Somos rizoma: la trinchera de lo local frente a la locura global

En un ambiente global tan asfixiante y desesperanzador, la pregunta es obligada: ¿a qué se agarra el activismo? ¿En qué lugar, físico o mental, planteamos la acción y canalizamos nuestra energía colectiva?… Tal y como está el mundo, cuesta no dejarse arrastrar por el cinismo, pues muchos de los discursos y acciones de avance social y medioambiental que dábamos por consolidados están hoy en el punto de mira.

Alberto Alonso de la Fuente
Economistas sin Fronterras

No es que el mundo de ayer fuera, ni mucho menos, perfecto. Las costuras del sistema siempre han estado ahí para quien quisiera verlas; el sistema global basaba buena parte de sus dinámicas en la injusticia explícita.  Sin embargo, existía un cierto consenso, casi unánime desde el escaparate, sobre la necesidad imperiosa de trabajar de forma coordinada. El mundo estaba lejos de funcionar bien, pero existían ciertas inercias multilaterales que cumplían una función de contención y tenían un impacto real en varios de los consensos básicos como humanidad.
Sin embargo, la policrisis que estamos atravesando, y que lleva varias décadas gestándose desde lo económico, tecnológico, social, medioambiental y moral, ha detonado estos equilibrios y nos arrastra hacia una incertidumbre más explícita. La consolidación en el poder de figuras de extrema derecha como Putin, Netanyahu, o Trump, al mando de los arsenales más peligrosos del mundo, ha intensificado la inestabilidad global y dado rienda suelta a la imposición por la fuerza y a lógicas de suma cero. No corren buenos tiempos y todos lo vemos diariamente en las noticias junto a una buena dosis de contención e impotencia.
En el seno de nuestras sociedades, todo esto retroalimenta nuestra ansiedad colectiva: la velocidad de vértigo de los avances tecnológicos, sumada a la crudeza de los impactos climáticos —sequías persistentes o riadas masivas, migraciones forzosas, incertidumbre energética— se convierte en el caldo de cultivo perfecto para el miedo social. Es la sensación constante de que el cambio sólo puede ser a peor y de que todo lo que nos define está bajo amenaza. Ese miedo es el que la ultraderecha traduce y simplifica, presentando el mundo como un lugar hostil donde únicamente sobrevive el más fuerte; un relato en el que la escasez y la desconfianza gobiernan tanto la geopolítica global como la dinámica social más local.

En un ambiente global tan asfixiante, la pregunta es obligada: ¿a qué se agarra el activismo? ¿En qué lugar, físico o mental, planteamos la acción y canalizamos nuestra energía colectiva?

Precisamente ahí, cuando las lógicas de lo global nos asustan y desalientan, el trabajo de resistencia y construcción está en lo local. El poder de lo cercano es inmenso y transformador. Frente al desgarro geopolítico, la respuesta es el trabajo de base en el barrio, en el pueblo, la implicación y la organización comunitaria ante los problemas del día a día; el uso de la innovación social y la colaboración para plantear soluciones tangibles.
Se trata de la autoorganización para asumir una responsabilidad colectiva que cuide nuestro entorno. 

Ese motor de cambio se encuentra en nuestra comunidad de vecinos, en el colegio de nuestros hijos e hijas, en las cooperativas de consumo y en todo aquello que se mueva desde el tejido asociativo por pura razón de ser y de cuidar al otro.
Es difícil odiar al “diferente” cuando estás organizando con él la fiesta del barrio o la recogida de alimentos. Lo local humaniza lo que la ideología de extrema derecha deshumaniza, y refuerza el patrimonio común más valioso que existe, el capital social.
Lejos de operar bajo el radar, se trata de utilizar las redes y plataformas tecnológicas, que son tremendamente útiles para replicar o escalar las soluciones que funcionan desde algunos puntos de lo local a otros.
Mientras que en las esferas globales los líderes acaban con principios y también con personas, en lo local el mundo entero sigue evolucionando sin pausa, de manera imparable.
Cambia familia a familia, portal a portal, barrio a barrio, reescribiendo las lógicas de un planeta que no para de girar. Las revoluciones que realmente transformaron nuestro contrato social no se iniciaron desde las esferas de poder: nacieron desde la base, cambiando las preguntas justo cuando los de arriba creían tener controladas todas las respuestas.
Somos como un rizoma, una energía vital que se conecta, se entrelaza y se expande bajo el suelo, sin pausa, tejiendo una red invisible pero profundamente transformadora. Es ahí, en la fuerza imparable de la comunidad y en la solidaridad de lo cotidiano, donde cultivamos la certeza de que, frente al ruido global, siempre seremos capaces de regenerar la esperanza y de usar el superpoder de construir el mundo en el que queremos vivir.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/economia-justa/somos-rizoma-trinchera-lo-local-frente-locura-global

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El poder de lo cercano es inmenso y transformador:

La minga (minka en quechua) es una antigua tradición de trabajo comunitario o colectivo con fines de utilidad social. Ciertamente el significado de la minga se deriva del conocimiento que tenían los aborígenes  de que realizando un trabajo compartido para el bien común, se lo hace más rápido y mejor.


La importancia de la minga radica en el valor actitudinal del evento, ya que ante la convocatoria de los líderes, la gran mayoría de la población acudía al llamado, se movilizaba y organizaba de tal manera, que el esfuerzo físico que la minga representaba, se convertía en una verdadera celebración de vida, de amor, en una auténtica fiesta. 
 



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