Imponer el reality show



Carlos Miguélez Monroy (CCS)


Nuestra utilización de las nuevas tecnologías no sólo nos convierte en seres localizables las 24 horas, sino que además alimenta tendencias narcisistas de la posmodernidad, en términos del sociólogo francés Gilles Lipovesky al criticar el individualismo moderno. Muchas personas convierten lugares públicos como el Metro en escenarios donde se comportan como ante las cámaras de un Gran Hermano.

El metro de varias ciudades de todo el mundo ya cuenta con la tecnología para hacer y recibir llamadas en cualquier momento. En una hora punta, un tren puede albergar a hasta doscientas personas. Si a todas se les ocurriera hablar por el teléfono al mismo tiempo, el ruido impediría mantener una conversación “normal”.

No todos llevan teléfono y pocos lo encienden o lo utilizan para hacer llamadas a esas horas de la mañana… o de la tarde. Pero otros lo hacen a volúmenes que impiden al resto de usuarios no enterarse del contenido de la conversación. En ocasiones se trata de cuestiones de trabajo irrelevantes o incomprensibles para los demás pero, en otras, el narcisismo convierte cualquier viaje en un melodrama de telenovela.

Anécdotas con insultos y palabras altisonantes, gente indignada y ofendida, detalles de las borracheras y juergas de las personas forman parte de viajes ya de por sí incómodos cuando están llenos los vagones. En el rostro de algunas personas mayores se llega a adivinar disgusto ante ciertas confesiones íntimas llenas de detalles innecesarios. También son frecuentes las discusiones entre parejas: “Pero cari, acepta ese trabajo pa’ que podamo’ pagar el piso”.

También hay quienes utilizan el teléfono como aparato de música para que los usuarios de transporte público se muevan a ritmos distintos: rap, reggaetón, rock, música electrónica, lo más reciente de Lady Gaga o de Rihana. Sin embargo, a horas muy tempranas o después de un largo día de trabajo, muchos desaprueban de la discoteca portátil y su repertorio musical. Se callan para “evitar problemas”, pero la sensibilidad de algunos de estos “DJ’s” les permite detectarlo, sentirse ofendidos y decir, no siempre para sus adentros: “bola de amargados”. Lo que no les permite esa sensibilidad es ver el cansancio, la tristeza, los “días malos” y la necesidad de espacio de la gente.

En repetidas ocasiones, las personas parecen imponer sus gustos y aficiones personales a los demás, a veces bajo el manto de la “tolerancia” y de la “libertad”. Así sucede con los fuegos artificiales y los “petardos”. Ya no sólo los hacen explotar la última noche de cada año, sino que repiten los bombazos e iluminan el cielo a cualquier hora del día o de la noche. Ancianos, enfermos que intentan descansar en su casa, gente que quiere estudiar o que tiene mascotas con un trauma a causa de las explosiones tienen que aguantarse, aunque esté prohibida la venta y utilización de fuegos artificiales.

Las tecnologías se han convertido también en una herramienta para imponer puntos de vista y para censurar a quienes piensan de manera distinta. El escritor español Javier Marías ha denominado a estos internautas como los patrulleros: “el lector que, lo mismo que los coches de policía van ojo avizor por las calles a la búsqueda de delitos e infracciones, patrulla incansablemente los periódicos –o, si le sobran horas y energías, las radios y las televisiones – al acecho de opiniones reprobables, deslices imperdonables, comentarios políticamente incorrectos, frases sospechosas y posiciones discriminatorias o subversivas. Los Patrulleros viven en permanente estado de alerta, y van provistos de unas antenas que, con el tiempo, suelen hipertrofiárseles”.

Esta hipervigilancia ha desembocado en una tendencia a “desnudarse”, a dar explicaciones sin que nadie las pida, como si fuéramos presuntos culpables de algo. Las nuevas tecnologías pueden alimentar la hipervigilancia y las tendencias narcisistas de las personas, dos caras de una misma moneda.

Teléfonos, Blackberry’s, Ipods, videojuegos y redes sociales cumplen funciones como herramientas para las necesidades comunicativas de las personas. Como con las drogas, mucha gente convierte esta herramienta en un fin cuando hay soledad o comportamientos tóxicos y adictivos. O sencillamente miedo al silencio. Gobiernos y empresas aprovechan esas carencias y la cultura de “transparencia” que desvela la intimidad de las personas. Así las controlan mejor y las convierten en mejores objetos de consumo.


Carlos Miguélez Monroy es periodista.

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