EDITORIAL DE "HORIZONTE SUR" (GRUPO DE REFLEXIÓN RURAL)



Un amigo nos acerca un viejo material bibliográfico, Crónicas de las
Naciones Unidas, del año 1983. En la página dedicada a Ciencia, tecnologías
y derechos humanos, leemos lo siguiente: “Durante el siglo XIX y a
principios del XX, se suponía por lo común que los progresos científicos
eran inevitablemente favorables al progreso humano. No se preveía ningún
conflicto fundamental entre ambos. Sin embargo, los acontecimientos
posteriores y en particular la devastación ocasionada por dos guerras
mundiales han suscitado dudas en cuanto a la existencia de una alianza
inevitable entre el adelanto científico y el progreso humano. Se ha ido
comprendiendo cada vez mejor que, si bien es posible que el conocimiento
científico en sí sea neutral, gran parte de él puede ser aplicado en formas
perjudiciales para la humanidad”. Y continúa el documento de perspectivas de
las Naciones Unidas: “Ese perjuicio puede hacerse a sabiendas, persiguiendo
objetivos a los que se atribuye una importancia superior, o sin saberlo,
debido a la falta de conocimientos sobre las consecuencias o los efectos
secundarios”.
Esos escritos tienen 25 años, exactamente. No se había producido todavía la
catástrofe de Bophal, un crimen corporativo espantoso que ocurrió en
diciembre de 1984 en la India. Tampoco había ocurrido la tragedia que
implicó la explosión de un reactor nuclear en Chernobyl, Ucrania, ex URSS,
que fuera en el año 1986. Lo mismo, el derrame de petróleo de Exxon Valdez
en Alazka, ocurrido en marzo de 1989. Los sueños de la razón engendran
monstruos escribió Goya en uno de sus aguafuertes y en esos años ochenta la
política de Ronald Reagan, condujo a la aprobación de las primeras semillas
transgénicas, pese a las contraindicaciones de los propios técnicos de la
FDA, la Food & Drug Administration, el órgano encargado de aprobar
medicamentos y alimentos, y se lo hizo en razón de intereses de la industria
biotecnológica y como una cuestión de Seguridad Nacional de los EEUU. En
simultáneo, empresas como Monsanto lanzaron la campaña de que, tan sólo las
semillas transgénicas podrían paliar el hambre en el mundo.
Han transcurrido algunos años desde entonces, pese a todas las previsiones,
la contaminación y la inseguridad se han hecho pavorosas y aún peor, se han
naturalizado, mientras el cambio climático y la desaparición acelerada de
los casquetes polares anticipan situaciones de extremo riesgo para la vida
del planeta. La producción de granos y los intercambios globales se han
multiplicado, no obstante el hambre en el mundo es una realidad insoslayable
que domina vastas regiones no tan solo del alguna vez llamado tercer mundo.
Miles de millones de seres humanos viven con hambre en medio de un planeta
arrasado por las consecuencias de un consumismo atroz y una marea humana
imposible de detener, invade cada noche tanto Europa como los Estados
Unidos, en busca de trabajo pero fundamentalmente en busca de comida,
mientras muchísimos quedan en el camino pagando con un tributo de incontable
vidas la voracidad imparable de las Corporaciones. Noticias que nos llegan
de Canarias nos dicen que el arribo de chalupas con cadáveres a las islas,
ha dejado de ser noticia para la prensa local, son solo hechos que ocurren
cada día y que ya no conmueven a la opinión pública española. El siglo XXI
se inicia marcado por el cambio climático y por los genocidios por hambre y
desarraigo.
