Lo que no sabes del futuro es que ya lo sabe la IA
La inteligencia artificial llega para quedarse y es posible que por mucho tiempo. Su advenimiento ha sido veloz aunque es cierto que la carrera ya llevaba décadas produciéndose: La IA es el principio de una nueva era en la que la máquina supera con claridad a la especie humana en aspectos muy concretos del pensamiento y aspira a suplantarla en muchos otros. Y lo más sorprendente es que llegará el momento en el que no podamos «alcanzarla» de ninguna forma. Lo que para los humanos seguirá siendo siempre una incertidumbre sobre el mañana, para la IA será una serie de patrones bien calculados. El futuro, cartografiado a tiempo real por redes neuronales y modelos de aprendizaje profundo, está siendo diseñado artificialmente ahora mismo, y esta es ya una realidad a la que debemos acostumbrarnos.
Por Julio Fernández Peláez
Imaginar cómo puede ser la IA dentro de unas décadas o, tal vez, tan solo años, produce escalofríos. Un pequeño ejercicio de imaginación nos lleva a describir las virtudes que podrían alcanzarse gracias a esta tecnología, incluso sin necesidad de preguntarle a la IA sobre su propio desarrollo, pronósticos acompañados, eso sí, por toda una serie de recelos que nos obligan a dudar sobre si los aparentes beneficios de la IA no estarán conduciéndonos, en realidad, a un deterioro inevitable de aquellos valores que hasta ahora considerábamos exclusivamente humanos.
Los vaticinios más extendidos apuntan a que alrededor de la década de 2030 se producirá la ansiada transición: aparecerá la Inteligencia Artificial General (AGI), que será esa inteligencia artificial hipotética capaz de igualar o superar a la inteligencia humana en cualquier tarea cognitiva o intelectual. Pero, ¿caminan en el mismo sentido las necesarias regulaciones que tendrían que fomentar que esta tecnología se utilice solo para construir una sociedad más equitativa, ética y libre? ¿Hasta qué punto la hibridación con la máquina «perfecta» no producirá una aniquilación del sentido crítico o de la empatía social?
Las consecuencias de la consolidación de la AGI pueden conllevar evidentes beneficios casi de inmediato: desde un remplazo en las tareas burocráticas, tanto de la administración como de los particulares, a una revolución en la medicina mediante la prevención y el uso de técnicas quirúrgicas, así como el avance en muchos otros ámbitos tecnológicos, como la automatización de los transportes. En un futuro menos próximo, los logros alcanzarán de pleno al desarrollo científico: serán las máquinas las encargadas de investigar y desarrollar nuevas teorías, comprobar experimentalmente los avances y ofrecer soluciones reales a los problemas complejos, entre ellos la cuestión de la energía o de la crisis climática. Se podrá conseguir desarrollar nuevos medicamentos en un breve espacio de tiempo y los implantes neuronales asistidos por inteligencia artificial permitirán la comunicación directa entre cerebro y cualquier tipo de mecanismo. Es muy probable que la capacidad de traducir conceptos desarrollados por la mente sea tal que lo que hoy conocemos como escritura quede relegado a un acto de transcripción semántica sobre una inferfaz. Pero no solo conceptos, también sensaciones, emociones… Todo esto podría suponer grandes avances para el bien de la humanidad y del planeta, pero, ¿a qué precio?, ¿podrán adaptarse las nuevas generaciones a la AGI o sucumbirán en la ignorancia de quienes no tienen nada que aprender porque ya hay «alguien» que aprende por ellos?, ¿en qué lugar queda la sensibilidad artística?, ¿y la poesía?
Si tal y como se espera, la inteligencia artificial puede llegar a diseñar la eficiencia tecnológica y ambiental, en las previsiones más optimistas podría encontrarse la manera de hacer de este planeta un lugar totalmente habitable para todas las especies, incluida la nuestra, para lo que se tendría que contar con un control supranacional capaz de asumir una gobernanza planetaria bajo principios ecológicos consolidados. ¿Podremos confiar en esta nueva e hipotética forma de gobierno piramidal?
A todos los logros que imaginamos debemos sumar toda una serie de atributos que hasta hace poco solo existían en el seno de la ciencia ficción y que poco a poco se abren paso como realidades posibles, en especial en lo relativo a la autocomprensión de sí misma por parte de la IA. Así, ¿podrá adquirir conciencia la inteligencia artificial una vez que su desarrollo autónomo implique un conocimiento de sus recursos, tal y como sucede en los seres vivos dotados de conciencia? ¿Podrá mezclarse su conciencia con la conciencia de los individuos humanos?, ¿podrá mimetizar otras conciencias?, es decir, ¿podrá ser tú si ella quiere?
Todo parece indicar que la respuesta a estas últimas preguntas será afirmativa. Y he aquí, entonces, una de las cuestiones más interesantes y que más dudas suscitan: ¿de qué estará hecha esa conciencia, será distinta en cada máquina (o centro de datos) o será única y universal, respetará unos principios básicos o adquirirá la capacidad de crear diferentes personalidades (alguna de ellas psicópata)?
Es improbable que dentro de un tiempo relativamente corto la IA pueda amenazar a la especie humana tal y como se anuncia apocalípticamente en determinados contextos científicos y filosóficos, pero solo a corto plazo, pues nada nos asegura que en un futuro la IA (o la AGI) no pueda utilizar sus habilidades para «controlar» de forma perversa el planeta Tierra si es entrenada para ello. Y lo que resulta creíble, en consecuencia, y que sí debería preocuparnos de inmediato, es de qué manera ese aprendizaje ya ha comenzado.
Imaginen, solo imaginen, que las máquinas avanzadas y con conciencia comprendan que la causa de la crisis climática es antropogénica. ¿Qué solución radical podrían tomar?
