La desaparición de los saberes tradicionales tras la contaminación del plástico en África

El plástico no existía hace un siglo. Gran parte de África vivía sin él hace apenas sesenta años: la comida se transportaba en hojas, el agua se bebía en calabazas o en canaris (1) de arcilla, los platos se modelaban a mano en barro cocido. Este mundo no es una leyenda, vive todavía en la memoria de personas que caminan hoy por nuestras calles. Y, sin embargo, las generaciones que nacieron después solo han conocido un África, aquella en la que el plástico está por todas partes, en los platos, en el agua, en el aire que se respira cuando se queman las basuras al no haber otra solución. En el lapso de una vida humana todo un continente ha cambiado de materia. Es una pérdida de identidad que rara vez se tiene en valor de calificar de tal.

Por Luc Anato

Veamos la arcilla. Modelar un canari o un plato de barro cocido es un saber que en muchas regiones africanas se transmitía estrictamente de madre a hija, por medio de la práctica y a lo largo de los años. A pesar de que la alfarería del pueblo de Kalabougou en Malí está clasificada como patrimonio cultural nacional, hoy está amenaza debido a la falta de interés de las jóvenes generaciones por este trabajo. Un estudio que se ha llevado a cabo en Costa de Marfil sobre las últimas alfareras del país gwa mostró que todas ellas pertenecen a la misma generación, que pronto serán septuagenarias, a menudo enfermas y sin que se aprecie relevo alguno. La situación es tan preocupante en Botsuana que la UNESCO ha inscrito el arte de la alfarería tradicional del distrito de Kgatleng en la lista de patrimonio cultural inmaterial que requiere ser salvaguardado con urgencia debido a la cantidad cada vez menor de maestras alfareras y a la competencia de los recipientes producidos en serie. En muchos países se pueden contar con los dedos de una mano las personas que todavía saben transformar el barro en un objeto acabado.
La calabaza conoce la misma suerte, como indican varios testimonios recogidos en la prensa. Las vendedoras del mercado de Katako, en Niamey, explican que su uso disminuye cada año en las ciudades al ser sustituidas por utensilios de plástico. Una comerciante de Conacry recuerda que antaño este recipiente acompañaba a las gachas de los abuelos, al lavado ritual del arroz, a los ritos funerarios… Esta mujer habla de ello ya en pasado. Las hojas de teca y de plátano, que tradicionalmente servían para envolver los alimentos, un saber que el 98 % de las productoras del sur del país todavía dominaban hace una década, son cada vez más escasas en Benín a medida que las plataneras dan paso a las inundaciones y los bosques de teca, a las plantaciones de palma de aceite.
Estas tres historias no son casos aislados, esbozan un solo y mismo movimiento, el de un continente que en una o dos generaciones pierde unos saberes materiales que se habían tardado siglos en adquirir.
Se suele atribuir este cambio al coste, una explicación muy incompleta. Un plato de barro hecho a mano cuesta hoy en día más caro que uno de plástico fabricado en serie. Un utensilio de cocina de aluminio o de hierro también cuesta más que su equivalente de plástico. E incluso en los casos en los que el precio es idéntico, se sigue imponiendo el plástico, porque se ha impuesto como la norma de lo práctico, de lo moderno y ligero, sin que esa valoración se haya comprobado nunca realmente.
Esta asimetría no tiene nada de natural. Un objeto de barro requiere una materia prima de calidad, una habilidad rara que se ha vuelto difícil de remunerar, unas horas de modelado y de cocción. Un objeto de plástico sale en unos segundos de un molde industrial a partir de una materia prima petroquímica producida a una escala con la que el artesano nunca podrá competir. Por lo tanto, el mercado no compara dos objetos equivalentes, compara el trabajo de una alfarera con la cadencia de una fábrica. La tradición no ha perdido una batalla de precios equitativa, sino que se ha enfrentado a una economía industria contra la que ningún artesano podía resistir estructuralmente.