No obstante, en la Argentina nuestro ministro de Ciencia y Tecnología es un
optimista sin resquicios y según la revista que lo entrevista, trabaja sin
descanso para “estimular y difundir la transferencia de tecnología y
conocimientos a productos o procesos que mejoren la calidad de vida de la
sociedad”. Y aun más todavía, nos promete que en el mundo contemporáneo
podemos alcanzar a ser “una boutique de alta tecnología”. Está refiriéndose
en realidad a los agronegocios y a la biotecnología, a sumar tecnologías a
los alimentos y a modificar la vida cotidiana de los argentinos, realizando,
en los marcos de la propiedad del conocimiento y de los sistemas de
patentamientos globales, la reproducción científica y tecnológica local del
poder del conocimiento. Se trata de ocupar en una maquilla de ciencia
empresarial, a los hijos de nuestros sectores medios. Mientras tanto, evade
reconocer el grado de nuevas dependencias a los mercados internacionales y a
las Corporaciones, de un país sometido por un modelo de agro exportación de
commodities que ni siquiera puede ocupar la capacidad y el número de la
población argentina, sino exportando a otros países, el modelo aceptado por
una dirigencia venal. Este es el secreto, añadir al esquema de la República
sojera, la capacidad de nuestros intelectuales de reproducir el modelo
biotecnológico en los países vecino o en todos aquellos a los que podamos
alcanzar. Qué pensaría el General San Martín de este destino elegido por
nuestros progresistas contemporáneos? Ser una boutique tecnológica.
Reproducir biotecnología. Ser un polo de investigación y de producción de
transgénicos para toda América Latina. Exportar maquinaria agrícola para que
el modelo de la empresa Monsanto se reproduzca en otros lugares del mundo.
Penoso, realmente penoso.
Mientras tanto, Monsanto negocia con el Gobierno nacional, en el esquema que
ya estableció como precedente la provincia del Chaco, cuyo gobernador tiene
el privilegio de haber hecho escuela de nuevas y complejas defecciones ante
la corporación, defecciones tales como la negociación del pago de regalías y
la aceptación de semillas genéticamente modificadas de segunda generación.
Sí, se trataría de que Monsanto desista de los juicios entablados en Europa,
que tienen detenidos ocho barcos cargados de soja, a cambio de nuevas
inversiones y de la incorporación de nuevas semillas transgénicas en el
país. O sea que, frente a la presión ejercida por la empresa, abrimos el
territorio a nuevos eventos biotecnológicos y a inversiones para fabricar
localmente los paquetes agrotóxicos que requiere el modelo. Lo peor es que
no lo vemos como una derrota o una concesión a que nos obligan, sino que lo
festejamos como un triunfo, lo celebramos como un avance porque en realidad
esta dirigencia comparte los paradigmas del crecimiento y del progreso, de
la biotecnología y de un modo de producir contrariando a la Naturaleza que
es propio de los ejecutivos que conducen las Corporaciones. Es por esos
mecanismos internos profundamente colonizados y adscriptos a los principios
de la globalización que, no importa lo que hagan o las deudas que se paguen,
todo, absolutamente todo, aportará inevitablemente a fortalecer nuevos
mecanismos de sumisión, de endeudamiento, de sujeción a dependencias
globales y lo que es peor, de colaboración y complicidad, para implementar
las políticas de las Corporaciones sobre otros países vecinos.
Según declaraciones del director de estrategias de Monsanto: "Lo que
precisamos es la bendición del Gobierno para que hagamos un acuerdo privado,
para que los productores paguen por la nueva semilla". Eso es lo que, según
el periodismo, Moreno les estaría garantizando. Pero ello sería: “a cambio
de que la empresa haga un plan de inversiones en plantas de semillas por US$
125 millones, que empresas nacionales sean parte del programa de
investigación de la compañía, que haya una transferencia de tecnología al
INTA y, por sobre todo, que desistan de los juicios contra el país por el
royalty no pagado”. “Para los productores argentinos”, añade la nota, como
si no lo supiéramos, “la introducción de la nueva tecnología representará
una facilidad para la producción y mayor garantía de rendimiento”.
En otros países, los pensadores y los intelectuales se plantean de manera
explícita la necesidad de descolonizar a la izquierda de los conceptos de
progreso y de crecimiento. Nosotros pareciera que tenemos esos conceptos
tan, pero tan arraigados en los sectores progresistas, que somos capaces de
visualizar como una negociación exitosa lo que no es sino un nuevo escalón
en las crecientes dependencias coloniales. Por no saber adonde vamos, ni
conocer la historia de la que venimos y estar tan solo aferrados a políticas
mezquinas y coyunturales, repetimos muchos años después, los gestos
colonizados de generaciones anteriores cuyo recuerdo se supone reprobamos.
