El Sur no puede decir no. Eso se llama dominación, no desarrollo
"La
inserción de América Latina en el mercado mundial no ha sido un
intercambio entre iguales sino una relación estructural de extracción.
Lo que este artículo propone es una forma más precisa de nombrar el
mecanismo que la hace posible".
Por Tommaso Biagi
En
2023, el gobierno argentino firmó contratos de extracción de litio con
empresas multinacionales por valor de miles de millones de dólares. En
Chile, el cobre sigue saliendo a un ritmo que ningún gobierno ha logrado
frenar. En Venezuela, el petróleo financia un Estado que no puede
permitirse no financiarlo. En la República Democrática del Congo, el
cobalto que alimenta las baterías de los coches eléctricos europeos se
extrae en condiciones que ningún país europeo toleraría dentro de sus
fronteras.
La narrativa dominante llama a todo esto desarrollo.
Los países del Sur global tienen recursos naturales. Los mercados
internacionales los necesitan. El intercambio es voluntario. Todos
ganan.
Esta narrativa es falsa. Y la razón por la que es falsa no es
simplemente que los términos del intercambio sean injustos — aunque lo
son. Es que el intercambio no es voluntario. Los países del Sur global
no pueden permitirse decir no. Y cuando no puedes permitirte decir no,
no estás participando en un intercambio libre. Estás obedeciendo una
estructura de poder.
Raúl Prebisch lo llamó deterioro de los términos
de intercambio. Ruy Mauro Marini lo llamó superexplotación. Eduardo
Galeano lo llamó las venas abiertas. Lo que estos autores identificaron
con instrumentos distintos es la misma realidad: la inserción de América
Latina en el mercado mundial no ha sido un intercambio entre iguales
sino una relación estructural de extracción. Lo que este artículo
propone es una forma más precisa de nombrar el mecanismo que la hace
posible.
La prueba del rechazo aplicada a los estados
Existe
una forma de identificar la dominación que funciona tanto para las
personas como para los estados. La llamamos la prueba del rechazo: una
relación es libre si la parte más débil puede negarse sin consecuencias
catastróficas. Una relación es de dominación si el rechazo significa
perder algo esencial para la supervivencia.
Apliquemos esta prueba a Argentina y el litio.
¿Puede
Argentina negarse a extraer litio y venderlo al mercado internacional?
Formalmente, sí. Tiene soberanía sobre sus recursos naturales. Ninguna
empresa extranjera la obliga con amenazas explícitas.
Pero ¿qué le cuesta decir no?
Argentina
tiene una deuda externa de más de 400.000 millones de dólares. Sus
reservas en divisas son crónicamente insuficientes. El FMI supervisa su
política macroeconómica. Los mercados financieros internacionales
determinan el costo de su financiamiento. En este contexto, negarse a
extraer y exportar litio no es una decisión soberana libre — es una
decisión que puede desencadenar una crisis de balanza de pagos, una fuga
de capitales, una nueva ronda de negociaciones con el FMI bajo
condiciones aún más restrictivas.
El costo del rechazo es
catastrófico. Por lo tanto, Argentina no puede realmente decir no. Y eso
significa que la relación entre Argentina y los mercados
internacionales de litio no es un intercambio libre. Es dominación
estructural.
Lo que la teoría de la dependencia identificó como
estructura, el concepto de comando estructural permite nombrarlo como
mecanismo: no es solo que los términos sean desfavorables, es que la
arquitectura de la dependencia hace que el rechazo sea sistemáticamente
imposible para la parte más débil.
Cómo funciona el comando estructural a escala global
El
concepto de comando estructural — el control ejercido no a través de la
coerción explícita sino a través de la arquitectura de las alternativas
disponibles — funciona con idéntica lógica a escala estatal e
internacional.
Un trabajador de plataforma no puede negarse a
trabajar bajo las condiciones de Glovo porque hacerlo significa no pagar
el alquiler. Un país del Sur global no puede negarse a exportar sus
recursos naturales porque hacerlo significa no pagar la deuda, no
importar los bienes que no produce, no mantener el tipo de cambio, no
acceder a los mercados financieros internacionales.
En ambos casos,
nadie apunta con una pistola. En ambos casos, la estructura construye
una situación en la que el rechazo equivale al colapso. En ambos casos,
la obediencia no es consenso — es el resultado previsible de una
arquitectura de dependencia.
