Yuvelis Morales, activista colombiana: «No quiero que me asesinen por luchar contra el ‘fracking'»
Yuvelis Morales Blanco creció en la comunidad afrocolombiana de Puerto Wilches, en una familia de pescadores artesanales. Río arriba, a unos 40 kilómetros de distancia, en Barrancabermeja, se levanta la refinería petrolera más extensa de Colombia (con más de 300 tanques de almacenamiento). Convivir en equilibrio con el río y sobrevivir a los excesos del extractivismo ha sido una constante en su vida.
Juan F. Samaniego
En 2019, el Gobierno anunció dos proyectos piloto de fracking en Puerto Wilches, y Yuvelis Morales, entonces con 18 años, se convirtió en una de las figuras clave de la movilización de la comunidad contra el fracking. Los proyectos siguen, por ahora, suspendidos, pero en agosto de 2024 la Corte Constitucional colombiana confirmó que habían violado el derecho de la comunidad afrocolombiana de Puerto Wilches al consentimiento libre, previo y informado. Morales sigue siendo una líder del movimiento a través de la Alianza Colombia Libre de Fracking, mientras trabaja por un medioambiente saludable y por las comunidades del Magdalena Medio. Su trayectoria acaba de ser reconocida por el Premio Goldman, el ‘Nobel del medioambiente’.
¿Qué significa el Magdalena para usted?
Puerto Wilches está en la ribera del Magdalena, el río más importante de Colombia. Es un río muy especial, no solamente por su expansión y su dimensión geográfica, sino porque conecta culturas de todo el país. Nosotras, la comunidad de pescadores artesanales del valle medio del río Magdalena, vivimos en el departamento de Santander, en el centro del país, pero tenemos una identidad cultural diferente, una identidad que nos da el río.
Todo esto para decir que, para nosotras, el río es literalmente lo más importante que podemos tener. Es identidad, cultura, tradición y ancestralidad, y también el eje sobre el que se cimenta la economía de nuestra comunidad de pescadores.
Puerto Wilches está cerca de Barrancabermeja, el núcleo de la industria petrolera de Colombia.
Este fue el lugar donde se descubrió petróleo por primera vez en Colombia y ese boom de los combustibles fósiles también marca nuestra identidad cultural. La llamada sociedad petrolera está formada por gente, la mayoría hombres, que desconocen las otras culturas que están en el río y que interfieren con el extractivismo. Mi comunidad depende del bienestar de los ecosistemas del río y la industria de los hidrocarburos es una amenaza para ese bienestar.
Para nosotros, el río literalmente es una madre, un espíritu incansable con el que siempre te identificas y con el que se han identificado muchas generaciones antes de ti. Si desaparece, si se ve dañado, te sientes vacío, sientes que pierdes a esa madre que siempre ha estado ahí, cuidándote.
¿Qué ha supuesto para usted crecer en relación con esa sociedad petrolera?
Para el extractivismo, al menos en este país, las mujeres somos un objeto de conquista y de sumisión. Los cuerpos de las mujeres han sido utilizados para que esos hombres se quedasen explotando este territorio. A día de hoy, aquí sigue habiendo trata de mujeres y prostitución infantil.
Durante mucho tiempo, la empresa estatal de hidrocarburos intentó convencernos de que el río no importaba, de que los pozos eran lo más importante. Así, el objetivo para muchas personas era acabar trabajando para la industria. Y si eras mujer, nada de trabajar en los pozos.
Las mujeres somos hipersexualizadas, somos la niña bonita que tiene que traer el café, que tiene que portarse bien o que tiene que cumplir con los estándares de belleza de una industria absolutamente patriarcal que busca siempre tener el control de nuestros cuerpos.
Pero esto, afortunadamente, está cambiando. Nosotras la estamos cambiando. Yo he crecido con la industria en el patio de mi casa, pero entendiendo que nuestro río nunca dejará de ser importante frente a los barriles de petróleo y a la indiferencia de la gente.
