El colapso ya tuvo lugar y fue filosófico: Una reseña de «Catafalco»

Las sensaciones
En conjunto, Catafalco. Carl Jung y el fin de la humanidad, de Peter Kingsley, es una obra que desborda tanto por su extensión como por su radicalidad. No es un libro que se pueda leer de manera superficial ni rápida; exige tiempo, interés, atención y una sincera disposición a dejarse afectar, impresionar, conmover y transformar. Más que un ensayo que versa sobre la figura y obra de Carl Jung, el libro es una confrontación abierta con los límites de nuestra forma de vida actual y la manera hegemónica de sentir y pensar.


Gil-Manuel Hernández I Marti

A juicio de Kingsley, estamos atravesando un tiempo extraordinariamente difícil. El problema es que la mayor parte de las personas, por inteligentes que sean y por mucho que se apliquen en seguir el paso de la actualidad, no tienen el más mínimo deseo de abrir los ojos a lo que en realidad sucede en nuestro mundo. Incluso aunque sientan, intuyan o sospechen algo, tienen la abrumadora urgencia de desconectarse de todo y de decir: “No, no. Yo no quiero saber. Solo quiero continuar como antes… Pues bien, ya no hay forma de continuar como antes. Quizá pensemos que es posible seguir actuando de la misma manera unos años más, pero lo que estamos dejando tras nosotros es un mundo totalmente distinto. Y tenemos la responsabilidad de abrir los ojos y cobrar consciencia de lo que esto significa (…) Nuestro futuro está garantizado, automáticamente determinado, por el hecho fundamental de haber deshonrado nuestra fuente sagrada.”
Desde el punto de vista de la experiencia lectora, el libro genera una serie de sensaciones muy marcadas. En primer lugar, una cierta ambivalencia: es un libro complejo y profundo, pero al mismo tiempo no resulta difícil de leer. Su estructura en capítulos relativamente breves y la capacidad narrativa de Kingsley hacen que la lectura sea fluida y que el lector se quede con ganas de avanzar al siguiente capítulo.
En segundo lugar, provoca una sensación de inquietud o intranquilidad. Ese desasosiego tiene que ver con la idea de que el colapso filosófico primigenio, que enuncia y describe, no ha sido superado, sino que sigue impregnando toda la civilización occidental. Al respecto, Kingsley se plantea una pregunta: “¿Qué está sucediendo? ¿Qué es esta inmensa marea que llamamos progreso y está barriendo con todo y a todos, adondequiera que miremos?”. Nos enfrentamos, como vemos a nuestro alrededor, con la impotencia de la demolición de la naturaleza, de lo sagrado. Podemos buscar causas como la explosión demográfica, la tecnología u otras explicaciones, pero para Kingsley existe una explicación mucho más sencilla, que nos lleva más allá de los comienzos del cristianismo: “la respuesta es que cada civilización tiene un propósito sagrado, y nosotros hemos olvidado el nuestro… Y este olvido es la razón de que cuanto nos rodea —así como cuanto albergamos en nuestro interior— haya tomado una dirección tan negativa” (p.49). Por tanto, Kingsley se refiere al olvido de lo sagrado como un tema central, como un trauma, como un fallo o grieta, un problema original que apuntaría, en cierto modo, a la raíz de todo lo que ocurre actualmente.
Otra sensación relevante es la de estar ante una obra emocionante, sensible y profundamente trascendente. El libro toca una fibra poco habitual, conecta ámbitos que raramente se ponen en relación y despliega una crítica al cientificismo y al academicismo, aplicable también a la filosofía, que se encuentra especialmente en sintonía con otras críticas contemporáneas —como las del ecologismo— a la forma en que la ciencia oficial moderna ha abordado la realidad y la naturaleza: “Todos hemos ido embaucados al hacernos creer que el nacimiento de la razón occidental fue una creación virginalmente pura e inmaculadamente racional” (p.67).