Antes de la crisis del campo, el modelo de la sojización pretendía haber
sido heredado y por lo tanto se lo explicaba como algo ajeno recibido,
además de justificárselo por los réditos ingentes que proporcionaba para
gestionar políticas sociales. Muchos diálogos políticos que tuvimos en esos
años pasados, encontraban ese límite, un límite que refería a una herencia
recibida, una herencia de tal magnitud y de tal capacidad para desarrollar
políticas e inversiones desde el Estado que ponerla en debate nos estaba
vedado.
Ahora es diferente, radicalmente diferente. El modelo de la sojización ha
sido expuesto, también en sus consecuencias, en sus externalidades y en la
fragilidad estructural que ha generado en nuestros desarrollos económicos.
Ya no hay excusas. Nadie ignora de qué estamos hablando cuando nos referimos
a los Agronegocios, a las negociaciones con Monsanto o a la ingesta obligada
de TRISOJA, una mezcla de trigo y soja transgénica, en los comedores
escolares de la Ciudad de Buenos Aires. Ya no se puede justificar la
ignorancia del tema. La verdad es que, mientras unos deciden políticas,
otros desde la justicia persisten en no ver sus implicancias, sus
consecuencias y el modo en que se afectan los derechos humanos de los
ciudadanos. A su vez, desde tribunas intelectuales algunos insisten desde
Carta Abierta, en acentuar la confusión y en resucitar las viejas propuestas
del desarrollismo. A veces, cuando leemos a algunos de estos intelectuales
nuestros, no sabemos exactamente si estamos en el año 33 repitiendo como un
revival las negociaciones con la Gran Bretaña que condujeron al pacto Roca
Runciman, o estamos acaso en el año 1958, con Reinaldo Frigerio
intermediando las conversaciones entre Cook y Frondizi y pergeñando una
Argentina con el petróleo en manos privadas, los estudiantes divididos entre
la laica y la libre, los peronistas insurrectos en el Plan Conintes, los
amores de los argentinos en los hoteles alojamientos y los tranvías y los
trolebuses en la basura y el desguace, para dar lugar a la pujante industria
automotor, tal como decían entonces.. . Nos preguntamos ¿si se nos estará
anticipando una nueva versión del desarrollismo, como si reeditáramos en
Carta Abierta la Revista Qué del año 59 y el engaño de aquellos que, como el
mismo Scalabrini, pretendieron ver en el progresismo de izquierda
desarrollista de la época, un proyecto nacional que jamás habían tenido?
Ciertos juegos de la política, son extremadamente peligrosos, en especial en
un país que parece al borde mismo del estallido. Intentar ver manos
conspirativas en cada situación de rebeldía, es una tontera descomunal, y
conduce a embanderarse con la represión y aún mas todavía, con la
incomprensión. Recordemos que Dios ciega a quienes quiere perder… Desde
estos micrófonos hace años que venimos denunciando el maltrato que se sufre
en la línea del ferrocarril Oeste del Sarmiento, del modo espantoso en que
se viaja, de cómo los concesionarios abusan sistemática y brutalmente del
pasajero e inclusive, hemos invitado a las más altas autoridades a darse un
paseo en la línea y esa invitación la hemos cursado hace mucho, mucho
tiempo. En vez de encarcelar ahora por desvalijar máquinas expendedoras de
boletos, a chicos que nacieron condenados a la exclusión debido a las
políticas que ellos implementaron largamente desde los años ochenta,
deberían revisarse sus propias conductas ante la Justicia. No puede
sorprenderse nadie que la gente queme los vagones o las oficinas del
personal. Tampoco pueden sorprenderse de que los incendiarios ignoren que el
ferrocarril les pertenece, es la clase política la que ha borrado de la
memoria popular la propia pertenencia de esos patrimonios, abjurando en la
práctica de gobierno de toda lealtad y de toda docencia con los ciudadanos.
Pero no hay lluvia que no pare ni noche que no termine amaneciendo. Ese
mismo día, un poco más tarde, vimos el estreno de la película de Pino y nos
impresionó como profética y celebratoria de un tiempo que se anticipa
inevitable. Los ferrocarriles volverán, no importa quién o quienes se
opongan a ellos. Uno ve la película de Pino, que ha denominado “la próxima
estación”, y siente esa voluntad y esa determinación que surge de la entraña
misma de la gente, de la historia y de la tierra: los ferrocarriles
volverán, volverán…
Jorge Eduardo Rulli

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