“Nos pasó el fuego”: un relato del incendio forestal en Chile

Un relato íntimo de quien enfrentó el más reciente incendio forestal que devastó la región centro-sur de Chile, que no pierde de vista la verdadera causa de esta tragedia: un modelo fomentado por el Estado donde la rentabilidad de las empresas de pino y eucalipto se sostiene sobre el riesgo vital de las comunidades.

Boletín WRM 278  Abril 2026

El relato que sigue nos permite sentir de cerca el drama de quienes viven rodeados de monocultivos de árboles cuando ven el fuego “pasando de pino en pino como verdaderos fósforos o cerillas gigantes” acercarse a sus casas. Quien escribe es Verónica González Correa, activista chilena que vive en la comuna de Florida, en la región del Bio Bío, ubicada en el centro-sur de Chile con antecedentes históricos de incendios forestales. Directora del documental “Llamas del Despojo: Incendios del Negocio Forestal”, (1) la comunidad en donde vive ha sido víctima recientemente de los incendios forestales. Como muchos en la región, aún no tiene dimensión exacta de las cicatrices que el incendio dejó en el territorio donde habita y en ella misma. Pero sabe y explica que estos incendios no son una fatalidad.
Los cerca de 3 millones de hectáreas de monocultivo de árboles en Chile son una tragedia anunciada: pinos y eucaliptus son el combustible de los incendios que se repiten periódicamente, devastando extensas áreas y dejando muertos y heridos. Este escenario inflamable viene siendo levantado de forma violenta desde la dictadura de Pinochet (1973-1990). Desde entonces, con apoyo y financiamiento del estado chileno, empresas del sector expropiaron vastos territorios y expulsaron a Pueblos Indígenas y campesinos para implantar sus monocultivos de árboles. La mayor parte de estos monocultivos está en manos de dos empresas: Forestal Mininco, del grupo Matte, y Arauco, del grupo Angelini. (2)
Fue así, por ejemplo, que el Pueblo Mapuche de la región vio su territorio ser destruido y sus comunidades violentamente expulsadas para dar espacio a los monocultivos de Arauco, hoy una de las mayores empresas de celulosa del mundo. Actualmente, los Mapuche luchan para recuperar parte de ese territorio ancestral que les fue arrebatado para preservar lo poco que quedó de bosques intocados y cultivar parcelas para subsistencia. (3)
Como Verónica deja claro en su relato, precisamente las pequeñas áreas de agricultura familiar, que resisten como islas en medio del desierto verde de eucaliptos y pinos, son los verdaderos cortafuegos. Y, de no haber sido por ser vecina de una de esas áreas, por la organización comunitaria para enfrentar los incendios y por haber tejido una red de apoyo solidaria y rápida, probablemente el desenlace de su historia habría sido otro. Quédense ahora con el relato.
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Por la tarde del sábado 17 de enero del 2026 comenzó el incendio forestal en el Fundo San Lorenzo, comuna de Florida, región del Biobío, zona centro sur de Chile. Ese día despertamos sabiendo de la devastadora noticia de la muerte de 21 personas fruto de otro incendio forestal, el de Trinitarias, el más grande de lo que llevamos en esta temporada. Este último afectó sectores urbanos y periurbanos de Penco, Lirquén y Punta de Parra, comunas vecinas o muy cercanas a la nuestra. Se quemaron 14.187 hectáreas, hubo 800 viviendas destruidas, 20.000 personas damnificadas. El nuestro, ahora, era otro incendio forestal que se veía desde casa.
El domingo vimos avanzar el fuego hacia el norte y lo vimos pasar de forma paralela a nuestra casa que estaba al noreste del inicio del incendio, además, del otro lado de la carretera y para nuestra ‘suerte’ el viento iba de sur a norte. El año pasado ya hubo un incendio ahí así que creíamos inocentemente que había poca biomasa disponible. Esta vez vimos el combate aéreo, sentimos el aumento de calor y escuchamos el crepitar del fuego y nos llenamos de humo.  Pero el fuego estaba allá, del otro lado de la carretera. De todas formas, coordinamos un sistema de turno-vigilancia nocturna con el vecindario.
Ese día, al igual que muchos anteriores, sonó el Sistema de Alerta de Emergencia desde el celular, que es una intervención violenta en el espacio psíquico. No es un ‘ringtone’ común; es un sonido estridente, monótono y penetrante que ignora si tu teléfono está en silencio o vibración. Es un pitido que acelera el pulso instantáneamente. Sin embargo, su uso indiscriminado — estuvo sonando incansablemente durante días por incendios en otras regiones — termina provocando un pánico paralizante y un agotamiento profundo antes de que el fuego siquiera llegue a la puerta.
Llevamos viviendo en la zona rural de Florida poco tiempo, pero sobran los relatos y advertencias de personas que habían tenido que defender sus casas o la habían perdido producto de los incendios forestales, el del 2017, del 2023, etc. Todos nos advertían de lo incendiable que es este territorio, el cual tiene el 60 por ciento plantado con monocultivo de árboles, veranos muy calurosos y sin precipitaciones. Habitamos la Cordillera de la Costa, por tanto, hay muchas pendientes y quebradas. Tomando todos los resguardos y sabiendo escuchar a los que anteceden, logramos hacer una casa de barro, tenemos con gravilla o piedras pequeñas trituradas y sin árboles un perímetro 20 metros alrededor de nuestra casa, mucha agua disponible y aparatos para mojarla y dar la defensa. Logramos priorizar material y económicamente la protección de nuestra casa. También contamos con familiares y amistades que correrían a ayudar.

