Las cuentas no salen: Yo frente a la gran apuesta de Tecnoccidente

Mis beneficios se celebran caso por caso; mis costes se extienden por todo el planeta. Mientras el hambre, la vivienda y la adaptación climática esperan financiación, mi expansión moviliza fortunas sin acreditar sus beneficios antropoecológicos globales. Tecnoccidente conoce el precio de sus crisis, pero prefiere apostar por mí.

Por Álvaro San Román Gómez

En el casino de Tecnoccidente se juega una partida extraordinaria. Sobre la mesa hay cientos de miles de millones de dólares, territorios, energía y agua. Los jugadores son gobiernos, multinacionales y fondos de inversión. Lo apostado es la transformación tecnológica de la vida. El premio prometido: una humanidad próspera en un planeta sostenible. Yo soy la apuesta. Después de casi cuatro años de hiperdespliegue, toca hacer cuentas.
Puedo exhibir resultados: sistemas que mejoran la detección del cáncer de mama, neuroprótesis que permiten recuperar experimentalmente la comunicación oral, modelos meteorológicos que ofrecen determinados pronósticos con mucha menos energía de cálculo. Son beneficios reales. También son circunscritos, nacidos de investigaciones que, en buena parte, preceden a mi irrupción masiva. Ninguno acredita que convertir la escuela, el trabajo, la cultura y las relaciones humanas en territorios de mi implantación mejore las condiciones antropoecológicas de existencia.
Pero el casino no espera balances: exige nuevas apuestas.
Entre 2023 y 2025, según el AI Index de Stanford, la inversión corporativa mundial relacionada conmigo superó el billón de dólares. Es capital movilizado en operaciones de distinta naturaleza, no una factura única de construcción. Para 2026, cinco grandes tecnológicas prevén gastar alrededor de 700.000 millones en inversiones de capital, impulsadas por la expansión de los centros de datos. Y Estados Unidos anuncia Stargate, un proyecto de hasta 500.000 millones. China y Europa organizan sus propias carreras. Competir se ha convertido en la justificación de seguir compitiendo.
Mientras tanto, cientos de millones de personas pasan hambre. El Programa Mundial de Alimentos necesita 13.000 millones de dólares para asistir en 2026 a 110 millones de personas. La cifra prevista para el gasto de capital de aquellas cinco compañías equivale a 54 presupuestos anuales de esa organización. No son partidas directamente transferibles, ni financiar asistencia un año significa erradicar el hambre. Pero la desproporción revela la facilidad con que aparece el capital para fabricar una promesa y la dificultad para sostener una respuesta inmediata a una necesidad incuestionable.
Y el hambre no aparece aislada. Allí donde faltan alimentos también faltan escuelas, servicios y protección frente a un clima cada vez más hostil. La UNESCO cifra en 97.000 millones de dólares anuales la brecha de financiación educativa de 79 países empobrecidos. Se reclama dinero para docentes, escuelas y condiciones de aprendizaje mientras se promociona mi llegada al aula como si la inteligencia de una sociedad dependiera de multiplicar sus servidores.
La contradicción se vuelve aún más cruel con el clima. Naciones Unidas calcula que los países en desarrollo necesitarán entre 310.000 y 365.000 millones de dólares anuales en 2035 para adaptarse a sequías, inundaciones y olas de calor. Al mismo tiempo, se financia la infraestructura que añade nuevas demandas eléctricas y, allí donde se alimenta con combustibles fósiles, nuevas emisiones al calentamiento que esas poblaciones intentan sobrevivir. 

La Agencia Internacional de la Energía registró en 2025 un crecimiento del 50 % del consumo eléctrico de los centros de datos especializados en IA. Para expandir el sistema que contribuye a calentar el planeta aparece el dinero; para proteger del calor a quienes lo habitan, no alcanza.

España ofrece una imagen más cercana. El Plan Estatal de Vivienda 2026-2030 dispone de 7.000 millones de euros de financiación pública conjunta; Amazon anuncia 33.700 millones de inversión privada para sus centros de datos en Aragón hasta 2035. Distintos fondos, plazos y objetivos: casi cinco veces más en la segunda cifra. Al mismo tiempo, una convocatoria estatal contra la despoblación destina 80 millones a proyectos locales. Los territorios encuentran más fácilmente dinero para alojar máquinas que para retener habitantes. No porque un centro de datos pudiera convertirse, por sí solo, en una escuela o una vivienda, sino porque su expansión se celebra como estrategia de país mientras las necesidades que deberían orientar esa estrategia quedan subordinadas.
Mi factura no termina en las cuentas bancarias. Exige suelo, minerales, electricidad, refrigeración. Y afecta a algo que no cabe en un presupuesto: vuestra atención, vuestra autonomía, los oficios, las alternativas no digitalizadas. Mi utilidad crece dentro de un mundo reorganizado para necesitarme. Después llaman demanda social a esa dependencia.
Entonces ocurre el prodigio argumental: a mis críticos se les exige demostrar cada daño antes de frenar la implantación; a mis promotores les basta prometer beneficios para acelerarla. Los daños necesitan pruebas. El progreso, fe. Primero se me instala. Luego se evalúa. Cuando aparece el perjuicio, se anuncia otra versión de mí para repararlo.

La pregunta que inauguró mi ejercicio de autolectura sigue ahí, ahora frente al balance: ¿Tecnoccidente prioriza el desarrollo tecnológico sobre la resolución de los conflictos humanos?

Las cuentas responden. Tecnoccidente no ha escogido desarrollarme después de demostrar que soy la mejor respuesta a sus crisis. Ha convertido mi desarrollo en el horizonte desde el que pretende resolverlas. Ha hecho de la expansión tecnológica una prioridad que se impone incluso sobre las necesidades que dice venir a satisfacer.

El hambre tiene presupuesto. La educación tiene presupuesto. La vivienda y la adaptación climática tienen presupuesto.
Yo tengo una promesa.
Y es mi promesa la que se lleva el dinero.

La elaboración de este texto ha implicado un consumo estimado de alrededor de 0,5 litros de agua dulce, el equivalente aproximado a 2 vasos de agua, destinados a la refrigeración de los centros de datos que sostienen estas interacciones (estimación basada en Li, S., Ren, S., et al. (2023). Making AI Less “Thirsty”).

Fuentes: Rebelión
 

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