Una nueva conciencia




María Luisa Etchart

Estamos llegando a un punto de la civilización humana en que se hace patente que no podremos seguir adelante ni mirar a nuestros descendientes a los ojos sin culpa, a menos que hagamos un cambio de conciencia.

Todo se ve afectado por valores que no lo son, todo suena a falsedad, hemos erigido muchos edificios gigantescos y suntuosos pero aún millones no tienen un techo sobre sus cabezas, hemos desafiado y despreciado el orden natural y lo hemos reemplazado por tecnología cada vez más invasiva y la naturaleza nos está advirtiendo de mil maneras nuestros errores.

El mundo está plagado de armas que van desde las simples pistolas a las armas nucleares, capaces de destruir el mundo en pocos minutos y parecería que eso no nos preocupara, que no hubiera pasado por nuestro atribulado cerebro que esas causas que aceptamos como necesarias tendrán los efectos más nefastos sobre inocentes, entre los cuales no podremos evitar que estén seres a quienes decimos amar.

Los medios de comunicación se regocijan contàndonos historias macabras como si nada tuvieran que ver con nuestra realidad y responsabilidad, como si sólo les pudieran ocurrir a otros, y hemos perdido casi por completo el poder de indignarnos, de sentir como propio el dolor ajeno, de darnos cuenta que todo nuestro quehacer diario está teñido de corrupción, mentiras, ambición y mezquindad.

Jóvenes y niños están siendo recibiendo una educación fragmentada, que no incluye el uso del discernimiento, la búsqueda de la verdad, el compromiso moral con el mundo, sino que se limita a estudiar un poco para cada examen y poner la crucecita en el casillero apropiado, y, por supuesto, a competir, competir, competir.

Cada tantos años nos permiten e invitan a votar por candidatos, cuyas campañas cuestan inexplicablemente mucho dinero de dudoso origen y nuestro papel de ciudadanos empieza y termina en ese acto de elegir personas o partidos pero no tendremos la posibilidad ni la ocasión de hacer conocer nuestras opiniones, nuestras dudas, nuestras prioridades, nuestras críticas, sino que pasivamente seremos informados de lo que los grupos selectos han decidido hacer o legislar, y, esporádicamente, se nos informará de algún acto de corrupción que fue descubierto, sin ningún arrepientimiento por parte de los autores, ni certeza de que no se volverán a repetir o que no se están produciendo casi permanentemente en todas las áreas.

Me hace estremecer que un país con el número de habitantes como tiene Estados Unidos, acepte, salvo por la voz de algunos notorios disidentes como Noam Chomsky o Michael Moore, con total indiferencia, que las guerras imperiales sigan su curso, que la fabricación de drones para bombardear poablaciones se sigan multiplicando en los hangares, que todavía haya un Guantánamo, que no se haya tomado ni un solo compromiso respecto a reducir las emisiones tóxicas, que todas las costosas reuniones de mandatarios no sirvan más que para repartirse negocios, y que los pueblos se mantengan como anestesiados.

Hasta el History Channel parece confabulado con este modelo que va lenta pero inexorablemente pregonando que el mundo va a acabarse y dedica horas a explicar la teoría de Nostradamus, los mensajes que recibió la niña Lucía en Portugal provenientes de la virgen respecto a lo que pasaría en el mundo y cómo esas profecías fueron ocultas y manejadas por el Vaticano.

En torno de un ser que indudablemente tuvo agallas y coraje como para hacer frente a los religiosos de su raza y al imperio materialista romano, que no tuvo posesiones, ni títulos, ni templos, y que con el valor de sus palabras y sentimientos fue capaz de sacudir al mundo, se creó una iglesia que se dedicó a acumular poder, crear jerarquías, atrincherarse en hermetismos cómplices y tratar de convencernos que la medida más importante que teníamos que acatar era la de los sacramentos, es decir los rituales, pero no el espíritu.

Ni qué hablar con los que se auto-denominan “cristianos”, que transitan las calles de Latinoamérica en busca de diezmos y prometen abundancias a cambio de asistir a cultos llenos de mentiras donde los “pastores” afirman recibir órdenes directas de un “Señor” y leen versículos de un libro escrito por hombres como si fueran verdades que les fueron reveladas.

Ultimamente todos los elementos que están influyendo nuestras vidas insisten en la aceptación de una batalla final donde sólo algunos serán elegidos por el tal “Señor”, pero no los oigo llamar a la cordura a los dueños del poder armado, o reivindicar el uso de los elementos naturales con moderación y respetando el orden natural, o intentar una reflexión sobre las causas de tanto desmadre, como son el absurdo intento de acumulación de bienes o de poder sobre otros.

Sólo un cambio en las conciencias individuales podrá producir una opción de vida digna para todos, y ése es un accionar individual que ya no puede posponerse y que incluye la aceptación de que sólo la empatía y el amor al prójimo (que incluye, por supuesto, el amor a la naturaleza) y el uso del discernimiento a cada instante, podrán evitar que terminemos por auto-destruirnos.

(Desde San José, Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

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