‘El amigo silencioso’: sensibilidad a flor de árbol
La directora Ildikó Enyedi utiliza un majestuoso ejemplar de ginkgo biloba para establecer un puente fraternal entre el ser humano y el mundo vegetal. Sus tres historias se mezclan para hacer una impugnación del antropocentrismo y un canto a la identificación con otras especies: Hay muchas películas en las que un objeto se convierte en el hilo conductor de la historia. Ocurre, por ejemplo, con el rifle que va pasando de mano en mano en Winchester 73 (1950), una idea que luego tomó prestada Alejandro González Iñárritu para Babel (2006). También sucede con el misterioso maletín de Pulp Fiction (1994). Uno podría pensar que el árbol que preside la historia de El amigo silencioso cumple la misma función narrativa, pero sería un error mayúsculo.
Manuel Ligero
En la película de Ildikó Enyedi, el majestuoso ginkgo plantado delante de una universidad alemana es testigo de las historias de sus tres protagonistas a lo largo de casi 200 años, desde su siembra en un jardín botánico en 1834 hasta la pandemia de la COVID-19. Pero no es un simple objeto que conecta diferentes relatos, sino todo lo contrario: es un ser vivo, una especie que siente, oye y reacciona a los fenómenos que ocurren a su alrededor. Incluso ve, como demuestra su voluntad de perseguir la luz. Y se reproduce, con órganos no muy diferentes de los de la fauna. Pero, claro, no es persona ni animal, por lo que podríamos pensar que es un ser pasivo y, por tanto, arrebatarle su importancia como personaje. Y esa es precisamente la esencia de esta bella película, la exhibición de la naturaleza como elemento sensible y reactivo. Como ser, no como cosa.
Este ginkgo forma parte de las vidas de Grete (Luna Wedler), que lucha por hacerse un hueco en una universidad repleta de hombres a principios del siglo XX; de Hannes (Enzo Brumm), joven granjero que llega a esa institución en 1972, cuando el movimiento estudiantil está en plena ebullición, y allí conoce el primer amor; y del profesor Wong (Tony Leung), neurólogo al que el coronavirus sorprende en esa misma universidad y lo aísla en ese lugar durante meses. Todos ellos sufrirán cambios a la sombra de este árbol.
La elección de esta especie, de origen chino, no parece casual. Todas las filosofías orientales niegan que el ser humano sea una entidad separada de su entorno. Somos una parte más de un todo, no un ente superior. Participamos de un ciclo y estamos sujetos a las leyes naturales. Nuestra labor (casi desde un punto de vista religioso) es respetar el equilibrio entre todas estas partes durante un tiempo infinito y circular (no lineal, como impone el pensamiento occidental). Es muy fácil burlarse de esta visión tachándola de charlatanería new age, pero lo cierto es que basta con mirar el arbolito de la esquina de nuestra calle para entender los ciclos de la naturaleza. En sentido estricto, se trata de ciencia. Y más allá de eso, se trata de sensibilidad.
A este respecto, tampoco parece casual la elección de Tony Leung, viva imagen de la sensibilidad en las mejores películas de Wong Kar Wai (Deseando amar, Happy Together, 2046…). En El amigo silencioso interpreta a un neurocientífico que estudia las reacciones del cerebro humano, pero al quedar confinado en esa universidad (con la única compañía de un hosco técnico de mantenimiento) empieza a interesarse por las reacciones del ginkgo. ¿Y si pudiera mapearlo tal y como hace con los cerebros? ¿Y si pudiera leer en un gráfico lo que está sintiendo esa especie aparentemente tan alejada de nosotros? Es más, ¿y si pudiera establecer algún tipo de diálogo con él?
En estas mismas páginas, el naturalista Joaquín Araújo nos explicaba que es muy fácil tender un puente emocional con especies más parecidas a nosotros, como un simio o un perro. «Pero me parece aún más importante contemplar las cosas en su totalidad. Eso cuesta muchísimo más –nos contaba–. Hacerse amigo de las jaras o de los cantuesos o de la misma hierba del prado que alimenta a las cabras y que permite hacer el queso exige otro grado de profundización». Eso es lo que el personaje de Tony Leung intenta hacer en El amigo silencioso, que en definitiva es una impugnación del antropocentrismo y una película sobre el lenguaje y la comunicación.
Luna Wedler encarna la lucha de una mujer por comunicarse en condiciones de igualdad en un entorno masculinizado. Ante las muchas barreras que encuentra a su paso, halla en la fotografía un medio de expresión. Comienza a tomar fotos de vegetales (una flor, una lechuga, una cebolla) que, bajo su mirada, pierden su condición prosaica y se convierten en sugerentes obras de arte (a la manera en la que, décadas después, lo haría Robert Mapplethorpe en su célebre Y Portfolio). Enzo Brumm, por su parte, personifica las dificultades que encuentran dos seres humanos (él y la luminosa Marlene Burow) para decodificarse, para coincidir en la misma longitud de onda y hablar el mismo lenguaje del amor.
Todas estas historias se cruzan y se mezclan con singular habilidad en un filme presidido, como es lógico, por la parsimonia. En Estados Unidos hay un chiste recurrente que dice que ver una película europea es «como ver crecer la hierba». Pues bien, la directora húngara Ildikó Enyedi parece aceptar el reto de borrar esa palurda opinión mediante un espectáculo sensorial hipnótico.
Buena parte de su éxito radica en la extraordinaria fotografía de Gergely Pálos, que rueda cada época (blanco y negro en 35 mm para principios de siglo, color en 16 mm para los años setenta y digital para la actualidad) con una maestría deslumbrante.
Como cuenta la propia directora, «es difícil filmar un árbol de una manera sensual y sensible. No tiene rostro». Pero lo consiguen. Trasladan al público la dinámica quietud de la naturaleza. Logran que dos especies tan alejadas como los seres humanos y los árboles conecten emocionalmente. Los sitúan en el mismo plano de importancia. No en vano, Enyedi incluye en los títulos de crédito, como si fueran parte del elenco, a todas las especies vegetales que aparecen en su filme. La identificación, por tanto, es total.
A los melómanos empedernidos El amigo silencioso les recordará, conceptualmente, a un disco hermoso y rarísimo de Stevie Wonder titulado The Secret Life of Plants, en el que se decían cosas como…
El pensamiento más extraño me vino esta mañana.
Mientras me despierto para saludar el próximo amanecer
el sol apenas asomaba por el jardín.
Sentía que yo era uno con todo.
Entonces deseé poder volver como una flor.
— «Come Back As A Flower», 1979
Fuente: https://climatica.coop/el-amigo-silencioso-critica/ - Imagen de portada: Tony Leung Chiu-wai en una escena de ‘El amigo silencioso’. Foto: LENKE SZILAGYI / FILMIN.