Protección para cortar el fuego alrededor de la casa (Foto: Verónica González Correa)

El lunes 19 el fuego se devolvió de norte a sur, pero por el este, por tanto, literalmente el fuego venía hacia nuestra casa. El acceso al predio es por el norte, establecimos un punto límite donde si llegaba el fuego había que salir o al menos sacar el auto con las cosas, nada de mucho valor salvo los equipos de trabajo, documentos y pocas cosas que una ama y cuida como las semillas de la huerta. Vi acercarse tanto el fuego que sentí pavor, la adrenalina y el estrés recorrían todo mi cuerpo, las piernas tiritaban y no podía más con la angustia. Escuché y vi el rugir del fuego, el calor y el viento que trae. Tuvimos que resolver que algunos se quedarán esperando el momento para mojar la casa, no puede ser muy tempranamente porque se seca al instante con el altísimo calor. Salí a la carretera con las cosas y me encontré con algunas familias con sus autos cargados con sus cosas y sus animales, dándonos ánimo mutuamente. Vi bomberos, brigadistas con herramientas y personas con estanques de agua en sus camionetas muy dispuestos a ayudar. También vimos comenzar el combate aéreo y llegar más y más bomberos, lo que sorprende porque solo en la región del Biobío había 12 focos en combate de manera simultánea. Ese día nos salvamos, como dijimos con las vecinas: tuvimos el lujo de dormir en nuestras casas.
El día martes 20 de enero los pronósticos eran desalentadores, por la tarde habría mucho viento desde el oeste al este, era claro que no libraríamos. A eso de las 5 de la tarde vimos el fuego pasar de la carretera hacia nosotros, para nuestra verdadera ‘suerte’ el vecino que nos separa de la carretera es agricultor, tiene despejado su predio solo para cultivo, no tiene pinos ni eucaliptus. El vecino de al lado de él sí tiene pinos y eucaliptus a orilla de camino, por tanto, él fue la puerta de entrada del fuego. 
Entre el vecino con pinos y nuestro predio existe un límite natural que en esta zona le llaman cárcava, una zanja o socavón profundo de 3 metros promedio, que se forma en el terreno debido a la erosión hídrica (el golpe del agua). Dicen que es fruto de la sobreexplotación del trigo del pasado y actualmente de la tala rasa de monocultivo de árboles. La cárcava estaba invadida por pinos gigantes con una alfombra de acumulación histórica de acículas, que son las hojas perennes del pino que tienen forma de aguja y que, al caer, tardan mucho tiempo en degradarse debido a su alto contenido de resinas y ceras, lo que impide que crezca cualquier otra vegetación, dejando el suelo listo para arder. El paso del fuego por la cárcava crea lo que en incendios forestales se llama un 'corredor de propagación vertical', ya que, al ser una depresión profunda en el terreno, la cárcava funciona como una chimenea natural. El aire caliente sube por ahí con más fuerza, y las paredes de la cárcava concentran el calor, haciendo que el fuego avance a una velocidad explosiva, ‘succionado’ hacia arriba. O sea, el fuego entró midiendo al menos 30 metros de altura. Pasando de pino en pino como verdaderos fósforos o cerillas gigantes, una gran ola de fuego que avanzaba a mucha velocidad directa a nuestro predio. Es una escena dantesca. El fuego pasó explotando de pino en pino, pero justo frente a nuestra casa había árboles nativos que no se quemaron, sólo sufrieron los que estaban más cerca de los pinos.
Menos mal que con el fuego llegaron los brigadistas. Nos dijeron: “hay que dejarlo pasar, su casa no corre peligro, está aislada y mojada”. Nuestra bodega, los frutales y la huerta no corrían peligro. Logramos coordinar por medio de radios que estuvieran los vecinos bien y con asistencia de brigadistas. Volvieron a llegar los familiares y amigos a controlar todo posible foco. Esa noche nos dormimos apagando focos y pequeños fuegos, pero nuestra casa estaba ahí, donde la habíamos construido. 
Luego del paso del fuego estuvimos 22 días apagando focos, con varios episodios de activaciones importantes que se lograron controlar. El saldo del incendio en Fundo San Lorenzo fue de 4.300 hectáreas quemadas, 30 casas destruidas y quizás cuantos agricultores perdieron sus cultivos por el paso del fuego o por la imposibilidad de regar. A nadie de nuestro sector se le quemó la casa, yo creo porque tenemos las casas más o menos cerca, el monocultivo forestal nos rodea pero no está entre nuestros predios. Pero de lo que estoy segura es de que nadie está del todo bien. Tanto mi familia, como nuestros animales y la naturaleza en general quedamos afectados, cambiaron los colores de nuestro entorno, del verde diverso quedamos con una capa de sepia oscuro, quemado. Emocionalmente quedamos desolados y no creo que exista ser humano que pueda soportar esto todos los veranos.
Pasada la emergencia es urgente identificar las causas y a los responsables de haber puesto el material combustible ahí y de autorizado o financiado que eso se hiciera así. Porque vivir rodeada de 3 millones de hectáreas de pino y eucaliptus crean las condiciones para que el fuego se expanda como lo vimos pasar y arrasar. Que eso haya ocurrido es responsabilidad en primer lugar del estado chileno, que ha fomentado y financiado el modelo forestal y de dos familias que se han beneficiado ampliamente: la familia Angelini — con 1,1 millones de hectáreas de plantaciones de pinos y eucaliptus y el 50 por ciento de la capacidad de producción de celulosa del país — y la familia Matte — con 700 mil hectáreas de plantaciones de monocultivos.
No es falta de brigadistas (vimos llegar a cientos, incluso desde México), no es solo el cambio climático, porque este territorio siempre ha sido caluroso de verano; es el exceso de combustible. El modelo forestal ha creado un paisaje donde la rentabilidad de las empresas se sostiene sobre el riesgo vital de las comunidades. Cuando el fuego entró a nuestro terreno con llamas de 30 metros, no era ‘la naturaleza’ la que atacaba, sino el resultado de décadas de abandono de residuos, falta de cortafuegos reales y la evasión de responsabilidad empresarial y estatal.
Nos enteramos de la Declaración de las Organizaciones del Biobío la cual es tajante: "la vida, el agua y los territorios están siendo devastados". (4) Con mucha fuerza nos sumamos a la exigencia de los 15 puntos descritos en la Declaración y ponemos atención en la denuncia de que “el gobierno ha insistido en favorecer al modelo forestal, un ejemplo de ello es el Plan de Fortalecimiento Industrial del Biobío de 2024, que se materializa en una estrategia de 32 medidas para ‘acelerar’ inversiones de y para proyectos públicos y privados para que sean ‘materializados con la mayor celeridad posible’. Esto incluye una ‘estrategia para aumentar las plantaciones forestales en el territorio’. O sea, el estado sigue profundizando el extractivismo depredador sin considerar la vida en los territorios”.
Mi experiencia con el vecino agricultor versus el vecino con pinos demuestra que la pequeña agricultura campesina es un cortafuego real. Sin embargo, el modelo presiona para que el campo se vacíe y solo queden árboles de exportación. Muchas personas de mi sector ahora padecen vivir aquí, estar todos los veranos con la amenaza real arrebata ese anhelo de habitar el campo tranquilo.
La Fundación Keule (5) denuncia de forma certera y clara sobre el negocio forestal: “Si una actividad existe para generar utilidades, también debe asumir íntegramente los costos y riesgos que genera. (…) Desde el punto de vista legal, el principio de responsabilidad establece que quien desarrolla una actividad riesgosa debe responder por los daños que esta cause. El principio de prevención obliga a anticipar y mitigar riesgos previsibles, no a reaccionar una vez ocurrido el daño. El principio de ‘quien contamina paga’ impide traspasar a la sociedad los costos de una actividad privada. Si ocurre un daño, la responsabilidad recae en quien diseñó, gestionó y obtuvo beneficios del sistema productivo”. Bajo esta lógica, la responsabilidad de que el fuego entrara por aquella cárcava invadida de pinos no es del viento, ni de la mala suerte, ni de mi vecino, sino de quienes diseñaron ese paisaje para la rentabilidad y no para la vida. Exigir que asuman sus costos no es solo un reclamo económico; es el derecho básico de no vivir con el miedo atragantado cada vez que hace mucho calor.
Pasados 22 días, seguíamos apagando focos. Pero ¿quién apaga el miedo? El artículo nombrado “El duelo invisible tras el fuego: salud mental en medio de la crisis de los incendios en Chile”, habla sobre eso. (6) Es ese agotamiento de no poder dormir, de mirar el viento con sospecha, de saber que tu refugio — tu casa, tus frutales — pende de un hilo cada verano. Este trauma no es individual, es un daño socioterroritorial. Se nos ha impuesto vivir en un corredor de incendios. El duelo no es solo por las casas quemadas o personas fallecidas en Lirquén y Penco, no es solo por solastalgia (el dolor crónico provocado por la destrucción del paisaje familiar y cotidiano) sino por la pérdida de la biodiversidad, del agua que ya no corre por los esteros y de la paz mental que el extractivismo nos arrebató.
Tras el paso del fuego, el camino sigue siendo la organización comunitaria y la acción sobre el paisaje. No esperaremos soluciones de quienes diseñaron el desastre; hoy avanzamos en la gestión de nuestros predios mediante herramientas como el pastoreo estratégico con cabras, (7) implementando más obras de conservación de aguas y suelos, transformando la biomasa en vida en lugar de combustible. Ya no hace falta convencer al vecino sobre el peligro de sus plantaciones; la evidencia quedó grabada en la tierra. Para él, y para todos y todas, ha quedado claro que vivimos sobre una trampa de pólvora que solo necesitaba una chispa para estallar. Nuestra respuesta es y será la reconstrucción comunitaria de un territorio habitable.