Asimismo, destaca la riqueza del lenguaje. Se trata de una escritura que en muchos momentos es más literaria que filosófico-científica, lo que facilita la atención comprometida del lector. Ciertamente, la lectura produce la sensación de estar atravesando una especie de prueba iniciática: es como si el propio libro funcionara como un proceso de iniciación, una inmersión en un océano de palabras, conceptos y elementos del pasado, que reaparecen como si hubieran sido rescatados del olvido: “En otras palabras: me voy a centrar en el pasado en cuanto presente; en cómo esos aspectos del pasado que forzosamente hemos olvidado, dieron forma y crearon el extravagante mundo en el que vivimos.”. Al fin y al cabo, una de las ideas fuertes del libro es la necesidad de una iniciación en el inframundo para comprender y transformar, si ello es posible, el decadente mundo en el que estamos sumidos. Pero ello sucede de un modo paradójico, pues “la otra cara de esto, algo de lo que yo no fuí ni el primero ni el último en darse cuenta, es que el lugar en el que al parecer resulta demasiado peligroso estar es donde reside nuestra verdadera salvación.” (p.29). Es decir, el inframundo.
Las tesis
El eje central del libro es la reinterpretación de la obra y figura del psicólogo suizo Carl Gustav Jung. Sin embargo, esta reinterpretación no consiste en una revisión académica convencional, sino en una operación de rescate, revisión y restitución. Kingsley sostiene que Jung ha sido profundamente malinterpretado, simplificado, reducido y neutralizado por la psicología contemporánea, especialmente por la autodenominada “junguiana”, que lo ha convertido en un autor aceptable, terapéutico e incluso funcional dentro del marco cultural dominante. En este sentido, añade Kingsley, resulta especialmente perturbador constatar que incluso las corrientes junguianas han podido reproducir los mismos esquemas racionalistas o cientificistas que, en teoría, pretendían superar: “En nombre de Jung, oficial y muy eficientemente, los junguianos, han conseguido deshacerse de Jung” (p.379).
Frente a esta lectura neutralizadora y domesticada, el autor propone recuperar a un Jung incómodo, místico y gnóstico: un Jung que no es tanto un psicólogo como un iniciado, un profeta, un mago, un visionario, un sanador, un mediador entre mundos, alguien que se adentra en oscuros territorios de experiencia que la modernidad ha aprendido a negar, evitar o patologizar.
Para Kingsley, en la obra de Jung aparecen dos espíritus que son esenciales para entender todo su trabajo. Por un lado, el “espíritu de nuestro tiempo” que está lleno de orgullo, hybris, arrogancia y razonabilidad, apegado a la inteligencia, al conocimiento, a la ciencia o a lo que se entiende por ciencia. Y por otro lado, el espíritu que se encuentra en el inframundo, el “espíritu de las profundidades”, que apela al misterio que en un instante lo trastoca todo. Según Kingsley, fue la delirante realidad de ese inframundo la que los académicos, llevados por su propia locura, empezaron a aniquilar ya hace 2.500 años, de modo que el problema viene de bastante lejos. Esto implicaría un ir a la deriva, un alejarse de las raíces de nuestra civilización, de tal manera que el mundo humano de las apariencias aparece en contraste con el espíritu de la oscuridad, la locura y lo oculto. Se trata una idea esencial de las enseñanzas de los antiguos profetas sanadores griegos, como Empédocles o Parménides (siglos VI-V aC), que Jung reconoce como grandes inspiradores de su propia obra.
A partir de aquí, Kingsley desarrolla una tesis de gran alcance: la existencia de una originaria tradición subterránea de conocimiento que atraviesa la historia de Occidente y que conecta con los filósofos presocráticos. Kingsley insiste en que tanto Jung como Parménides y Empédocles sufrieron una mala interpretación, una mala traducción derivada de una tergiversación de sus textos, y el resultado se consagró en una historia en la cual se acordó enterrar la realidad del inframundo que trajeron en sus palabras. Estaríamos, entonces, ante una tradición de sabiduría que tendría que ver con lo que se ha denominado “filosofía perenne”, que no transmite doctrinas abstractas, sino formas de experiencia directa de lo auténticamente real. Según Kingsley, Jung “empezó a ser consciente de un linaje interrumpido que enlazaba y conectaba a los antiguos gnósticos con nuestro mundo moderno: con frecuencia oculto, otras veces perseguido, siempre más o menos soterrado. Es la tradición occidental de la alquimia, también conocida como ‘filosofía hermética’ o como la mítica ‘cadena áurea’.”

