Los limpiadores del cielo y de la tierra
Cuando cesan los latidos de un animal, la sangre detiene su viaje interno, las células inician su autodestrucción, los músculos se vuelven rígidos y el desvanecido cuerpo pierde paulatinamente su calor. Sin embargo, no hemos llegado al fin, sino al comienzo de una nueva historia. El muerto no está solo, en su interior organismos invisibles como bacterias y levaduras consumen el oxígeno y transforman sus carbohidratos, lípidos y proteínas en ácidos y gases, dando rienda suelta a la putrefacción y fermentación. Procesos que implican la transformación de sustancias complejas en compuestos orgánicos más simples (por ejemplo, nutrientes), que serán aprovechados más tarde por los vivos. Así, la figura del difunto se hincha y libera una serie de fluidos, como un humilde preludio de su legado post mortem.
Texto por Paula Díaz Levi
A su alrededor se congregan un sinnúmero de comensales para el mortuorio festín, incluyendo a carroñeros como el cóndor y los jotes que, con sus cabezas peladas y austero plumaje, no solo limpian el entorno al alimentarse del cadáver, sino que también redistribuyen y mejoran la transferencia de la energía —proveniente de estos restos— dentro del ecosistema. Así disminuyen la propagación de enfermedades, y dan lugar a otros beneficios desapercibidos. Aunque esta labor no sea muy reconocida, no ha pasado inadvertida en Latinoamérica, donde comunidades rurales e incluso antiguas culturas como los mayas y los mapuche (Rozzi et al., 2010) han considerado a estas aves verdaderos limpiadores del cielo y de la tierra.
Así comienza la descomposición, un proceso iniciado por la muerte y que consiste en la reducción del cuerpo a formas más simples de materia a través de la acción de diversos organismos. Este proceso es de indiscutible relevancia para los ecosistemas acuáticos y terrestres, pues posibilita algo tan esencial como la formación de los suelos que sostendrán a plantas, hongos y animales, así como los flujos de materia y energía en distintos niveles de la naturaleza (Swan et al., 2012). La muerte y descomposición también son claves para el funcionamiento de nuestro planeta, ya que influyen en los ciclos biogeoquímicos —entre ellos el reciclaje de nutrientes como el nitrógeno y fósforo— que nos permite contar con tierras fértiles para producir alimentos. De la variedad de seres que participan en este cometido, las bacterias, y algunos invertebrados como los insectos y hongos, son fundamentales. Estos últimos descomponedores, de creciente fama, pueden facilitar la acción de los microbios sobre el tejido de la hojarasca y permiten que otros grupos accedan a estos recursos. Sin embargo, por mucha popularidad que tengan, los exponentes del reino Fungi no podrían completar su misión por sí solos.
Una labor comunitaria
Si retrocedemos en el tiempo, entre unos 250 a 400 millones de años antes del presente, veríamos que nuestro planeta era muy diferente. Enormes peces con “armadura”, insectos gigantes y los primeros anfibios merodeaban en ambientes acuáticos y de vegetación primitiva. Un hito en la historia de la Tierra ocurrió hace unos 376 millones de años, cuando aparecieron los primeros árboles con tallo verdadero. Esto se dio gracias al desarrollo de compuestos vegetales como la lignina y celulosa, que entregaron soporte a las plantas vasculares. Tales compuestos habrían sido de difícil digestión para las criaturas que se alimentaban de las plantas en ese periodo. Si bien algunos representantes del reino Fungi se encargaban de descomponer dicho material, su actividad no habría sido suficiente, ya que los altos niveles de descomposición registrados en la época no se explicarían con la sola acción de los hongos.
Es ahí cuando entrarían en escena los animales invertebrados detritívoros (descomponedores), como antiguos ácaros, milpiés y cucarachas, cuya evolución y dispersión habría sido fundamental para la descomposición de la hojarasca poseedora de lignina. Para tener una mejor idea, estos consumidores y perforadores de madera fraccionaban con sus mandíbulas el material vegetal, reduciéndolo y facilitando el acceso y contacto de otros organismos más pequeños, como hongos y microbios, lo que fomentaba una descomposición más eficiente.
