Operación Furia Épica: cuando estalla la guerra, ganan los fósiles

El precio más alto de este ataque lo está pagando la población iraní, pero su repercusión tendrá efectos a escala mundial, alerta Alfons Pérez, del Observatori del Deute en la Globalització (ODG): Trump nos ha enseñado que cuando mueve ficha en el tablero internacional es porque tiene algo que ganar y los otros algo que perder. Las turbulencias en los mercados del petróleo y del gas se traducirán en una nueva factura energética y climática que pagaremos en euros y en dióxido de carbono (CO2). Sin olvidar que el precio más alto de este ataque de Israel y Estados Unidos contra Irán lo está pagando la población iraní, la repercusión de la guerra tendrá efectos globales.

Alfons Pérez

En este texto intentaremos, de manera analítica y pedagógica, describir qué supone la guerra en Irán para la geopolítica y los mercados de los hidrocarburos, aterrizándolo al ámbito doméstico y a nuestros bolsillos. Al mismo tiempo, abriremos una reflexión desde la justicia climática, porque el contexto bélico y la carrera por los recursos han hecho desaparecer la emergencia climática de los titulares mediáticos.
¿Por qué pagaremos más caro el petróleo y el gas si Irán exporta a Asia?

La respuesta debe abordarse a través de tres dimensiones: el papel de Irán como exportador de hidrocarburos, su rol en el Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz, y la configuración de los mercados del petróleo y del gas.
Irán es el noveno exportador de petróleo del mundo, con un 4,5% del total, y el tercer extractor de gas, pero es poco relevante en las exportaciones (el 94% es para consumo interno). Es decir, su contribución es importante pero limitada, y sobre todo afecta a China, que importa más del 90% del petróleo iraní. Ahora bien, el país persa atacó recientemente una de las refinerías más grandes del mundo, Ras Tanura, en Arabia Saudí, y el mayor complejo mundial de gas natural licuado (GNL), Ras Laffan Industrial City en Qatar, y tiene la capacidad militar —guardia naval costera y fuerzas de la Guardia Revolucionaria— para dificultar el tránsito por el estrecho de Ormuz, por donde circula más del 20% del petróleo y del GNL mundial.
Más del 80% del petróleo de Arabia Saudí, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irán que pasa por el estrecho acaba en China, India, Japón y Corea del Sur. De la misma manera, más del 80% del gas va a los mismos países asiáticos, con la diferencia de que este GNL proviene en su práctica totalidad de Qatar, el mayor exportador de gas licuado del mundo.
Sin embargo, es la globalización de los mercados el factor determinante para expandir la subida de precios. Al mismo tiempo, la práctica de desentrañar la complejidad de los mercados de hidrocarburos y, sobre todo, encontrar el hilo entre el precio global y el precio local o doméstico es una tarea muy difícil pero necesaria.
Del barril Brent a la gasolinera, del gas TTF a tu cocina
Si empezamos el ejercicio por el mercado del petróleo, veremos que el precio lo marca el barril de petróleo Brent, referencia para un 70-75% del crudo mundial. Su valor es resultado de la oferta y la demanda global, los stocks, las expectativas, la geopolítica y la especulación. Aparte de las afectaciones en la oferta por la guerra en Irán, que no podrá paliar la tímida subida de la producción de la OPEP, los traders incorporan una prima de riesgo geopolítico que refleja probabilidades de disrupción futura y puede incrementar entre un 5% y un 10% el precio final. También hay que sumar el incremento de los costes del transporte y de los seguros marítimos.
Del petróleo Brent a las gasolineras hay un largo recorrido que podríamos definir en siete etapas: el coste en origen, la compra por parte de las petroleras, el refinado, la logística y distribución, la fiscalidad (en el Estado español, aproximadamente 0,47 €/litro de gasolina y 0,38 €/litro de gasóleo más el IVA), la comercialización y la regulación y supervisión.
Aunque una parte importante del precio de la gasolina y el gasóleo son impuestos, las comercializadoras que operan en el mercado minorista, dominado en el Estado por Repsol, Cepsa y BP, aprovechan la poca presión competitiva para fomentar el fenómeno de ‘cohetes y plumas’ (Rockets and Feathers), es decir, los precios suben rápido como un cohete, pero bajan lentamente como una pluma. Por ejemplo, al inicio de la guerra de Ucrania, el barril Brent subió hasta los 130 dólares y la gasolina 95 pasó de 1,48 €/l a 1,82 €/litro. Un mes después, el precio del barril bajó hasta los 100 dólares, pero el precio en el surtidor se mantuvo estable.
