«Todo aquello que quería cambiar afuera en realidad lo tenía que cambiar en mí»

«Proteger el planeta comenzando por la escala reducida de mi tierra»: esa es la convicción que guía a Vanesa Freixa Riba cuando decide instalarse con su familia en una cabaña del Pirineo de Lleida, hacerse con un rebaño y recuperar los saberes sobre el campo que tenían sus antepasados. En Ruralismo. La lucha por una vida mejor cuenta esa experiencia y, sobre todo, desgrana las reflexiones que abre ese proceso de aprendizaje y desaprendizaje. Preguntas de gran implicación colectiva que atañen a cómo organizamos nuestras vidas,y hasta cómo nos pensamos a nosotras mismas.

Entrevista de Laura Casielles

Empecemos por el punto de partida del libro. Una decisión que mucha gente formula en términos de fantasía, pero que tú llevas a cabo: «Me voy a vivir al monte«.
Pero con la diferencia de que yo ya era de aquí, yo era de montaña, o sea que para mí el cambio no es tan drástico. De hecho, yo vengo muy marcada porque me fui a la universidad, pero con la idea clara de que iba a volver, y lo más pronto que pudiera. El tema es dónde he terminado asentándome, que sí que es un poco diferente. No ya para una persona que viene de fuera, sino para la gente del lugar, que lo consideraba extraño. El pueblo en el que yo estaba viviendo antes tenía veintipico, treinta personas en invierno, y me decían: «Qué vas a buscar, te vas a buscar problemas aislándote un poco más».
Por más que lo tuvieras tan claro, ese regreso implica un ejercicio de recuperación, prestar atención a cosa que de algún modo habías desdeñado en otros momentos de tu vida.
Yo creo que es un proceso. Una cosa que compartimos bastantes personas que hemos nacido en estos entornos es no apreciar lo propio. Yo intento que mis hijos, que viven en un lugar así, lo sepan apreciar, porque esa mirada apreciativa a veces no viene de manera natural. Para mí fue porque vivimos en una comarca a la que viene mucha gente joven a vivir, justamente porque es un entorno muy bello, y me preguntaban muchas cosas que se suponía que yo tenía que saber, pero no tenía ni idea, con casi treinta años. Sí que tenía una vida muy activa en temas de desarrollo del lugar donde he nacido, pero no todo aquello que tenía que ver con el conocimiento más tradicional, que al final implica tener más autonomía, hacerte las cosas por ti misma. Ahí empezó ese camino del porqué: por qué no tengo este conocimiento. Y a partir de ahí todo lo demás.
El libro muestra que esa experiencia no es personal, sino estructural e histórica: se enraíza en un proceso de abandono del campo que planteas como una desposesión.

A escala colectiva es un fenómeno que ocurre en toda Europa y que especialmente en España tiene un resultado mucho más contundente, porque la despoblación del campo se produce de una manera muy radical. Está claro que esto viene supeditado a un sistema político y a una economía que lo que hace es absorber al máximo que podía a esta población que era mano de obra barata, a sus ojos muy poco formada, y a la que necesitaban para transformar esas ciudades que acababan siendo los centros del mundo. Y en ese proceso tan bestial, lo que dejábamos por el camino era justamente dar importancia a los conocimientos tradicionales que nos proporcionaban una autonomía y una libertad que hemos perdido, aunque pensemos que estamos en un momento en el que atesoramos grandes cuotas de libertad individual. Es todo lo contrario, y cada vez se visibiliza más.

«Para aprender es necesario hacer», escribes.

Las personas que somos de un lugar no tenemos esos conocimientos porque no les dieron importancia, no nos los señalaron, no los encontramos en la educación formal. Había siempre este agujero tan grande entre lo que aprendíamos en casa y lo que nos enseñaban en la escuela; eso también ayuda a perder esa mirada apreciativa. Acompañado de que nuestros padres y madres consideraron que para progresar, para salir de la precariedad, para que no te sintieses mirado, señalado y avergonzado, lo más importante era marchar. Marchar y hacerte una buena vida afuera. Cuando, desde mi punto de vista, la buena vida se puede construir en muchos lugares. Lo que pasa es que necesitamos elementos esenciales como la vivienda o la alimentación, que para nada están garantizados ahora para la mayoría de las personas.

Foto: Xavi Sánchez.