Inclusive, estos animales habrían ingeridocontinua y accidentalmente “dosis” de los microbios que habitaban en la apetitosa materia vegetal (Raymond et al., 2001). Eso es lo que confiesan los registros fósiles de distintos capítulos de la Tierra, como fecas de cucarachas con restos de hojas, madera, polen y microbios que habitaban en el interior de los insectos.
De esa forma, se cree que estas interacciones tempranas terminarían forjando una íntima relación de cooperación entre microorganismos y animales detritívoros, derivando en ciclos esenciales para la conservación de la naturaleza. Nada de esto sería posible sin la simbiosis o el “vivir juntos para el beneficio mutuo”.
El momento de la cooperación
Los microorganismos son fundamentales para la Tierra, pese a que suelen tener mala fama al ser asociados con enfermedades. Las criaturas microbianas han demostrado que la cooperación entre organismos de distintas especies ha sido crucial en la historia de la vida, permitiéndole triunfar a aquellos que se asocian, como bien describe la teoría endosimbiótica de la bióloga Lynn Margulis.
El legado microbiano es tan fuerte, que las plantas y animales sostenemos interacciones simbióticas con los microorganismos todo el tiempo. Por un lado, nos convertimos en el ecosistema donde viven, mientras ellos influyen en nuestra salud, como por ejemplo el conocido microbioma o “flora” intestinal, que nos permite aprovechar los nutrientes de los alimentos, fortalecer nuestra inmunidad y disfrutar de un cuerpo sano.
Precisamente, cuando un animal o planta posee una relación simbiótica con los microorganismos que hospeda en su interior, se transforma en un holobionte, es decir, en una entidad formada por la asociación de diferentes especies. Esto incluso deja en entredicho la real existencia del “individuo” (Gilbert et al., 2012), pues, en estricto rigor, somos comunidad, por lo que no estamos (ni actuamos) solos. Como es de esperarse, los descomponedores y carroñeros no son la excepción.
Sin ir más lejos, los mismos limpiadores de los cielos están adaptados a comer carroña gracias a la diversidad de las comunidades microbianas (Roggenbuck et al., 2014) que viven en su rostro e intestino, las que les permiten alimentarse de carne en descomposición sin que se intoxiquen. Por otro lado, la madera sigue siendo recalcitrante y difícil de digerir hasta nuestros días debido a su alta concentración de lignina, que junto a la celulosa suele retrasar la descomposición. Un detalle no menor es que los animales invertebrados no tienen la capacidad enzimática para digerir la lignina, pero los microbios que se refugian en su interior sí pueden hacerse cargo de esta ardua tarea.
En definitiva, un insecto detritívoro depende de su comunidad de microorganismos (microbioma) para reciclar los nutrientes de los suelos, ya que estos minúsculos seres le permiten descomponer los componentes que no podría digerir en solitario. Por lo tanto, la acción conjunta de estas especies es mucho más poderosa que su acción individual.
Un equipo de científicas propuso recientemente el concepto de “holobionte ecosistémico” (Schapheer et al., 2021), el cual se refiere a un holobionte que lleva a cabo procesos ecológicos clave para la conservación de la naturaleza, como la mismísima descomposición impulsada por insectos y sus microorganismos. La unión hace la fuerza, se dice. Pese a ello, con frecuencia los seres humanos intentamos conservar a especies o ecosistemas por separado, sin preocuparnos de mantener y respetar las relaciones entre estos habitantes y los ciclos que sostienen.
«Los humanos tenemos que desaprender conceptos que nos hacen malinterpretar procesos beneficiosos y, a su vez, aprender mucho de los descomponedores. Ellos juegan un papel crucial en la desintegración de las antiguas formas de vida».
Descomponer para vivir
Los humanos influimos en la descomposición de distintas maneras (Berg et al., 2003). Por ejemplo, la pérdida de especies y de biodiversidad puede alterar y diezmar a numerosas comunidades, incluidos los carroñeros y descomponedores que mantienen estos ciclos.
Además, dado que el clima es uno de los factores que influye en la descomposición, la crisis climática podría desencadenar efectos en este proceso. Por ejemplo, el aumento de las temperaturas de los suelos incrementa la respiración microbiana y, con ello, la liberación de más CO2 a la atmósfera. Tampoco hay que olvidar las mil caras de la contaminación, como el uso de plaguicidas o la liberación de metales pesados que pueden ser perjudiciales para las plantas, animales y los microorganismos que tantos procesos regulan.
