática El Niño, que se produce entre cada tres y siete años, todavía no había hecho su aparición y, sin embargo, las precipitaciones ya eran mucho más débiles de lo normal. Este calentamiento del océano Pacífico tropical ha sido de una intensidad enorme que no se había visto desde hacía dos décadas. Además de la sequía, el enfant terrible tiene otros efectos no deseados, como las lluvias torrenciales fuera de la estación que han empezado a causar estragos en la zona, sobre todo en Guatemala. En octubre 280 personas murieron durante un corrimiento de tierras en El Cambray, cerca de la capital.
El fenómeno solo acabará en la primavera de 2016. Según los expertos, es de esperar que vuelva con fuerza más frecuentemente que antes. Un estudio publicado el año pasado en la revista Nature por un equipo de investigadores internacionales concluyó que la frecuencia de los episodios extremos de El Niño iba a «duplicarse en el futuro bajo los efectos del calentamiento climático» y a pasar de un caso cada veinte años a cada diez años [2].
«Nosotros somos quienes pagamos los daños»
«Los países de nuestra zona no producen tanto CO2 como los países desarrollados y, sin embargo, somos nosotros quienes pagamos los daños», se lamenta Guido Calderón, secretario general de la Concertación Regional para la Gestión del Riesgo (CRGR), al que conocemos en su oficina de la ciudad de Guatemala. La Concertación reúne a asociaciones de toda América Central especializadas en el acompañamiento de las poblaciones afectadas por desastres como la sequía y las inundaciones.
Forma parte del Foro «América Central Vulnerable Unida por la Vida» que nació en 2008. Su miembros, muy movilizados durante la COP21, esperaban que el nuevo acuerdo sobre el clima fuera vinculante, que hiciera realidad la reducción de las emisiones y que el objetivo de limitar el aumento de la temperatura global se fijara en 1,5°C y no 2°C respecto a la era preindustrial de aquí a 2100. Además, eso es lo que había recomendado discretamente un informe técnico de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre los Cambios Climáticos (CCNUCC) el pasado mes de mayo [3]. El acuerdo de París, que no es «suficientemente ambicioso» según el Foro, menciona este objetivo de 1,5ºC, pero sin convertirlo en su verdadero objetivo, que sigue siendo 2ºC (con muchas dudas respecto a la voluntad de la comunidad internacionales de alcanzarlo verdaderamente).
Necesidad de fondos y de asistencia técnica
El Foro desea que se reconozca la zona como «altamente vulnerable al calentamiento climático», algo no obtuvo en el acuerdo de París, cuyo preámbulo menciona, sin embargo, las «necesidades y circunstancias especiales» de los países en desarrollo. «Esto nos permitiría beneficiarnos de financiaciones que nuestros países necesitan para reforzar su capacidad de hacer frente a los desastres, sobre todo para constituir unos fondos nacionales destinados a una asistencia alimentaria que se puedan activar antes de que las poblaciones empiecen a padecer hambre. La ayuda también debe ser técnica y preventiva, y servir entre otras cosas para mejorar nuestros centros de investigación meteorológicos e hidrológicos, y para formar a su personal», explica Guido Calderón.
Lejos de negar la responsabilidad de los gobiernos centroamericano, defiende también unas reformas internas en materia de opciones energéticas, de gestión de residuos, de infraestructuras y de transportes. «Es una cuestión de agenda política: los ministerios que tienen mayores presupuestos en Guatemala después de Defensa son los de Alojamiento e Infraestructuras, que utiliza mal su dinero, y el de Economía, que prefiere concentrarse en la promoción de la industria extractiva”. Un sector en el que desempeñan un papel muy importante las empresas extranjeras. En el departamento de Jutiapa, donde viven Blanca y Floridalma, la empresa canadiense Goldcorp, primera empresa minera de las Américas, empezó a extraer sobre todo oro y plata en 2007 en una mina subterránea a través de su filial local Entremares. El proyecto, llamado «Cerro Blanco», se suspendió temporalmente cinco años después por razones financieras. Las poblaciones tienen todavía suspendidas sobre ellas una espada de Damocles ya que hay una grave amenaza sobre sus recursos hídricos debido a esta actividad.
Costas inundadas, mosquitos y pérdida de semillas nativas
Los miembros del Foro están a favor de establecer un sistema que permita cuantificar las «pérdidas y perjuicios» climáticos padecidos por determinados países e identificar a los países que son los responsables para obligarles a indemnizar a las víctimas. Es la idea del mecanismo de Varsovia, que se integró a medias en el acuerdo de París: en efecto, se habla en él de «pérdidas y perjuicios» pero, algo que lamenta profundamente el Foro, en absoluto se obliga a nadie a compensarlos. En América Central estos pérdidas y perjuicios van mucho más allá de la pérdida de cosechas. Entre otras cosas, se puede citar la elevación del nivel de las aguas que amenaza con inundar las ciudades costeras del istmo, la multiplicación de huracanes, la salinización de los terrenos costeros debido a la pérdida de agua dulce en las tierras o incluso la propagación de mosquitos transmisores de enfermedades graves: dengue, malaria, chikungunya y ahora el virus zika.
La pérdida de especies agrícolas endémicas también es un auténtico problema. «Tenía maíz amarillo, maíz negro y maíz blanco, pero perdí todas mis semillas en 2014, cuando no pude cosechar nada», recuerda Valdemero Pérez, que vive y trabaja la tierra en San Jacinto, cerca de la frontera con Honduras. En mayo plantó semillas de maíz blanco que le había proporcionado el ayuntamiento, pero no dieron nada. En agosto sembró granos híbridos procedentes de un programa humanitario, también blancos. Eran fértiles y espera poder plantarlos al año que viene, haciendo que los colores que jalona los campos de América Central se difuminen poco a poco.
La esperanza de la agroecología para recuperar la soberanía alimentaria
Para Carlos Sotto, de la Fundación para la Reconstrucción y el Desarrollo en El Salvador (REDES), miembro también del «Foro América Central Vulnerable por la Vida», la adaptación de la zona al calentamiento climático reside en parte en el paso de la agricultura tradicional heredada de la Revolución Verde, la que promueve el uso de productos químicos y el monocultivo, a la agroecología. «Los agricultores bio de El Salvador solo perdieron entre el 20 % y el 30 % de sus cosechas durante la sequía», afirma, y explica que «la tierras de los agricultores bio tiene una cobertura vegetal mejor y una diversidad de cultivos gracias a los cuales la humedad se conserva durante más tiempo, aunque deje de llover durante varios días». ¿Estarán dispuestos los llamados Estados unidos frente al calentamiento climático desde la COP21 de París a apoyar una transición agrícola que no dependa de las multinacionales?


Fuente: http://www.bastamag.net/La-secheresse-et-le-rechauffement-climatique-commencent-a-affamer-l-Amerique - Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos.