Explorando la Resonancia y la Aceleración con Hartmunt Rosa

Hartmut Rosa (n. 1965, Alemania) es un sociólogo y filósofo social alemán, reconocido por su trabajo sobre la aceleración social, la alienación y el concepto de resonancia como base de una vida con más sentido y más feliz. Es profesor en la Universidad Friedrich Schiller de Jena y director del Max Weber Center for Advanced Cultural and Social Studies. Su obra se centra en un diagnóstico de la modernidad tardía: sostiene que las sociedades contemporáneas están estructuradas por una lógica de aceleración constante (tecnológica, social y vital), que no es opcional sino necesaria para sostener el sistema económico y social.

Frente a esto, desarrolla el concepto de resonancia, entendido como una forma de relación significativa y transformadora con el mundo (con otras personas, con la naturaleza, con el trabajo, con el conocimiento). Para Rosa, el problema central de la modernidad no es la velocidad en sí, sino la alienación, es decir, la pérdida de esa relación viva con el mundo... Entre sus obras más importantes se destacan: Social Acceleration - Resonance, A Sociology of Our Relationship to the World, The Uncontrollability of the World. En sus trabajos más recientes, también introduce la noción de energía social, ampliando su enfoque hacia una comprensión más relacional y no individual de la acción y la transformación social.


UNESCO Talks entrevista al filósofo Hartmut Rosa.

P: ¿Podrías explicarnos tus conceptos de aceleración y también de resonancia?
Hartmut Rosa:
 Sí. En realidad, empecé dándome cuenta de que parece haber algo que no funciona en la manera en que los seres humanos hoy en día —en el mundo moderno o en la modernidad tardía— experimentan el tiempo.
Lo interesante es que constantemente ahorramos tiempo gracias a tecnologías más rápidas, medios de transporte más veloces, etcétera. Sin embargo, parece que cada vez tenemos menos tiempo. Es muy extraño: cuanto más tiempo ahorramos, menos parece que tenemos. Entonces comprendí que la tecnología acelera, pero al mismo tiempo nos genera un problema. En lugar de darnos más tiempo, parece quitárnoslo. Por eso aceleramos nuestro ritmo de vida.
Esto también está relacionado con el hecho de que todo cambia muy rápidamente: nuestras tecnologías cambian, nuestras interacciones cambian, los patrones de relación, las formas de conocimiento, y así sucesivamente.
Por eso entendí que, si queremos comprender la sociedad moderna, también debemos prestar atención a sus estructuras temporales.
La modernización —y no lo digo en un sentido normativo, como si fuera algo “bueno”— significa acelerar el mundo, literalmente ponerlo en movimiento a un ritmo cada vez más rápido.
Hoy experimentamos un cambio tecnológico que parece avanzar a una velocidad creciente.

P: Pero ha habido otros períodos en la historia en los que las sociedades vivieron grandes cambios. ¿Hay alguna diferencia?
HR:
 Sí. En primer lugar, no diría que sea algo completamente nuevo del siglo XXI. Por ejemplo, hacia 1900–1920, con la aparición de los tranvías, los automóviles, el teléfono, el sistema telegráfico y la radio, también hubo un período de aceleración.
Mi idea es que esta lógica de la aceleración ha cambiado su forma desde el siglo XVIII. Desde entonces, se han sucedido distintas olas de aceleración.
Antes de eso, como señalás, también hubo épocas turbulentas de cambio, en las que las cosas se transformaban muy rápidamente, al punto de que incluso podía perderse la noción de la realidad.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental. Cuando hablo de aceleración social, no me refiero simplemente a períodos turbulentos o a momentos de cambio rápido. Me refiero al hecho de que existe un entramado social muy sólido —como el orden capitalista moderno— que ha perdurado durante más de 200 años.
Y dentro de esa lógica, para poder sostener ese orden, es necesario acelerar, crecer e innovar de manera constante.
Eso es algo completamente nuevo en la historia. Hemos tenido períodos de desintegración social, de revolución o de cambio, pero luego se establece un nuevo orden. Y, por lo general, las culturas intentan estabilizar ese orden y mantenerlo tal como está.
En cambio, en nuestra sociedad moderna, debemos acelerar, crecer e innovar permanentemente —a nivel tecnológico, social y cultural, incluso en aspectos como las modas— simplemente para mantener la estructura institucional tal como está.
A esto lo denomino “aceleración endógena”. No se trata de una aceleración provocada por cambios en el entorno, sino de una dinámica interna: estamos obligados a acelerar, crecer e innovar únicamente para sostener el orden existente... Y eso es algo nuevo en la historia.