Según explicas, así se acabó con la que podía ser la última fuente de resistencia a la economía de consumo.
Una persona que vive en un entorno rural, que tiene una vida campesina, atesora multitud de conocimientos: tiene que ser veterinaria, tiene que saber cuidar o conducir un rebaño, tener conocimientos esenciales de mecánica, de electricidad, de carpintería, de cuidados… A día de hoy, ¿quién atesora tanto conocimiento en una sola persona? Casi nadie, porque estamos en un momento en el que nos formamos con determinadas especialidades, pero no con este conocimiento holístico que es tan necesario para sentir que somos capaces, como mínimo, de suministrarnos aquello más esencial. En un texto que cito, Berger habla de que el campesinado era el último reducto de autonomía; las economías campesinas eran los últimos espacios que podían vivir al margen del capitalismo. Estos modos de vida no hace tanto tiempo que existían de una manera muy autónoma, cincuenta o sesenta años atrás apenas. En cambio, ahora, cuando pensamos en ellos nos parecen una cosa imposible de adquirir.
El problema con esa mirada atrás es que a veces llega cargada de idealizaciones.
Es importante remarcar que con esto no quiero decir que volvamos a la precariedad que tenían estas personas, a esa mala vida en el sentido de tener muchas incomodidades en su día a día, incluso también en las relaciones humanas. No tenemos que olvidar que mucha gente realmente tenía y sentía que tenía una vida precaria, sobre todo cuando se empiezan a comparar, cuando muchos vecinos y vecinas han marchado y vuelven al pueblo tiempo más tarde, en las vacaciones, para arreglar sus casas, con sus coches nuevos y poniéndoles delante de la cara lo que ellos no tienen y que se supone que aporta felicidad. Esta comparación es fatal porque ahí está el inicio de esa pérdida de autoestima tan grande, de ese avergonzamiento, de ese auto-odio que generamos la gente de los entornos rurales hacia nuestra propia vida.
No, yo no digo esto; yo lo que digo es que sí que tenemos que recuperar los conocimientos tradicionales que nos proporcionan autonomía y nos dan las claves que necesitamos para el presente y para el futuro. Pero necesitamos de la comunidad para proveernos de una manera más generalizada, que no todo recaiga encima de uno. Justamente en lo que hemos evolucionado, que es el aspecto de cuidarnos las personas entre sí, de ser respetuosos ante la vida, es lo que tenemos que incorporar. Para nuestros antiguos había desigualdades en muchos sentidos: de género, de raza, de cualquier cosa que realmente diferenciaba y apartaba o hacía esconder a muchas personas. Esto es lo que tenemos que adaptar.
En ese sentido, en el libro te fijas en lo que pasa con las mujeres en estos procesos.
Con las mujeres y con la diversidad de género, porque ahora podemos ampliar y hablar, por ejemplo, de sexilio, como hacen los colectivos LGTBI. Está claro que el movimiento de las mujeres en esta época es mucho más masivo, mucho más claro, porque están esclavizadas. Hay una diferencia grandísima en el reparto de trabajo y de cuidados, y ellas se sienten liberadas cuando se van porque empiezan a tener una autonomía, un salario. Muchas desigualdades, por descontado, se continuaban ejerciendo de una manera similar, pero en los pueblos además no había lavadoras, se tenían que hacer cargo de todo el rango familiar, de la cría de los animales, del huerto, de las comidas… Una carga muy bestia que las dejaba en el último rincón. Estaban muy generalizados los matrimonios por conveniencia, no existían las relaciones desde la voluntad, los roles de género estaban clarísimamente marcados… Así que irse es el principio de una pequeña liberación.
Pero a cambio se pierden también otros vínculos.
Mucha gente coincide en que antes la relación con la comunidad era mucho más rica de lo que es ahora. Había mucho más tiempo para festejar, para conversar, para la ayuda mutua. A lo mejor había menos posibilidades, pero eran más vividas, y con más inocencia muchas veces. Hoy hay una aceleración en todos los aspectos y una frivolización de la vida y de las relaciones; la ciudad facilita que se produzca de manera generalizada un aislamiento entre las personas. Y, además, nos hemos convencido de que este aislamiento y esta individualización son positivos, porque no tenemos práctica de vivir en lo comunitario. Lo comunitario lo que produce, y esto lo digo por experiencia propia, son relaciones más fuertes. No se trata de romantizarlas, porque también hay muchas relaciones de conflicto, que también son más fuertes. Pero si tienes la suerte de que el conflicto no esté o sea menor, las relaciones que tejes son más inquebrantables; es muy bonito sentir que el otro está. Y esto no quiere decir que te invadan tu vida, como a lo mejor antes pasaba más.
Es una pregunta clave del libro: cómo se enlazan decisiones individuales como la tuya con un compromiso colectivo.
Quiero que quede clara una cosa muy importante, que es que el proceso de vaciamiento y el cambio de vida que tenemos las personas lo marca, evidentemente, el sistema económico. Y la política: en su momento se vacían los pueblos porque la política no apuesta por renovar ciertos servicios, por acompañar de una manera diferente estos espacios. Por tanto, la vida no se facilita y la gente tiene que marchar sí o sí.
Por otro lado, en estos momentos, y sobre todo en los sectores más activos para el cambio (de los que yo me considero parte también), hablar de lo individual parece egoísta o fuera de lugar. Pero aquí está el problema. La mirada para afuera nos indica básicamente que nos cuesta mirarnos mucho para adentro. Mi descubrimiento más claro fue que yo había dedicado y continúo en buena parte dedicando mucho tiempo a intentar mover una roca que pesa toneladas fuera de mí. Todo aquello que me enfadaba porque no cambiaba de la manera, con la velocidad o en el sentido que yo consideraba que era justo, correcto, necesario… De lo que me di cuenta es de que todo este enfado hacia afuera era un enfado hacia mí. Todo aquello que quería cambiar afuera en realidad lo tenía que cambiar en mí.

