“Si el mundo está cambiando por el cambio climático, también tenemos que cambiar nuestras formas de narrar”
Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967) es uno de los grandes narradores de la literatura latinoamericana. Autor de once novelas y varios libros de relatos, en sus últimas obras se ha desplazado desde el realismo con que escribía en sus inicios hacia una mirada especulativa, en la que la imaginación, la fantasía y el horror abren nuevos caminos para mirar el mundo en el que vivimos. El comienzo del paraíso (Páginas de Espuma, 2025) lo componen once cuentos en los que los cambios que se producen en la naturaleza y sus criaturas toman el protagonismo, en una invitación a la imaginación y al asombro.
Entrevista de Laura Casielles
Me gustaría empezar esta conversación como empieza el libro: en la extrañeza. Alguien –un personaje o tal vez una lectora o lector– se ve arrojado a un lugar que no conoce, que no puede comprender.
En realidad ese no era el primer cuento del libro, pero a mi editor le gustaba mucho la primera frase: “El piloto abrió los ojos”. Porque, decía, si estamos hablando de un nuevo mundo, este es un buen inicio, no solo para el cuento, sino para todo el libro: alguien que abre los ojos y de pronto se encuentra con un mundo muy extraño. Me pareció un buen argumento porque a mí me gustan mucho los libros de cuentos orgánicos, que los cuentos puedan funcionar de manera autónoma, pero que todos vayan creando una atmósfera, vayan dialogando entre sí. Me di cuenta de que, de alguna manera, podía incluso hacerse un arco cronológico, aunque es algo que va en contra de lo que yo hago como lector, que voy leyendo primero los cuentos más cortos y termino leyendo los más largos. Pero creo que este libro sí funciona mejor si lo lees de manera lineal.
¿Qué es lo que aúna a estos relatos, el mundo que tienen en común?
Hay un par de detalles que para mí fueron muy importantes. Uno de ellos tuvo que ver con los incendios que hubo en California hace algunos años y con la forma en que la prensa cubrió esos incendios. Cuando el humo de los incendios llegó a San Francisco, debido a la toxicidad del aire, se creó un color rojizo muy extraño, y los periodistas decían todo el tiempo: “Esto parece Marte”. Entonces pensé en esa idea de sentirse como un extraño en tu propio planeta, en la Tierra, de cómo por el cambio climático, por la devastación ecológica, hay momentos en los que no te reconoces dentro de ese planeta que habitas.
La otra cosa que también para mí era importante tiene que ver con el cuento este de la batisfera que va hacia el fondo del mar, que ocurrió de verdad, hacia 1920. Los primeros científicos investigadores que llegaron al fondo del mar descubrieron que había muchos más peces de los que se pensaba, que no estaban ni clasificados, y uno de los investigadores dijo algo así como que conocemos más de la Luna que de nuestro propio planeta. Hay cosas fantásticas, pero que son de este planeta, es cuestión de ampliar la mirada.
Esa extrañeza se extiende también a nosotros mismos. De algún modo los seres humanos quedamos descentrados, reubicados, como una criatura más.
Para mí esto comienza con una autocrítica. Una vez un amigo me dijo: “Oye, en tus cuentos no hay ni perros ni gatos, ¿no?”. No lo decía como crítica, simplemente decía: todo son seres humanos. Yo venía de la tradición más clásica del cuento, de Chéjov, que decía que si tú pones un revólver en la primera escena del cuento, en algún momento lo vas a tener que utilizar. Entonces, mi primera respuesta a mi amigo fue que no quería tener perros y gatos de manera decorativa, que tienen que tener una función. Solamente años después me di cuenta de que el problema era mío, que yo no les encontraba una función porque a mí solamente me interesaba explorar el drama humano. Buena parte de mis últimas búsquedas como narrador han sido para incorporar la experiencia animal, la experiencia de las plantas, que no es fácil. La pregunta que me hago es cómo hacer que no sean un telón de fondo, sino sujetos de la narración. Y creo que en eso estamos varios narradores hoy, pienso por ejemplo en Fernanda Trías, en Irene Solá… Hay un montón que están tratando de ver cómo incorporar esto de manera metafórica, alegórica o incluso realista, ampliar un poco la visión y descentrar lo humano.