La crisis sistémica del plástico en África ya no es solo una cuestión medioambiental, también se ha convertido en un problema de salud pública. Al no haber una red organizada de recogida de residuos de plástico, gran parte de estos se queman al aire libre en el continente, muy cerca de donde vive la población, y libera compuestos tóxicos que inhalan directamente las personas más expuestas, que a menudo son las mujeres y los niños que están cerca de los focos de combustión domésticos. Los microplásticos, por su parte, no se quedan fuera de los cuerpos: hoy se les encuentra en el agua, en el pescado e incluso en la alimentación cotidiana más normal. Algunos envases alimentarios de plástico, sobre todo cuando se calientan o se reutilizan, liberan unas sustancias que actualmente se ha demostrado que son disruptores endocrinos, que tienen unas consecuencias para la salud que la investigación científica apenas está empezando a tomarse en serio, incluidos problemas tan graves como ciertos tipos de cáncer dependientes de las hormonas.
Vale la pena comparar este cambio sanitario con lo que se ha perdido. Las hojas, el barro y la calabaza no eran solo objetos biodegradables, sino que no exponían los cuerpos a esas sustancias, porque se habían utilizado durante generaciones sin que nunca hubieran supuesto ese tipo de riesgo. Al abandonar estas materias África no solo ha perdido gestos y saberes, también ha perdido, sin ser consciente en ese momento, unos materiales que protegían la salud de quienes los utilizaban.
Lo que sorprende de los testimonios de las últimas alfareras o vendedoras de calabazas no es la nostalgia, sino la soledad. Una alfarera de Costa de Marfil cuenta que aprendió el oficio de su madre, a lo largo de una decena de años gracias a una transmisión paciente y exigente. Hoy constata que las chicas jóvenes de su pueblo no tienen interés en ello, una falta de interés que no es espontánea, sino el resultado de un mundo en el que este saber ya no es viable económicamente, en el que la escuela y el mercado del trabajo orientan hacia otra parte; un mundo en el que un objeto hecho a mano ya no encuentra quien lo compre frente a uno procedente de una fábrica situada a miles de kilómetros.
Ahí es donde radica la verdadera pérdida. En teoría el objeto en sí mismo sería sustituible. Lo que se rompe es la cadena de transmisión que lo sustentaba y que, una vez rota, no se reconstruye en una generación. Lo que ya no transmite la escuela, el mercado nunca lo sustituye realmente: ofrece otra cosa, producida en otro lugar, sin vínculo alguno con la tierra, el clima o la historia del lugar donde se utiliza.
No es cuestión de pedir volver atrás ni de convertir al plástico en un enemigo absoluto cuando también presta un verdadero servicio, sobre todo para la conservación y la seguridad alimentaria en situaciones en las que es precario el acceso a los productos. Se trata de reconocer algo muy sencillo y que, sin embargo, pocas veces se menciona abiertamente: lo que llamamos crisis del plástico en África es en primer lugar una crisis de lo que hemos dejado desaparecer sin decidirlo verdaderamente y sin valorar, en ese momento, todo lo que desaparecía al mismo tiempo. Nuestros objetos, nuestros gestos, nuestra salud y una parte de lo que hacía a nuestras sociedades capaces de fabricar con sus propias manos y su propia tierra todo lo que necesitaban.

Luc Anato, es cofundador de VEDI Action (Benín) y miembro de la Coalition internationale Francophonie Zéro Plastique.
Nota de la traductora:
(1) Un canari es un gran recipiente de barro cocida que en África Occidental y Central sirve sobre todo para almacenar y mantener fresca el agua potable.
Texto original: https://afriquexxi.info/Parti-pris-Derriere-la-pollution-plastique-la-disparition-des-savoir-faire
Fuentes: Rebelión [Foto: «Women in Conversation», obra realizada en 1994 por el artista sudafricano Mbongeni Buthelezi a partir de restos de plástico] - Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos - Imagen de portada: Transporte de canaris en Chad

Entradas populares de este blog

La caza furtiva acaba con la mayoría de elefantes en una reserva clave de África

Chile: Organizaciones denuncian nueva resolución del SAG sobre comercialización de semillas

La "legión" acapara tierras en la Patagonia: hay más de 3,6 millones de hectáreas extranjerizadas