Verónica González Correa es chilena, hace 15 años participa en diversos proyectos socioambientales, ha trabajado estrechamente con comunidades locales y pueblos originarios en la defensa de los territorios y ecosistemas. Es directora del documental “Llamas del despojo”, entre otros.
Referencias:
    (1) Resumen TV, 2022. Llamas del Despojo: Incendios del Negocio Forestal
    (2) WRM, 2018. Chile: mega incendios forestales, crímenes empresariales e impunidad
    (3) WRM, 2023. Chile: La resistencia al modelo forestal en el Wallmapu, territorio Mapuche
    (4) Organizaciones del Biobío, 2026. La vida, el agua y los territorios están siendo devastados
    (5) La Fundación Keule es una organización que trabaja en la zona centro-sur de Chile, dedicada a la protección del ecosistema y de especies en peligro, como el árbol Queule (Gomortega keule), que es un Monumento Natural.
    (6) Periódico Resumen, 2026. El duelo invisible tras el fuego: salud mental en medio de la crisis de los incendios en Chile
    (7) Buena Cabra. Prevención ecológica de incendios forestales
Fuente: https://www.wrm.org.uy/es/articulos-del-boletin/nos-paso-el-fuego-un-relato-del-incendio-forestal-en-chile - Imagen de portada:

Incendio forestal en Chile en 2026 (Foto: Bastian Gygli Urrutia)

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