El síndrome de China








José Manuel Rambla
Rebelión



China es un país con un potencial económico inconmensurable. Capitalizar y monopolizar su mercado nos daría acceso a unos niveles de riqueza inimaginables. Pese a ello, a nadie en su sano juicio se le ocurriría proponer la invasión de Beijing para favorecer el desarrollo español, si existiera un 99,99% de probabilidades de éxito. Eso no siempre fue así y ahí está toda la historia del colonialismo europeo desde el siglo XV al XX. Pero hoy en día se presupone que un proyecto como ese tiene tales repercusiones que cualquier decisión al respecto no puede ni debe basarse un simple cálculo de probabilidades, sino que debe afrontarse desde los puntos de vista de la ética, de la justicia, en suma, de la política.
Curiosamente, lo que nos parece un absurdo cuando pensamos en la conquista de China, se convierte en la norma para la mayoría de pretendidos expertos que insisten en reducir el debate sobre la energía nuclear a un simple cálculo de probabilidades ligado a la seguridad de las centrales. El problema se limita de este modo a una cuestión técnica, dando por descontado que el avance en la investigación permitirá solucionar los fallos que se presenten. El absurdo se transforma incluso en cinismo cuando los supuestos especialistas cierran sus valoraciones destacando lo mucho que se mejorará la seguridad tras las nuevas informaciones recogidas durante la última tragedia de cada década: Harrisburg (1979), Chernóbil (1986), Tokaimura (1999), Fukushima (2011).
Este discurso se completa con una segunda línea argumental no menos tramposa en su planteamiento: vivir es asumir riesgos desde que te levantas. Y elegimos asumirlos porque de lo contrario estaríamos renunciando a vivir. Se obvia así una diferencia clave, la dimensión del impacto. Yo asumo un riesgo cada vez que subo en un coche. Pero en caso de producirse el peor de los accidentes, sus consecuencias se limitarían a un reducido círculo de personas, incluidas las que lloren mi ausencia. Sin embargo, el impacto de un accidente nuclear no se reduce a los directamente implicados, sino que se proyectará en generaciones e, incluso, durante siglos en el medio ambiente (algo, por otro lado, que ya ocurre sin necesidad de accidentes, con el problema de los residuos nucleares).
Sin embargo, todo esto no es la parte tramposa de esta línea argumental. La verdadera estafa está en que mientras nuestros riesgos del día a día los aceptamos libre y conscientemente, el riesgo nuclear no lo hemos asumido del mismo modo por la sencilla y nada inocente razón de que nadie nos ha preguntado. Para salvar este escollo, el experto pronuclear opta por transformar cada gesto cotidiano del ciudadano medio en una especie de plebiscito sobre la materia: ¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestro modo de vida? No, pues entonces, como si de una especie de contrato faústico se tratara, debemos asumir como inevitable el riesgo de unas centrales nucleares que mantienen encendida la pantalla de plasma de nuestros televisores. De este modo, los mismos que acusan de apocalípticos a quienes plantean la más leve objeción a la energía nuclear, nos auguran un inevitable regreso al paleolítico si España renunciase a ese simple 12% de la energía que, según el Instituto Nacional de Estadística, procede de las centrales nucleares.
En cualquier caso, no estaría mal que partidarios y detractores de la energía nuclear hicieran de la superación de esta estafa argumental un primer punto de encuentro. Abramos el debate nuclear. Pero hagámoslo hasta las últimas consecuencias. Que la sociedad tome la palabra y se pronuncie. Así lo hicieron suecos e italianos, que libremente decidieron renunciar hace años a este tipo de energía sin que, según parece, hayan regresado por ello a la edad de piedra. Consultemos, pues, a los ciudadanos. Eso pasa por asumir por todos que el problema nuclear, como la aventura de conquistar Beijing, no puede reducirse a un simple cálculo de probabilidades. O lo que es lo mismo, pasa por admitir toda la dimensión política del asunto. Si no lo hacemos, tendremos que resignarnos a seguir viviendo bajo el influjo del Síndrome de China.

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El harakiri nuclear de Japón

Walter Goobar
http://www.waltergoobar.com.ar



La era nuclear se inició no muy lejos de Fukushima, cuando Estados Unidos se convirtió en la única nación en la historia de la Humanidad en lanzar dos bombas que destruyeron Hiroshima y Nagasaki y mataron a cientos de miles de civiles. Desde entonces, el mundo asiste impasible a una fuerte ofensiva global de los lobbies que propugnan “el uso pacífico de la energía nuclear”, apelando a argumentos como la defensa del medio ambiente, la soberanía nacional, el desarrollo industrial o el calentamiento global, y adecuando las campañas a la cara y al bolsillo del cliente.

A pesar de ser una de las potencias mundiales más avanzadas tecnológicamente, la industria nuclear ha empujado al Japón a consumar su propio harakiri atómico lo que demuestra que de todas las formas de generar energía, la atómica no es limpia, segura, ni sostenible, y mucho menos pacífica. “Dios no juega a los dados”, decía el padre de la Teoría de la Relatividad, Albert Einstein a propósito del azar, pero lo cierto es que el país que fue víctima de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki temina confirmando el principal argumento de los detractores de la energía atómica que sostienen que la energía nuclear de uso no militar puede ser tan mortífera como las bombas y misiles.

Lo que ocurrió en Japón era imposible que ocurriera. Pero ocurrió. La probabilidad de que ocurra un determinado evento puede ser ínfima, pero cuando ese evento ocurre, sus efectos son devastadores, tal como lo demuestra la catástrofe japonesa que está lejos de la excepcionalidad que ahora se le pretende asignar: el accidente en la central ucraniana de Chernobyl ya había demostrado en 1986 que los impactos y los costos de un accidente nuclear pueden alcanzar niveles que comprometen, incluso, la economía de todo un país. Sin embargo, los que debían aprender aquella lección ni siquiera tomaron nota. Pareciera que está en la naturaleza humana confundir baja probabilidad de ocurrencia con bajo costo.

