“No cambiamos porque nos expliquen lo que está bien, cambiamos cuando algo toca el deseo” (2ª Parte)

En la minuciosa búsqueda de una verdad como camino y no como emblema, Fernández-Savater no deja de hacer preguntas y ensaya respuestas con el único ánimo de ponerlas en común, con la certeza de que solo mediante la transformación de los nombres que ya no sirven puede darse una lucha que es urgente.

Entrevista de Pablo Elorduy

En el libro recoges una cita de Gilles Deleuze: “La izquierda es lo que necesita que la gente piense”

Ahí donde se abre un momento y un espacio de pensamiento hay izquierda, viene a decir Deleuze. La izquierda es eso que necesita que la gente piense, active su capacidad de poner nombres a lo que le pasa, de crear. ¿Es una cosa minoritaria? A veces lo pienso, por ejemplo a mis talleres viene gente maravillosa con muchas ganas de leer, de estudiar, de conversar. Entonces me pregunto: “¿Aquí nos estamos dando unos cuantos el lujo de tener otra relación con el lenguaje o esto tiene algún tipo de eficacia en la transformación del mundo?” Quiero pensar que sí, hay algunos ejemplos que demuestran que la conversación y el pensamiento pueden ser potencias políticas. Es el caso de la campaña de Mamdani a la alcaldía de Nueva York.

¿Qué te llama la atención de ese fenómeno?
 

Mamdani hizo de la escucha, la conversación y el pensamiento una fuerza. En primer lugar, instaló sus oficinas en aquellos barrios donde el voto progresista había migrado hacia el voto republicano, quiso entender porqué la gente que había votado a los demócratas toda la vida habían empezado a votar a Trump. En segundo lugar, organizó una campaña gigantesca de conversaciones “puerta a puerta” entre cien mil de sus voluntarios y los ciudadanos de Nueva York. Trató de escuchar a la gente, sus razones, sus malestares, incluso y sobre todo los de quienes no le daban la razón. Creo que sólo así logró un diagnóstico y una propuesta capaces de sintonizar con la población, gracias a que se atrevió a escuchar lo que en principio era más molesto de escuchar y a pensar desde ahí. En lugar entonces de ganar al contrario en una guerra de explicaciones, de propagandas, de relatos, lo que se llama “batalla cultural”, ¿por qué no pensar que puede haber una eficacia en otra relación con el lenguaje, en otra relación con la gente, que confíe en sus capacidades de pensar?

Dices en otro momento que Twitter (X) asegura hoy la paz social.

Me refería a que la opinión crítica en redes funciona muchas veces como compensación: no puedo cambiar nada pero puedo decir todas las enormidades que se me ocurran. La opinión es gratis. Hay que reinventar el pensamiento crítico. Salir de la idea de que pensar críticamente es dar caña, enjuiciar, cancelar, señalar. Ahí no pasa nada. Si nuestro cuerpo no está comprometido, no pasa nada.
Estoy seguro de que mucha gente que participa en X, en las redes sociales, te dirá que todo lo que discute le pasa por el cuerpo: “no veas la mala leche que se me pone cuando veo a Ayuso”.
Un filósofo importante del siglo XX hace una distinción entre la crítica y el pensar vinculante. La crítica es este enjuiciamiento de que algo del mundo va mal: yo lo señalo, pero no tengo nada que ver con ello. Es un enunciado puramente exterior. En el pensar vinculante lo que aparece también es una pregunta sobre tu propia vida. ¿Simplemente somos víctimas inocentes de todo lo que criticamos o de alguna manera también estamos implicados en ello? Es mucho más fácil señalar culpables que hacernos cargo de la propia vida que nosotros llevamos, porque finalmente el capitalismo también son formas de vida, formas de consumo, formas de estar en el mundo, formas de relacionarnos, formas de hacer las cosas. Entonces, ¿por qué el pensamiento no puede tener una dimensión de revisión de la propia vida, de pregunta y desafío sobre uno mismo? La opinión crítica muchas veces es un mero desahogo para seguir en la vida tal cual, como si el mundo que criticas no tuviese nada que ver contigo.

