Incendios en la Patagonia: el territorio para quién y para qué
El fuego sigue en la Patagonia y la asistencia de los gobiernos aún es escasa. ¿Por qué se repiten los incendios? ¿Qué hay detrás? Decenas de familias perdieron sus viviendas, miles de hectáreas arrasadas y todos miran al cielo en espera de lluvias. Se arrasaron 200 mil hectáreas en diez años. Una crónica con voces que viven, sienten y piensan el territorio. Y que aportan sus miradas para construir más allá del próximo incendio.
Por Ada Augello
Desde La Comarca Andina, Chubut y Río Negro
No hay una chispa que explique por sí sola los incendios forestales que arrasan la Patagonia y alcanzan a centenares de hogares. Tampoco un culpable único ni una conspiración detrás de cada foco. Para el biólogo e investigador del Conicet Javier Grosfeld lo que arde no es solo el bosque: arde un modelo de ocupación del territorio, décadas de desmanejo forestal y una política pública que llegó tarde a la prevención.
“Las condiciones estructurales para que ese incendio haya empezado ahí y tuviera la virulencia que tuvo estaban dadas desde hace tiempo, más allá de su origen”, advierte Grosfeld. El énfasis no está puesto en cómo comenzó el fuego, sino en por qué pudo propagarse sin control y transformarse en un incendio que llevó a mandatarios del sur a solicitar la emergencia ígnea al Congreso de la Nación.
En ese punto, desde la comunidad mapuche Las Huaytekas, la werken (vocera) Mirta Ñancunao aporta una mirada política y comunitaria: “Los únicos responsables de estos incendios son los gobiernos”, declara y rechaza la campaña oficial que busca culpabilizar a las comunidades mapuche. Para Ñancunao, responsabilizar a los pueblos originarios es una estrategia de criminalización que oculta el desfinanciamiento del Servicio Nacional de Manejo del Fuego y la falta de políticas de prevención.
La werken sostiene que los incendios son utilizados como herramienta de despojo territorial, en un contexto donde las comunidades enfrentan allanamientos y procesos judiciales mientras el fuego avanza sin control.
Grosfeld es doctor en Ciencias Biológicas, ex director regional de la Administración de Parques Nacionales y ex subsecretario de Desarrollo Forestal de Río Negro, donde estuvo a cargo del Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales (SPLIF). Su mirada combina investigación científica, gestión pública y trabajo territorial en los ecosistemas patagónicos.
Explica que los incendios actuales no son eventos excepcionales sino el resultado de un combo cada vez más frecuente: “Las condiciones para que se produzcan en cualquier lugar del paisaje están dadas. Mucha acumulación de vegetación —que es el combustible del fuego—, sequías extensas y un aumento muy marcado de las temperaturas”.
El cambio climático actúa como un factor multiplicador: una vez que aparece una chispa, la ignición puede convertirse rápidamente en un incendio de gran escala que supera las capacidades operativas.
El dato que sintetiza la magnitud del fenómeno es contundente: “La incidencia actual del aumento de la frecuencia de incendios es de casi el 1.700 por ciento”, se precisa en la investigación de de Grosfeld titulada “Hacia una transición estratégica de la gestión de incendios forestales en la Patagonia andina”. Aunque la enorme mayoría de los focos se controla, el problema surge cuando coinciden múltiples incendios en simultáneo, en zonas de difícil acceso. “Ahí es cuando se transforman en grandes incendios forestales que superan las capacidades de respuesta”, resume.
En este momento, el fuego continúa arrasando decenas de hectáreas que, según la Administración de Parques Nacionales en Los Alerces, fue iniciado por la descarga eléctrica de un rayo en el Lago Menéndez el 9 de diciembre del 2025. A la par, el fuego que comenzó a orillas del lago Epuyén en Puerto Patriada, sin origen esclarecido, arde desde el 5 de enero. Dejó más de diez casas afectadas en la localidad de El Hoyo y otras 40 en Epuyén. Entre aquellos dos grandes incendios se encuentra la localidad de Cholila.