Foto: Judit Prat.

El libro acaba con lo que es casi un manifiesto a favor de este cambio personal.
Toda esa violencia que a buena parte de la población nos duele tantísimo, este momento tan claro de menosprecio hacia la vida en toda su magnitud, humana y no humana, tenemos que mirarlo desde un plano más interno. Tenemos que preguntarnos: «¿Qué violencia ejerzo yo en mí, en mi día a día, en mi falta de coherencia con cosas muy básicas? ¿Qué violencia ejerzo con las personas con las que me relaciono?». Y ser más compasivos al darnos cuenta de que todo aquello que queremos cambiar afuera de manera tan clara porque produce mucho dolor, en clave interna e individual es muy difícil de cambiar. Es un camino para toda la vida: poner el foco y poco a poco ir cambiando esos hábitos, esas maneras, estas identidades que nos hemos creado y que seguramente están tan equivocadas… Cuando vamos consiguiendo poco a poco transformarnos a nosotras mismas, la transformación es exponencial, porque tiene un efecto multiplicador en las personas que nos rodean. Sé que muchas personas piensan que esto no tiene importancia, pero para mí verlo desde aquí es muy poderoso.
Ese cambio se puede ejemplificar en asuntos muy concretos: por ejemplo, la soberanía alimentaria.
Lo que tenemos que regenerar es nuestro espacio propio, en todos los sentidos: cómo nos alimentamos, cómo nos movemos, qué compramos… Si cambiásemos lo que estamos haciendo, a lo mejor pondríamos la atención en cosas más elementales. Si me es tan difícil consumir local, ¿por qué pasa? A lo mejor es que no tengo suficiente campesinado cerca de mi casa. Entonces me preocupo de entender que si no tengo suficiente campesinado cerca seguramente es que el acceso a la tierra es muy complicado. O pienso que seguramente lo que tenemos que cambiar es el lugar donde nos suministramos. No nos sirve solo apuntarnos a una cooperativa de consumo, no nos sirve solo ir a un mercado puntual de campesinos locales: lo que tenemos que cambiar es el sistema de distribución. Lo que tenemos que pedir son supermercados públicos, una distribución pública, que haría que, tenga conciencia política o no, cuando vaya a comprar sea producto local sí o sí.
Tener una vida sencilla es muy caro a día de hoy; que alguien quiera tener un poco de tierra es una quimera. ¿Cómo es posible que a alguien que quiera tener un huerto de autoconsumo le sea súper complicado poder obtener esta tierra? ¿Por qué es tan difícil irse a vivir al campo? ¿Por qué no hay transporte público de manera regular para que la gente no tengamos que coger el coche? Tantas y tantas cosas, ¿no? Y esto lo empezamos a ver conforme empezamos a hacer estos cambios en nosotros mismos. Porque la mayoría de las veces hay una gran incoherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. Y esta incoherencia es lo que hace que tengamos este malestar generalizado. Es esta coherencia interna la que tenemos que trabajarnos; aquí es donde tenemos que hacer el cambio. Y verlo y entenderlo es el inicio de que las cosas giren desde otro lugar.
Algunos de esos cambios también los podemos emprender desde donde estemos, aunque no hayamos tomado una decisión como la tuya.
