El ébola y el oro

El epicentro del actual brote de ébola es Mongbwalu en el Congo, una zona de minería aurífera artesanal con abundancia de murciélagos. El virus circuló semanas sin detectarse antes de que las autoridades declararan el brote. Es la cepa Bundibugyo, sin vacuna ni tratamiento aprobados: No es casualidad que el brote prendiera en una zona de minería aurífera artesanal. Responde a lógica epidemiológica conocida: los CDC advirtieron que emerge en territorios con inseguridad, desplazamiento poblacional, minería de oro y tránsito fronterizo constante. La ausencia estatal que facilita lavar dinero también facilita incubar patógenos silenciosamente.

Martín Fariña Von Buchwald 

El Perú está sentado sobre la misma pólvora, pero con una minería ilegal 5 veces más grande que la del Congo y con más cantidad y diversidad de murciélagos. El Congo produce menos de 22 toneladas de oro artesanal al año. El Perú exporta más de 100 toneladas de oro ilegal al año.
La Pampa, en Madre de Dios, reúne los mismos ingredientes que Mongbwalu pero con mayor mega-biodiversidad —Estado ausente, trata de mujeres, sistema de salud inexistente, el 60% de las personas se automedican dado que no hay doctores, migración incesante hacia y desde los campamentos ilegales—. Si el motor congoleño, más pequeño y menos potente, bastó para incubar este ébola, el peruano es una bomba de tiempo.
La razón es biológica. La evolución de un virus depende de dos factores: cuántas personas infecta y cuánto tiempo circula. La Pampa maximiza ambos. Los virus de ARN —ébola, coronavirus, arbovirus— cometen errores al copiar su genoma. Cuantas más copias hacen, más errores ocurren, y más mutaciones surgen. Entre miles de mutaciones, algunas serán más contagiosas, otras eludirán defensas inmunológicas, otras resistirán los fármacos automedicados. Tal vez no sea el ébola sino otros virus que todavía no conocemos.
La Pampa también tiene transmisión viral eficiente. El hacinamiento multiplica contactos: mucha gente contagiada durmiendo en el mismo cuarto cuando llueve o hay friaje y sin baño digno ni agua potable. Sin saneamiento, las infecciones intestinales son constantes, debilitando permanentemente el sistema inmune. Esta población débil no elimina virus: los deja replicarse durante meses dentro de un mismo cuerpo, generando más mutaciones. Además, La Pampa está en la mayor reserva de virus desconocidos del planeta. El contacto constante con murciélagos, roedores y primates multiplica oportunidades de saltos zoonóticos. Los campamentos están plagados de roedores atraídos por la basura: son reservorios de hantavirus, arenavirus y leptospirosis, que contagian por orina y excrementos.
Y están los murciélagos, el reservorio que la ciencia señala como origen más probable del propio ébola y de buena parte de los coronavirus. El Perú alberga más murciélagos que el Congo, en cantidad y en variedad —cerca de 190 especies, la tercera mayor diversidad del planeta—. A mayor diversidad de reservorios, mayor es el abanico de virus capaces de dar el salto a las personas; es decir, mayor la capacidad de que un campamento ilegal minero peruano engendre la próxima pandemia.
La minería ilegal peruana derriba el bosque donde anidan murciélagos, multiplicando un contacto —y, con él, el riesgo de zoonosis— que en condiciones normales apenas existiría: no en vano los CDC advierten de no entrar en minas ni cuevas habitadas por murciélagos en la zona del brote congoleño.
Pero el verdadero motor de la mutación son los cuerpos humanos. La aparición de variantes peligrosas se acelera en huéspedes inmunodeprimidos, porque un organismo que no consigue eliminar el virus lo deja replicarse durante meses y evolucionar dentro de una sola persona —el mecanismo que hoy se atribuye a varias de las variantes más preocupantes del SARS-CoV-2—. Y pocos lugares hay tantos cuerpos con las defensas tomadas como un campamento de minería ilegal tropical.