P: Y tu concepto de resonancia, ¿cómo surgió? ¿Y cómo puede ayudarnos a lidiar
con esta aceleración social?
HR:
Sí. Quiero decir, cuando escribí este libro sobre la aceleración, cuando lo publiqué, mucha gente pensó: «Oh, Rosa es el gurú de la desaceleración. Solo hay que ir más despacio». Y pensé: «Bueno, eso es demasiado fácil», porque, en primer lugar, no podemos simplemente dejar el orden económico y los demás órdenes tal y como están y reducir la velocidad, porque entonces nuestras instituciones se desmoronarían. Pero además, la lentitud no es un fin en sí misma. No me gusta un camión de bomberos lento, ¿verdad? O una conexión a Internet lenta... No son buenas en sí mismas.
Así que escribí un libro en el que decía que el problema de la aceleración es cuando crea alienación, si perdemos la capacidad de apropiarnos realmente del mundo y de las personas con las que interactuamos, es decir, las cosas en las que trabajamos, el contacto con la naturaleza; si perdemos eso porque vamos demasiado rápido, ¿no? Así que dije que la alienación es el problema. La aceleración es algo que podría conducir a la alienación, pero no siempre sucede.
Así que me pregunté ¿qué es lo contrario de la alienación? ¿Cuándo tenemos una forma de vida no alienada? Porque en filosofía no basta con criticar el orden establecido. Si solo te limitas a criticar, nunca cambiarás el mundo. Creo que necesitamos encontrar una concepción de lo que podría significar no estar alienado para llevar una buena vida. Y así es como llegué a entrar en resonancia. No estamos alienados de la vida cuando somos capaces de entrar en resonancia unos con otros. Eso significa que no solo estamos hablando, intercambiando información o insultándonos, sino que realmente nos estamos afectando unos a otros con lo que decimos, por ejemplo. Y teniendo una especie de efecto transformador. Y me di cuenta de que estas formas de relación o resonancia con el mundo, no se limitan solo al diálogo. Podemos entrar en resonancia con las herramientas con las que trabajamos, con la naturaleza en la que actuamos o con la música que tocamos, con la filosofía, por ejemplo. Lees algunos pensamientos y te sientes tocado.
A veces en las escuelas simplemente tienes que saber de memoria lo que dice Kant o lo que dice Aristóteles y luego tienes que reproducirlo. Eso no es apropiación en el verdadero sentido. Es cuando empiezas a pensar un poco como si fueras capaz de ver el mundo a través de los ojos de Aristóteles o de Marco Aurelio.
Así que, para mí, la resonancia es en realidad, el modo primigenio, el más importante que tienen los seres humanos en el mundo. Así que, la resonancia, diría yo, es lo opuesto a la alienación y es como es un límite a la aceleración, al menos a la aceleración que no nos conviene.
La alienación es una distorsión en nuestra relación con el mundo y la resonancia, en mi opinión, es una forma positiva de relacionarnos con el mundo. Y tiene cuatro elementos:
        Lo primero es que algo me conmueve desde adentro, me habla.
       El segundo elemento es que yo respondo. Experimento autoeficacia. Soy capaz de conectar contigo o con la música que escucho, o con el paisaje o el animal con el que interactúo.
        El tercero es que, en este proceso, me transformo. No sigo siendo el mismo.
        Y el cuarto es que no puedo producir a voluntad esta forma de resonancia, sucede o no.
Nosotros ahora tenemos las redes sociales. ¿Es esta una forma de lograr otra forma de resonancia o conexión con la gente? Cuando interactuamos con las redes sociales, de algún modo buscamos precisamente este tipo de relación. Por ejemplo, tengo un smartphone en el bolsillo y, si vibra, es como si el mundo me estuviera llamando. Algo me habla, algo me convoca. Entonces lo saco y respondo: puedo publicar, dar “me gusta” o comentar. Eso es autoeficacia: reacciono ante ello y, por supuesto, espero que me transforme y que, en ese proceso, esté participando en el mundo.
Pero luego uno se da cuenta de que, cuando todo termina, no estamos llenos de energía. No nos sentimos reconectados. Más bien parece aislarnos del mundo. Eso es lo que mucha gente —incluso los jóvenes— percibe.
De alguna manera, las redes sociales simulan la resonancia: participación, pertenencia, autoeficacia. Pero hay algo que no resulta del todo satisfactorio. Nos sitúan dentro de una lógica de aceleración cuantitativa y de optimización constante. Creo que estamos inmersos en un enorme experimento cultural. Nadie sabe exactamente cuál será el resultado. Pero, según la experiencia humana, parece que no es la verdadera resonancia lo que estamos encontrando allí.

