martes, 12 de julio de 2016

Sin preguntas retóricas


Eduardo Montes de Oca
Rebelión


¿Habrá comenzado el principio del fin? Si no se hace algo drástico sí, a juzgar por el criterio de expertos, e incluso la mera observación empírica. La geometamorfosis inducida por el cambio climático constituye un hecho incontestable, al igual que sus secuelas económicas y humanas.

El enunciado deviene simple en su formulación. Tal asevera un reputado científico, es Física: se refuerza el efecto invernadero por las emisiones, sobre todo de los combustibles fósiles, y el planeta se calienta. Arde.
Como resume Alicia Rivera para el diario español El País, hacia 2050 –a tiro de piedra-, a grandes rasgos el proceso mentado y los desaguisados en el uso del suelo incrementarán el riesgo de grandes incendios forestales, y lo peor: muchas naciones no tendrán capacidad para medidas de adaptación que eviten los impactos más adversos.
Entre ellos, el que a mediados de siglo el Ártico devenga un océano libre de hielo en verano, con importantes rutas de navegación, así como grandes puertos e infraestructuras asociadas, de manera que diversas especies vinculadas con el hábitat -oso polar, focas, morsas, algas…- se encontrarán en un estado crítico de conservación, o de extinción.
Mutará asimismo la Amazonia, que puede padecer una deforestación acelerada, por el efecto combinado de las sequías prolongadas y los fuegos. Al decir de un especialista entrevistado por la colega, la precipitación media global dentro de 50 años se acrecentaría entre cinco por ciento, en el escenario más favorable de menor concentración de gases de efecto invernadero, y 15 en el más desfavorable. Seguramente a esas alturas ya no habrá “climaescépticos”, porque los postreros se convertirán en testigos pesarosos de las proyecciones de la NASA, según la cual en Europa “aumenta notablemente el riesgo de inundaciones catastróficas, la erosión se agudizará por las tormentas y la subida del nivel del mar, se reducirán los glaciares en las áreas montañosas, así como la cubierta de nieve en las latitudes altas. La pérdida de especies animales y vegetales resultará importante y se reducirá la productividad de las cosechas en el sur del continente”.
De acuerdo con la nota de la periodista, en América Latina, en general, se registrará un reemplazo gradual de la selva tropical por la sabana en la Amazonia oriental, con ingente número de probabilidades de pérdida de biodiversidad y extinciones de especies en miríadas de áreas tropicales, y cambios significativos en la disponibilidad de agua dulce para el consumo, la agricultura y la generación de energía.
No saldrá indemne América del Norte, con una disminución de las nieves en las regiones montañosas occidentales, una progresión de entre cinco y 20 por ciento de las precipitaciones en algunas regiones agrícolas y de la intensidad y la frecuencia de las olas de calor en lugares que ya las sufren.
Respecto a África, ya a finales de esta década se contarán entre 75 millones y 220 millones de personas expuestas al empeoramiento de la escasez de agua dulce, pueden menguar las cosechas que dependen de las lluvias hasta 50 por ciento en algunas zonas, y el acceso a la alimentación quedar gravemente comprometido.
Y en Asia, especialmente en el sur, el centro, el este y el sureste, mermará el líquido potable hacia 2050, extensas áreas costeras tendrán que asumir trágicas inundanciones, o su contrario: las más y más intensas sequías.
¿Qué hacer?
A todas luces, el entuerto es mayormente antropogénico –entiéndase causado por el hombre, que no por natura-. Por lo tanto, algo se debería (se debe) intentar, ¿no?
Con vistas a ello, como nos recuerda la activista y articulista ambiental Silvia Ribeiro, uno de los temas más candentes en la reunión de la Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que finalizó el 12 de diciembre, en París (COP21), fue la definición de una nueva meta de calentamiento global que no se osaría sobrepasar, dado que, desde hace años, se plantea que territorios insulares y del tercer mundo no sobrevivirían a una acentuación en la temperatura que exceda 1.5 grados centígrados, pues les sucedería lo que en el ¿mito? de la Atlántida, sin ser los máximos culpables del estatus quo.
Si la temperatura global promedio –razona la comentarista- se disparó 0.85 grados centígrados en el último siglo, esto se debe a las emisiones de gases de efecto invernadero –dióxido de carbono y otros-, el empleo empecinado de combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón) para la producción de energía, el sistema agroindustrial, la urbanización, el transporte. Un curso que, de seguir, llevaría el termómetro seis grados centígrados más a finales del siglo XXI, con impactos inimaginables. Apocalípticos.
