El monosílabo poderoso
El verdadero feminismo se explica con un monosílabo: NO.
Seis mujeres de edades muy distintas. La misma pregunta: ¿Cuándo dijeron un NO rotundo?
Esto es lo que encontramos:
· Una chica de 20 años cuenta que hace dos aprendió a decir NO.
· Una joven de 35 años me confiesa, algo avergonzada, que no fue capaz de decirlo hasta hace escasamente cuatro años.
· Una mujer de 45 dice que hace unos cinco se atrevió por primera vez, y recuerda lo bien que se sintió al hacerlo.
· Una mujer de 65 relata que no hacía ni cinco años que se plantó y dijo NO. A partir de ese día se descubrió a sí misma.
· Una mujer de 90 echa la vista atrás y confiesa que decir NO le sigue costando un gran esfuerzo. Cuando lo hace, aún se siente como una traidora.
· Se le pregunta si recuerda haber oído a su madre decir NO alguna vez. Responde que nunca.
No se trata solo de decir NO. Se trata de asumir el derecho a decirlo.
Ahí es donde se mide el grado de evolución del feminismo: en lo individual, en cada mujer, en el suyo propio.
La lucha social es el paso siguiente. Pero solo puede existir cuando antes se ha producido ese reconocimiento del propio poder y su ejercicio.
Porque el NO no es una palabra cualquiera. No es una negativa puntual, ni una reacción. Es un límite. Es un límite y es un principio.
Durante generaciones, a las mujeres no se les prohibió decir NO de forma explícita. Se hizo algo más eficaz: se las educó para no necesitarlo, para no planteárselo, para no sentirse con derecho a hacerlo.
Se les enseñó a agradar, a ceder, a anticiparse, a evitar el conflicto. A medir cada gesto en función de otros. A sentirse responsables de lo que ocurría alrededor. Y así, el NO dejó de ser una opción.
Por eso, cuando aparece, no llega solo. Llega con culpa, con miedo, con la sensación de estar rompiendo algo que no se ve pero pesa.
Porque decir NO no es solo un acto de ruptura. Es, sobre todo, un acto de reconocimiento.
Reconocimiento del propio poder. De la propia identidad. De la propia autonomía. Del propio derecho.
No es solo dejar de hacer algo para otros. Es empezar a existir para una misma.
Cada mujer que aprende a decir NO no está repitiendo una palabra. Está inaugurando un espacio propio.
Un espacio que antes no existía.
Y solo desde ahí —desde ese espacio reconocido— puede construirse lo demás. También es a partir de ese punto cuando comienza la lucha social: exigir su lugar, no como concesión, sino porque le corresponde.
Pero no se trata de ocupar el mismo lugar que el hombre. Ni de adaptarse a un lugar ya definido.
Se trata de mirar desde un punto de vista propio. Desde el lugar que ella misma define. No desde el que ya han definido otros.
Desde el lugar que encontró en el momento en que se atrevió a decir NO y, sobre todo, al comprender que tenía derecho a hacerlo.
Porque el NO es, realmente, el inicio de su liberación.
Por: Julia Castillo abril 2026
Fuente: https://www.elsaltodiario.com/opinion-socias/monosilabo-poderoso