En un contexto atravesado por discursos que buscan responsables individuales o intencionalidades ocultas, Grosfeld toma distancia de una de las narrativas más extendidas y, basado en estadísticas del Servicio Nacional de Manejo del Fuego (Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación), afirma: “El 95% de las incidencias humanas tienen que ver con negligencia, accidentes y falta de mantenimiento, y en última instancia con intencionalidad”. Pero aclara que esa intencionalidad rara vez responde a grandes intereses económicos o inmobiliarios, sino más bien a prácticas locales de uso del fuego.
Los sistemas de prevención y combate de incendios sufren un desfinanciamiento profundo y sostenido: se trata de una crisis estructural que dejó sin recursos suficientes a brigadistas, equipos y programas de alerta temprana, lo que explica en gran parte la magnitud de los incendios recientes. Según la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), el desfinanciamiento del Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF) alcanzó un recorte del 81 por ciento del presupuesto, tras la eliminación del Fondo Nacional de Manejo del Fuego mediante decreto en 2025.
Grosfeld señala que la idea de que alguien “gana” con los incendios no se sostiene: “Cuando uno analiza quién se beneficia, la verdad es que hay muchos perdedores, pero nadie que gane”.
La memoria del fuego
Desde 2015 hasta la actualidad, la Comarca Andina —tomando como tal al corredor que se extiende desde Esquel hasta Bariloche— ha visto arder más de 200.000 hectáreas de bosques y pastizales. Los registros del Ministerio de Ambiente de la Nación, Parques Nacionales y de los organismos provinciales de combate en Chubut y Río Negro permiten trazar una línea de tiempo que revela la magnitud del desastre: el incendio de Cholila en 2015, con más de 41.000 hectáreas consumidas; los focos de El Hoyo y Lago Puelo en 2021, que arrasaron unas 15.000 hectáreas; y la seguidilla de siniestros entre 2023 y 2025, que suman más de 120.000 hectáreas.
En el Parque Nacional Los Alerces el incendio iniciado en diciembre ya consumió 15.000 hectáreas de bosque nativo y mantiene en alerta a brigadistas y comunidades. En Epuyén el fuego dejó más de un centenar de viviendas destruidas y un paisaje desolado, donde “no queda una montaña verde”, según palabras de su Intendente. Mientras las cifras de superficie afectada se encuentran en proceso de verificación oficial, el impacto humano y ambiental es incuestionable: el fuego no es sólo una estadística, es una herida abierta en el territorio y en la memoria colectiva.
La información, desagregada por provincia y por año, muestra que los picos más graves se concentran en tres momentos: en el 2015, el 2021 y el periodo 2023–2025. Este panorama no sólo dimensiona la pérdida ambiental, sino que también expone la fragilidad de los ecosistemas cordilleranos y la urgencia de políticas de prevención y restauración. La Comarca Andina, atravesada por la memoria de sus brigadistas y comunidades, se convierte así en un territorio donde el fuego deja huellas que son al mismo tiempo estadísticas y testimoniales.
El después de las llamas
Si Grosfeld coloca el foco en las condiciones estructurales que permiten que el fuego avance, la ecólogaMiriam Gobbi se detiene en una pregunta clave que suele quedar relegada cuando bajan las llamas: qué impacto deja el incendio sobre la biodiversidad y sobre la vida del suelo.
Gobbi es doctora en Ciencias Biológicas, investigadora del Conicet, especialista en ecología de comunidades vegetales y dinámica post-fuego en Patagonia, con décadas de trabajo de campo en bosques andinos y estepa. Su mirada aporta una advertencia central: no hay respuestas simples. “El efecto del fuego sobre la biodiversidad depende de muchísimos factores. No hay una regla fija”, explica. Para graficarlo, apela a una comparación directa:“Es como cuando una persona sufre un daño en su salud. El devenir de ese daño tiene que ver con la historia de vida, con la intensidad, con cuánto tiempo duró. No es lo mismo intoxicarse un poco que intoxicarse con una dosis muy alta”.