En el libro hablas de lo profético.


Es una lectura de Ernst Bloch, el filósofo de la utopía y la esperanza. La voz profética, explica Bloch, no se limita a la crítica, a la constatación del desastre, al señalamiento del mal, sino que anuncia la posibilidad de otra vida. El mismo profeta se pone en juego, está embarcado en un proceso de transformación y por eso su voz es creíble. Denuncia el mal pero desde otro punto de partida, desde la posibilidad de otra vida, exponiendo su propio cuerpo. Finalmente se trata de hacernos cargo, de hacernos responsables del mundo en que vivimos, no simplemente de señalar a los culpables de lo mal que va todo.
Entiendo la idea, pero no sé si puede interpretarse como un llamamiento a la coherencia que, por más que haya gente que renuncia a un montón de cosas, no es posible hacerlo del todo. Me refiero a cosas como estar en Spotify, tener coche o viajar en avión.
No se trataría de coherencia, sino de decir cosas que no nos dejen igual, que nos comprometan a algo, que no sean complacientes con nosotros mismos y nos desafíen, que señalen nuevos puntos de partida. Habría que diferenciar bien esta idea de la coherencia, de la pureza de una vida donde todo encaja perfectamente. Tengo que pensarlo más.

Al hilo de esto, Lluís Aguiló polemiza de alguna manera con esa idea de “desertar del mundo” y sostiene que toda la lucha se produce dentro del sistema, que no hay un afuera.
P

ara mí la idea de deserción, tal y como la formula Franco Berardi (Bifo), es una consigna de pensamiento potente que se trata de leer más poética que literalmente. La película ‘Sirat’ [Óliver Laxe, 2023] nos habla precisamente de que no hay afuera, porque está todo el terreno minado. Mientras que ‘Perfect Days’ [Win Wenders, 2023] nos advierte contra la idea de vida tranquila, una tranquilidad sin deseo. En el libro hablo de desertar sin movernos del sitio, de entrar en otro plano de percepción y de lenguaje pero sin la necesidad de irnos a otro lugar. Porque no hay lugares buenos, sino distintos modos de habitar cada lugar. Cabe desertar en la escuela, por ejemplo, pero no porque la abandonemos, lo que para mí no tendría sentido, sino porque abandonamos el punto de vista del rendimiento, de la burocracia, de los programas, de lo que supuestamente la escuela tiene que ser. Sin movernos del sitio nos disponemos para otra cosa, para otra escucha, para otras posibilidades.

Hablamos de que no hay un afuera, pero parece claro es necesario un afuera de las redes sociales y el encuentro de espacios desde el que organizarse o verse.

 Una de las cosas que he ido viendo claro en las distintas presentaciones del libro es que la batalla del pensamiento no pasa simplemente por producir otros contenidos, sino por inventar también los espacios, los tiempos y las conexiones o alianzas necesarias para pensar. Pienso de nuevo en la escuela. No se puede pensar porque los espacios colectivos han sido desmantelados, porque los tiempos han sido colonizados por las lógicas de rendimiento, porque la individualización de las trayectorias laborales hace casi imposible el encuentro entre profes. Entonces, pensar es en primer lugar inventar espacios donde nos los hay, fabricar tiempos fugando la obligación interiorizada de productividad y volver a conspirar (a respirar juntos) con las compañeras y los compañeros. Pensar es en primer lugar inventar las condiciones para pensar. Y eso siempre se hace a contracorriente en esta sociedad desertizadora, donde la combinación de tecnología y mercado se come los espacios y los tiempos, sustituye como antes decíamos al resto de las relaciones.
 

En el libro te refieres a un “poder de saturación”.