En el proceso preparatorio de la COP21, el borrador de la negociación incluía fijar una meta de subida de dos grados centígrados hasta el año 2100, cifra combatida por los principales emisores. Sorpresivamente, estados del Norte, los principales implicados en el caos, entre ellos EE.UU., Canadá, la Unión Europea, anunciaron que apoyarían un máximo de 1.5 grados (por cierto, en abril constó como Acuerdo de París, respecto a los niveles preindustriales), lo que, conforme a estimaciones plausibles, implicaría abstenerse en 80 por ciento de sus lanzamientos a la atmósfera hasta 2030, algo que despertó el júbilo entre los no tocados por el don de la duda metódica.
Pues estos consideran que las razones no son precisamente límpidas y más bien ocultan dantescos panoramas, ya que se trata de legitimar el espaldarazo y subsidios públicos a tecnologías de geoingeniería y otras no muy confiables que digamos, como la nuclear, así como el que se enseñoree el mercado de carbono y demás falsas soluciones.
Por si no bastara, la Convención aceptó que los planes no “pecaran” de vinculantes, sino que, como contribuciones previstas y determinadas a nivel nacional, cada uno manifiesta intenciones, no compromisos obligatorios.
“La suma de las contribuciones que ha declarado cada país hasta octubre de 2015 –se encrespa Ribeiro-, resulta ya un aumento de la temperatura de tres a 3.5 grados centígrados hasta el año 2100. Y esto ni siquiera es lo que realmente harán –que puede ser mucho peor- sino lo que declaran. Por tanto, aunque la meta global sea baja, los planes reales están a la vista y la catástrofe sigue en marcha”.
Para mayor engorro, “sumarse en el discurso a una meta aparentemente baja, no cambia los planes presentados, pero les da a esos gobiernos razones para argumentar que deben apoyar técnicas de geoingeniería, como almacenamiento y captura de carbono (CCS, por sus siglas en inglés), técnica que proviene de la industria petrolera y que presentan como capaz de absorber CO2 de la atmósfera e inyectarlo a presión a gran profundidad en fondos geológicos terrestres o marinos, donde según afirma la industria quedaría para siempre”. Y el planeta podría estarse tornando una bomba de tiempo.
“Así, los gobiernos tendrán que subsidiar las instalaciones (para cumplir las metas de la Convención), las empresas podrán extraer y quemar aún más petróleo y encima cobrar créditos de carbono por supuestamente secuestrar y almacenar gases de efecto invernadero”. Toda una jugada.
Como estas tecnologías no funcionarán, nos alerta Silvia, sino que acelerarán las mutaciones del clima, en unos años nos propondrán otras de geoingeniería aún más dañinas, “como el manejo de la radiación solar”.
Y, clamando por desmantelar ese discurso, ríspida, asevera: “No se trata de reducir, no se trata de metas bajas, no se trata de enfrentar el cambio climático. No son falsas soluciones. Son mentiras”.
Conforme al sociólogo James Petras, el que todo el mundo esté discutiendo los problemas y los que van surgiendo (algo positivo) por los gases tóxicos de las grandes fábricas capitalistas, incluso que esos asuntos entren en la agenda de los gobernantes más reaccionarios, supone el resultado de las presiones universales que generan estos encuentros, particularmente en los territorios más afectados.
“Pero las decisiones concretas, el acuerdo final (de la Cumbre de París), tienen enormes limitaciones y no son adecuados por el simple hecho de que no hay mecanismos de sanciones a quienes los incumplan. Esto es importante porque el único Congreso que no reconoce el problema climático del mundo es el de EE.UU.
“Los congresistas han declarado que no van a cumplir con ninguna de las metas acordadas. Y eso es una gran derrota para el acuerdo, porque los representantes del Gobierno norteamericano no tienen respaldo legislativo. Porque los congresistas creen que las regulaciones y restricciones aumentan el costo de las industrias tóxicas –como las del carbón y otras más- y creen que imponerles regulaciones baja la tasa de ganancias de los grandes capitalistas contaminantes”.
Esos presentistas –si la vida es un pestañazo, gocémosla pues, su divisa- llegan a un consenso transando entre sí, sin implicar a los movimientos sociales, ecologistas, (marginados, excluidos, mantenidos fuera por la fuerza), los cuales protestan para que los representantes de los Ejecutivos tomen en cuenta las consideraciones más dramáticas que atañen a varios pueblos, los menos responsables de los desastres, concluye Petras, el conocido intelectual.
Pensador al cual nos sumamos en acusaciones y reclamos desde nuestra posición de observadores que no balbucean al responderse si habrá comenzado el principio del fin. La pregunta suena retórica. Y el tiempo urge, a juzgar no solo por la opinión de los especialistas, sino, como apuntábamos al principio, por el sentido común, y, claro, por la simple observación empírica.

Imagen: ‪www.ecologiaverde.com‬