P: En entrevistas anteriores has dicho que podemos lograr la resonancia al involucrarnos realmente en cosas que nos conmueven a algún nivel. ¿Qué ejemplos hay de esto?
HR:
Un ejemplo claro es el diálogo. Cuando hablamos con alguien, pueden pasar dos cosas: a veces no estamos realmente interesados en lo que se dice, o sentimos que no entendemos al otro y la conversación no fluye. Pero otras veces ocurre algo distinto: se puede ver que los ojos se iluminan; incluso el cuerpo cambia, porque la conversación se vuelve realmente significativa. Eso es resonancia.
La música es otro ejemplo muy poderoso. Puede conmovernos profundamente, incluso hasta las lágrimas. Cuando escuchamos música, no es una experiencia pasiva: todo nuestro ser se abre, se proyecta hacia lo que escuchamos, se conecta. En cambio, en estados como la depresión, puede ocurrir que la música ya no nos toque, o que no podamos responder a ella.
El trabajo también puede ser una fuente de resonancia. Cuando nos involucramos en una actividad, experimentamos sentido y autoeficacia: transformamos algo en el mundo, y ese proceso también nos transforma a nosotros. Esto ya lo había señalado Karl Marx.
La filosofía también puede ser una forma de resonancia. A veces una idea nos sacude, incluso puede desestabilizarnos. Recuerdo haber leído un texto de Michel Foucault y sentir que perdía el suelo, como si se desarmara mi identidad. Pero, al mismo tiempo, esa idea me interpelaba, me obligaba a pensar, a trabajar con ella. Esa es otra forma de resonancia.

