Florent Marcellesi sobre nuestra relación de poder con los animales: «Tenemos que cambiar el lenguaje»

El excoportavoz de Equo publica 'Una lengua sin maltrato. De animales y poder', un ensayo sobre cómo nuestro idioma reproduce la jerarquía que sitúa al ser humano por encima del resto de los animales: Hace más de 20 años que domina el español y ahora este es el idioma en que Florent Marcellesi (Angers, Francia, 1979) piensa la política. Es su lenguaje de trabajo, de la investigación y de la escritura. En lo personal, recurre a su lengua nativa, el francés. No sorprende tanto, pues, que el exeurodiputado por los Verdes/ALE y excoportavoz de Equo —que también habla inglés y alemán— haya colocado el foco en las palabras.

Marta Montojo

En su último ensayo, Una lengua sin maltrato. De animales y poder (Icaria, 2026), Marcellesi explora el desprecio hacia otras especies que se refleja en las expresiones populares. «Me gusta comparar lo que se hace en un idioma y en otro, y ver que las cosas se parecen muchísimo, ver las estructuras profundas que pueden existir. Al final, el francés y el español son dos lenguas latinas que han evolucionado de forma muy parecida, y cuando hablamos del maltrato de los animales en la lengua vemos que no hay una diferencia abismal entre idiomas», explica desde Bruselas en una videollamada.
En este libro, el político disecciona la misoteria —odio a los animales, del griego antiguo miseô (odiar) y thêrion (animal salvaje)— que revela el lenguaje, y plantea alternativas para construir una lengua más respetuosa con los no humanos.
Analiza, por ejemplo, expresiones como «el hombre es un lobo para el hombre», el Homo homini lupus del filósofo Thomas Hobbes, que a menudo se usan para sugerir «una forma violenta y despiadada de actuar». Sin embargo, ya el etólogo Frans de Waal aclaró respecto a esta cita que «no hace justicia a los cánidos», pues son de los animales «más sociables y cooperativos del planeta». Y Marcellesi defiende que, en vista de la capacidad del Sapiens de exterminar al lobo a gran escala, tendría más sentido revertir la frase y decir: «ser un hombre para el lobo». Siguiendo la misma lógica, propone alterar expresiones como «que nos pille el toro» para decir «que nos pille el torero».
Durante su etapa como eurodiputado comprobó que el bienestar animal era uno de los temas que más interesaba a la ciudadanía española y europea. En las encuestas que encargaba la Comisión Europea identificaban una necesidad creciente de abordar el asunto. «A partir de esto yo me pregunto, por ejemplo, por qué decimos ‘matar dos pájaros de un tiro’ y por qué no lo decimos de otra manera, sabiendo justamente que el lenguaje implica un trato u otro a los animales. Y en este caso, hace 10 años pedí utilizar otra expresión: ‘cuidar dos pájaros de una tirita’. El feminismo puso sobre la mesa las vías no sexistas del lenguaje. Hay que aplicar lo que hemos aprendido del feminismo para el resto de los animales».
Así, igual que hoy en día está mal visto decir cosas como «corres como una niña» para afear la manera de correr de alguien, o entender lo femenino como insulto, Marcellesi apuesta por avanzar hacia un mundo en que dejemos de emplear expresiones como «ser un perro» o «un zorro» —o, sexualizado, «una perra», «una zorra»— para referirnos a algo negativo.
En el ámbito político, es común recurrir al avestruz para referirse a quien esconde la cabeza bajo tierra —como hacen estas aves— incidiendo en la cobardía de no querer ver la realidad, huir de los problemas en lugar de enfrentarse a ellos: «la política del avestruz». Ahí, el ecologista apunta: «Los avestruces ponen la cabeza en el suelo para protegerse de las tormentas de arena, buscar comida o cuidar sus huevos enterrados. Y si quieren huir de algún peligro, lo harán mejor que usted o yo: corriendo a casi 100 km/h».
Esta hiperfijación con un lenguaje libre de misoteria también corresponde a su compromiso con el clima. Y habla de ello en plena ola de calor europea, visiblemente sofocado por los 35 ºC que registra Bruselas, una temperatura inusual para esta ciudad.
«Si queremos solucionar la crisis climática también tenemos que volver a situar al ser humano en un espacio que le corresponda: no por encima del resto de los animales y la naturaleza, sino comoparte intrínseca de ella«, señala Marcellesi. Y para ello, dice, tenemos que cambiar el lenguaje, porque el que tenemos hoy en día nos sitúa como un ser excepcional fuera de la normalidad, uno que tiene casi el derecho de poseer al resto de la naturaleza».