Sí, es el poder que dispone a priori todas las respuestas posibles para que no nos hagamos ninguna pregunta. Ofrece por anticipado todas las soluciones, todas las posibilidades, todos los objetos, todas las tecnologías, todas las opciones. No hay vacío, no hay hueco, no hay falta, no hay espacio inacabado donde podamos pensar, escucharnos a nosotros mismos, buscar. Sólo tenemos que elegir, opinar, responder, consumir, clickar dentro de lo ya dado. Decía Deleuze que pensar tiene algo de pulmonar, que el órgano del pensamiento son los pulmones. La saturación bloquea el pensamiento y nos asfixia. El pensamiento es coger aire. Ese aire es el aire de lo desconocido. Entran nuevas palabras, nuevas referencias, nuevas lecturas, nuevas combinaciones, nuevos ritmos. Simone Weil asocia la atención con una interrupción de las respuestas previas, con una espera activa de algo desconocido. Se trata de hacer un vacío, una pausa, para que no quede todo obturado de las opciones preexistentes, para dar espacio a esa conexión imprevista, ese pensamiento insólito, esa alucinación que tuvimos y que merece la pena considerar.

Conectas pensamiento y lucha, algo que a priori no parece intuitivo.
Creo que las luchas activan el pensamiento y que el pensamiento es en sí una lucha. ¿Por qué?

 El filósofo Alain Badiou dice que una lucha empieza cuando los de abajo renombran la situación de manera distinta a los de arriba. Es decir, las palabras hacen cosas, son operaciones que intervienen en la batalla del pensamiento. Por ejemplo, cuando en el 15M dijimos: “No es una crisis, es una estafa”. Eso produjo una descripción de la situación completamente distinta. Si lo que estábamos viviendo era sólo una crisis, pues no había otra que ajustarse el cinturón, sentirse culpable porque consumiste demasiado, obedecer las medidas de austeridad, justificar los sacrificios… Pero si no es una crisis, si es una estafa, entonces todo cambia. ¿Una estafa de quién? ¿Contra quién? ¿Cómo se preparó? ¿Qué puede hacerse contra ella? Lo mismo ocurre con la consigna “lo llaman democracia y no lo es”. ¿No lo es? ¿Entonces qué es? ¿Y de dónde viene? La lucha renombra la realidad y ese renombrar abre la posibilidad de una acción que es a la vez una investigación del cuerpo colectivo.

¿Y a nivel individual?
 

Cuando uno piensa, aunque sea un nivel individual, la realidad no te tiene, no te atrapa del todo, no se te cae encima. Porque tienes tu manera de nombrar, tienes tu relación con el pasado, tienes tus referencias. No estás clavado al presente, a lo existente, a lo dado. Tienes un pequeño margen de autonomía. Puedes respirar.

¿De qué manera eso amortigua la sensación de desesperanza, de impotencia?

 ¿Puede tener que ver la sensación de impotencia actual tan extendida con que los nombres que tenemos para las cosas ya no nos sirven? Ya no son nombres que nos reúnan, que nos convoquen, que nos pongan en marcha, que nos lancen a una investigación colectiva, que habiliten la acción. Los repetimos pero no pasa nada y entonces sentimos impotencia. Ahí empieza la batalla del pensamiento. Podemos empeñarnos en repetir nuestros nombres, nuestras consignas, nuestras ideas. O podemos animarnos a dejarlos caer, a buscar otros nombres o, al menos, a dar nueva vida a los antiguos. La impotencia se explicaría entonces porque vivimos entre cadáveres, palabras muertas, sin efecto.

¿La batalla del pensamiento es una disputa por la esperanza entonces? 

Creo que sí, que la batalla del pensamiento puede brindar esperanzas. ¿Por qué? Porque abre, permitiéndonos ver de otro modo. Por ejemplo, si no vemos que los chicos de hoy son fascistas, sino que su malestar por alguna razón conecta con la extrema derecha, ahí hay cosas que pensar, que investigar, que ensayar, que intentar. Hacernos con otro mapa de la realidad es darnos otro registro de posibilidades, con otros márgenes de acción, de experimentación, de aventura. De pronto el mundo ya no se nos cae encima, porque somos capaces de percibir la distancia entre la representación, lo que se supone que pasa y lo que pasa. Hurgamos en las representaciones dominantes y ahí dentro está la vida, siempre contradictoria y palpitante, siempre inacabada y por tanto esperanzadora.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/amador-fernandez-savater-batalla-pensamiento - Imagen de portada: Amador Fernández-Savater, en un momento de la entrevista. Álvaro Minguito

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