México / De la sobrepesca al orgullo colectivo: la historia de la regeneración de Cabo Pulmo
El sur de Baja California (México) pasó de ser un vergel a un desierto marino para luego convertirse en un éxito absoluto de recuperación y conservación, impulsado por la comunidad local: El día que Jesús Castro llegó a Cabo Pulmo, aquello no era más que un rancho con vacas. Era 1910 y la historia que convertiría a sus descendientes en guardianes del arrecife todavía estaba por escribirse. Jesús, huérfano, acababa de llegar del interior, de las montañas, a vivir con su madrina. No conocía apenas nada del mar, pero pronto se enamoró de sus tesoros. En particular, de uno, el nácar. Era tan abundante en Cabo Pulmo que Jesús y su madrina lo convirtieron en su principal fuente de ingresos: en poco tiempo, su éxito llenó este rincón al sur de la península de Baja California, en México, de buceadores en busca de dinero rápido.
Juan F. Samaniego
La madreperla no tardó en escasear y Jesús y muchos otros habitantes de Cabo Pulmo se pasaron a la pesca: meros, jureles y pargos eran tan abundantes en el arrecife que apenas costaba trabajo capturarlos. También había atunes, varias especies de tiburones y tortugas. Para entonces, la siguiente generación de esta historia ya había nacido; y había nacido también pescadora. Junto a su padre, Jesús, Enrique Castro y el resto de sus hermanos vivieron de lo que les daba el mar durante décadas. La riqueza de Cabo Pulmo parecía inagotable. En los años 70 del siglo pasado, el oceanógrafo francés Jacques Custeau lo bautizó como el acuario del mundo. Pero nada es infinito.
Al igual que había pasado con la generación anterior, los ocho hijos de Enrique Castro crecieron también pescadores, pero las capturas pronto empezaron a escasear. Cada vez había menos peces y más gente que seguía llegando a Cabo Pulmo atraída por las historias de abundancia. Cada vez había que alejarse más de la costa para pescar, arriesgándose más y gastando más dinero en combustible. Durante la década de 1980, los primeros científicos de la Universidad de La Paz llegaron para estudiar el arrecife y le pusieron nombre a lo que la comunidad local llevaba tiempo percibiendo: Cabo Pulmo se moría. Y empezaron a hablar con los pescadores, a debatir sobre el futuro y sobre la necesidad de hacer algo para salvar el sustento de las familias al tiempo que se protegía un ecosistema único.
La protección como punto de partida
Un hijo de Enrique, Mario Castro, y un hermano, Juan Castro, fueron los dos primeros pescadores que se convencieron de que había que dejar de pescar como lo habían hecho hasta entonces. Enfrente, el propio Enrique, que prometió que nunca dejaría de capturar los peces que le regalaba el arrecife. Fueron años duros en la comunidad, años de tensiones y de discusiones, pero al final la mayoría de los pescadores se convencieron de que algo tenía que cambiar. En 1995, lograron entre todos que el Gobierno de México declarase Cabo Pulmo zona protegida y parque nacional.
“La comunidad entendió que la única forma de salvar su futuro era dejar de extraer del arrecife y comenzar a cuidarlo como un patrimonio común”, explica Octavio Aburto, fundador de Mares Mexicanos, investigador del Instituto de Oceanografía Scripps y uno de los grandes expertos sobre Cabo Pulmo. “El arrecife se recuperó porque hubo una decisión colectiva de alto coste a corto plazo, dejar la pesca, con una visión de largo plazo”. Y vaya si se recuperó. Entre 1999 y 2009, la biomasa total de los peces de Cabo Pulmo aumentó un 463%. Volvieron los tiburones martillo y las tortugas, las mantas, las jorobadas y los tiburones ballena. Y con ellos aparecieron nuevas formas de vivir para la comunidad local.
“Las familias y los pescadores fueron el corazón del cambio. La decisión clave fue transitar de un modelo extractivo a uno de conservación con beneficios locales y hacerlo sin perder el control comunitario del lugar”, señala Aburto. “También fue clave sostener acuerdos internos: no solo crear el parque, sino defenderlo en el día a día, denunciando la pesca ilegal, desarrollando los usos turísticos como el buceo, y apostando por un modelo de bajo impacto.
Cabo Pulmo funciona porque la conservación no llegó como imposición externa, se volvió identidad, orgullo y proyecto de vida”.
