Los fantasmas de la esquina

Todos los días, a la misma hora y en el mismo lugar, doblo la esquina de una de las calles que van hacia mi trabajo para saber que justo a continuación aparecerá la misma joven pelirroja paseando a su perro, el mismo patinador cruzando el paso de cebra y el mismo anciano de mirada perdida fumando exactamente a las 8:17 de la mañana.


Sumergidos en un orden social magistralmente orquestado, tal vez la única licencia que nos esté permitido disfrutar sea levantar simplemente la mano para cuestionar la verdadera naturaleza del libre albedrío; ¿es un fantasma, una ilusión, un espejismo necesario?

Parafraseando y adaptando la memorable cita literaria, “la libertad, si no existiera, habría que inventarla”.
Ya lo hemos hecho; el cine, como arte reparador, facturó el “El Show de Truman” para calmarnos a todos y devolvernos la fe en la volición. Al igual que “Atrapado en el tiempo”, o tantos otros títulos de idéntica finalidad.
Pero la libertad no admite graduación: o se tiene o no se tiene, esa es la cuestión; por más que se reclame un ejercicio más intenso de ella, por más que se defienda la doctrina del esfuerzo/recompensa en la aspiración por conquistar un espacio y un tiempo determinado.
La paradoja está ahí; querríamos ser héroes lo suficientemente henchidos de libertad como para escapar a ese inquietante destino que nos espera todos los días, a la misma hora y en el mismo lugar, justo antes de doblar la esquina.

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