La damisela del Santo Grial, de Dante Gabriel Rossetti (1874). Fuente: Wikimedia Commons.


Kingsley argumenta que, al considerar el conjunto de la obra de Jung, en el fondo no tiene sentido la distinción entre ciencia y misticismo, así como tampoco lo tenía distinguirlos en los orígenes de nuestro mundo occidental, con los grandes pioneros de la ciencia como Pitágoras, Parménides o Empédocles. Al final, en el origen de todo está la experiencia de lo sagrado, de lo numinoso, de la divinidad. Para Carl Jung, la salvación sólo puede provenir de ese misterio. Como símbolo de ello, se presta atención al mito del Grial, que Peter Kingsley trae a colación al analizar la obra junguiana, dadas sus resonancias alquímicas y gnósticas. Así, a la pregunta de a quién sirve el Grial, se respondería que sirve a quien le sirve, pues en realidad se sirve a sí mismo, en la medida en que uno es lo mismo que el Grial. Por lo tanto, sirve a Dios-Universo, ya que éste requiere del individuo para realizarse más plenamente: es en los demás, en sus manifestaciones, donde deviene y se expresa.
En este punto resulta especialmente fecunda una lectura interpretativa del libro de Kingsley, según la cual el colapso fundamental fue filosófico y tuvo lugar en el origen mismo de la civilización occidental. Se trataría de un colapso filosófico en el sentido más amplio del término, que implica que también fue moral y ético, simbólico y espiritual, y anticipa el colapso civilizatorio posterior. Alude a la ruptura con una concepción no dual de la realidad, en la que lo material y lo sagrado, lo cultural y lo natural, no estaban separados: “Pensamos, sobre todo, que podemos confinar mágicamente la aterradora realidad de los sagrado en alguna habitación o lugar separado.… En otras palabras, por cientos de buenas razones nos hemos escindido de la divinidad sin notarlo siquiera… Y esto es sobre lo que realmente me gustaría hablar: sobre la hybris, la inflación, la locura de separarnos a nosotros mismos de lo sagrado.” La realidad no estaba desconectada del mito, pues para Kingsley la lógica occidental fue en su origen el lenguaje y las experiencias del inframundo. Esta ruptura crucial y traumática se produciría en el tránsito desde el mundo presocrático hacia la filosofía clásica de Platón y Aristóteles. Con los presocráticos, la filosofía estaría ligada a prácticas de transformación interior, de origen chamánico, y a una relación viva con lo natural y lo sagrado. Con Platón y Aristóteles, en cambio, se inicia un proceso de abstracción y sistematización que introduce una separación decisiva respecto a esa dimensión experiencial, que el cristianismo y la modernidad secularizada no harán más que prolongar y profundizar: “Todos hemos ido embaucados al hacernos creer que el nacimiento de la razón occidental fue una creación virginalmente pura e inmaculadamente racional”. Desde esta perspectiva, el “primer colapso” consistiría en esta desconexión originaria: una fractura silenciosa en la relación entre el ser humano y lo real, que se despliega históricamente en múltiples niveles —cultural, político, económico y ecológico—. La modernidad no constituiría, por tanto, el origen del problema, sino su radicalización extrema.
En opinión de Kingsley, la civilización occidental también tenía un propósito sagrado, pero ello se truncó con la pérdida de ese paisaje sagrado: “Y la pérdida de este paisaje sagrado, que una vez fue la fuerza vital de nuestra cultura, es el desastre ecológico inicial del que fluyen irremediablemente, como algo natural, todas las demás catástrofes medioambientales exteriores”. De modo que “hace mucho tiempo que vamos cuesta abajo y sin frenos; hemos olvidado lo que significa querer algo verdaderamente esencial para nosotros.” En este marco, Jung aparece como el último gran eslabón de esa tradición de sacralidad primigenia, alguien que percibe directamente la fractura y trata de reabrir el acceso a lo real. El “fin de la humanidad” al que alude Kingsley en el subtítulo de su obra no debe entenderse, por tanto, como un evento puntual, sino como la culminación de este proceso de desconexión prolongado durante siglos. Como se ha mencionado, Kingsley inserta a Jung en una genealogía mucho más amplia que la de la psicología moderna, conectándolo con tradiciones antiguas que atraviesan la historia de Occidente de manera subterránea. Figuras como Parménides o Empédocles aparecen no como referencias eruditas, sino como eslabones de una cadena de transmisión de conocimiento que tiene que ver con la experiencia directa de lo real: “Jung, en sus luchas, en sus aparentemente, solitarias realizaciones, no está ni mucho menos solo. Todavía se conservan fragmentos de textos antiguos, en los que se registraron voces de sabiduría babilónica que, hace miles de años, ya decían casi lo mismo que las antiguas tradiciones proféticas griegas, siglos después.” Esta continuidad, que el propio Kingsley había explorado en obras anteriores, como Realidad y Los oscuros lugares del saber, publicadas por Atalanta en 2024 y 2025 respectivamente, adquiere aquí un sentido más urgente: no se trata solo de reconstruir una tradición olvidada, sino de mostrar que esa tradición sigue siendo relevante —y imprescindible— en el contexto de la confluencia de crisis contemporáneas: 

“El mundo necesita ser salvado. Y precisamente porque no podemos ver esto es por lo que está siendo destruido.” Y la salvación depende de recomponer esa unión primigenia con lo sagrado, es decir, de mantener el mundo físico conectado con el mundo de la realidad. Y para eso se necesitan seres humanos verdaderamente conscientes, realmente despiertos, pues a ello aspira el llamado trabajo de “individuación” propugnado por Jung, que es el proceso por el cual una persona integra los contenidos conscientes e inconscientes de su psique para devenir plenamente sí misma.

Peter Kingsley. Fuente: peterkingsley.org.

Fuente:15-15-15.org - Para leer la nota completa: https://www.15-15-15.org/webzine/2026/06/24/el-colapso-ya-tuvo-lugar-y-fue-filosofico-una-resena-de-catafalco-parte-i/- Imagen de portada: Ainielle Serrano


 

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