El Decrecimiento, Bukele y la palabra mágica
Ayer me tocó ir a la lavandería. Cuando llegué estaba vacía, pero todas las secadoras estaban funcionando.
—Espero que aparezca el que las ha puesto antes de que acabe el lavado de mi edredón.
Y apareció, menos mal. Era una señora sudamericana, por el acento.
—¿De dónde eres?
Mi mujer, que es abogada y trabaja mucho con emigrantes me dice que les asusto, piensan que soy de la policía. Ella no se asustó.
—Soy colombiana.
—¿Cuánto llevas por aquí?
No me acuerdo de la cifra exacta, pero llevaba muchos años ya en España, no era una recién llegada.
La conversación continuó. Trabajaba atendiendo a ancianos, y la explotaban. —Parece que no hemos aprendido nada de lo que pasó cuando la COVID —le dije.
Hablamos de su país, de la emigración, de Trump —los dos estábamos de acuerdo en que era un cabrón. —Lo que más me gusta de España es la seguridad —me dijo.
A propósito de lo cabrón que es Trump, comencé a ilustrar sus cabronadas con el envío de emigrantes capturados en Estados Unidos a los campos de concentración feroces que ha organizado Bukele en El Salvador.
—A mí me gusta Bukele —me dijo, no sabría decir si como un desafío o buscando mi complicidad. Automáticamente puse los brazos en jarras.
—¿Tú sabes que eso es como un campo de concentración, fuera de toda clase de derecho, adonde Trump ha mandado gente en contra de la decisión de jueces estadounidenses? El caso de Kilmar Ábrego García, por ejemplo. Algunos sólo han podido salir de ahí gracias a la presión internacional y a las órdenes del mismísimo Tribunal Supremo de Estados Unidos -a pesar de que muchos de sus miembros son conservadores puestos ahí por el propio Trump.
—Sí, pero ahora hay orden, y a mí eso me gusta —ahora había incluso cierta agresividad en su tono.
Y ya no pude contarle nada más, porque llegaron los que debían de ser sus hijos y se marchó. Hubiera podido contarle muchas cosas de los emigrantes de El Salvador.
...
Soy católico, ya quedamos pocos. Católico no de Munilla o de Jesús Sanz Montes. Soy de los de un pequeño fraile franciscano, con su hábito de saco y cordón que podéis encontrar por Santiago, en las proximidades del convento de San Francisco, hablando con los pobres. Se llama Santiago Agrelo, es de Rianxo y fue arzobispo de Tánger.
Pensó muy en serio en montarse en una patera y afrontar el destino de los que embarcaban en ella. Muy en serio. De las pocas cosas que le frenaban, es que los medios masivos al servicio del capitalismo terminal convertirían su viaje en un titular que rezaría algo así como "Obispo implicado en el tráfico ilícito de emigrantes."
Hasta que en las vísperas del viaje del Papa Francisco a Marruecos denunció la persecución —pagada por la Unión Europea— de la policía marroquí a los emigrantes subsaharianos. Entonces el Nuncio le exigió silencio y Santiago dijo que antes de callar prefería que aceptara su jubilación. El Nuncio la aceptó de inmediato.
Hace muchos años que empecé a escuchar a Santiago por Youtube. Más adelante, en una visita a Santiago de Compostela, me acerqué al convento a conocerlo personalmente, en plena Covid. Acababa de subir después de misa al refectorio.
—Baja, que te quieren saludar.
Iba con mi mujer. Le empecé a contar cosas que sólo se pueden decir de boca de cristiano a oído de cristiano, y de cómo mi mujer trabajaba con emigrantes. Al minuto me paró, abrió los brazos y nos hizo un gesto. Nos abrazamos los tres como si hubiéramos marcado un gol en la final de la Champions.
Así que cuando mi hijo pequeño iba a hacer la Primera Comunión, decidí que íbamos a intentar hacer las cosas bien.
Le pedí al encanto que es Guadalupe, de las Misioneras del Silencio, que me diera permiso para ir con mis dos hijos a servir la comida a los pobres que se refugian en su comedor social, como preparación de la Comunión de mi hijo. Aunque ese permiso no se lo da a cualquiera, a nosotros nos lo permitió.
Cuando llegamos y empezamos a servir, busqué a ver si había niños. Había jóvenes, de mediana edad y ancianos, pero niños... En una esquina había un matrimonio con tres hijos. Los únicos niños en todo el comedor: un chico, otro más joven y un niño pequeño. Creo recordar que ya entonces les pregunté de dónde venían: de El Salvador. Por cierto, la comida tenía un aspecto —y un olor— delicioso.
Aquello fue en medio de la semana.