No hay agua potable. El agua expone a bacterias patógenas, parásitos y virus que provocan infecciones intestinales crónicas. Estas infecciones dañan la mucosa intestinal, creando lo que la medicina llama enteropatía ambiental: la capacidad del intestino de absorber nutrientes colapsa. El zinc, mineral esencial para el sistema inmunológico, no se absorbe. Sin zinc, las defensas se debilitan. Defensas débiles significan más infecciones. Es un ciclo: agua contaminada; menos zinc; inmunidad débil; más infecciones; y más daño. Simultáneamente, el mercurio de la minería envenena el aire. Los friajes azotan población sin abrigo, disparando infecciones respiratorias. Infecciones de transmisión sexual y trata de mujeres, tuberculosis, malaria y desnutrición severa se acumulan. En La Pampa no hay sistema de salud para romper este ciclo.
Las condiciones de trabajo son tan brutales por la falta de sanidad y violencia, que la rotación es altísima: la gente entra y sale, y con ella entran y salen los virus. La invisibilidad del virus hace el resto.
El oro ilegal peruano tiene dos puntos débiles. Los mineros ilegales dispersos en la Amazonía son imposibles de fiscalizar; las grandes procesadoras de oro y principales mineras auríferas que compran mineral de terceros sin garantizar trazabilidad, no. Los números son escandalosos: la minería ilegal peruana mueve hasta 12.000 millones de dólares al año. Hoy reina la impunidad, pero intervenir 5 empresas visibles bastaría para neutralizar el 80% del riesgo. Por otro lado, la minería ilegal no se sostiene sola: necesita eslabones cómodos y respetables para poder exportar 12 mil millones de dólares al año —las transportadoras de valores que llevan las barras doré de las procesadoras al Callao, las navieras que las embarcan hasta los Emiratos Árabes Unidos y los bancos que les abren la cadena internacional de pagos y acumulan el lucro final—. No son actores ocultos en la selva; son intervenibles.
La comunidad internacional ha tratado el oro ilegal como una tragedia socioambiental. Lo que cambia el cálculo es la salud española. Un patógeno incubado en La Pampa puede abordar vuelos. Lo que debe traer a Madrid con fuerza no es solo el río envenenado con mercurio en Madre de Dios que desemboca en el océano Atlántico: es el próximo Mongbwalu aterrizando en Madrid y Barcelona. El oro tal vez termine en los Emiratos Árabes Unidos, el dinero talvez en Nueva York, pero el patógeno podría terminar en cualquier lugar del Mundo.
El Perú necesita de la cooperación internacional particularmente cuando esa minería financia campañas electorales—: el riesgo sanitario es lo que exige forzar a España a actuar sobre los dos puntos donde la cadena es fácil de romper.
España posee instituciones de excelencia internacional como la Clínica Universidad de Navarra y el Hospital Sant Joan de Deu. Pero la excelencia del sistema de salud español ya no depende únicamente de la calidad de sus médicos, protocolos y hospitales; depende de desactivar Disease Emergence Hotspots antes de que generen patógenos. Esta es la diferencia entre reacción y prevención.
España y Madre de Dios comparten una ejemplar historia. Cuando la fiebre del caucho esclavizaba indígenas, llegó fray José Álvarez Fernández —misionero asturiano que aprendió lenguas indígenas y enfrentó a los caucheros con la ayuda de parroquias asturianas. Lo llamaron Apaktone, “Papa Grande” y no descarto que algún día lo hagan santo. Hoy, dos obispos españoles continúan esa vocación: defienden a pueblos indígenas en la Amazonía peruana, uno nacido en el País Vasco y otro en Castilla y León. España miró Madre de Dios para proteger a las comunidades indígenas. Esta vez el motivo debe ser proteger la salud pública española.
Según la cosmovisión Shipibo-Konibo: “cuidar es existir”. Esta cosmovisión amazónica ancestral es en esencia lo mismo que One Health promovido por la OMS y In Illo Uno Unum del Papa León. Si violentamos la Amazonia por un metal que no tiene verdadero valor, ponemos a la humanidad en riesgo. Por otro lado, si conservamos sus bosques, plantas, fungi, algas, cianobacterias y ríos, descubriremos que sus diversos bioquímicos benéficos podrían sanar a los humanos.

Martín Fariña von Buchwald es presidente LXG Amazon Reforestry Fund y ex presidente de ORITEL
Fuente: https://elpais.com/america/2026-06-12/el-ebola-y-el-oro.html - Imagen de portada: Personal desinfecta la casa donde murió una persona contagiada de Ébola, en Mongbwalu, Ituri (Congo), el 24 de mayo. GRADEL MUYISA MUMBERE (REUTERS)

 

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