En paralelo, recalca el papel del ecologismo y del conjunto del espectro político de la izquierda en la batalla cultural que está dando la extrema derecha. «Estamos viendo cómo la extrema derecha —Trump y todas sus sucursales en Europa— están utilizando a los animales para discriminar, despreciar o incluso excluir a otros seres humanos. Lo vemos perfectamente por desgracia en la frontera entre México y Estados Unidos, cuando Trump habla de las personas migrantes y dice que ‘no son humanos, son animales‘, y por tanto ahí tiene unas consecuencias prácticas muy terribles, con agentes como los de ICE que tienen derecho de capturar a las personas migrantes, porque son consideradas como animales».
Marcellesi también señala otros procesos de animalización, como el del genocidio en Gaza, cuando el Ministerio de Defensa israelí afirmó estar luchando contra «animales humanos». Y aduce que llevar la batalla cultural hacia el lenguaje pasa por combatir la lengua que avala el maltrato animal, pues «sirve para contrarrestar esa agenda».
Resignificar las palabras
En México, la palabra «buey» se usaba como insulto. «Buey era lo contrario del toro bravo», cuenta Marcellesi, que vivió ahí hace 20 años. Ahora, el término ha perdido esa connotación negativa, y los mexicanos lo usan como los españoles dicen «tío».
El feminismo ha resignificado muchas palabras: entre ellas, «perra». “Hoy la usan de forma totalmente consciente muchas mujeres para reivindicar su sexualidad por un lado, y diciendo «nosotras queremos ser maestras de nuestro cuerpo, y adueñarnos de las palabras que utilizamos», subraya el político.
En todo caso, hay términos que, a su juicio, no se pueden utilizar: aquellas palabras para despreciar el aspecto físico de alguien o las que se usan con motivos racistas. «Retirar todas las palabras que se pueden utilizar contra las personas migrantes, por ejemplo, es uno de los temas quizás más importantes que tenemos hoy en día», sostiene.
«Que no lo llamen filete»
La importancia del lenguaje se evidencia también en la resistencia de muchos a aceptar que los productos vegetales puedan ser alternativas al consumo animal. «El consumo de carne está profundamente vinculado a un estatus social», argumenta Marcellesi. El político lamenta que en estos momentos «tengamos que tener una visión de los animales que nos permita mantener estatus social y poder consumir cuanto más animales podamos».
A veces, las disputas son meras protestas cotidianas porque la leche vegetal «no es leche». Pero, en ocasiones, este rechazo llega incluso a los tribunales. Un ejemplo reciente es la batalla legal en torno a esta cuestión entre las patronales vacunas y porcinas y la empresa Heura, que comercializa productos veganos. Esta semana, la Audiencia de Barcelona desestimó la demanda del sector cárnico y descartó que llamar «hamburguesas», «salchichas» o «chorizos» a las variantes veganas sea competencia desleal.
Marcellesi destaca el papel del lobbie de la industria cárnica: «Saben perfectamente que hay una demanda cada vez más importante para consumir menos proteínas animales, como lo dice la propia Organización Mundial de la Salud, y más proteínas vegetales. Ahí la palabra lingüística es fundamental».
«Bienestar» vs «sufrimiento» animal
Según el autor, «hay un distanciamiento emocional y lingüístico, semántico, entre el animal que se cría y el animal que se consume para poder permitir un consumo de masas muy por encima de las cantidades humanas y muy por encima de las posibilidades de carga del planeta».
En España, celebra que existe una ley de bienestar animal, e incluso una Dirección General de derechos de los animales, «lo que quiere decir que la política ha avanzado». Aun así, lamenta que «el bienestar animal se circunscribe solo a un tipo de animales, que son principalmente los de compañía y silvestres, mientras que para nada se aplica a los animales de consumo humano, por ejemplo, de laboratorio, porque es difícil hablar de bienestar animal cuando los animales son sacrificados con algunos meses o incluso días de vida, cuando realmente pueden vivir hasta 10 o 15 años».
Marcellesi resalta como positivo el caso de Suiza, donde en lugar de evaluar el «bienestar animal» en los productos derivados de la carne en los supermercados, las etiquetas indican la cantidad de «sufrimiento animal» evitada en el proceso. «Es un ejemplo de cómo se puede influenciar de hecho y aplicar en política cambios lingüísticos que llevan también a marcos cognitivos muy distintos hacia el respeto de los animales», afirma.

Fuente: https://climatica.coop/entrevista-florent-marcellesi-lenguaje-animales/ Imagen de portada: Foto: Florent Marcellesi.

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