La recuperación del arrecife y la historia de los Castro ha dado la vuelta al mundo como ejemplo de buena gestión, del poder de la unión de conocimiento científico y comunitario y de la capacidad de recuperación de la naturaleza, si se le deja espacio suficiente. Más allá del regreso de los peces y los grandes predadores, Aburto indica otras señales que hablan del éxito de la restauración de Cabo Pulmo. No solo hay más peces, sino más variedad, ejemplares de mayor tamaño y poblaciones más completas. El comportamiento de las especies también ha ganado en complejidad y los bancos son más grandes y dinámicos. «En pocas palabras: Cabo Pulmo no aumentó solo en cantidad, recuperó su función ecológica”, recalca el investigador.
Con la recuperación de Cabo Pulmo llegaron también nuevas formas de ganarse la vida para las familias pescadoras. Se pasó de una economía extractiva a una basada en el aprovechamiento de la naturaleza viva, el turismo, el buceo y la restauración. Además, la pesca más allá de los límites del parque es abundante y mucho más estable, sacando partido de las zonas protegidas. “Pero es importante decirlo con honestidad: el éxito trae retos como la presión inmobiliaria, el crecimiento turístico o el ordenamiento. El beneficio social no es automático. Requiere reglas, acuerdos y gobernanza para que la prosperidad no se convierta en una nueva forma de degradación”, subraya Octavio Aburto.
De hecho, en las últimas dos décadas, Cabo Pulmo ha estado bajo amenaza de varios proyectos turísticos que han intentado establecerse para sacar partido del auge de visitantes. En particular, desde que el parque fue reconocido como Patrimonio Mundial de la Unesco en 2005 y como sitio Ramsar en la Lista de Humedales de Importancia Internacional en 2008. De forma paralela, las comunidades locales han trabajado junto a organizaciones científicas y ecologistas para presionar a las autoridades para que frenasen los diferentes proyectos de desarrollo turístico. Por ahora, han tenido éxito.
Así, a pesar de la rápida recuperación de Cabo Pulmo, sus amenazas son muchas: el turismo masivo, la sobrecarga de visitantes, la gestión de la basura, la expansión inmobiliaria, la pesca ilegal en los límites del parque y el cambio climático, que aumenta la temperatura del mar, multiplicando las olas de calor marinas y el estrés sobre los arrecifes. “Para sostener el éxito se necesita fortalecer la gobernanza y el manejo, un financiamiento estable para la vigilancia y la monitorización del parque, reglas claras para el turismo, una coordinación institucional efectiva y, sobre todo, mantener el pacto social que hizo posible la recuperación de Cabo Pulmo en primer lugar”, concluye Octavio Aburto.
Cabo Pulmo: ¿un éxito replicable?
Tras más de dos décadas de negociaciones y varios intentos fracasados, el pasado 17 de enero entró en vigor el Tratado de Alta Mar, que regula por primera vez las aguas que no están bajo la jurisdicción de ningún país. Entre otras cosas, sienta las bases para crear reservas marinas en aguas internacionales, algo esencial para cumplir el objetivo de preservar el 30% de los océanos antes de 2030. Cabo Pulmo es, sin duda, uno de los casos en los que inspirarse. “Cabo Pulmo es replicable si se entiende no solo como un parque marino exitoso, sino también como una área de prosperidad marina en la práctica. Su gran lección es que la conservación funciona mejor cuando se diseña desde el inicio para generar bienestar humano junto con recuperación ecológica”, señala Aburto.
Para el investigador, hay al menos cinco condiciones que se dan en Cabo Pulmo y que son imprescindibles para reforzar la conservación del océano: una protección ecológica fuerte como punto de partida, beneficios claros y tangibles para la comunidad local, una gobernanza de base local que le otorga poder real de decisión a los habitantes del entorno, un ordenamiento de los usos humanos del área protegida desde el inicio y una visión a largo plazo que reconozca el océano como capital natural.
“La idea puede parecer sencilla, pero es muy poderosa: un ecosistema sano genera beneficios recurrentes en el tiempo, mientras que la sobreexplotación produce ganancias breves y pérdidas permanentes”, concluye Aburto. “En ese sentido, Cabo Pulmo no es un caso excepcional e irrepetible, es una demostración temprana de que cuando conservación y prosperidad se diseñan juntas, ambas se refuerzan. Replicarlo implica cambiar de enfoque: no se trata de cómo protegemos el mar, sino de cómo vivimos bien gracias a un mar sano”, concluye.
Fuente: https://climatica.coop/cabo-pulmo-desierto-marino-transformado-acuario/ - Imagen de portada: Foto de Pascal van de Vendel en Unsplash