Esto enlaza con la idea de “comienzo del paraíso” del título. Algo se pierde, pero algo aparece también.
Creo que en los últimos años, por la situación que estamos viviendo, hemos abusado de las narrativas distópicas y del apocalipsis. Mi idea era romper con ese paradigma de narración. Por un lado, ver cómo incorporar proyectos más utópicos, sin llevarlo a un extremo ingenuo, y eso traté de hacer en una anterior novela. Y aquí lo que pensé es que quizás la metáfora que podría funcionar como eje rector del libro era no tanto el fin, sino la transformación, la mutación, la metamorfosis. Son temas muy clásicos, desde Ovidio. Quería ver cómo esa metáfora podría ser aplicada al cambio climático, a la devastación ecológica. Sí, estamos hablando del fin de un mundo, pero también del surgimiento de otra forma de entender las cosas, de otro planeta. Y yo quería ubicarme en ese punto de transición entre un mundo y otro.
En un cuento, hay un personaje que dice algo provocador en ese sentido, eso de: “La naturaleza está en buen estado y no se terminará en muchos millones de años, si se termina. Las que se extinguen son las especies que nos caen bien, con las que nos relacionamos más (…) pero los verdaderos dueños del mundo son los microbios y ellos están mejor que nunca”.
Cuando estaba escribiendo, cayó en mis manos un libro de un científico que hablaba de que, obviamente, estamos haciendo énfasis en estas especies carismáticas que están desapareciendo. En Bolivia, por ejemplo, el cóndor andino está gravemente amenazado, y como es el ave símbolo del país, está en las monedas, está en el escudo, hay una conexión emocional muy fuerte, pese a que en la práctica no hemos hecho mucho por cuidarlo. Entiendo esa relación con estas especies, pero como decía este científico, desde el punto de vista de la vida en sí, hoy es un momento ideal para las bacterias. Hay una explosión de bacterias y de virus y de gérmenes y de todo tipo de microbios y parásitos. Quizás algún día este mundo pueda dejar de ser habitado por humanos, pero va a haber vida, va a haber un montón de vida. Si tomamos en cuenta esta proliferación microscópica, hoy hay mucha más vida que antes. Obviamente no tenemos esa conexión emocional con los microbios, viven con nosotros pero es muy difícil narrar historias sobre ellos o escribir fábulas o mitologías sobre ellos.
Otro de los elementos que está presente es el juego con el tiempo. A veces se diluye, no sabemos muy bien si estamos en el presente, en el futuro o en el pasado. A veces aparecen varios, recordando una causalidad.
Una pregunta técnica que yo hago en talleres de escritura es cómo narrar el cambio climático. Una de las formas puede ser incorporando a las otras especies. Otra es tratar de incorporar en nuestra narrativa lo que llamamos el tiempo profundo. Cuando estás narrando una historia en un determinado momento, ver cómo podrías incorporar la historia más larga, el tiempo más profundo de ese territorio hacia atrás o hacia delante. En mis cuentos el tiempo acaba estirándose como chicle, es algo que ya ha pasado a ser estructural en mi escritura, y que va también en contra de esa idea más clásica del cuento, en el que la historia se comprimía en una situación, una unidad de tiempo y una unidad de lugar. Hay una intuición que yo tengo, que es que si el mundo está cambiando por el cambio climático, también tenemos que cambiar nuestras formas de narrar.
A veces tomas prestadas esas formas de géneros que ya existen. Por ejemplo, hay historias de fantasmas.