Esta arquitectura tiene un nombre en la
literatura económica crítica: extractivismo. Pero el extractivismo se
describe habitualmente como un modelo económico — una forma de inserción
en el mercado mundial basada en la exportación de materias primas. Lo
que raramente se nombra con precisión es su dimensión política: el
extractivismo no es simplemente una opción económica subóptima. Es la
forma que toma el comando estructural cuando se aplica a estados
soberanos en el sistema capitalista global.
La trampa de la deuda como mecanismo de comando
Para
entender cómo funciona este comando estructural en la práctica, es
necesario analizar el mecanismo central que lo hace posible: la deuda.
La deuda externa no es simplemente un problema financiero. Es una tecnología de gobierno. Funciona de la siguiente manera.
Un
país del Sur global necesita divisas para importar bienes que no
produce internamente — maquinaria, combustibles, medicamentos,
tecnología. Para obtener esas divisas, necesita exportar. Para exportar
en cantidades suficientes con la estructura productiva que tiene,
necesita exportar materias primas. Para desarrollar la capacidad de
exportar otras cosas, necesita inversión. Para obtener inversión,
necesita acceso a los mercados financieros internacionales. Para
mantener ese acceso, necesita cumplir con los criterios de los
inversores y de las instituciones financieras internacionales. Esos
criterios incluyen invariablemente la apertura a la inversión extranjera
directa en el sector extractivo, la garantía de estabilidad jurídica
para las empresas multinacionales y la prioridad del servicio de la
deuda sobre el gasto social.
El círculo se cierra: para salir del
extractivismo, necesitas inversión y divisas; para obtener inversión y
divisas, necesitas seguir con el extractivismo. La trampa no es
accidental. Es el producto de décadas de políticas deliberadas del FMI,
del Banco Mundial y de los países acreedores que han configurado el
sistema financiero internacional de manera que hace que el costo del
rechazo sea sistemáticamente catastrófico para los países más
vulnerables.
Argentina fue progresivamente integrada en una
arquitectura que hace extremadamente costosas las alternativas al
extractivismo. No es una tragedia natural — es una construcción política
que tiene responsables precisos y que puede, en principio, ser
deshecha.
El litio como caso paradigmático
El
litio argentino — parte del llamado Triángulo del Litio junto con
Bolivia y Chile — ilustra con particular claridad esta dinámica.
La
demanda global de litio se ha disparado con la transición energética.
Los coches eléctricos, las baterías de almacenamiento, los paneles
solares: todo esto requiere litio en cantidades crecientes. Europa y
Estados Unidos han declarado el litio recurso estratégico crítico. Las
empresas multinacionales — europeas, estadounidenses, chinas,
australianas — compiten por acceder a los yacimientos del Triángulo del
Litio.
Desde la perspectiva de los países productores, esto debería
ser una oportunidad. Tienen el recurso que el mundo necesita. Deberían
poder negociar en condiciones favorables.
Pero la realidad es
diferente. Argentina, Chile y Bolivia negocian desde posiciones
estructuralmente débiles. Argentina lo hace con una deuda externa
descomunal y bajo supervisión del FMI. Chile lo hace con una
constitución que garantiza la propiedad privada de los recursos hídricos
necesarios para la extracción. Bolivia, que intentó con Evo Morales una
política más soberana de nacionalización y procesamiento interno del
litio, enfrentó presiones internacionales, inestabilidad política y
dificultades de acceso a los mercados.
El resultado es que los países
del Triángulo del Litio exportan fundamentalmente carbonato de litio —
el mineral procesado en su forma más básica — a precios determinados por
mercados que no controlan, para que sea transformado en baterías y
productos de alto valor añadido en Europa, Estados Unidos, Japón y
China. El valor se extrae. La contaminación queda. Los salarios pagados
son una fracción del valor generado. Y la dependencia estructural se
reproduce.
Bajo Milei, Argentina ha profundizado esta lógica. La
desregulación del sector extractivo, la eliminación de requisitos de
procesamiento local, la apertura irrestricta a la inversión extranjera:
todo esto se presenta como libertad económica. Es, en realidad, la
consolidación del comando estructural — la construcción deliberada de
una arquitectura en la que Argentina tiene cada vez menos capacidad de
decir no a las condiciones que los mercados internacionales le imponen.
Prebisch habría reconocido el mecanismo. Solo ha cambiado el vocabulario
con que se lo justifica.