Nuestra influencia en la descomposición también se refleja en la rutina cotidiana. Cuando creemos que la muerte es el final, confinamos la descomposición en plástico o retiramos a toda clase de muertos, le quitamos a los descomponedores las chances de vivir y perpetuar los ciclos. Esto se vislumbra también en el lenguaje, pues el verbo “descomponer” se asocia con desorden, deterioro o pérdida, cuando para la naturaleza también significa regeneración y oportunidad.
Por ello, los humanos tenemos que desaprender conceptos que nos hacen malinterpretar procesos beneficiosos y, a su vez, aprender mucho de los descomponedores. Ellos juegan un papel crucial en la desintegración de las antiguas formas de vida, haciendo que los nutrientes estén disponibles una vez más para el sistema y las nuevas existencias que emergen.
Lo anterior cobra especial relevancia en una época de múltiples crisis como la nuestra, y amerita un cambio de paradigmas, modelos socioeconómicos y formas de vida que —a todas luces— interrumpen, destruyen o alteran estos ciclos, con consecuencias peligrosas.
De partida, urge descomponer las acciones egoístas y antropocéntricas, así como la actitud utilitarista y de superioridad de nuestra especie hacia el resto de la naturaleza. En vez de eso, es necesario valorar a los demás habitantes y generar nuevas coexistencias y relaciones colaborativas, aprovechando la vasta constelación de capacidades, saberes y experiencias de las diversidades humanas y no humanas. Porque, tal como la agitada historia del planeta nos recuerda, la Tierra siempre ha dependido de sus comunidades —desde las más pequeñas hasta las más evidentes— para renovarse y sobrevivir. Se requerirá, entonces, la muerte de la antigua forma de vida, que se descompondrá en partes más simples, reciclando los nutrientes y renaciendo en formas novedosas.
Así ocurre cuando cesan los latidos de un animal y la sangre detiene su viaje interno, las células se autodestruyen y el desvanecido cuerpo pierde su calor. El difunto comienza su transformación, con la ayuda de organismos invisibles, aseadores de los cielos y otros comensales del mortuorio festín, que perpetúan ciclos y un legado post mortem que sostiene a los vivos, una y otra vez. Porque, lejos de lo que solemos creer, con la muerte llegamos no al fin, sino al comienzo de una nueva historia.
Referencias
Berg, B., & McClaugherty, C. (2003). Human activities that influence decomposition. Plant Litter. Springer, Berlin, Heidelberg.
Gilbert, S. F., Sapp, J. & Tauber, A. I. (2012). A symbiotic view of life: we have never been individuals. The Quarterly Review of Biology, 87(4), 325–341.
Raymond, A., et al. (2001). Rates and processes of terrestrial nutrient cycling in the Paleozoic: the world before beetles, termites, and flies. Evolutionary Paleoecology: The Ecological Context of Macroevolutionary Change, eds W. D. Allmon and D. J. Bottjer (New York, NY: Columbia University Press), 235–283.
Roggenbuck, M. et al. (2014). The microbiome of New World vultures. Nature Communications. 5:5498
Rozzi, R. Massardo, F. Anderson, C. McGehee, S. Clark, G. Egli, G. Ramilo, E. Calderón, U. Calderón, C. Aillapan, L. & Zárraga, C. 2010. Guía multi-étnica de aves de los bosques subantárticos de Sudamérica. Ediciones Universidad de Magallanes – University of North of Texas Press, Punta Arenas, Chile y Denton, Texas.
Schapheer, C. Pellens, R. & Scherson, R. (2021). Arthropod-Microbiota Integration: Its Importance for Ecosystem Conservation. Frontiers in Microbiology.
Swan, Christopher M. & Kominoski, John S. (2012). Biodiversity and Ecosystem Function of Decomposition. eLS. John Wiley & Sons, Ltd: Chichester.
Fuente: Revista Endémico - https://endemico.org/los-limpiadores-del-cielo-y-de-la-tierra/