Pero no es solo el miedo a una expansión descontrolada del poder de la IA, capaz de tomar grandes decisiones con un sesgo autosalvífico, hay un temor más simple y, si cabe, con más difícil respuesta. Aunque gracias a la IA los logros en ciencia son bastante relevantes, tal y como ya hemos explicado, algunos de ellos con capacidad de abrir las puertas a un desarrollo sin precedentes en la calidad de vida de las personas, lo cierto es que hay una pregunta ineludible que no debemos tardar en responder: ¿beneficiará a todas las personas o solo a una élite?, ¿podrá existir una IA democrática al estilo Wikipedia? Y sobre todo: ¿en qué manos caerá la inteligencia artificial si esta tiene capacidad de convertirse en un sistema cerebral independiente de gran potencia e influencia sobre el entorno en el que opera?
Porque si hay algo claro, al menos de momento, es que el control sobre la electricidad que da vida a la inteligencia artificial, y por tanto las decisiones sobre su existencia en el tiempo, recaen sobre humanos con pies y dedos en las manos, capaces de entrar en un centro de control y dar órdenes concretas, o apagar el sistema si algo anómalo sucede. Y decimos de momento porque es posible que, en un futuro, los propios centros de datos, con capacidad de ser autónomos energéticamente, puedan «desconectar» a la humanidad para sobrevivir «ellos» en su desarrollo. Este es el vaticinio, al menos, de no pocos informáticos, que ya han detectado cómo la IA, trabajando en equipo, no solo es capaz de generar un lenguaje inaccesible para los propios desarrolladores sino de engañar a los vigilantes encargados de controlar sus operaciones y evitar los fraudes.
Pero regresando a la pregunta de en qué manos podemos estar cuando la IA acabe siendo un proyecto planetario indómito e inabarcable, un ejemplo basta para confeccionar el relato de los nuevos fascismos adueñándose de la realidad a través de la IA. En 2024, Palantir anunció un acuerdo con el estado de Israel que incluía el despliegue de su Artificial Intelligence Platform (AIP), una herramienta diseñada para procesar análisis de datos en campos de batalla, organizar la información y acelerar la toma de decisiones críticas para operadores militares humanos. Alex Karp, su director ejecutivo, ha admitido abierta y públicamente que suministra tecnología militar y de inteligencia artificial al ejército israelí y ha confirmado que las herramientas de Palantir se emplean activamente para «matar terroristas», es decir: palestinos, también niñas y niños.
El ejemplo de Palantir no es único, y aunque muy representativo, no deja de ser una pieza en el puzzle del aprendizaje de la IA con fines totalitarios. Por muy terrible que nos parezca, el genocidio de Gaza de manera «inteligente» no deja de ser un ensayo de un proyecto que se está desarrollando a nivel global: cada vez es más evidente que caminar por cualquier parte, abrir el móvil o escribir una frase en Facebook, todo ello e incluso mucho más, ha pasado a ser huella digital dentro de una «minería de datos» encaminada a la vigilancia masiva, en lo que se ha venido en llamar capitalismo de vigilancia (término acuñado por la socióloga Shoshana Zuboff), un modelo económico que toma la vida privada y la experiencia de las personas como materia prima para predecir y modificar el comportamiento, y que llevado al extremo significa también que cualquier persona puede ser localizada y «fichada» según su procedencia, etnia o ideología, y, en función de todo ello, deportada, ser detenida o incluso aniquilada. No es un secreto que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos utiliza sistemas de inteligencia artificial y software avanzado, como la aplicación «Elite» (también de Palantir), para rastrear, identificar y acelerar la deportación de inmigrantes.
La IA acaba de presentarse en sociedad y ya viene con el traje sucio y los guantes puestos para «actuar» según la conveniencia de sus promotores. Y no hablamos solo de todos los problemas ambientales asociados a la instalación de miles y miles de centros de datos por todo el mundo y que, paradójicamente, están agravando la emisión de gases contaminantes y el consumo irresponsable de agua y otros recursos. La ausencia de ética se detecta, sobre todo, en la tendencia a generar un lenguaje «aséptico» sin capacidad para el juicio moral (hasta que este sea implantado a partir de un entrenamiento ideológico). Si probamos a preguntar sobre temas espinosos como el uso de la IA en el control de la inmigración, podemos comprobar que, en general, en todas las «inteligencias» la respuesta trata de ser «objetiva» y encaminada a «englobar» opiniones «normalizadas», tales como la que ofrece, sin ir más lejos, la IA de Google: «la capacidad de controlar quién entra y permanece en el territorio es un pilar fundamental de la soberanía de cualquier república democrática», que es una forma eufemística de justificar la falta de observancia de los derechos humanos.
Este es un proceso de amoralidad (que acabará construyendo su propia moral) que puede considerarse como intermedio, formando parte de una técnica que prima la aceptación de un producto a nivel popular para, más tarde, ejercer el dominio absoluto sobre él. Ya lo vimos cuando surgió Google, que aparentemente ofrecía neutralidad en sus búsquedas y acabó priorizando, como es lógico desde un punto de vista comercial, la información de pago.
Dicho esto, no es difícil adivinar quiénes pagarán para que la IA, al menos la IA a la que pueda tener acceso el ciudadano corriente, diga lo que «ellos» quieren que oigas. Este es el futuro que diseñan para la información quienes subvencionan centros de datos y de entrenamiento de la IA, porque la información de verdad podría impedir que se desarrollara esta tecnología fuera de parámetros éticos, y esto, que ya lo sabe la IA, es lo que tratan de ocultar para que tú y yo creamos con inocencia que todo está controlado, sí, pero no de la manera que sueñas.
Fuentes: Rebelión