“La localización de las centrales de Japón, junto al mar es la más barata. Los generadores de emergencia no los enterraron y, claro, se inundaron en seguida... Detrás de todo esto hay corrupción. No tengo pruebas, pero no tardarán mucho en aparecer. ¿Cómo puede diseñarse una central nuclear en una zona de alto riesgo sísmico, al lado del océano, con los generadores de emergencia en superficie? Llegó la ola y todo quedó fuera de servicio. No es un error, es un delito”, declaró al diario La Vanguardia Yuli Andreyev, que es uno de los expertos que mejor conoce los secretos de la industria nuclear.

Una civilización que se juega todo a la apuesta de que “lo improbable no puede suceder” –cuando lo improbable es una catástrofe de dimensiones apocalípticas– es una civilización enferma, apuntaba el ambientalista Jorge Riechmann en el prólogo del libro El espejismo nuclear. No exageraba: la tragedia de Japón pone al desnudo que el discurso pronuclear tiene componentes omnipotentes, negadores y perversos que bordean lo patológico.

Desde sus orígenes, lo nuclear produjo una fascinación delirante que se asemeja al efecto del anillo de J.R.R. Tolkien en El Señor de los Anillos. Sin embargo, tal como explican Marcel Coderch y Núria Almiron en El espejismo nuclear, la energía atómica no ha resultado más que una enorme fuente de desastres económicos, únicamente rentable en cortos periodos y, principalmente, por el hecho de haber sido subvencionada, en la mayoría de casos mostrando su último fin: la industria armamentista.Una de las negaciones enfermizas del lobby nuclear es el tema de los desechos radioactivos que son un problema insalvable aun en los casos en que no se produzcan accidentes como el de Chernobyl o el de Fukushima. En el núcleo de un reactor existen más de 60 contaminantes radiactivos de vida muy larga y otros de vida muy corta, pero casi todos se acumulan en el organismo humano.

Además del insalvable problema de los residuos radiactivos, también es cuestionable lo del “uso pacífico”, porque la innovación tecnológica supone enormes inversiones que fácilmente son penetradas por los tentáculos del complejo militar-industrial.

Otra de las falascias sobre las que cabalga el lobby nuclear es que el nivel de industrialización de un país y el bienestar de sus ciudadanos depende de la energía nuclear. Esto es falso: Austria, Dinamarca, Noruega, Nueva Zelanda o Australia no tienen armas nucleares ni centrales nucleares. Frente a ellos, países como Pakistán o India, son poseedores de centrales nucleares y armas atómicas y, sin embargo, el nivel de pobreza es dramático y el retraso de su desarrollo industrial, evidente.

El desastre de Three Mile Island en 1979 y el de Chernobyl en 1986 clausuraron la posibilidad de avanzar en nuevos proyectos de energía nuclear con objetivos comerciales en Estados Unidos. Sin embargo, la periodista Amy Goodman recuerda que ese país sigue siendo el mayor productor de energía nuclear comercial en el mundo. Las 104 plantas nucleares habilitadas son viejas, y se acercan al fin de su vida útil originalmente proyectada. Los propietarios de las plantas están solicitando al gobierno federal extender sus licencias para operar.

Goodman revela que “el reactor número 1 de Fukushima es idéntico al de la planta de Vermont Yankee, que ahora está a la espera de renovar su licencia y que el pueblo de Vermont pretende cerrar.

La conductora del programa radial Democracy Now señala que “es importante tener en cuenta que este tipo de accidente, este tipo de desastre, podría haberle ocurrido a cuatro reactores en California, si el terremoto de 9.0 grados de la escala Richter hubiera azotado el Cañón del Diablo en San Luis Obispo o San Onofre entre Los Ángeles y San Diego. Podríamos perfectamente ser ahora testigos de la evacuación de Los Ángeles o San Diego, si este tipo de cosa hubiera sucedido en California. Y, por supuesto, Vermont tiene el mismo problema.”

Goodman señala que “hay 23 reactores en Estados Unidos que son idénticos o casi idénticos al reactor 1 de Fukushima”. El diputado demócrata de Massachusetts, Ed Markey, dijo: “Lo que está sucediendo en Japón en este momento da indicios de que también en Estados Unidos podría ocurrir un grave accidente en una planta nuclear”.

La fascinación que ejerce el dominio del átomo no es privativa de los Estados Unidos, sino que también iluminan las mentes de los ayatollas en Teherán.

Más allá de las sospechas que despierta el programa nuclear de la teocracia jomeinista, la politóloga y periodista iraní Nazanín Amirian advierte sobre el peligro que representan las centrales nucleares para los propios iraníes, aunque sólo se apliquen para uso civil y pacífico.

“Irán, después de Japón, es el segundo país del mundo en movimientos sísmicos. Cada año suceden unos 4.000 temblores de diferentes grados de Richter, y dejan un promedio de 1.000 muertos al mes y miles de edificios y casas derrumbadas. El terremoto de Bam (2003) puede repetirse en cualquier momento. Aquel seísmo, de 6,2 grados Richter mató a unas 50.000 personas, dejó heridas a 40.000 y a otras 80.000 sin hogar. Bam no está lejos de la central nuclear de Bushehr”, advierte Amiram.

El principal logro de la era nuclear que se inauguró en Hiroshima y que concluye en Fukushima, es que nos conduce inexorablemente a la Edad de Piedra.

Fuente: http://www.waltergoobar.com.ar/frontend/contenido/lugar.detalle.php?noticiaId=750

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