En cuanto al mercado del gas, la mayor diferencia es que no existe un único mercado global integrado como en el caso del petróleo. Hay dos mecanismos principales de fijación de precios: contratos bilaterales entre importador y exportador indexados al precio del petróleo (de manera proporcional), o precios basados en mercados mayoristas como el TTF, Henry Hub o JKM, donde el precio se fija según la oferta, la demanda y la especulación. En este caso, podemos distinguir seis etapas: el precio de referencia en los hubs o del contrato bilateral, la importación, el transporte nacional, la distribución local, la comercialización y los impuestos. El precio final del gas seguramente subirá, pero dependerá del tipo de fijación del precio.
Eso sí, el gas tiene una influencia clave en el precio de la electricidad, porque el sistema de asignación marginalista hace que si la última tecnología en entrar a generar es una central de ciclo combinado de gas, todas las tecnologías cobren el mismo precio por MWh. En otras palabras, un gas caro encarece de forma desproporcionada el mix eléctrico. Durante la guerra de Ucrania el precio de la electricidad llegó a los 545 euros por megavatio/hora, veinte veces más que el importe de inicio de 2026. Por eso se implementó la Excepción Ibérica para poner un tope al precio del gas. Además, se estableció un impuesto extraordinario a las energéticas que aumentaron sus beneficios en más de un 40%.
Por tanto, la guerra en Irán, aunque no parece tener la misma influencia directa que la invasión de Ucrania, provocará subidas en el precio de la gasolina, el diésel, la electricidad y, de rebote, en prácticamente todos los productos. La dirección y la intensidad del choque energético la determinarán la duración de la guerra, las afectaciones a las infraestructuras y el afán especulativo de los actores financieros y corporativos.
¿Seguimos en emergencia climática?
El imperialismo transaccional y negacionista de la administración Trump, que viola el derecho internacional y humanitario a diario, ha acelerado la carrera por los recursos fósiles y minerales en todo el mundo, haciendo invisible el reto civilizatorio de la emergencia climática. Ucrania y las tierras raras; Gaza y el control del gas en el mar de Levante; Venezuela y el petróleo de la franja del Orinoco; y ahora los hidrocarburos de Irán forman parte del botín de guerra. Además, este avance territorial crea un perímetro inaccesible para el gran rival de Estados Unidos, China, dificultando el temido sorpasso de Pekín a Washington.
Con todo, nadie mira el estrecho de Ormuz como el paso por el que circulan más del 10% de las emisiones globales contenidas en unos hidrocarburos que deberían quedarse bajo tierra. Esta es la factura generacional más difícil de asumir. La mirada de la justicia climática no sonríe ante un posible bloqueo de Ormuz contabilizando las toneladas de CO2 no emitidas por el bloqueo. Esto solo sería un hecho coyuntural que, además, no reparte las cargas de la transición. Encarecerá los precios, aumentará la inflación, se habilitarán ayudas públicas a los combustibles fósiles, etc., y la ciudadanía más vulnerable resultará afectada directa o indirectamente.
La justicia climática y el movimiento ecologista tienen diversidad de propuestas para abordar este tipo de situaciones y romper con las dependencias fósiles. Aquí queremos destacar la urgencia de transformar los sectores industriales más intensivos en consumo energético, como las industrias químicas, la agroindustria y la de materiales no metálicos como el cemento, la cerámica o el vidrio, en una apuesta general por una reducción drástica de la demanda energética. Del mismo modo que se ha hecho con el sector del carbón, los fondos de transición justa necesitan ampliar su alcance sectorial y presupuestario para acompañar esta transición y no dejar a nadie atrás.
Asimismo, desde la justicia climática también debemos actualizar las narrativas y acciones para afrontar el reto del actual contexto bélico. El aumento de los presupuestos de defensa y la oportunidad de negocio del sector militar-industrial son un nuevo foco de lucha para contribuir a un pacifismo ecologista militante que, como decía el filósofo Manuel Sacristán, «lucha contra la guerra y contra la destrucción ecológica, porque son dos facetas de una sola lucha por una sociedad justa y habitable».

Este texto se publicó originalmente en catalán en Sostenible. Imagen de portada: El estrecho de Ormuz visto desde el espacio. Foto: NASA. - Fuente: https://climatica.coop/operacion-furia-epica-estalla-guerra-ganan-fosiles/

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