Cuando estás individualmente tan obstruido, con tan poca capacidad de movimiento, la respuesta colectiva organizada es un buen camino. Pienso, por ejemplo, en las propuestas de vivienda cooperativa, que ayudan a abrir senderos, a abrir puertas, a crear oportunidades para que la gente pueda tener una vida digna. Tengo cierto punto de esperanza porque sobre todo en las ciudades esto, que era una cosa más puntual o aislada, se está generalizando en cierta manera. Como esta gente del IDRA, el Instituto de Investigación Urbana de Barcelona, que están aplicando lo que ellos llaman el wikihousing, que es la autoconstrucción dentro de las ciudades. Se trata de conseguir solares públicos y que todo el proceso de construcción, acompañado evidentemente de un arquitecto y de un aparejador, esté hecho por las personas que vivirán en esos edificios. Hay maneras, naturalmente acompañadas de entidades como estas, que tienen una voluntad de transformación comunitaria muy fuerte y que facilitan y visibilizan estos caminos para que la gente pueda descubrirlos y practicarlos. El tema es cómo generalizarlo a la mayoría de la población. Es como lo alimentario: ahora se está hablando de una seguridad social alimentaria que garantice a todas las personas una comida buena, justa y sana, a un precio justo. O no dejar, naturalmente, que se derrumbe ni la sanidad ni la educación pública, que están en declive acelerado. Tiene que haber una lucha muy fuerte para mantener este círculo de las cosas que tenemos más próximas.
¿Qué nos frena?
Esta es para mí la tristeza más grande: aunque pensemos que tenemos la libertad para pensar en estos términos, mucha gente no tiene ni el tiempo para ello, porque sus preocupaciones diarias son mucho más urgentes, porque tienen que llegar a final de mes, pagar sus alimentos, el alquiler. Se ha forzado que estuviesen ahí, con muchas servidumbres, muchas deudas que pagar al banco, y esto no te permite pensar desde ti. Y, además, tenemos ese gran desastre, esa droga generalizada, que es la dependencia al teléfono y a las redes, que lo que hacen es ocupar el poco espacio que tenemos con muchas frivolidades, o con preocupaciones que están fuera de nosotros. Es una trampa perfecta, pero el camino es tomar conciencia. Ahora, ¿cómo ser libres dentro de todo esto? Realmente esta es la tarea complicada y donde tendríamos que tener, aquí sí, al padre-madre gobierno para ayudar a sacar estas cargas, a ver estas trampas que por nosotros mismos no sabemos ver.
Respecto a esa idea de ir viendo más, mejor, en el libro hay algo muy bello que es que entre las reflexiones intercalas momentos más poéticos de observación del entorno. Esa idea de entrenar la capacidad de reparar en cosas que nos suelen pasar desapercibidas también es algo que hablamos mucho en el Club de Lectura Climática.
En una librería muy bonita, muy potente que hay aquí, vamos a hacer un ciclo de lectura lenta. El libro que trabajaremos es el de Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer, en el que hay un momento en el que ella habla de esto, de que la observación es un modo de reciprocidad hacia la tierra. Al final, todos estos dones que la Tierra nos ofrece, todos los bienes, una de las maneras de retornarlos es observarla bien, con los ojos y con el corazón.

El Club de lectura Climática es un espacio de encuentro online moderado por la escritora y periodista Laura Casielles en el que, cada mes, nos juntamos para conversar sobre un libro. Si tienes una suscripción a Climática, puedes inscribirte aquí a la próxima sesión, en la que hablaremos de este.
Fuente: https://climatica.coop/entrevista-vanesa-freixa-riba-ruralismo/ - Imagen de portada: Foto: Iván Giménez.

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