Hay alternativa. Ya estamos en ella





Escrito por Alfonso Basco 

Durante muchos años, gran parte de nosotros hemos creído que no hay alternativa real a los excesos del modo de vida actual. Hemos seguido la inercia, sabiendo que esto no funcionaba y nos traería mayor desigualdad. 
Hace tiempo, dos sentimientos se apoderaron de nuestra sociedad. Un sector de la población comenzó a tener miedo a que cualquier cambio supondría un paso atrás en sus privilegios y comodidades. Otro sector, el más mayoritario, optó por la creencia de que no hay alternativa: no podemos cambiar nuestros hábitos de consumo, nuestro modelo energético, no podemos cambiar a la banca, el comercio internacional, el hambre, las violaciones de Derechos Humanos... Resultaba que no podíamos cambiar nada. Esta idea era muy defendida por la sociedad occidental, que tendía cada vez más al conformismo. Tratando de creer que no existe una alternativa razonable, y que “en el fondo no estamos tan mal”.
Pero algo está cambiando. Comenzamos a tomar conciencia de nuestro poder como consumidores, como creadores de opinión, como ciudadanos activos, como usuarios de nuevas tecnologías, como educadores, como defensores de nuestros derechos y nuestro planeta, como denunciantes de abusos. Sabemos que sí hay alternativas a muchos excesos que hemos normalizado durante décadas. La política, las finanzas, la seguridad, las fuentes de energía, el empleo, la cooperación internacional, la democracia… pueden ser mejoradas y gestionadas de un modo más humano y más justo. Pensando en el interés universal. Estamos cambiando la palabra desesperación por urgencia, la comprensión de lo que ocurre por la acción para evitarlo. Estamos cambiando el mundo, no nos quepa ninguna duda.
Ahora tenemos poder. Siempre lo tuvimos, pero empezamos a ser conscientes. Tenemos alternativas y sabemos que no estamos solos. Estamos venciendo nuestras diferencias en favor del bien común. Queda mucho camino por recorrer, pero el paso es firme y decidido. El presente nos está demostrando que la palabra “imposible” ya no nos asusta. Es más, sabemos que esa palabra es mucho más débil de lo que nos hicieron creer.  La sociedad comienza a comprender que no está para servir a la política, sino al revés. La comunicación empieza a tener su sentido originario gracias a internet: diversidad de enfoques que no están a la orden de nadie. Cada vez tenemos mayor conocimiento sobre qué ocurre en el mundo, y por qué. Términos como “rentabilidad” y “beneficio” ya no son nuestra meta, y comienzan a incluir el bien social y ambiental, más allá de lo económico. No dejamos la solución en manos de los demás ni somos sólo críticos con nuestros dirigentes: también apelamos a nuestra responsabilidad individual, actuando en primera persona y siendo coherentes con nosotros mismos. Estamos dejando de lado la interesada simplificación entre buenos y malos, el estar con un bando y en contra de otro. Estamos entendiendo que somos muchos, muy diversos, y hay espacio para todos. Sabemos que sí se puede. Estamos despertando.
Hay alternativa y estamos en ella. ¿Hacia dónde vamos? Hacia donde nos propongamos. Pero esta vez, vamos todos. 

Alfonso Basco. Director de Cultura de Solidaridad. www.culturadesolidaridad.org

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Escrito por A.F. 
Últimamente, y motivado en parte por las andanzas del movimiento 15-M, la élite política y algunos adjuntos a ella insisten en que “hay que respetar a las instituciones”. Básicamente lo dice quien forma parte de alguna institución o depende directa o indirectamente de ella para mantener su status, o sea, su buena vida. 
Además, cuando alguno toca el tema se le pone la cara muy seria, mezcla de advertencia y amenaza, reflejando así el carácter totalitario que acompaña a toda institución, o sea, o lo que hay o la nada. 
Convenía recordar que una institución cobra vida y sentido gracias a las personas que la componen y le dan forma. Una institución es lo que sus componentes son. Y lo mismo pasa con todo aquello que es creación del hombre, del ser humano. 
Siendo así, cuando una institución deriva en un comportamiento indigno o dañino para los ciudadanos, significa que los que forman parte de ella han olvidado su condición de ciudadanos, han olvidado su compromiso con el pueblo y se han “endiosado”, pasando entonces a ser los “mastines” del rebaño, y no porque cuiden de él, sino porque muerden a quien se sale de los límites por ellos establecidos. 
Cualquier concepto puede ser en sí mismo bueno, pero siempre es susceptible de convertirse en malo según sea el comportamiento o la interpretación del responsable de su aplicación. 
La democracia, por ejemplo, es buena en sí misma, pero los que le dan forma y vida no son demócratas, son parásitos del concepto, de la idea, y la están destruyendo. 
La iglesia, otro ejemplo, es otra institución, pero es la mayor mentira y la mayor hipocresía de la historia de la humanidad, por eso le va como le va. 
Al final, lo auténtico siempre prevalece, y si no la misma Vida lo pone en su sitio. Y lo mismo pasa con las personas, sus ideas y sus actos. 
Respetar a las instituciones es posible siempre que las instituciones respeten a los ciudadanos. Y si una institución existe es porque fue creada por seres humanos, y se supone que fue creada con un fin bueno, positivo. Pero… ¿Son las instituciones una expresión pura, auténtica, de sus principios básicos, del porqué y para qué fueron creadas? Por supuesto que no. Se han corrompido, o mejor dicho, sus valedores se han corrompido. Por eso, si unos corruptos nos piden respeto a las instituciones no podemos concederles ese respeto a menos, que ellos sean los primeros en respetarlas presentando su dimisión y rindiendo cuentas por sus desmanes a espaldas del pueblo y de los principios institucionales. Es sencillo de entender. 
Cualquier otra cosa no tiene nada que ver con el respeto y mucho o todo con la sumisión. Cuando se pide sumisión entonces se está hablando de dictadura, de vetar la libertad de expresión, de fomentar la esclavitud mental, de crear zombis.
Y la democracia ha degenerado en sumisión del pueblo, de los ciudadanos, a todo lo que pertenece a los derechos democráticos del pueblo, pero que son utilizados para beneficiar a los políticos y a las instituciones en contra de los ciudadanos.
Es un manejar hábilmente los conceptos, los valores, para convertirlos en obligaciones, en cadenas, en palabras huecas sin significado real, en mentiras. 
Y todo ello crea “clases”, “niveles”, “dioses”, ciudadanos de primera, de segunda, de tercera, y miseria, mucha miseria física y moral.
Y de todo ello son responsables las instituciones y quienes las conforman.
Si el parlamento es una institución... ¿por qué hay chorizos en él? Si la iglesia es una institución... ¿por qué hay ateos en ella? Si la democracia es una institución... ¿por qué hay fascistas en ella? Podríamos hablar de la Banca, del FMI, de la ONU, etc. Y así podríamos seguir indefinidamente. 
Conclusión. Quien pida o exija respeto que revise primero si está o están respetando al pueblo soberano. Si en cambio, lo que quieren decir es sumisión, pues sencillamente eso se acabó, porque ningún ser humano, por diseño y por principios, está autorizado ni capacitado para pedir sumisión a otro. Léanse la historia y los resultados de esta, y verán que todo lo que sube baja, y quien sube mal baja peor. 
Nadie es más digno ni tiene más derechos que nadie para imponer obligaciones. Y quien más responsabilidad tiene, porque así libremente la asumió, es quien más ejemplo debe de dar. Simplemente con esta premisa, ya es suficiente para vaciar las instituciones de parásitos, de chupópteros y de capullos. 
Respeto para todos, sumisión para nadie.

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