Crece en ese contexto de recelo hacia la industria petrolera, pero ¿cómo es su salto al activismo?
Fue llegando a medida que crecía. Aquí, los niños apenas tenemos tiempo de ser niños, tenemos que sobrevivir, tenemos que pelear, tenemos que enfrentarnos a la guerra. Por eso nos hacemos grandes tan chiquitos. La niñez se desvanece en medio de la guerra, el abandono y el conflicto. Y esto no solamente pasa en Colombia, pasa en todo el sur global e incluso en zonas del norte en donde hay extractivismo, en donde la vida se pone en riesgo. No hay tiempo de perseguir una pelota cuando uno tiene que preocuparse por comer, por buscar agua o por respirar aire limpio.
Fui creciendo en una sociedad que favorece la extracción de petróleo frente a la vida del río y de las comunidades. Crecí en medio de los vertidos y de la contaminación. No había peces, había basura, petróleo y tristeza. Acabé entendiendo que nuestra vida no podía seguir amenazada por el petróleo. Yo no quería vivir en la orilla de un río y no tener agua, no quería que mi cuerpo fuera un medio de subsistencia. Quería estudiar y vivir dignamente. Y en esas estaba cuando llegó el fracking.
Colombia llevaba algunos años estudiando esa opción de extracción de petróleo y gas cuando, en 2019, el entonces presidente Duque anunció dos proyectos piloto de fracking en Puerto Wilches. Se organizaron y lograron movilizar a mucha gente.
Yo era muy joven y había muchas cosas que desconocía, pero sí sabía que en mi comunidad somos fuertes, valientes e invencibles. Que estamos unidos. Y que nunca íbamos a permitir que el sueño de un río sano fuese dañado. Cuando llegué a la Alianza Colombia Libre de Fracking fui consciente de que no solo luchábamos por el Magdalena, luchábamos por todos los ríos y por los derechos fundamentales que están en retroceso.
En ese momento, en el que empiezas a involucrarse más como líder ambiental y social, ¿era consciente de que Colombia es uno de los países más peligrosos del mundo para ser activista?
No sabía que éramos el país más peligroso, solo sabía que mataban a mis vecinos y a mis amigos y la vida seguía transcurriendo igual. Una cosa que nos pasa a las comunidades históricamente sacrificadas es que naturalizamos la violencia. Pensamos que eso de que asesinen gente es normal. No es hasta que aprendemos que en otros lugares no pasa que empezamos a ser conscientes de la realidad que vivimos.
Con el tiempo, al ir a la universidad y al salir fuera de aquí, me di cuenta de que donde nace la vida, casi nadie la cuida. Todo el mundo habla de Colombia como el país de la belleza y de la biodiversidad. Pero Colombia también es el país donde se asesinan líderes ambientales, se envenenan ríos o se tumban montañas en nombre del progreso.
Al poco tiempo de convertirte en portavoz visible del movimiento antifracking, empezaron los problemas, las amenazas. ¿Le apetece contarlo?
Se ha hablado mucho de cosas concretas. En general, el miedo y la tristeza siempre están ahí. Pero hay momentos en los que ya no importa, yo no dejaría de ser quien soy. Yo no soy la joven a la que amenazaron. Soy otra más de los miles de líderes que son amenazados a diario en Colombia. Y no lo acepté.
Mi realidad en ese momento era que era una joven amenazada, a punto de ser exiliada o asesinada, en medio de un contexto de defensa de un río en contra del fracking. Pero esa era también la realidad de miles de personas en todo el mundo que luchan contra el fracking, desde el sur de Estados Unidos hasta el sur de la Patagonia, en Argentina.
Antes creo que se valoraba mucho a la gente que estuviese dispuesta a entregar su vida para una causa, pues ese no es mi caso. No quiero decidir entre una cosa y la otra, entre mi vida y la protección del río. No quiero morirme luchando contra el fracking. No quiero que me asesinen por luchar contra el fracking.