En los ecosistemas ocurre algo similar. La frecuencia, la intensidad y la magnitud del fuego se combinan con la historia previa del sitio y con lo que sucede después del incendio. Uno de los factores más determinantes es qué tipo de comunidad vegetal había antes del fuego. “No es lo mismo que el sitio haya sido un matorral de ñire, que tiene altísima capacidad de rebrote, que un cipresal, que no rebrota, o un bosque de coihue o de lenga”, señala Gobbi. Cada escenario define posibilidades muy distintas de recuperación.
En comunidades rebrotantes, si se les da tiempo y no se suman nuevos disturbios —como el ingreso de ganado, la expansión de especies exóticas invasoras o el cambio de uso del suelo—, la recuperación puede darse incluso en tiempos humanos. Llegaríamos a ver el bosque volver. Pero si el fuego afectó comunidades sin capacidad de rebrote y con escaso banco de semillas, la situación se vuelve mucho más compleja.
Además, el fuego no actúa igual en todo el perfil del suelo. “Es devastador en superficie, pero no ejerce un efecto tan fuerte en profundidad. A partir de cierta profundidad —alrededor de los 40 centímetros— el calor ya no se siente”, explica. Allí pueden sobrevivir semillas o estructuras capaces de regenerar el sistema, si las condiciones acompañan.
Pinos y fuego
Cuando el paisaje está dominado por pinos, el escenario cambia radicalmente. Gobbi aclara que no se trata simplemente de “bosques”, sino de bosques invadidos por pinos. Muchas especies de pinos —como el pino contorta— poseen conos serótinos, que se abren con el calor del fuego y liberan semillas después del incendio. “Para el fuego, es como decirles: ‘a reproducirse’”, resume. El incendio, lejos de ser un problema para estas especies, puede convertirse en una ventaja competitiva frente a las nativas.
Aquí la voz de Ñancunao se suma con fuerza: en reiteradas ocasiones denunció que el monocultivo de pinos y eucaliptos es parte del modelo extractivista que expulsa comunidades y degrada el suelo. Advierte, además, que estas especies exóticas transforman los territorios en focos de peligro, favorecen incendios de gran magnitud y debilitan la capacidad de recuperación de los bosques nativos. Para ella, el fuego no solo destruye biodiversidad, sino que también profundiza el despojo y la desigualdad.
Gobbi recuerda un caso estudiado en Estados Unidos, donde la supresión total del fuego en parques nacionales como Yosemite y Sequoia–Kings Canyon llevó al declive de especies nativas adaptadas a incendios periódicos, como el pino ponderosa y la secuoya gigante. Cuando finalmente ocurrió un incendio, la regeneración fue masiva. En Patagonia, aclara, no existen especies nativas estrictamente adaptadas al ciclo del fuego, sino un gradiente de tolerancias, lo que vuelve aún más frágil el equilibrio.
El bosque no son solo árboles
Otra de las confusiones más frecuentes, señala Gobbi, es pensar el bosque únicamente como un conjunto de árboles.“Cuando se quema un bosque, lo que desaparece es casi todo”, afirma. En un bosque de ciprés puede haber 60, 70 u 80 especies vegetales distintas, cada una con un rol específico: flores que alimentan insectos, frutos para aves, relaciones simbióticas en el suelo con microorganismos.
“La biodiversidad es una máquina con muchos engranajes. Cuando todos funcionan, el sistema funciona. Cuando se quema, lo que se pierde es ese entramado”, expresa.
Esa mirada explica por qué la respuesta automática de plantar árboles no siempre es adecuada. “No estoy en contra de la plantación de nativas, pero hay que entender que las plantas jóvenes tienen necesidades muy distintas a los árboles adultos”, advierte. Muchas especies requieren plantas nodrizas que las protejan del sol, del viento y de la desecación en sus primeras etapas de crecimiento.