P: Hablando de filosofía, en una charla que diste en la UNESCO con motivo del Día Mundial de la Filosofía, introdujiste este concepto de energía social. ¿Puedes hablar de ello y explicar cómo se relaciona con tus otras ideas sobre la resonancia?
HR: 
La verdad es que me sentí un poco empujado hacia el concepto de “energía social” por mis dos libros que había escrito anteriormente, porque me di cuenta de esta lógica de la energía social. Nuestra sociedad está impulsada por energías físicas —energías fósiles, nucleares y demás—, es decir, lo que obtenemos de la naturaleza. Pero también requiere energía psíquica, porque las máquinas y las instituciones no aceleran, innovan ni crecen por sí solas. Somos nosotros, los seres humanos, quienes tenemos que idear, quienes tenemos que acelerar año tras año.
Tenemos que correr cada vez más rápido —tú y yo también—, y eso no es correr físicamente, claro, sino que requiere una especie de energía psíquica. Y me di cuenta de que no tenía un buen concepto de esa energía psíquica.
Incluso pensaba que los psicólogos debían tenerlo, pero después de Freud y su idea de la libido —de la que ya casi nadie habla—, en realidad no contamos con un concepto sólido.
Entonces comprendí que la energía que necesitamos, y la que parece que nos falta, no es solo individual. Es un error pensar la energía como algo que “yo tengo”. A veces hablamos así —“tengo energía”—, pero en realidad no se trata solo de mi energía que te transmito a ti o viceversa.
Todos conocemos esa experiencia: después de un día largo de trabajo, llegás a casa, prendés la televisión y sentís que estás tan cansado que apenas podés moverte. Pero luego unos amigos te invitan a salir —a tomar algo o a jugar al fútbol—, y aceptás. Y cuando volvés, tenés más energía que antes. Entonces es evidente que no se trata simplemente de invertir energía y recuperarla después.
Lo mismo ocurre con los movimientos sociales y con las sociedades. Mi impresión es que nos estamos quedando sin energía, tanto a nivel individual como colectivo. Si miramos el mundo, vemos problemas ambientales, guerras, el regreso de epidemias, desigualdades enormes… y, sin embargo, parecemos incapaces de actuar. A pesar de ser sociedades exitosas, nos falta la energía para cambiar realmente las cosas. Simplemente seguimos en la misma trayectoria.
A nivel individual, además, aumentan constantemente las tasas de agotamiento. Y la pregunta clave para mí es: ¿qué es lo que falta cuando alguien está agotado? Porque puede tener suficiente energía corporal, suficientes calorías, pero aun así no puede ni subir una escalera.
Por eso creo que necesitamos replantear el concepto de energía. No como algo que yo tengo o que vos tenés y que invertimos. Hasta ahora pensamos en un modelo de entrada-salida: pongo energía y obtengo un resultado. Pero la energía social es algo distinto: es algo que circula. Participamos en ella. Se crea en la interacción.
Y no tenemos un concepto adecuado de esto ni en la sociología moderna ni en la filosofía occidental.

P: Entonces, ¿otras culturas han abordado esto de manera diferente?
HR:
 Sí, absolutamente. De hecho, esa es mi esperanza: poder “globalizar” la filosofía social en este sentido. Porque en Occidente tenemos conceptos de energía física —en la física y la química—, y quizás alguna idea vaga de energía psíquica, pero es muy inestable o cae en lo esotérico.
En cambio, cuando miramos otras tradiciones, encontramos conceptos mucho más ricos. Podemos empezar por los griegos, pero también mirar hacia la filosofía china con el dao o el chi, o hacia la India con ideas como el prana o la kundalini. Incluso en filosofías africanas se habla de energías vitales que atraviesan no solo a los seres vivos, sino también a la naturaleza en su conjunto.
Estas visiones entienden la energía como algo que fluye, como una forma de conexión, y eso nos permite ir más allá de nuestras categorías occidentales de sujeto-objeto, activo-pasivo, entrada-salida. A esto lo llamo “pasividad medial”: ser activo y pasivo al mismo tiempo, dar y recibir como un solo movimiento.

Este tipo de pensamiento no lo encontramos fácilmente en la tradición europea; hay que buscarlo también en formas indígenas o tradicionales, incluidas muchas en América Latina.
Por eso creo que necesitamos volver —o más bien ir más allá— del orden capitalista moderno. La ciencia y la economía modernas han sido exitosas, sin duda, pero hoy hemos llegado a un límite: ecológico, político y cultural. Y eso hace evidente que necesitamos otra forma de relación con el mundo.


Fuente: UNESCO Talks - 23 de abril de 2025 - Publicado en: https://www.climaterra.org/post/explorando-la-resonancia-y-la-aceleración-con-hartmunt-rosa

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