Al llegar el domingo, salimos a dar una vuelta con los niños. Como estábamos ya aburridos de ir siempre a los mismos sitios, probamos algo nuevo. Fuimos a un parque infantil camino de La Guía al que no habíamos ido nunca.
Cuando llegamos y empezamos a jugar, busqué a ver si había niños. El parque estaba vacío, excepto en una esquina donde había un matrimonio con tres hijos. Los únicos niños en todo el parque además de los nuestros: un chico, otro más joven y un niño pequeño. Para los que aún no lo hayan adivinado, de las quinientas mil personas que podía haber ese día en Vigo y alrededores, en el parque al que nunca habíamos ido sólo estaban el matrimonio de El Salvador y sus tres hijos a los que le habíamos servido la comida unos días antes.
No tenían nada. Nada es nada. Con tres niños. No tenían dónde comer. Los habían echado de un piso patera, y no tenían ya dónde dormir.
Habían salido de El Salvador con lo puesto. Tal cual. A cruzar el charco en un salto al vacío del tamaño del Atlántico, sin red. ¿Por qué? Porque el hijo mayor estaba bajo la seria amenaza de ser enrolado en las maras a la fuerza. Antes de que eso pudiera ocurrir, huyeron.
Comimos con ellos. Esa noche durmieron bajo techo.
Si la señora colombiana de la lavandería no se hubiera ido, le hubiera contado que de no ser por el inmenso amor a sus hijos y el arrojo de este matrimonio salvadoreño, probablemente hoy el mayor estaría siendo torturado en los campos de concentración de Bukele como en el infierno de Dante, abandonada toda esperanza.
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Pasaron muchas cosas después, muchas buenas gracias al trabajo y a los conocimientos legales de mi mujer, muchos momentos difíciles, algunos muy difíciles.
Hoy están afincados en España, aunque lejos de Galicia. Los dos cónyuges trabajan, él acaba de conseguir la nacionalidad española.
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Las maras de El Salvador: ¿cómo empezó todo?
En los años 50 El Salvador llegó a ser el país más industrializado de Centroamérica y el tercer mayor exportador de café del mundo. Incluso en esa época, la desigualdad social y el fuerte autoritarismo necesario para mantenerla dominaron.
Hasta que en los años 70 llegó la roya del café, un hongo. Y la guerra con Honduras. Y la violencia, la represión y el fraude electoral para parar cualquier tipo de redistribución de la riqueza. Y en los 80 el asesinato de monseñor Romero y la guerra civil.
A raíz de esto, hubo una migración masiva de salvadoreños, principalmente hacia Estados Unidos. En Los Ángeles nació la MS-13, la mara Salvatrucha. Sí, las maras de El Salvador surgieron en Estados Unidos.
La MS-13 surgió en barrios como Pico-Union y Westlake, donde se asentaron miles de refugiados salvadoreños que huían de la guerra civil. En ese entorno, los jóvenes salvadoreños sufrían pobreza y discriminación, tenían problemas para integrarse por el idioma y los traumas de la guerra. También eran atacados por pandillas ya establecidas.
La MS-13 empezó primero como un grupo de autodefensa y comunidad entre jóvenes salvadoreños, antes de volverse más violenta y criminal.
Durante los años 90, especialmente después de 1996, Estados Unidos endureció las leyes migratorias y deportó a miles de jóvenes centroamericanos, incluyendo a miembros de MS-13 y Barrio 18. Muchos de ellos habían pasado casi toda su vida en EE. UU., no conocían su país de origen.
Al llegar a El Salvador encontraron un país deshecho por la guerra. Las maras se reorganizaron y crecieron entre la pobreza y la ausencia del Estado.
Luego vino Bukele.
Cuando la maldad patea por el mundo, disfruta burlándose en un torbellino de confusión que siembra prejuicios: Bukele desciende de emigrantes palestinos cristianos que se convirtieron al Islam. De eso nadie tiene la culpa, ni los palestinos, ni los cristianos ni los musulmanes.
Lo que sí es culpable es no querer enterarse de lo que pasa en el mundo. Si la colombiana de la lavandería se hubiera quedado algo más, le hubiera contado que ese orden que ha logrado Bukele al precio de pisotear los derechos humanos, es mentira. Bukele sobornó a la MS-13 y a la Barrio 18 para asegurarse de que reducirían la tasa de homicidios del país y apoyarían a su partido Nuevas Ideas en las elecciones. Es el Departamento del Tesoro de EE. UU. el que lo dijo en 2021.
Acabará mal. Como todas las feroces dictaduras de oligarcas que pactan con los jefes de las mafias locales.