Por qué la soberanía formal no es soberanía real
Uno
de los argumentos más frecuentes contra este análisis es el de la
soberanía formal: los países del Sur global son estados soberanos,
tienen constituciones, tienen gobiernos elegidos democráticamente,
pueden tomar sus propias decisiones.
Este argumento confunde la
soberanía formal con la soberanía real, exactamente de la misma manera
que el liberalismo confunde la libertad formal con la libertad real.
Un
trabajador es formalmente libre de negarse a firmar un contrato de
trabajo en condiciones abusivas. Pero si negarse significa no comer, su
libertad formal no es libertad real. Del mismo modo, Argentina es
formalmente soberana para decidir su política extractiva. Pero si
ejercer esa soberanía significa desencadenar una crisis financiera que
destruye el nivel de vida de millones de personas, su soberanía formal
no es soberanía real.
La soberanía real requiere la capacidad
material de ejercer opciones reales. Y esa capacidad requiere, a escala
estatal, lo mismo que a escala individual: que el costo del rechazo no
sea catastrófico. Que decir no a los términos que ofrece el mercado
internacional no equivalga al colapso económico.
Construir
esa capacidad es el proyecto político central de cualquier izquierda
que tome en serio la libertad como algo más que una fórmula retórica.
Lo que la transición energética revela
Hay
algo particularmente revelador en el hecho de que esta dinámica se haya
intensificado precisamente en el contexto de la transición energética.
El
discurso dominante sobre la transición energética la presenta como una
oportunidad para los países del Sur global: tienen los recursos que el
mundo necesita para descarbonizarse, y esto les da poder de negociación.
El litio argentino, el cobalto congoleño, el cobre chileno son los
nuevos recursos estratégicos de la economía verde.
Pero lo que
estamos viendo en la práctica es lo contrario: la transición energética
está reproduciendo y en algunos casos intensificando las estructuras
extractivistas existentes, con una nueva justificación ideológica. Antes
se extraían combustibles fósiles en nombre del desarrollo. Ahora se
extraen minerales críticos en nombre de la sostenibilidad. El mecanismo
de dominación es idéntico. Solo ha cambiado el relato que lo legitima.
Una
transición energética genuinamente justa requeriría algo radicalmente
diferente: tecnologías diseñadas para minimizar la dependencia de
recursos concentrados geográficamente, inversión en capacidades
productivas locales en los países extractores, cancelación de las deudas
que hacen que el rechazo sea catastrófico, y una arquitectura
financiera internacional que no convierta la dependencia en condición
permanente de acceso a los mercados.
Nada
de esto está en la agenda de la transición energética tal como está
siendo implementada. Lo que está en esa agenda es la misma arquitectura
de dependencia con un barniz verde.
La misma lógica, la misma respuesta
El
comando estructural que impide a un trabajador de plataforma decir no a
Glovo y el que impide a Argentina decir no a los mercados
internacionales de litio son manifestaciones de la misma lógica: el
control ejercido a través de la arquitectura de las alternativas, el
poder producido por la imposibilidad de sobrevivir al rechazo.
La
respuesta, en ambos casos, tiene la misma estructura: construir las
condiciones materiales que hagan que el rechazo sea sobrevivible. Para
el trabajador: renta incondicional, vivienda garantizada, acceso a la
salud independiente del empleo. Para los estados del Sur global:
cancelación de deuda, acceso a financiamiento no condicional,
transferencia de tecnología, arquitecturas comerciales que no hagan del
extractivismo la única opción viable
Estas no son demandas utópicas.
Son las condiciones mínimas sin las cuales la soberanía — tanto
individual como estatal — no es más que una ficción jurídica que cubre
una estructura de obediencia.
Lo que Prebisch, Cardoso y Marini
identificaron como estructura sistémica, el concepto de comando
estructural permite nombrarlo como mecanismo operativo preciso: no basta
describir que el intercambio es desigual, hay que identificar
exactamente cómo la arquitectura de la dependencia hace que el rechazo
sea imposible — y qué se necesita construir para que deje de serlo.
El Sur no puede decir no. Mientras eso sea verdad, hablar de desarrollo es hablar de dominación con otro nombre.
Tommaso
Biagi es investigador independiente en teoría política y social. Sus
trabajos se centran en las relaciones entre poder, dominación,
vulnerabilidad y autogestión, con especial atención a las tradiciones
del socialismo libertario, el anarquismo y la teoría crítica
contemporánea.
Fuente: Sin Permiso
