Messi, el Horrocrux del deseo

Su presencia nos sigue relacionando con lo mítico y despierta sentimientos diversos. ¿Cómo será verlo otra vez con el objetivo cumplido?

Por Germán Lagger.

En la antigüedad, el individuo, para poder realizarse, debía vincularse con algo más grande que uno mismo: la sociedad. Con el tiempo, las sociedades se constituyeron en polis, entendiendo que del otro lado estaba lo sagrado y lo mítico. De este modo, en los años 776 ac, se desarrollaron los primeros Juegos de la Antigüedad; en los Juegos Panhelénicos, los atletas griegos competían para rendirle tributo a los dioses. Competir era poner el cuerpo al límite, ya que las disciplinas que se llevaban a cabo eran disciplinas fatales como la modalidad Pancracio, donde se combinaba la brutalidad de la lucha olímpica con la de boxeo. Sin embargo, lo que persistía era la lógica de lo alto: el valor del alma griega era alcanzar la condición del héroe homérico; ser el número uno y ser superior por sobre los demás.
El deporte en su edad primigenia fue un motivo para vivir y encontrar un propósito mayor. El héroe homérico no representaba a un héroe pacífico y armónico, sino a un héroe agonístico. El deseo de ser el mejor no era alcanzado sin agonía. El deseo de competir, en contraposición con el ideal del disfrute, deja filtros para la angustia. “Todo acto verdadero conlleva una pérdida”, dijo el psicoanalista francés Jaques Lacan. El deseo como lecho de muerte; matar el ideal del disfrute y darle entidad a lo agonístico para competir cuerpo a cuerpo con un otro.
La línea cronológica decantó en la modernidad y se instauró en Messi. Su presencia nos sigue relacionando con lo mítico. Lo sagrado ya no referido en los dioses, sino en la personificación de un deportista de carne y hueso que juega como los dioses. El hecho mágico en el fútbol, especialmente en Argentina, lleva a que una persona se obsesione por la forma artística que tiene un futbolista a la hora de demostrar su destreza que no está al alcance de lo mundano. Quizás esta es la explicación de origen del por qué de la obsesión por el 10 argentino.
Cuando nos topamos con el objeto de deseo, es difícil retornar, porque aparece la lealtad, que no tiene que ver con la moral o las formas adecuadas de proceder. Tiene que ver con un sentimiento fuera de lugar. Lacan habla de la noción de atopia. Rompe con la armonía, como cualquier relación de deseo, y nos saca de sí. Esos sentimientos hacia Messi nos hacen alegrar, imaginar, crear, angustiar, rabiar, odiar o enojar; sentimientos atípicos de contingencias y divergencias.
Anne Carson, poeta, ensayista, traductora y profesora canadiense de literatura clásica de la Universidad de Michigan, sostiene que el deseo “se balancea sobre el eje de una paradoja, la ausencia y la presencia son sus polos, el amor y el odio su energía motriz”.
Este sentimiento por Messi desencadena el acontecimiento, donde el amor y el odio se encuentran. Dos divergencias que, como dice la psicoanalista Alexandra Kohan en su libro Y sin embargo, el amor, “son bordes opacos que no dejan ver con claridad aquello que irrumpe intempestivamente”. Esos bordes opacos fueron los que preparaban los calendarios para liberar un espacio y poder ver jugar al astro argentino, los que pasaban por un bar y veían de refilón el televisor para ver cómo estaba jugando, los que no se podían sacar el partido de la cabeza mientras se estaba en otro lugar, los que faltaban a la universidad para ver un partido de Champions League, los que cancelaban tus planes por decir no, dándole prioridad a un partido de Barcelona, los que generaban rabia hacía los detractores, los que tomaban a Cristiano Ronaldo como chivo expiatorio con el fin ciego de ganarle; y el que creaba angustia cuando eso no pasaba y alegría desenfrenada cuando sí.
Pero, sobre todo, la obsesión genera una demanda. Una lucha entre mantener la lealtad y al mismo tiempo ese enojo cuando no se cumple con lo que se espera. La obsesión es una unidad de medida que se le exige al objeto de deseo, para que cumpla con lo que vos esperas de él. El otro, todo poderoso, debe cumplir con ese sacrificio para que estemos en paz. La parte trágica radica en que a veces ese deseo no es cumplido por el objeto deseado, llegando al malestar por la no satisfacción esperada. Como escribe Kohan en Y sin embargo, el amor: “No hay espera sin angustia, casi que angustia es otro nombre de la espera”.
Vivir a Messi fue un viaje poco aséptico de placer y angustia, pero fue un Horrocrux de vida. Había que entender las contingencias que demandaba la obsesión por él. Desde sus inicios en el Mundial Sub 20 de Holanda 2005 lo vimos perder, generando un desorden de la lealtad, pero como menciona la filósofa y psicoanalista francesa, Anne Dufourmantelle, sobre el acontecimiento: “se deshace la temporalidad requerida para inventar otro tiempo, aquello que a partir de lo cual otro mundo, otra mirada se inaugura”.
Lo que resalta la autora es lo que hizo Messi de nosotros: la comprensión de sus facetas, a medida que iba mutando su juego y edad, su astucia e inspiración sobre lo externo y el invento de razones para reducir la espera sufrida de un título con la Argentina, sin perder la valoración y su representación como jugador en la historia.
Sin embargo, el deseo coagulado mundialista era una obsesión latente, difícil de enmascarar. Como sostiene Lacan, el deseo es fundamentalmente el deseo de una falta. La obtención del Mundial de Qatar 2022 hizo que ese deseo pueda tener un punto de fuga y se pueda vivir más consecuentemente con lo que queríamos, dentro una vida titubeante.
Esto es lo que hizo Messi de nosotros cuando lo vivimos. Y en este mundial 2026, ¿qué hará de nosotros?

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/2026/05/30/messi-el-horrocrux-del-deseo/ - Imagen de portada: Lionel Messi y el objetivo de su vida cumplido en Qatar 2022. ARCHIVO 

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