¿Se llegó a demostrar alguna vez de dónde venían esas amenazas?
En Colombia nada se demuestra, pero todo se supone. Mi caso sigue ahora mismo en una investigación fiscal eterna. La fiscalía colombiana es como Dora la Exploradora, que nunca veía nada aunque estuviese delante de ella para que los niños chiquitos gritásemos delante de la pantalla: «está ahí, está ahí». Lo mismo le decimos a la fiscalía y tampoco lo ven. El problema es que lo matan a uno. A nivel mediático sí se llegó a probar que nos estaban amenazando y fue entonces cuando el Gobierno de Francia decidió intervenir.
En 2021 deja su casa y se va a vivir a Francia, gracias a que su red de apoyo solicitó el asilo inmediato.
Nunca me quise ir, me llevaron. Me quería volver todo el rato. Lo que más echaba de menos era el calor. No entendía que haga tanto frío que los árboles no tengan hojas..
Consigue volver al cabo de un año. Y en 2022, el presidente Gustavo Petro anunció que no permitiría ningún proyecto de fracking durante su administración. ¿Cuál es la situación ahora?
No hay fracking por pura voluntad política, pero no hay nada que lo prohíba. En la Alianza Colombia Libre de Fracking, donde nos integramos más de 150 organizaciones, llevamos 10 años apoyándonos en estudios científicos para denunciar las consecuencias del fracking, para demostrar que no es un buen negocio, ni para los países, ni para la economía, ni para el Estado.
Llegamos a redactar un proyecto de ley para la prohibición del fracking, pero su tramitación ha sido archivada en cuatro ocasiones. No existe voluntad ni de tan siquiera debatir sobre la prohibición del fracking. Los congresistas son elegidos para representar los derechos de la gente, pero tienen miedo de abrir el debate, porque es una cuestión alrededor de la que siempre hay mucho revuelo y puede decantar el voto.
Ahora mismo, Colombia está libre de fracking porque Petro, en su campaña como candidato, se comprometió a ello. Pero Petro ya se va y no hay ninguna ley que vaya a impedir nuevos proyectos de fracking.
Colombia está en pleno proceso electoral, ¿ha sido el fracking un asunto central de la campaña? El aspirante de extrema derecha, que ha pasado a la segunda vuelta, ha apoyado públicamente estos proyectos.
Sí, lo ha dicho, y se ha referido de forma muy despectiva a nosotros. Pero prefiero no darle difusión a sus palabras. Todo en la política de Colombia se mueve ahora en términos muy populistas. No es que haya habido un debate electoral en el que se hablase del fracking. Las posturas se fijan, sí o no, sin explicaciones, sin análisis de las consecuencias.
El fracking es solo una pequeña pata de la industria petrolera. ¿Tienen Colombia, América Latina y el mundo futuro sin petróleo?
Hace un mes, Santa Marta, en Colombia, albergó la primera Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles, en la que participaron más de 50 países. Allí se habló de América, de todos los países americanos, como punta de lanza para el inicio de la verdadera transición energética.
Fue increíble. Había muchísima esperanza. Y eso al final es lo que nos mueve. Si la gente tiene la certeza de que el futuro será sin combustibles fósiles y pone todo de su parte para que así sea, lo lograremos. No hay nada más invencible que una persona que tenga esperanza y crea en las certeza del mañana.
¿Cuál debe ser el papel del activismo en este camino?
Ponerse en pie y hacerse fuerte frente a las injusticias. La transición energética también tiene sus pesares, no todo es felicidad. Tenemos que estar ahí para que la transición energética sea justa, para que esté acordada con las comunidades, para que nadie se quede atrás y no se revivan modelos del extractivismo fósil. La transición energética no puede cimentarse sobre la privatización del agua o la tala de bosques para poner paneles solares.
Fuente: https://climatica.coop/yuvelis-morales-activista-colombiana-premio-goldman/ - Imagen de portada: Yuvelis Morales. Foto: Christian Escobar Mora/Premio Goldman.