Ese cuento, Mi problema con los fantasmas, se basa en una historia real que leí sobre lo que ocurrió en Fukushima, de un monje al que se le acercaba la gente y le decía: “Necesito que me exorcice porque tengo algo aquí adentro, alguien me ha poseído”. Básicamente estaban tratando de expresar el dolor por la cantidad de muertos que había habido en Fukushima, sentían que les habían entrado esos muertos al cuerpo. Se me ocurrió que quizás el duelo no tenía que ser solamente por los humanos, que al monje lo podían poseer también los árboles incendiados, los animales calcinados, y que este libro también tenía que ver con ese duelo por las especies que estamos perdiendo o por ese planeta herido que estamos dejándole a nuestras futuras generaciones.
Otro elemento clásico, aunque más de la ciencia ficción, que también aparece: la idea de que las máquinas, la inteligencia artificial, puedan sustituirnos.
Yo comencé el libro haciendo ficción especulativa, el género con el que más dialogo es la ciencia ficción. De lo que no me di cuenta, y alguien me lo hizo ver después, es que muchos de estos cuentos eran también cuentos de eco-horror: estaba hablando de árboles estranguladores, de fantasmas y exorcistas, de arañas mutantes… Eso no lo tenía consciente, pero lo que sí tenía bien consciente es que este nuevo mundo no solamente trata de estas especies que ya existían en el planeta, sino también de estas otras especies que estamos creando, las máquinas y la relación cada vez más intensa que tenemos con ellas: se han metido en nuestro inconsciente, el chat GPT se convierte en terapeuta para muchos. Entonces, parte de las ficciones que cuento también tienen que ver con ese avance imparable de las máquinas, con un intento de especular si es que las máquinas van a ser alguna vez autónomas, si van a tener sentimientos, si van a estar solamente a nuestro servicio o va a llegar un momento en el que tengan su singularidad.
De algún modo, el libro está atravesado por una pregunta por el papel de las propias historias. En varios de los relatos, se busca explicación en las leyendas, se crean verdades alternativas, textos sagrados…
Un cambio tan fuerte como el que estamos viviendo implica también la creación de nuevas mitologías. La idea principal de esto me la dio un cronista peruano, Joseph Zárate, que tiene un libro fantástico que se llama Guerras del Interior. Son crónicas sobre activistas ambientales en la Amazonía peruana, y una de ellas habla un accidente, una tubería explotó y bañó a un pueblo de petróleo. Fue una escena de terror. Y ahí varios pobladores hablaban de un ser que aparecía por las noches, que era como un ser del petróleo. Dentro de sus mitologías más antiguas, estos pobladores habían incorporado a una especie de personaje siniestro, que era un ser hecho de petróleo. Eso me dio la idea de pensar cómo estos desastres también tienen un impacto en los mitos que nos contamos a nosotros mismos de nuestra vida en la Tierra. Los fantasmas no son ya los fantasmas tradicionales, sino que están mezclados con el desastre natural. Como narradores también estamos tratando de crear una mitología más acorde con el mundo que estamos viviendo, que se nutre de viejas historias pero también necesita recoger lo que estamos viendo y sufriendo y también gozando.
Hay un personaje en otro cuento del que dices algo que me gustaría traer para cerrar: “Su conmoción ante la maravilla era inmensa; su desasosiego también”. Leo este libro también como un elogio del asombro, de los ojos abiertos ante la maravilla. Que, a veces, claro, se cruza con lo abismal, con lo aterrador.
Sí, yo quería también como escritor redescubrir en cierta forma el mundo, porque sentía que en los últimos años se me había ido la mano con el lado distópico, apocalíptico, y había llegado a una especie de callejón sin salida. Necesitamos contar historias sobre este mundo tan dañado, pero también ver que hay fascinación, hay maravilla, hay asombro, y tratar de cuidar eso que nos queda. Para mí, parte del desafío era ver cómo podemos tener un poco más de empatía por este planeta, que significa también tener empatía por nuestros futuros descendientes.
Fuente: https://climatica.coop/edmundo-paz-soldan-cambio-climatico/