Los sistemas naturales tienen mecanismos propios de recuperación, pero estos mecanismos operan en tiempos de bosque, no en tiempos humanos. La restauración ecológica busca acelerar esos procesos, pero solo si se entiende cómo funciona cada sistema.
“No es lo mismo un matorral de ñire que un bosque de radal o de coihue”, reitera Gobbi. En especies rebrotantes, la clave puede ser simplemente cuidar el rebrote: impedir el ingreso de ganado o animales que consuman los brotes nuevos. En otros casos, el foco debe estar en proteger el suelo, evitar deslizamientos, cárcavas y pérdida de semillas.
“El banco de semillas es crucial —advierte—, tanto el de nativas como el de exóticas”, afirma. Después del fuego, las semillas que permanecieron décadas en el suelo pueden germinar todas juntas, alterando por completo la composición del territorio.
Gobbi menciona investigaciones que muestran cómo los pocos árboles que quedan en pie funcionan como “perchas” para aves frugívoras, que dispersan semillas y aumentan la diversidad vegetal debajo de ellos. Pequeños detalles que pueden marcar grandes diferencias en la recuperación.
Cambiar la pregunta para habitar un territorio sin incendios
Las miradas de Grosfeld y Gobbi convergen en un punto central: seguir preguntándose solo cómo apagar incendios es una trampa. “La pregunta no es qué hacemos con el fuego —plantea Grosfeld—, sino qué vamos a dejar que el fuego haga con nosotros”.
Para Gobbi, intervenir sin comprender el sistema puede ser tan dañino como no hacer nada. Al contrario, propone que los planes de restauración deben partir de lo que quedó vivo: las islas verdes, los árboles que funcionan como perchas, los pequeños refugios de biodiversidad que sobreviven al fuego. Cuidar esos núcleos, protegerlos de herbívoros, del pisoteo y de la extracción de leña es la base de lo que llama “restauración pasiva”: sostener lo que resiste, antes de introducir nuevas especies o plantines.
Mirta Ñancunao, desde el Parlamento Mapuche Tehuelche, aporta la dimensión comunitaria y espiritual. “Somos parte de esta tierra, vivimos por y para ella, y de ninguna manera la dañaríamos”, afirma en entrevistas recientes. Para ella, regresar a los bosques es también regresar a cierta armonía, a un modo de vida que reconoce al territorio como espacio de construcción de memoria para hacer al futuro.
Gobbi advierte que la escala del desastre —apróximadamente 50.000 hectáreas en un evento— solo puede abordarse desde la gestión política. Eso implica presupuesto para mapeo y monitoreo, control de especies invasoras como el pino y el abedul, subsidios para el ganado que presiona sobre los rebrotes y campañas comunitarias que adopten y cuiden micro-islas de regeneración. La restauración, dice, no es solo plantar árboles: es organizarse, sostener en el tiempo, y garantizar que cada acción tenga seguimiento.
Para Grosfeld, reducir los incendios a un problema de seguridad es una forma de no resolverlos. “Buscar un culpable es simplificar un problema socioambiental complejo y quitar el foco de donde hay que poner la atención”, concluye.
Mientras el debate siga girando alrededor de la chispa y no del paisaje, del suelo y de la biodiversidad —además del despojo que implica el fuego para quienes habitan los territorios—, el problema no va a encontrar atisbo de solución. La propuesta que emerge de estas voces es clara: presupuesto, planes de manejo forestal y restauración, además de la alerta temprana. Pero, sobre todo, una política que entienda que el fuego no se apaga solo con agua, sino con conocimiento, organización y memoria.
*Edición: Darío Aranda
Fuente: https://agenciatierraviva.com.ar/incendios-en-la-patagonia-el-territorio-para-quien-y-para-que/ - Imagen de portada: Foto: Nicolás Palacios