Me he pasado el día dándole vueltas a mi conversación con la colombiana de la lavandería. Triste, la verdad. Algunos sudamericanos residentes en EE. UU. apoyaron a Trump, como mi colombiana a Bukele. Luego fueron expulsados de EE. UU. por el propio Trump.
Entre vuelta y vuelta, he escuchado el bulo de que muchos emigrantes sudamericanos en España votan a Vox. No es cierto. Votan mayoritariamente a opciones de izquierda —otra cosa es qué izquierda verdadera queda en el parlamento español—.
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Para un decrecentista, los pobres son la sal de la Tierra. Nuestra esperanza. Los que nos ayudarán a recordar, cuando el declive de consumo se haga evidente por la escasez estructural de energía y recursos que ya tenemos encima, que la felicidad no está en las cosas, sino en celebrar la vida. Ellos nos pueden enseñar a vivir con poco. No a resignarse a la pobreza el que le toque en una Europa menguante, no. Nos pueden enseñar a vivir con poco al conjunto de la sociedad, ricos incluidos.
Ellos nos pueden enseñar a arriesgarnos a perderlo todo por defender lo que amamos, desde que saltamos, fuera del anonimato, a las redes sociales divulgando el Decrecimiento, hasta enfrentamientos más duros que surgirán con el sistema en unos años, porque cuanto más escasos sean los recursos y más inviable sea el crecimiento económico, más escuchada será nuestra postura y más seremos percibidos por algunos en el poder como una amenaza.
Cuando vemos venir que el capitalismo terminal puede acabar en un ecofascismo, o en un nuevo fascismo sin complejos ni moral, feudal al mando de los Trumps del mundo o un neofascismo de las multinacionales al estilo de Klaus Schwab y el Foro de Davos, que los bancos no renunciarán a un sistema económico basado en el crecimiento indefinido y exponencial de la producción hasta que llegue la catástrofe, los pobres nos pueden enseñar a seguir trabajando contra toda esperanza para que las cosas cambien sin llegar al cataclismo, porque tarde o temprano el sentido de la realidad y la bondad humanas aparecerán.
Como la familia de El Salvador que cruzó el Atlántico sin nada y a ciegas, sólo confiando en la bondad humana. Contra toda esperanza, eso fue lo que encontraron.
Por eso me dolió tanto el apoyo a Bukele de la emigrante que encontré ayer en la lavandería.
Los pobres son la sal de la Tierra en esta época decisiva —como no ha habido nunca otra para el destino de la humanidad— que nos ha tocado vivir. No sabemos qué pasará, sólo que el mundo será totalmente diferente al que hemos conocido en nuestra vida, ambientalmente, en su economía y en su geopolítica. Si esa sal se desala, ¿quién la salará?
...
Hoy bajé pensando preocupado por estas cosas por las calles de Vigo, con mi mujer. Mientras caminábamos por este templo de luces del capitalismo crepuscular que se anuncia en las vallas de Nueva York, oí como tableteaba como una metralleta una lengua africana.
—¿Wolof?
—Sí, respondió mi mujer con seguridad aplastante, una experta en senegaleses.
De repente comenzó a diluviar, los aleros atestados, ¡y nosotros sin paraguas!
Pero siempre hay cerca en estos casos un puesto en la acera de un africano que los vende.
—¿Cuánto?
—Quince.
—Vale. ¿De dónde eres?
—Senegal.
Mi mujer, que es abogada y trabaja mucho con emigrantes me dice que les asusto, piensan que soy de la policía. Él sí que se asustó.
Pero yo sabía que había una palabra que desharía sus temores, sólo que tardé un poco en decirla, porque tenía las manos ocupadas con el dinero y el paraguas, y no quería perderme su reacción cuando la dijera.
—Bueno, pues que haya suerte y... I N S H A L L A H.
Sus ojos se relajaron, me miró y sonrió de oreja a oreja.
Iba a buscar a mi mujer al alero paraguas en mano, pero ella decidió comprar otro.
Otro senegalés impresionante se acercó sonriendo a ayudar.
—Paraguas, paraguas —decía con una sonrisa clara.
—Vale, ya tenemos los dos. Inshallah —a los dos senegaleses la alegría les bailaba en los ojos.
—¿Te has fijado? —le dije a mi mujer unos metros más adelante, frente al museo MARCO.
—Son indestructibles —me respondió con orgullo.
Y eso me devolvió la confianza.
Fuente: https://www.15-15-15.org/webzine/2026/02/19/el-decrecimiento-bukele-y-la-palabra-magica-audio/ - Imagen de portada: Casdeiro, a partir de una fotografía de la Casa Blanca.

